Año X. No. 59. enero-febrero de 2004
"La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo,
asumiendo posiciones valientes y proféticas
ante la corrupción del poder político o económico;
no buscando la gloria o los bienes materiales;
usando sus bienes para el servicio de los más pobres
e imitando la sencillez de la vida de Cristo".
(Homilía del Papa en Santiago de Cuba. No. 4)
La corrupción es un mal que está presente en el mundo entero. Es difícil que no nos encontremos diariamente con alguna noticia de hechos y actitudes corruptos en cualquier país, organización o institución.

Algunos aseguran que la corrupción es el mal de la libertad. Es decir, surge precisamente porque se liberan los controles autoritarios y las personas e instituciones no saben, no han aprendido a usar la libertad. En algunos países que acaban de transitar hacia la democracia resulta que ahora lamentan la irrupción de otros males sociales igualmente dañinos: la corrupción y las mafias.
Desde 1998, en su inolvidable visita a Cuba, el Papa advertía a la Iglesia sobre su deber de asumir posiciones proféticas ante esta falla personal y social.
Todos los ciudadanos, sin embargo, tienen este mismo deber, pues todos somos de alguna manera responsables de que la corrupción nazca y crezca.
Lo primero es identificarla. Es decir, ponernos de acuerdo sobre qué es la corrupción. Para Alain Etchegoyen de la Universidad de Bruselas, citado por Arias Calderón, la corrupción "es la transformación de un intercambio no mercantil en un intercambio mercantil y se localiza siempre en relación con un poder cualquiera". De modo que cada vez que alguien o algunos se aprovechan de su posición empresarial, social o política, e incluso religiosa, para mercantilizar relaciones e intercambios no comercializables o cuando alguien, o algunos, utilizan esa misma posición o puesto de responsabilidad para enriquecerse o para negociar influencias o privilegios, estamos en presencia de la corrupción.
Así, pues, para que aparezca y crezca la corrupción no se necesita nada más que convertir un intercambio desinteresado en un negocio. Cambiar privilegios por dinero, usar la empresa pública o estatal para acumular dinero mal habido, bienes materiales e influencias para cambiar por beneficios particulares y rapaces.
Debemos aclarar aquí, por razones que todos conocemos, que no debemos confundir la corrupción con cualquier persona que progrese honestamente, ni acusar de corrupción o enriquecimiento ilícito a personas que por sus méritos propios, por sus conocimientos eminentes, por su talento artístico o literario, por su capacidad de gestión honesta y probada, por su iniciativa personal o comunitaria y por su espíritu emprendedor, han podido acceder a posiciones preponderantes en la sociedad. En toda sociedad hay ciudadanos que acceden por las vías de la honradez y el trabajo a posiciones económicas, políticas o sociales destacadas. Eso es válido y debe ser un ejemplo y acicate para los demás. No se trata de esto cuando aquí tratamos el concepto de corrupción. Se trata de los que han optado por la vía de la trampa, del robo de cosas o de posiciones, de aquellos que todo lo quieren "resolver" con dinero o con violaciones de la ley o el derecho de los demás.
Estas formas de degeneración de las relaciones pueden darse en gran escala, involucrando a empresas, corporaciones, bancos, e incluso ministerios, gobiernos y organizaciones internacionales… o pueden quedarse en pequeña escala, al nivel de las relaciones interpersonales, entre pequeños grupos humanos o pequeños negocios. En ambos casos, la corrupción descompone las relaciones humanas y pudre el tejido social. En ambos casos, un comején muchas veces imperceptible en la oscuridad, por dentro de las estructuras va comiéndose la médula, el corazón de las instituciones y las empresas, va destruyendo por dentro la gobernabilidad de la sociedad en su conjunto.
Un viejo refrán enseña, con sabiduría popular, que "el poder corrompe y que el poder absoluto, corrompe absolutamente". De modo que si, según la definición que hemos citado, toda corrupción está relacionada con una cierta cuota de poder, ya sea económico, financiero, político o de influencias, donde quiera que alguien ejerza cualquier tipo de poder, por muy pequeño que sea, debe existir una instancia, un equipo, una comisión, una estructura que controle y a la cual quien ejerce el poder deba someter todas sus gestiones y acatar sin dilaciones las decisiones de esa instancia de control.
Los daños de la corrupción son de incalculables proporciones. Y sólo pueden ser precisados cuando salen a la luz, y cuando el comején sale a la luz ya el mueble está carcomido; entonces nos preguntamos por qué se ha desvencijado tan estrepitosamente ese mueble si hasta ayer lo veíamos igual que hace muchos años en la sala de nuestro hogar nacional.
Por ello, si el primer paso contra la corrupción es identificarla en su esencia, el segundo paso es ponerla a la luz: La transparencia es el arma más eficaz y preventiva contra la corrupción. Hacer visibles, públicas y comprobables todas las cuentas, finanzas y negocios de las empresas estatales, instituciones públicas y gobiernos, es la única manera de sacar a la luz lo que está sucediendo en ellas. El Tribunal de Cuentas fue, en la década del 40 en Cuba, un serio empeño en esta instancia de prevención de aquella corrupción que tanto criticaron algunos cubanos cuando proponían "vergüenza contra dinero". El actual Ministerio de Auditoría y Control, luego de décadas sin este servicio público, viene a llenar aquel vacío.
La transparencia en las gestiones de las empresas y de los ministerios y de todas las instancias del Estado es un derecho de los ciudadanos. Todas esas instancias y organizaciones existen para servir al pueblo, para gestionar la economía de la nación. Y la nación no son las estructuras, somos todos los ciudadanos. Nosotros somos los que ostentamos la soberanía. Por tanto, la transparencia y visibilidad de la ejecución de los presupuestos y de toda gestión desde la más pequeña empresa hasta el nivel central no es sólo recomendable, no es sólo necesaria para prevenir y curar la corrupción, es, sobre todo, un derecho de los contribuyentes, de los ciudadanos de un país donde el pueblo es el soberano.
Así, si el poder corrompe es también verdad que el poder puede desenmascarar la corrupción que, desde abajo, desde siempre, en la oscuridad de lo cotidiano, incubaba el simple ciudadano que en el futuro accederá al poder, al que ha accedido sin que sus conciudadanos le hayan dado importancia a sus pequeñas corruptelas. No dudemos que estas se convertirán en grandes corrupciones cuando su poder aumente. Eso está demostrado por la historia universal y nacional.
Las actuales mafias, que organizan el crimen y la corrupción en algunos países del Este de Europa y en otros de cualquier latitud, no surgieron de pronto al caer los regímenes totalitarios, no nacieron de la noche a la mañana, venían incubándose y cultivándose desde hacía mucho tiempo bajo el manto de la falta de transparencia de la prensa y de las instituciones que cuidaban la imagen de una "sociedad perfecta", donde nada malo pasaba. Aquella falta de luz, aquella imagen que repetía incansablemente que todo dentro del país era bueno y prometedor y todo fuera del país era malo y desastroso, trajeron estos lodos de hoy. ¿Por qué se ven ahora? No porque hayan surgido ahora, sino porque ahora han salido a la luz. La sociedad ha ganado un grado mayor de transparencia en los medios de comunicación social y en las instituciones públicas. Ya se ha expresado en otras ocasiones, varias veces, en esta misma publicación: "Más vale precaver que tener que lamentar".
Pero, vayamos a la raíz del problema. La historia de nuestro país y de todos los rincones de este mundo nos ha enseñado que la corrupción no se acaba sólo con inspecciones, auditorías, controles y debates públicos sobre la ejecución de los presupuestos y gestiones empresariales. La causa profunda de la corrupción está en lo profundo de cada persona. La corrupción es una falla en la ética de la persona que tomó la decisión de transformar sus relaciones no lucrativas en intercambio mercantil. Esa persona pudo haber decidido lo contrario, es decir, pudo haberle cerrado la puerta a las pequeñas corruptelas a su alrededor o pudo haber parado en seco la gran corrupción que se le proponía bajo cualquier justificación o manto de falsa bondad.
Esta es la instancia en la que nadie puede decidir por uno, es el sagrario de la conciencia de cada persona: es allí donde los principios éticos pueden más que el dinero y las ventajas, pueden más que las posiciones y privilegios, pueden más que las prebendas y beneficios mal habidos.
Esto también lo han demostrado cubanos y personas alrededor del mundo. Ellos han podido y han sabido vencer la tentación del poder, del tener y del gozar, mal habidos y mal tenidos. Y si a lo largo de nuestra propia historia personal y nacional han existido personas así, nosotros y todos los cubanos podemos y debemos seguir ese ejemplo de probidad, integridad personal y resistencia a las ocasiones de corrupción.
La raíz ética de la corrupción no es sólo una responsabilidad personal de aquellos que, por propia decisión, optan por corromperse ellos mismos. La corrupción es también un problema ético cuando los que tienen una cuota de responsabilidad, pequeña o grande, permiten en su entorno un ambiente que facilite la aparición de rasgos corruptos. Dice también el refranero popular: "tanta culpa tiene el que mata la chiva como el que le aguanta la pata". Y es en este sentido en el quienes ostentan algún poder, ya sea empresarial, económico o político tienen siempre parte de la responsabilidad cuando en su entorno, o en sus colaboradores o subordinados, se dan casos de corrupción. Claro, que siempre queda la libertad humana y en los mejores ambientes y familias, en las más probadas gestiones puede salir una "oveja negra" que haciendo uso de su libertad personal, la usa mal y cede a la corrupción. No es a esto a lo que nos referimos, se trata de que cuando se crea tal atmósfera de secretismo, de falta de comunicación, de ausencia de transparencia, de oscuridad de gestiones, por otros motivos no financieros o no económicos, se puede favorecer, aún sin querer, aún sin preverlo, un "hábitat" para la corrupción. Incluso las decisiones políticas o las opciones filosóficas, como el materialismo de cualquier signo, que se consideran a sí mismas lo más alejadas de la economía pueden, en ocasiones, ser permisivas para la descomposición de las gestiones empresariales y financieras.
La corrupción es un lastre del mal uso de la libertad. Puede ser el flagelo del orden político, sea autoritario o democrático. De hecho, las actuales democracias del mundo están siendo puestas a prueba por su capacidad para combatir, prevenir y curar la corrupción.
Cerrarle el paso a la corrupción es tarea de años. Se necesita paciencia histórica y perseverancia incansable. No basta, ya lo hemos dicho, con controles que puedan coartar la necesaria libertad y el derecho de las personas y los pueblos. Las auditorías, las inspecciones y los tribunales pueden servir, y de hecho sirven, para prevenir, para atajar o para castigar a los responsables corruptos, pero no curan la corrupción.
En nuestra opinión la corrupción encuentra su verdadera curación y prevención en tres ámbitos principales: la familia, la escuela y la sociedad civil.
Si aceptamos que la raíz de las actitudes corruptas es de carácter ético, entonces es en la familia donde se aprende a vivir éticamente. Si los padres permiten que sus niños vengan a la casa con cosas que no son de su propiedad o llaman "cosas de niños" a acciones típicas de degeneración de intereses malsanos, esa familia está fomentando actitudes y contravalores que son caldo de cultivo para la corrupción. En un país donde los niños, adolescentes y jóvenes han sido, consciente y obligatoriamente, separados por largos períodos de tiempo de su familia, por razones de becas, de trabajos lejanos, de misiones, etc. es un país donde la familia es desintegrada en aras de intereses políticos y esas familias desintegradas son la primera causa de la desintegración ética y por tanto de la corrupción administrativa o política.
Si aceptamos que la raíz de la corrupción es la formación de valores y principios morales que capacitan a las personas para rechazar por sí mismas las tentaciones de prevaricación, entonces comprenderemos que otro de los ámbitos que deben prevenir la corrupción es un sistema de educación que priorice la formación ética y cívica de los estudiantes, no sólo con asignaturas que estuvieron y están alejadas de los programas escolares, si no por la actitud de los profesores y directores, por el tipo de relaciones entre maestros y estudiantes, por el ambiente en los internados y albergues y el estado de estos ambientes. Todos tenemos suficientes elementos para considerar la desintegración moral y la relajada concepción humanista de estos ambientes. Es increíble que en el sistema de educación de un país no exista la materia de Ética, y que durante varias décadas estos asuntos fueran considerados como rezagos pequeño-burgueses. Sin contar que la religión y las creencias no sólo fueron abolidas de las opciones de los padres para la formación escolar de sus hijos, sino que fueron y son consideradas como «problemas» en la educación de las jóvenes generaciones.
La Iglesia y las demás organizaciones autónomas de la sociedad civil, son y deben ser también espacios donde se debe formar para la eticidad y la honestidad pública tanto de los ciudadanos, como de los empresarios y funcionarios del Estado. Formar para la probidad cívica, para la transparencia como valor en las gestiones de las empresas públicas y particulares, formar para no dejarse sobornar por un artículo electrodoméstico o por una "comisión de venta", educar para no dejarse vencer por la tentación de un privilegio o el acceso a un puesto administrativo, para no dejarse comprar por prebendas o tráfico de influencias, es un reto y un deber de toda la sociedad civil. Ella debe educar para la honradez y controlar la transparencia de los presupuestos y las gestiones. Este no sólo es un incalculable servicio cívico sino un indeclinable deber moral.
Si en una sociedad u organización cualquiera nos encontramos un ambiente de simulación, un clima de doble moral, unas personas que no dicen lo que piensan, ni actúan como sienten; si en una sociedad o empresa cualquiera vivimos en la dinámica constante de la mentira, de la ocultación pervertida de la verdad por proteger intereses y poder, estamos en presencia de una sociedad o institución que resbala peligrosamente hacia mayores grados de corrupción. Esto está demostrado por la experiencia histórica de muchos países.
Educarnos y educar para vivir en la verdad, educarnos y educar para poder vivir en la honestidad, educarnos y educar para poder vivir y trabajar con transparencia es el gran desafío para garantizar que en el futuro de Cuba no tengamos que lamentar la corrupción, achacándole a la libertad y a la democracia lo que es fruto y consecuencia de décadas y siglos de simulación y de materialismos de todo tipo.
En fin, décadas de abandono del cultivo de la espiritualidad de la gente y de la abolición del derecho público de la religión, en aras de una esperada sociedad distinta, han venido a desembocar en una sociedad que enfrenta hoy, luego de la larga espera de un paraíso que no llegó nunca, las mismas lacras y otras manifestaciones de corrupción que desde el principio combatió.
¿Qué ha fallado? La concepción del hombre, de la persona humana, que había en la raíz del proyecto que puso en el materialismo dialéctico y en el "desarrollo" económico de las fuerzas productivas los dos ejes fundamentales del avance de la sociedad. Mientras abandonaba, en la cuneta de la historia y de la sociedad, aquella dimensión subjetiva, espiritual, inmarcesible, inseparable de toda persona humana: su alma.
He aquí, en nuestra opinión, el origen y la fuente de toda corrupción y de todo mal. Apresurémonos en redimir la subjetividad de las personas, es decir, rescatar y curar su alma dañada por el materialismo y por el ateísmo filosófico o práctico. Curar con eticidad y espiritualidad. Curar y cultivar el alma de las personas con la verdad, la bondad y la belleza; y curar el alma de un pueblo que, por su tradición y por sus talentos, por su talante y por su historia, merece tener un espíritu sano y robustecido por valores trascendentes.
Por este camino Cuba no tendrá que lamentar un futuro peor. Este desafío no tiene que esperar a otros cambios. Es tarea inminente y cotidiana. Deben continuarla con mayor ahínco los que siempre han estado comprometidos con ella. Podemos emprenderla ya, porque el futuro apremia.
Pinar del Río, 2 de enero de 2004.











