43. De la confrontación al consenso

Año VIII. No. 43. mayo-junio de 2001

"No hagas sin lo que puedas hacer con"

Don Pedro Casaldáliga

La confrontación es un signo de la cultura de la muerte. La confrontación cansa, agota, divide, emponzoña, envilece, distrae de lo constructivo, fomenta un acercamiento negativo a la realidad, estorba para tener una visión positiva de la vida.

La gente sufre con la confrontación y el alma de los pueblos se empobrece con ella. No se puede vivir constantemente crispados. Sabemos que las desavenencias y los enfrentamientos vienen, a veces, sin que uno los busque. Vienen, o van en ocasiones, por falta de educación para vivir en un mundo diverso y plural. Vienen a causa de la injusticia. La vida personal, familiar y social tiene en sí misma contradicciones y luchas internas y externas. Eso es un dato de la realidad. Las relaciones con uno mismo y con los demás no son llanas, ni simplonas, son complejas y muchas veces escabrosas.

Pero una cosa es asumir esa contradicción interior o social y tratar de superarla para crecer en humanidad y otra cosa es fomentar una cultura de la confrontación y hacer de la vida, del lenguaje, de las relaciones humanas, de las familias, de la cultura, de las relaciones internacionales, un campo de batalla. Cualquier tipo de batalla, aún cuando sea contra el mal, no puede ser la manera cotidiana y exclusiva de vivir. Es decir, la vida no debe ser concebida como un existir contra algo o contra alguien, o contra ideas de otros o contra modelos de vida. La vida debe ser concebida como un proyecto a favor del bien, de la verdad, de la belleza. La vida debe verse desde lo positivo que ella tiene en sí misma, porque todo no es contradicciones hirientes e insalvables. Y si, buscando lo positivo y lo constructivo, vienen las contradicciones, eso forma parte del camino y puede, incluso, servir para madurar y superarse a sí mismo, pero nunca debería ser una forma sistemática de concebir la vida.

No es saludable, ni para la salud física y síquica de las personas, ni para la salud moral y espiritual de los pueblos, vivir en un clima de permanente hostilidad, ataque y fomento de la conflictividad. Por muy justas, legales, éticas y verdaderas que sean las causas. La tradición cubana, desde Varela a Martí, desde el Seminario San Carlos hasta La Demajagua, desde el mismo Baraguá hasta el Manifiesto de Montecristi, nos enseña con innumerables ejemplos, que ni la cultura que se fraguó en San Carlos, ni el sentido de independencia que anunció Varela, ni la libertad proclamada por Céspedes, ni la guerra misma preparada e iniciada por Martí, Gómez y Maceo, tuvieron nunca, ninguna de ellas, un estilo ofensivo, ni un lenguaje agresivo, ni una intención ponzoñosa, ni en las obras, ni en las palabras, ni en sus manifiestos y publicaciones. Eran batallas sí, pero buscando lo que une, buscando lo que salva, no lo que condena; concebidas como elevación del espíritu no como diatribas, cuyo lenguaje y actitudes nos empantanan a ras de tierra. Era buscar la libertad y la justicia pero dejando, incluso, una puerta abierta para el español honesto y noble. Era una guerra necesaria, pero lo más corta, lo más justa, lo más incluyente, lo más honorable, lo menos cruenta posible en ofensas y maniobras, pudiéramos decir, incluso, lo más amorosa y sanadora. Varela y Martí han sido los mayores hacedores de consenso en la historia patria. La verdadera Cuba es así. Esa es la mística de los Padres de la Nación.

Venga el cultivo de esa mística cordial y reconciliadora. Pasemos de la confrontación a la cultura del consenso.

Entendemos por consenso ese proceso mediante el cual se va cultivando lo que nos une y se va tolerando y asumiendo lo que nos diferencia. Fomentar el consenso es buscar un mínimo de acuerdo y de adhesión a unos valores fundamentales como pudieran ser: la vida, la justicia, la verdad, la libertad, la solidaridad, la paz...

La humanidad existe gracias a los consensos. Toda vida familiar y social existe gracias a un consenso mínimo, es decir, la aceptación de los lazos de familia, y la aceptación de la vida en comunidad. El individualismo y el egoísmo son la negación de estos consensos que pudiéramos llamar primarios: aceptar la familia y la comunidad. Casi no nos damos cuenta de ellos, porque hay una serie de consensos que son tácitos, que vienen con la cultura propia, que están implícitos en las costumbres, en las formas de vivir y de relacionarse. En este sentido podríamos decir que cultura es consenso. Cultura es consenso y diversidad.

Pero estos consensos no totalmente conscientes, adquiridos por la tradición, los valores transmitidos y aceptados, la educación y las costumbres sociales no bastan para crecer en humanidad y en comunidad de intereses y proyectos.

Se necesitan consensos explícitos y conscientemente buscados y asumidos que vayan tejiendo en el seno de la familia y de la sociedad una red de relaciones, de espacios de participación, de articulaciones de proyectos, de objetivos comunes, de acuerdos para solucionar pacíficamente los conflictos, para fomentar obras de carácter multiétnico, pluricultural, interreligioso, internacional. Ese es el futuro del mundo. Por eso podemos decir que el futuro se hará si aprendemos a hacer consensos cada vez más amplios y diversos.

Pero ya lo hemos dicho: buscar consensos, lograr consensos es una tarea que exige preparación, voluntad y paciencia. Lo que significa entrenamiento, perseverancia y tiempo. Los consensos, si son verdaderos, no se improvisan, ni se suponen, ni se imponen.

Consenso no es simple gregarismo, en el que se juntan las personas como masa. La masificación es lo contrario del consenso. Consenso es conciencia de pertenencia, masificación es juntera y despersonalización. Consenso es libertad para adherirse a un proyecto común, masificación es manipulación de los instintos, psicologismo de multitudes. Para hacer consensos se necesitan personas libres y tolerantes, dialogantes y abiertas, para la uniformidad se necesita masa, monólogo, cerrar filas y cerrar mentes. En esto se diferencia la cultura de masas de la cultura de consensos.

Por eso no deberíamos confundir el consenso con un simple contrato formal, ni con un acuerdo detallado de todas las normas de vida, de todos los valores que habría que inculcar en las escuelas y hogares, de todos las actitudes que se espera de los ciudadanos, de un único proyecto social, de un modelo cívico excluyente de los demás. No impone un estilo minucioso de relaciones sociales. Un falso "consenso" que intenta abarcar todo, es totalitarismo de estado, o de mercado, si ocurre al interior de una sociedad; o hegemonismo unipolar si intenta imponer una globalización sin la riqueza de la diversidad y sin la necesaria solidaridad.

Quienes intentan construir consensos comienzan por buscar un mínimo en común, unos puntos de coincidencia básicos. Y si no existieran coincidencias todavía, buscar, por lo menos, algunas convergencias, aún cuando partan de presupuestos diversos. Para ello hay que estar dispuestos a ceder en algo. Sin concesiones mutuas no hay consensos amplios. Sólo pueden alcanzarse consensos de apoyo en el grupo afín. Estas solidaridades dentro de un mismo grupo exclusivo, dentro de una misma ideología hermética, al interior de una misma nación cerrada a las demás, o en una misma religión que destruye las demás tradiciones culturales y religiosas como ha ocurrido hace unos meses en Afganistán, son sectarismos, no solidaridades; son proyectos excluyentes, no consensos culturales o nacionales. El consenso es un proceso de inclusión. El consenso se opone a la cultura del conflicto y a la del "enemigo necesario" que busca la cohesión interna de la sociedad por miedo o rechazo.

He aquí posibles caminos para el consenso:

Ceder y tolerar. Hacer concesiones mutuas y proporcionales. Aceptar que los demás son diversos y no querer "convertirlos" a la fuerza o bajo presiones o bajo intimidaciones directas o sutiles. No creerse poseedor de toda la verdad, ni de toda la bondad, ni de toda la voluntad, necesarias para cambiar el mundo. El mundo se cambia al ritmo de pequeños consensos, de una perseverante voluntad de buscar lo que nos une, de no excluir ninguna oportunidad para la esperanza.

Pero no pueden pedirse, ni esperarse, concesiones que afecten la identidad del otro, o la esencia de su razón de ser. Eso sería destruir al otro, no buscar con él áreas de cooperación posibles y, cada vez más amplias. Quien no cede, obliga a los demás a la violencia. Quien ejerce la violencia para que otros cedan conduce a un callejón sin salida. La puerta de escape a la violencia es el diálogo y el consenso.

Cuba necesita una cultura del consenso. Los pasos para educarnos en esa dinámica de diálogo, inclusión, cesiones mutuamente ventajosas y acuerdos en lo esencial y lo más urgente y necesario pudieran ser:

  • Pasar del consenso inconsciente al consenso libremente expresado.
  • Pasar del desarraigo al sentido de incumbencia y de pertenencia.
  • Pasar de la pertenencia obligada y amargada a la satisfacción de ser parte.
  • lPasar de ser parte satisfecha a la participación activa y crítica.
  • Pasar de buscar lo que nos separa a fomentar lo que nos une.
  • Pasar de lo mínimo que nos une a lo mínimo que podamos hacer juntos.
  • Pasar de lo que podamos hacer juntos a solidaridades más profundas.
  • Pasar del simple orden social externo a una cohesión social basada en lo esencial.

En esta Isla todo se da mezclado. La vida es un ajiaco agridulce. Hoy mismo encontramos signos de vida y signos de muerte. Signos de inclusión y signos de exclusión. Encontramos búsqueda de consensos y fomento del disenso. Encontramos a quienes buscan sus propios intereses en un individualismo cada vez más patético y quienes se entregan al servicio de Cuba cada vez con más sacrificio y generosidad. Así es la diversidad. Así es la normalidad del pluralismo cívico. No podemos aspirar a que el mundo sea uniforme.

Hay quienes dicen que no hay proyectos nuevos. En Cuba hay nuevos proyectos de consenso dentro de la legalidad. Hay iniciativas que pueden ir configurando una nueva sociedad.

Pero lo más importante es que hay gente que busca y no desespera. Que hay cubanos que permanecen y no escapan. Que hay cubanos que están dispuestos a dialogar y a ceder en aras del bien común.

Lo importante es que hay cubanos que están dispuestos a caminar hacia el consenso posible y a seguir caminando, sin detenernos en la mediocridad del pragmatismo, hacia la utopía de lo imposible cuya posibilidad es amasada y realizada cotidianamente por el amor. Por ese amor que convierte lo imposible en realidad: Cuba vivirá.

Pinar del Río, 15 de Abril de 2001
Solemnidad de la Resurrección de Cristo.

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