Año IX. No. 50. julio-agosto de 2002
"Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza;
quien a Dios tiene, nada le falta: Sólo Dios basta."
Santa Teresa de Jesús(1515-1582)
Para ver claro no podemos perder la perspectiva. Toda situación depende, en gran medida, del ángulo des de el que se analice. Hay personas que viven como si nada estuviera cambiando, como si nada fuera a cambiar. Esto es, por lo menos, una falta de perspectiva.

Nos hemos llegado a creer que las cosas, los proyectos y las personas son eternos. No sabemos por qué, pero, a veces, tenemos la sensación de que las cosas "van para largo", de que no vamos a ver un cambio, de que la vida de nuestros hijos será idéntica a la nuestra. Seguimos pensando en que tendrán que seguir nuestro mismo camino trillado, tenemos la ingenuidad de pensar de que su futuro será igual a nuestro pasado y para todos los tiempos. Esta apreciación de la realidad es, además de un error de perspectiva, una trampa sicológica para atraparnos en el inmovilismo, en la parálisis, en la inercia de que nada puede cambiar.
Para salir de este sopor que alienta el conservadurismo bastaría con mirar hacia atrás y analizar nuestro propio país en los últimos 10 o 12 años. ¿Cambian o no han cambiado las cosas? En nuestros propios hogares, en nuestros centros de trabajo, en toda nuestra sociedad, son evidentes las cosas que han cambiado. Pongamos varios ejemplos que nos sirvan para despertar del letargo de que nada cambia, de que todo seguirá igual.
- Hace doce años el 85 % de nuestro comercio exterior estaba en manos de la Unión Soviética y el campo socialista. Hoy nuestro comercio se comparte entre más de cien naciones, la inmensa mayoría del mundo capitalista, y la URSS y el campo socialista desaparecieron. ¿Quién lo iba a decir? ¿Cambian o no cambian las realidades que creíamos eternas potencias?.
- Hace doce años en Cuba había una única moneda, la nuestra, el peso cubano, y podíamos comprar en tiendas que vendían en esa propia moneda, como resulta lógico y normal. Hoy, en Cuba hay tres tipos de monedas: el peso, el peso convertible (llamado chavito) y el dollar norteamericano. Dos tipos de tiendas, dos clases de ciudadanos:los que tienen divisa y los que viven de su salario en pesos cubanos. Esa es la diferencia. ¿Quién lo iba a decir? Todavía recordamos a personas que estuvieron en la cárcel por tenencia ilícita de divisas. ¿Cambian o no cambian las cosas que nos parecía imposible que cambiaran?
- Hace doce años, en Cuba la inmensa mayoría de nuestros jóvenes soñaban con sus carreras en nuestras universidades y sabían que estas eran garantía para poder superarse, vivir, mantener a su familia y progresar dentro de un modelo modesto pero honesto. Hoy vemos crecer la cantidad de jóvenes que están en la calle, sin trabajar, viviendo del sexo, del juego, de los negocios ilícitos. No son todos, ni son la mayoría, pero ahí están las escuelas en las que se les paga algo para que estudien, muestra de la preocupación del Estado y de una realidad que no podía imaginarse hace una década. ¿Cambian o no cambian las cosas que nos parecía imposible que cambiaran?
- Hace doce años, todo lo que era extranjero era diversionismo ideológico, hasta las publicaciones de la URSS comenzaron a serlo. Las empresas foráneas eran peligrosas multinacionales que venían a explotar las riquezas de nuestro suelo y el trabajo manufacturero de nuestro pueblo. Hoy, ya lo estamos viendo, esas empresas se llaman "firmas", hacen empresas mixtas con las cubanas, invierten aquí, tienen un porte y aspecto muy atrayente para nuestros empresarios que desean entrar en ese mundo para "mejorar". Es verdad que dicen que no tienen todas las facilidades para implantarse aquí, pero el hecho es que están ya aquí. Pagan, la mayoría de las veces, al Estado en divisa y el Estado cubano paga en pesos y algunos estímulos a nuestros compatriotas. ¿Cambian o no cambian las cosas que nos parecía imposible que cambiaran?
- Hace doce años parecía como que todos pensábamos de forma monolítica y unánime. No se conocían organizaciones independientes de la sociedad civil, no abundaban los medios de expresión diversos y disonantes. El miedo era mayor que todo y la crítica en la calle era casi inaudible y casi inenarrable. Hoy, ya sabemos por las mismas estadísticas de la prensa oficial que hay un porciento, que parece creciente con relación al año 1976 en que se aprobó la Constitución de la República, que opina distinto, que expresa sin miedo sus alternativas, que firma con su carnet de identidad sus proyectos y que las críticas pueden ser escuchadas en cualquier esquina de la calle y narradas en el centro de trabajo, ocupando los espacios abiertos que les han conquistado al miedo.
Podríamos seguir esta lista de realidades cambiantes, para bien y para mal, pero cambiantes. No se trata de hacer ahora un análisis ético o político sobre cada una de estas realidades con algunas de las cuales estamos francamente en desacuerdo. Se trata de constatar que todo cambia, aún cuando no nos demos cuenta, cuando vayan pasando tan poco a poco que parezca imperceptible. Todo va cambiando, casi siempre de afuera hacia dentro, de lo circunstancial a lo esencial, del detalle a la médula de las realidades sociales.
La médula de toda realidad social es el hombre y la mujer, la persona humana. Hasta ella llega la repercusión directa o indirecta de los cambios: es la persona la que sufre cuando es para mal, es la persona la que se promueve humanamente cuando es para bien. Es la persona la que es manipulada cuando no protagoniza los cambios, es la persona la que se libera y crece y crea cuando puede tomar las riendas de los cambios. Es la persona humana la que se desanima cuando le hacen creer que nada cambia y nada se moverá, que nada es posible y hasta que no debemos apostar por lo imposible.
Hace doce años todo aquello que ha cambiado era imposible, parecía imposible, nos hicieron creer de un lado y del otro. En el seno de nuestras familias nos criaron y nos educaron dentro del miedo y la falsa prudencia porque creían o le hicieron creer que nada cambiaría. He aquí una clave para entender por qué se ha dilatado el cambio, por qué hasta algunos de los que debían ser maestros de la conversión y la renovación, recomendaron en ocasiones, ser "sensatos", cambiar para adentro de nosotros mismos, ensimismarnos en lo trascendente que equivalía a decir en lo individual e intimista, porque aquí "las cosas" no van a cambiar, por lo menos, por ahora. Era la época del "reacomodo", del miedo con máscara de prudencia. Eran otros tiempos, ¿Quién diría hoy que lo imposible no puede irse transformando, gradualmente, perseverantemente, en algo posible y perfectible?
Creemos que hay que trabajar en hacer visibles los cambios. En hacer evidente la posibilidad del cambio. En hacer consciente la provisionalidad absoluta de todo lo terreno. No es sólo una tarea cívica es, además, una misión típicamente religiosa.
Debemos creer y anunciar que nada es eterno. Nada. Debemos creer y anunciar que nada es incambiable, nada. Debemos creer y anunciar que nada es inmutable en este mundo.
Para los que creemos en la Trascendencia: sólo Dios es eterno. Y ni Él mismo ha querido atrincherarse en esa inmutabilidad. Así lo explica San Pablo en la Biblia:
"Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz." (Filipenses 2,6- 8)
De modo que si Dios mismo ha actuado así, se ha metido en la historia de los hombres y no ha hecho alarde de su posición divina, ¿Cómo deberíamos asumir esa misma historia los hombres y mujeres que sabemos, por nuestros propios errores y limitaciones, que no somos ni eternos, ni Dios?
Todo cambia en este mundo, las personas, las cosas, los trabajos, las empresas, los proyectos políticos, las economías, el modo de vivir las religiones, el modo de gobernar a los pueblos, el modo de conquistar los logros sociales, el modo de enriquecer las culturas. Todo cambia, hasta la vida misma.
Debemos decir, con respeto y serenidad, que todo proyecto humano, por sí mismo, precisamente por ser humano, es transitorio, pasajero, cambiable para bien y para mal, perfectible, renovable, es agotable y un día caduca. Todo proyecto humano se acaba, se termina y debe dar paso a lo nuevo, a lo mejor.
La vida misma nos lo enseña. No pequemos de ingenuos o de idealistas: todo en la vida nace, crece, se multiplica, muere. Las personas y los proyectos. La Iglesia misma, como realidad histórica que también es, ha existido con todo su esplendor en algunos lugares de esta tierra donde hoy no queda ni el polvo de aquella gloria. Antiguamente, cuando el fastuoso ceremonial de la coronación de un Papa parecía invitar a pensar que estaría allí sobre el trono de Roma eternamente, la sabiduría cristiana hacía aparecer en la liturgia católica un humilde fraile que frente a la imponente silla gestatoria en la que era llevado en hombros el Papa, quemaba una mecha de estopa que se hacía cenizas en el momento y le decía a Su Santidad: "Sic transit gloria mundi". Así pasa la gloria de este mundo.
Y así ha pasado siempre. La vida es camino no trinchera. La vida es cambio, no momificación. La nación que, confiando sinceramente o llevada por el poder, piense que todo seguirá igual para siempre, ni vive en la realidad, ni aprende de la historia, ni se prepara para el futuro. Y si no nos preparamos para el futuro, nos sorprenderán los cambios inevitables y será el caos y la violencia que nadie quiere.
Cerrar la puerta al cambio es cerrarla a la transición gradual y pacífica y todos sabemos que el cambio es ley de la vida y de la historia y que si no es por la vía preparada, pacífica, gradual y protagonizada por todos los sectores del pueblo, le cederemos el paso a lo que nadie quiere: esa es la alternativa que se puede vislumbrar y que quiera Dios jamás ocurra.
Pensémoslo sosegadamente. Cese la crispación. Ceda la presión para que disminuya el miedo. Demos espacios de auténtico debate público. Pongamos en manos de todos los ciudadanos toda la información y no las partes de ella que nos convenga. Confiemos en que las personas son seres normales que, con sus pobrezas y limitaciones, pueden informarse, discernir, elegir y equivocarse. Lo otro no es ni humano, ni considera a los demás como lo que son.
El peor servicio que se le puede prestar a un pueblo es pensar que la gente no sabe o no puede, y es necesario explicárselo todo y hay que indicarle por dónde debe caminar. La peor perspectiva que se puede tener sobre un pueblo es creer que no es capaz de escoger y tomar la responsabilidad de la vida y de la historia por sí mismo.
Ni el Estado, ni la oposición, ni el exilio, ni la Iglesia, ni los gobiernos extranjeros deberían asumir esta perspectiva negativa sobre el pueblo cubano. Por muy pobre de información, por muy dañado éticamente, por muy empobrecido cívicamente que esté una nación, lo peor no es que se equivoque en su elección. Lo peor es no darle ni la libertad para equivocarse y para asumir sus propios errores. Lo peor es menospreciar su capacidad de protagonizar su propia historia.
Confiemos, pues, en Cuba y sus ciudadanos. Pongamos en manos de todos, los destinos de la Patria. No perdamos la esperanza. Propongamos proyectos diversos y debatámoslos con libertad.
Y hagámoslo con la certeza inquebrantable de que todo pasa. Y todo llega.
Pinar del Río, 29 de Junio de 2002.











