El “Capitán Alberto”

Citación enviada a Víctor Ariel a mi casa el pasado viernes 25 de abril de 2014

Citación enviada a Víctor Ariel a mi casa el pasado viernes 25 de abril de 2014

El pasado viernes 25 de abril un joven agente del Ministerio del Interior, vestido de civil –lo que equivale a decir, un elemento de la policía política–, abordó en las escaleras de mi edificio, justo a la entrada de mi apartamento, a mi madre, una anciana de 78 años, para entregarle una citación dirigida a mi hijo menor, el bloguero y periodista independiente Víctor Ariel González Celaya, con la indicación de que debía presentarse el sábado 26, a la 1:00 pm en la unidad de la PNR de Zapata y C, en el municipio Plaza. Mi madre, quien además tiene serias dificultades visuales, firmó la recepción del documento sin saber siquiera de qué se trataba.

Para ser justos, habían demorado bastante, Ariel abrió su blog desde agosto de 2013 y desde que nació él mismo como persona, estuvo estrechamente vinculado con el librepensamiento, de manera que nunca ha sido precisamente un sujeto “revolucionario”. Ni qué decir que las “amistades peligrosas” de su madre lo son también suyas.­

Es curioso que yo misma, opositora en activo desde 2002, jamás haya sido citada a las oficinas de la represión ni haya recibido una visita a domicilio (y conste, en mi casa no los quiero, ni soy de esos disidentes tan civilizados que los invitan a pasar y hasta les cuelan café), pero supongo que esto se debe a que “ellos” saben de antemano que no los considero interlocutores dignos de un diálogo. Nunca he tenido nada que conversar con ellos, que son un mero instrumento del régimen. Así, pues, al parecer prefieren asediar a mi familia: a mi esposo en 2008; a mi hijo ahora, y también consideraron oportuno coaccionar a mi madre. De verdad, son muy valientes estos muchachos de los cuerpos represivos. En un acto de extrema generosidad, atribuyo el gesto a que saben –yo nunca lo negaría– que mi familia es para mí la prioridad máxima. Molestándola me molestan a mí. Claro, ocurre que Víctor Ariel es muy joven, y ellos creen erróneamente que solo por eso es un objetivo “fácil”. Craso error. Víctor Ariel no es fácil ni siquiera para mí.

El caso es que –para variar– la citación de marras en sí misma constituye una flagrante violación de la Ley de Procedimiento Penal (Ley No. 5 , aprobada en sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, celebrada del 12 al 14 de julio de 1977, correspondiente al primer período ordinario de sesiones), por tanto, resulta improcedente por las razones siguientes:

Para empezar, Víctor Ariel no fue citado, como exige la Ley, en su dirección de residencia oficial y que obra en su documento de identidad, sino que los canes del clan Castro enviaron la citación a mi dirección particular. Para continuar, el “documento” expresa que “de no asistir a esta citación podrá ser multado según lo establecido en la ley penal vigente”, sin especificar la “ley” de referencia ni la cuantía de la multa. El objeto de la citación expresa “entrevista”, sin más detalles, como si entrevistarse con ellos cuando así lo dispongan, sin más requisito que su capricho, fuera algún tipo de obligación ciudadana. Por último, el papelucho lo firma un tal “Capitán Alberto”, al parecer un huérfano sin apellidos, del cual tampoco consta cargo alguno, pese a que el artículo 86 de la Ley expresa textualmente que La diligencia de citación se hace por medio de cédula expedida por el Secretario” y en ella debe constar la “Expresión del Instructor, Fiscal o Tribunal que la disponga”.

Como pueden apreciar los lectores en la copia que ilustra este post, la citación fue rellenada con una negligencia tal que ni siquiera tuvieron el cuidado de colocar el cuño al derecho.

Por supuesto, Víctor Ariel no se presentó a tan arbitraria “cita”, aunque no se negaría a asistir siempre que el documento citatorio cumpliera debidamente con todos los requisitos que establece la Ley.

Décadas de autoritarismo e impunidad por parte del gobierno y sus secuaces, disponiendo a su antojo de vidas y haciendas, les ha llevado a sentirse por encima de las leyes, como si no estuviesen obligados a cumplirlas. Lo más probable es que, habituados a imponerse con el terror sobre una población mayoritariamente temerosa, desconozcan lo que dicta la frágil legalidad “socialista”. Cierto que Cuba no es, ni mucho menos, un Estado de derecho; no obstante, aunque parcializado, retrógrado y excluyente, existe un ordenamiento legal que rige para todos, gobierno y su jauría incluidos.

Como seguramente saben el “Capitán Alberto” y comparsa, Víctor Ariel no ha cometido delito alguno y es un ciudadano respetuoso de las leyes; pero fue educado como la persona libre que es, por tanto no pueden tratarlo como si un esclavo de la dotación de los Castro se tratara. En lo sucesivo, sírvase el señor capitán, quienquiera que éste sea, a tratarnos con el debido respeto.

Publicado en Sin Evasión | 8 comentarios

Solo otro error de cálculo

Imagen tomada de Internet

Imagen tomada de Internet

Según recién ha declarado una funcionaria de la a Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA), las dificultades que se han estado confrontando en el servicio de mensajería de los teléfonos móviles y otras dificultades en las comunicaciones se deben a errores en el cálculo de la demanda.

Es un principio universal del sistema encontrar una explicación inversa ante cada dificultad, lo que se podría interpretar de la manera siguiente: no se trata realmente de la incapacidad de la única empresa telefónica de Cuba, sino de que hay demasiados usuarios. Es decir, que somos más adictos a las comunicaciones de lo que las autoridades habían imaginado.

Desde el 3 de marzo último, cuando inició el nuevo servicio de acceso a correo electrónico desde los móviles (nauta.cu), comenzaron a producirse considerables atrasos en la recepción de SMS e interrupciones en el servicio. Ahora la Directora Central de Servicios Móviles, Hilda María Arias, afirma que a lo largo de más de un año se estudiaron y se completaron los procesos de inversiones que requería este servicio, sin embargo “no calcularon el ritmo acelerado de la demanda en el corto tiempo en que se manifestó”, por lo cual, debido a la transferencia de datos “se están consumiendo más recursos de esa red”, lo que ha afectado la velocidad de recepción de e-mails y SMS, además del servicio de comunicación telefónica.

Por supuesto, aunque esta funcionaria explica que se están tomando medidas para contrarrestar las dificultades, la solución deberá venir de la mano de un crecimiento de las inversiones previstas.

ETECSA, como sabemos, es el nombre del monopolio de las comunicaciones en Cuba, controlado por la cúpula empresarial militar, que ahora se ha comprometido con extender los servicios a través de nuevas radiobases y ampliar la oferta con posibilidades de acceso a Internet, transferencia de saldo entre los móviles y extender el período límiteb de caducidad de las líneas celulares.

Sin dudas, de cumplirse la promesa, éstas serían buenas noticias para nosotros,  los adictos a la información y las comunicaciones. De todas maneras justificar las actuales dificultades del servicio después de más de un año de estudiar el proyecto y con la teniendo el antecedente de la gran demanda de los cubanos respecto de la telefonía celular, pese a sus altos costes, parece ser algo más que un simple error de cálculo.

Publicado en Sin Evasión | 2 comentarios

¡Querido “Bastardo”!

Abril 26 de 1988. Con mi "bastardo", a los 12 días de nacido

Abril 26 de 1988. Con mi “bastardo”, a los 12 días de nacido

Lo que se hereda no se hurta”, me comentaba hace varios meses a través del correo electrónico un amigo que vive en Miami, refiriéndose a mi hijo menor, Víctor Ariel González Celaya, quien para entonces recién había abierto su blog “Bastardos sin gloria” (agosto de 2013), título que homenajea a uno de sus realizadores cinematográficos favoritos, y que también reduce a una frase el sentimiento de bastardía de varias generaciones de cubanos, hijas de una quimera revolucionaria que acabó desheredándolas de toda gloria. De cierta forma, todos los nacidos a la vera de esta larga conjura de más de medio siglo tenemos algo de bastardos: la revolución cubana que simulaba prohijarnos acabó siendo una madrastra desalmada.

Algunas personas dicen que el orgullo es vanidad, y quizás tengan algo de razón en eso, pero sentir orgullo por el trabajo de mi hijo es una vanidad que me voy a permitir hoy desde este espacio, porque sé que una pequeña parte de ese espíritu de comunicador, esa manía de indagar en la realidad que vive y de opinar críticamente sobre las cosas que marcan el compás decadente de esta isla náufraga, es algo que ha bebido de mí y que entiendo como una muestra suya de respeto, consideración y complicidad. Ariel –su nombre familiar– también heredó, además del gusto por la redacción y por el libre ejercicio de la opinión, el carácter voluntarioso de ambos progenitores y no solo de mí. A la vez, él tiene su estilo propio.

Ahora anda lidiando con los mismos demonios que su díscola madre, pero lo hace a su manera, sin tutorías. No me permite la pedantería de revisar o corregir sus textos según mis cánones estilísticos o gramaticales, y hasta creo que le divierten sus propias meteduras de pata. Acepta sugerencias o críticas, pero se expresa en su personal lenguaje y desde su personal visión, que no siempre coincide con la mía. Respeto mucho eso. Como beneficio colateral, “Bastardos sin gloria” denota la frescura y a veces casi la ingenuidad de una persona que actúa solo de acuerdo con su conciencia y ofrece su percepción más sincera acerca de lo que acontece, sin intermediarios.

Sin embargo, el blog no es exactamente su estreno como aficionado de las letras. Tiempo atrás, cuando todavía era un estudiante universitario, ya Ariel había colaborado con la revista Voces bajo el seudónimo de Abelcaín (una simbiosis de los hijos de la Eva bíblica, que a mí me gusta interpretar como un guiño cómplice al seudónimo que usara yo misma en mis tiempos de “clandestinidad virtual”), y también ha escrito varios cuentos de ficción y otros textos inéditos, que ignoro si querrá publicar alguna vez. Hace varios meses es colaborador habitual de Cubanet, y algunos artículos suyos han visto la luz en la web del Diario de Cuba.

No negaré que, en medio de todo, siento mis temores por él; ya mis lectores habituales saben que no soy una Mariana Grajales: no envío a mis hijos a la guerra. Tampoco envié a Ariel a “las trincheras” del periodismo independiente, como algunos creen. En lo personal, hubiese preferido que le hubiese sido posible ejercer como ingeniero civil, la profesión que eligió y de la que se graduó en la Universidad Técnica de La Habana (CUJAE). Hubiese deseado que Cuba fuera una nación libre y próspera en la cual desarrollara todas las potencialidades de su talento, y que el camino de cada uno no constituyera siempre una opción ante la disyuntiva de ser un ilota o un ciudadano. El optó por la disensión viviendo bajo un régimen que adoctrina en la uniformidad y castiga el librepensamiento, pero yo jamás me opondría a su elección.

Por demás, dirigirse a un público desde el periodismo de opinión es asumir una responsabilidad que tiene consecuencias; es algo que se convierte espontáneamente en un compromiso y un riesgo: los lectores te aman o te lapidan con igual entusiasmo; los poderes te odian y la mejor protección que queda es la que nace del atrevimiento de seguir adelante y de la solidaridad que se recibe de muchos compañeros de ruta dentro de Cuba y de quienes nos leen y nos apoyan desde el exterior. Elegir el periodismo ciudadano en Cuba implica, además, balancearse sobre una cuerda floja entre el derecho a la libre expresión, el reclamo cívico y la denuncia, por un lado, y los riesgos de la represalia dictatorial, por el otro. Casi una temeridad.

26 años después

26 años después

Hoy me permito dedicar este post a mi hijo menor y desearle éxitos en el camino elegido y en los que emprenda en el porvenir. Tengo motivos muy poderosos para ello: él no solo es el único de los míos que desde el principio me ha apoyado y ha comprendido mi activismo como disidente, sino que jamás me ha reprochado que yo haya puesto en riesgo su porvenir o limitado las posibilidades de su vida en Cuba. Este lunes 14 de abril Ariel estará cumpliendo 26 años y es uno de los más jóvenes blogueros de la Isla. No aspiro a que sea el más profesional o reconocido de los periodistas independientes; me basta con que continúe siendo, como siempre, una persona honesta y veraz. Por eso le brindo a la par mis felicitaciones y mi gratitud: celebro la fecundidad de todo el tiempo que hemos compartido juntos, ¡que sigas creciendo para bien, querido “Bastardo”!

Publicado en Sin Evasión | 6 comentarios

Conduciendo en reversa

Imagen tomada de Internet

Imagen tomada de Internet

(Originalmente publicado en Cubanet el 11 de abril de 2014, bajo el título “Raúl Castro da marcha atrás”)

Con seguridad, la nueva Ley de Inversión Extranjera “aprobada” por la habitual unanimidad parlamentaria el pasado 29 de marzo de 2014, ha sido la comidilla fundamental del tema “Cuba”, tanto para la prensa oficial de la Isla como para la independiente y la extranjera. Con sus flexibilizaciones respecto de la vigente hasta ahora –promulgada en 1995–, la nueva regulación pretende lanzar el balón al lado contrario: si ahora los cubanos residentes en USA no pueden invertir en Cuba, ya no sería porque el régimen lo impide, sino por el grillete que les impone el embargo. Una habilidad del viejo cocodrilo verde olivo que, pese a todo el descalabro del sistema, mantiene sus mañas y acechanzas.

En medio de las expectativas del gobierno y  de los aspirantes a inversores, se extiende el amplio diapasón de los prescindidos de siempre: los cubanos comunes o “de a pie”, de los cuales no se reflejan opiniones en los medios, lo que magnifica la exclusión. Esta vez, sin embargo, la anulación de los derechos naturales de los cubanos está multiplicando el malestar social, en un escenario en el que se está verificando un acelerado desabastecimiento en las redes comerciales y un pertinaz y creciente encarecimiento de los precios y de la vida.

Rechazo a la ley de inversiones

Las carencias, sumadas a la inflación, a los reajustes y prohibiciones para ciertos renglones del comercio privado que han ocasionado el cierre de numerosos negocios familiares desde enero de 2014, a la incertidumbre en torno a la anunciada –y nunca debidamente explicada– unificación monetaria, así como la falta de expectativas positivas, son factores que enrarecen el ambiente social y desembocan en opiniones generalmente desfavorables sobre la nueva Ley y su impacto al interior de Cuba.

Un sondeo informal que realicé en días recientes en el municipio Centro Habana, tras la sesión extraordinaria del parlamento del 29 de marzo, muestra un rechazo a la nueva Ley de Inversión Extrajera, casi tan unánime como la “aprobación” acontecida en dicha plenaria: de un total de 50 individuos encuestados 49 se manifestaron críticos a la Ley y solo uno se manifestó indiferente. De hecho, el tema ha estado presente con relativa frecuencia en numerosos corrillos no sometidos al sondeo directo –cuestión poco común en una población usualmente apática con respecto a legislaciones–, en los cuales resultaba dominante la tendencia a criticar diferentes aspectos de la Ley.

Los principales motivos de descontento de la población se resumen en varios puntos principales:  la nueva Ley excluye arbitraria y despóticamente a los nacionales, lo que implica que se mantiene la falta de oportunidades para los cubanos de la Isla; los inversionistas extranjeros no solo tendrán grandes ventajas y consideraciones impositivas que nunca se han otorgado a los cuentapropistas, incluyendo las facilidades arancelarias por concepto de importaciones (algo que pedían los comerciantes de artículos importados y no se les concedió); el Estado seguirá siendo el empleador de quienes laborarán en empresas de capital extranjero, lo que implica la consiguiente sujeción de la contratación a la fidelidad –sea real o fingida– a la ideología oficial y los gravámenes sobre los salarios; se profundizarán las brechas sociales entre los sectores con mayor nivel de acceso al consumo y los sectores más desfavorecidos (estos últimos en crecimiento constante).

Colateralmente, muchos cubanos se cuestionan las veleidades de la política oficial que, sin sonrojos, privilegia el capital de los emigrados –otrora “siquitrillados, burgueses, apátridas, gusanos, traidores, escoria, etc. – por sobre los que permanecieron en Cuba. La reflexión lógica, incluso para los que se mantuvieron relativamente vinculados al proceso revolucionario, o al menos no han sido abiertamente opuestos al régimen, es que hubiera sido más sensato y oportuno emigrar para tener alguna posibilidad de invertir en la actual coyuntura. No faltan quienes perciben esta Ley como una traición del régimen a la “fidelidad” de los que eligieron quedarse, generalmente los cubanos más humildes.

Otro tópico que pone en entredicho la ya antes disminuida credibilidad del gobierno es el hecho mismo de apelar actualmente al capital extranjero como la tabla de salvación del sistema, cuando en 1959 se realizó todo un proceso de nacionalización que constituyó una de las medidas “más justas” y de mayor calado, a fin de “poner en manos del pueblo” lo que le había escamoteado el sucio capital burgués. Los cubanos se preguntan qué sentido tuvo expulsar el capital extranjero y 55 años después implorar por su retorno; es como desandar en reversa, pero sobre una vía más insegura y deteriorada. ¿No nos hubiésemos ahorrado más de medio siglo de carencias materiales y pérdidas espirituales de haberse conservado las empresas que ya estaban establecidas en el país? ¿Cuántos beneficios dejamos de recibir desde que el Estado, improductivo, ineficiente y pésimo administrador, se apropió de ellas?

¿De qué revolución tú estás hablando?

En todo caso, son mayoría los que tienen clara conciencia de que la revolución y sus alardes de justicia e igualdad social quedaron atrás, en algún recodo del retorcido camino. “¿Crees que esta nueva Ley va a salvar la revolución?”, le pregunto provocadoramente a un anciano que vende periódicos por mi barrio. “¡Muchacha!, ¿de qué revolución tú estás hablando?, ¿de  la que hizo escapar a Batista o de la que está haciendo escapar a todos los cubanos? La revolución del 59 se acabó desde que ‘este’ le entregó el país a los rusos; ahora lo único que quiere el hermano es devolvérselo a los americanos, y quedarse con su buena tajá”.

Probablemente nunca antes escuché una síntesis tan exacta de lo que significa hoy para muchos cubanos la historia de la revolución.

Publicado en Sin Evasión | 5 comentarios

¿La voz de los cubanos?

La arrogancia es un rasgo de la personalidad imposible de ocultar para quienes lo padecen. De hecho, es más visible cuanto más el individuo arrogante trata de cubrir su proverbial petulancia bajo un manto de fingida humildad. Lo peor de semejante sujeto, sin embargo, es esa capacidad histriónica que le permite engañar a grupos considerables de personas, en particular a aquellas que necesitan desesperadamente de alguien que hable “por ellos”, o a quienes –desde los antípodas– gozan de la gracia de autoridad.

En el caso de Cuba, donde la libertad de expresión, de prensa, de información y de asociación se cuentan entre las mayores ausencias de la sociedad, no es difícil que, de vez en vez, aparezca algún salvador que se autoproclame como “la voz de los cubanos”, lo cual –salta a la vista– delata una insolencia inconmensurable, no solo porque significa la atribución de potestades que nadie le ha conferido, sino porque asume a priori una mentira muchas veces repetida que para algunos necios  se ha convertido en verdad: que los cubanos no tienen voz.  Permítanme, señor Arrogante y su comparsa, enmendarles la plana: los cubanos de Cuba sí tienen voz, de lo que carecen es de medios para hacerse oír. Eso, para no mencionar el elevado número de sordos que existen en el mundo.

Pero, claro, siempre aparecerá un adalid resplandeciente –generalmente con credenciales e incluso con pedigrí–, quien desde su infinita sapiencia penetrará rápidamente en los intríngulis más profundos de la realidad cubana y será el único capaz de interpretarla con objetividad porque él, equilibrado y justo, “no está en los extremos del espectro”. Curiosamente, estos especímenes proliferan con particular virulencia entre los periodistas extranjeros acreditados en la Isla.

Como no deseo ser absoluta, supongo que los habrá también modestos y hasta respetuosos de los cubanos y de la realidad de la Isla, solo que yo no he tenido el privilegio de conocerlos. Quizás sea una fatalidad personal. Pero, lo dicho, hacer periodismo en Cuba armado con una credencial de un importante medio de prensa y con la relativa seguridad de que tu trabajo será publicado y –¡muy importante!– debidamente remunerado, parece tener un efecto alucinógeno sobre algunos de ellos.

Tal es el caso del cuasi cubanólogo Fernando Rasberg, a quien llamaré aquí de manera abreviada “R”, periodista recientemente caído en desgracia con su (ex) patrón, la BBC, quien ha escrito un quejumbroso post a raíz de su desencuentro con el poderoso medio y, ¡oh, sorpresa!, tras muchos años de trabajar como corresponsal en Cuba y cobrar sus emolumentos ha descubierto que “no comparte sus criterios editoriales”, según expone en su blog personal, Cartas desde Cuba www.cartasdesdecuba.com). Inexplicablemente a R le llevó más tiempo conocer los criterios editoriales de la BBC que las interioridades de una sociedad tan controvertida como la cubana.

Tanto nos caló R que “intentó ser la voz de los cubanos de a pie, de la gente común”, a través de su blog. Esto lo dice con tal convicción que incluso hay quienes, además de él mismo, se lo han creído. Y, como este señor no se arredra y se ha tomado muy en serio su mesiánica misión, propone que “a partir de ahora quienes tengan interés en seguir debatiendo sobre la realidad de la isla podrán hacerlo a través de mi página personal”. Muy humilde R, de verdad, y deberíamos estar agradecidos… ¿dónde más podríamos hacerlo si no?

Yo, confieso, no tengo muy fuerte el estómago, por eso leo los textos de R muy de tarde en tarde, y después paso algún tiempo desintoxicándome. Por ejemplo, me enferman frases como esta: “Tratamos de descifrar las claves del crimen del hospital psiquiátrico, donde murieron una treintena de pacientes de hambre y frío”. En lenguaje cubano, en realidad R. estaba “descubriendo” el agua tibia, porque aquel monstruoso crimen no estaba ni mucho menos cifrado en clave. Para la mayoría de los cubanos y para la totalidad de los periodistas independientes que cubrieron ampliamente la noticia y publicaron serios artículos de opinión sobre el caso, la esencia de los hechos radica en la naturaleza corrupta del sistema, de sus funcionarios y, en particular, en la impunidad de sus artífices y responsables principales: la gerontocracia dictatorial de más de medio siglo. Es decir, la misma a la que R reconoce el enorme mérito de universalizar la salud para los cubanos.

En un país medianamente democrático, ante un escándalo semejante más de un alto funcionario hubiese explotado por los aires. Pues bien, los hechos del hospital psiquiátrico son solo el botón de muestra de la calidad de los servicios de salud que se ofrecen a los cubanos de a pie, los cubanos comunes, que no tienen acceso a las clínicas en divisas ni al CIMECQ, donde se atienden los dirigentes y los ungidos. Por demás, los pacientes con problemas mentales son los más frágiles e indefensos.

Si R conociera un pelín más de la historia de Cuba sabría que, aunque insuficiente (como también lo es actualmente), en la Isla hubo salud pública desde los tiempos coloniales, por tanto, no se trata de una innovación castrista. Y había instituciones de salud que la revolución eliminó: yo misma, hija de un obrero calificado y un ama de casa, nací en octubre de 1959 en Acción Médica (Coco y Rabí, Santos Suárez, La Habana), una clínica de la que toda mi familia era “asociada”. Tanto la atención como el servicio allí eran muy buenos.

En cuanto a “la baja mortalidad infantil” tan publicitada, muchos especialistas en cifras se cuestionan la veracidad de las estadísticas cubanas. De hecho, éstas son tan veleidosas que no reflejan el número de neonatos que mueren antes de ser inscritos en los registros, porque existe una política oficial que se orienta  a registrar los nacimientos cuando los recién nacidos son sanos y tienen al menos ciertas garantías básicas de supervivencia. Conozco testimonios de padres cuyos hijos han nacido con determinadas malformaciones o padecimientos incompatibles con la vida y han permanecido hospitalizados varios días hasta su muerte, sin haber sido registrados nunca. Oficialmente esos niños jamás nacieron, de manera que transitaron del útero materno al sueño eterno sin los trámites burocráticos de rigor. Así las autoridades  evitan que constituyan un número negativo en las flamantes estadísticas oficiales que se exhiben al mundo. Qué podría importar, si hasta la Organización Mundial de la Salud reconoce los apabullantes logros de la medicina revolucionaria y aplaude emocionada.

En cuanto a “la educación universal”, huelgan los comentarios. Todo cubano nacido en este proceso, que ha cursado estudios en décadas anteriores y cuyos hijos y nietos también han sido escolares en Cuba, saben perfectamente del deterioro de la calidad de la enseñanza, de los maestros y de las instalaciones docentes, más acentuado en las últimas dos décadas. Eso, para no hablar del adoctrinamiento y de la segregación de los que piensan diferente a la línea oficial. Si R considera esto un logro, debería saber que también desde tiempos de la colonia en la Isla hubo enseñanza pública y privada, y que desde el siglo XVIII se fundó una tradición pedagógica en nuestro país que duró hasta que el totalitarismo de este gobierno la convirtió en rehén de la ideología y monopolizó, masificó y uniformó, para mal, toda la enseñanza.

Por ejemplo, mi nieto César –que cursa primer grado–, aprendió en su escuela quiénes son “los cinco héroes”, Che Guevara y hasta F. Castro; sin embargo, en clases nunca le han hablado de Carlos Manuel de Céspedes, de Ignacio Agramonte ni de ninguno de los padres fundadores de la nación cubana… Mucho menos de las grandes figuras cívicas de la historia de esta nación.

Otro asunto sería lo que R llama “la defensa civil más eficiente del mundo”. Esto ya parece alucinación como resultado de una sobredosis… de algo. ¿Qué es exactamente la “defensa civil” para este brillante periodista? La respuesta es un misterio, así que solo podemos especular. ¿Por casualidad se referirá a las espectrales MTT, cuya única “prueba” de existencia es el día de haber que donan anualmente todos los trabajadores estatales de este país y que nadie sabe a dónde va a parar y en qué se emplean esos fondos? ¿O será así como R llama a esa gran masa amorfa agrupada bajo el nombre genérico de “cederistas” que solo sirven para pagar al Estado unos centavos mensualmente y una vez al año encender algunas fogatas en la calle para exhibir el hambre colectiva consumiendo una repulsiva (“revolucionaria”) caldosa? ¿Ignora R que los CDR son hoy por hoy una entelequia, apenas los jirones de la más formidable organización que antaño creó Castro I para vigilarnos y delatarnos unos a otros y que llenó a este pueblo de desconfianza, envidias y rencores?

Al criticar a la disidencia y algunos otros males de Cuba, R dice buscar el necesario “equilibrio periodístico” (¡vaya eufemismo!). R sencillamente lanza lo primero que le pasa por la cabeza o le cae en la mano, ya sea una piedra o algo menos noble, lo cual –lejos de lograr algún equilibrio– solo consigue verdades a medias o turbias tergiversaciones. Es lo que ocurre siempre que algún “crítico” ataca los efectos evadiendo cuidadosamente señalar las causas. Así, R juega con la cadena, incluyendo algunos altos eslabones, pero mantiene una prudentísima distancia del mono. Así, cualquiera es equilibrista.

A “la disidencia” sí la fustiga, ¡y de qué manera! Es lo que ocurre cuando, desde su confort, R se cuestiona las finanzas que recibe esa misma disidencia que –como debería saber en tanto experto analista de la realidad cubana– es expulsada de sus centros laborales y de estudios y muchos de cuyos miembros carecen de otros medios de vida y de trabajo. A la vez, para R –como para el régimen cubano– resulta obvio que toda “la disidencia” está financiada por el gobierno estadounidense: al parecer, tienen pruebas de ello. Sin embargo, no conozco de algún disidente encarcelado por estar “al servicio de una potencia extranjera”. ¿Quién se podría creer que la satrapía verde olivo permitiría la existencia de tantos “mercenarios” cuando por el mínimo hecho de protestar o escribir un cartel antigubernamental muchos cubanos han sido reprimidos brutalmente o están encarcelados?

Pero siempre los seres humanos tenemos algo en común. He aquí que yo tengo mis coincidencias con R: tampoco soy “políticamente correcta”. Es más, algunas personas creen que no soy correcta en lo absoluto. Aunque sospecho que no tenemos el mismo concepto de lo que es “político” o de lo que es “correcto”. Por ejemplo, R dice que en su blog “analizamos las debilidades de la disidencia” (porque en su infinito pudor R abusa del plural de modestia y sustituye el “yo” por un humilde “nosotros”, un vicio muy común entre los oradores de la nomenklatura). Yo también a veces he criticado algunos postulados o programas opositores, fundamentando por qué no los comparto, lo cual no significa que no los respete, no apoye su lucha contra el régimen y por la democracia o no reconozca sus valores. Porque si de equilibrio se trata, atacar a la disidencia –el eslabón más débil de la cadena política en Cuba– es lo más fácil del mundo. No darle la oportunidad de réplica es, sencillamente, indecente.

Cierto que, como en todas las comunidades o grupos humanos, no todos los miembros de la disidencia son un ejemplo de virtud u honestidad, pero eso tampoco implica que la oposición sea un pozo de detritus. R ni siquiera reconoce valores a los grupos o individuos que por muchos años han estado haciendo un serio y creciente trabajo cívico al interior de la sociedad y gozan de gran prestigio tanto en sus comunidades como en el exterior de Cuba.

Manipular las informaciones, tergiversar y fragmentar la realidad para adecuarla a su antojo y desbarrar contra sectores e individuos que no tienen la posibilidad ni los medios para defenderse y que se encuentran en total desventaja frente a la dictadura más larga de este hemisferio, es oportunismo y mediocridad, pero sobre todo, es inmoral y anti-ético.

Por último, si, como afirma R, “el jefe diplomático de EEUU en Cuba recomendó al Departamento de Estado” leer su blog “para comprender la situación real” de nuestro país y tal cosa se reveló a través de “un cable secreto” filtrado por Wikileaks”, lo felicitamos sinceramente (a R, claro, porque el Departamento de Estado no tendría con ello más que otra interpretación oblicua de un extranjero que medra con la situación cubana). No hay dudas de que todavía R le podrá sacar otras ventajas a su innegable habilidad para venderse como especialista de los temas que escribe. Allá quienes le den crédito o le paguen por ello; es sabido que todos los espectáculos tienen su público. Llama la atención, sin embargo, que R considere como bueno el reconocimiento que le llega del gobierno que él suele condenar debido a que mantiene el “criminal bloqueo” contra la Isla y, por añadidura, nos financia a nosotros, la tenebrosa disidencia mercenaria. ¿Se peina o se hace los papelillos? Quizás ni lo uno ni lo otro; más bien el incidente halaga profundamente su vanidad y constituye todo un regalo para su arrogancia, de ahí el regodeo.

Creo que ya me he extendido demasiado. Habrá quienes opinen que tanto esfuerzo no valió la pena, habida cuenta que un refrán muy sabio reza: a palabras necias, oídos sordos. Yo he preferido por esta vez recurrir a otra sentencia: quien calla, otorga. Estos personajes sinuosos pueden llegar a ser muy dañinos. Por demás, mis lectores habituales saben que esta escribidora se caracteriza por la ausencia de folículos pilosos en la lengua, rasgo que molesta a más de un individuo. ¡Qué se le va a hacer!, me cuesta mucho permanecer callada ante las desvergüenzas. Chovinismos aparte, me escuece en especial tanta verborrea barata de un extranjero a quien, en definitiva, no le duelen Cuba, los cubanos, ni sus males. En lo que a mí respecta, si este señor fuese la voz de los cubanos, más nos valdría que guardase discreto silencio.

 

Publicado en Sin Evasión | 13 comentarios

Papas, comida y condones: se diversifican las carencias

Imagen tomada de Internet

Imagen tomada de Internet

Las carencias crónicas en Cuba van extendiendo sus tentáculos con renovados bríos. Cada vez son más frecuentes los ciclos de ausencia de numerosos productos, incluso en los mercados que comercializan “en divisas”. Por estos días desapareció el papel higiénico (por enesimoquincuagésima vez en los últimos meses), e igualmente se suceden cada cortos períodos los “baches” en los que se pierden los cepillos de dientes, las cremas dentales, la harina de trigo, la leche en polvo, los javbones y detergentes, las almohadillas sanitarias, etc. Nada parece estar a salvo de ese agujero negro que es el socialismo castrista, en el cual la vida se reduce a un no-morir , mientras discurre en una perenne peregrinación detrás de los artículos que en cualquier parte del mundo civilizado forman parte de la más común realidad.

De los alimentos, mejor ni hablar. Basten las escenas dantescas que nos ofrecen las colas desde las madrugadas cuando alguien anuncia que en este o aque mercado agropecuario “van a sacar papas”. La policía en Centro Habana está prácticamente en pie de guerra atendiendo las reyertas que se producen en las multitudes que aspiran a comprar el anhelado tubérculo.

Ahora resulta que la escasez ha alcanzado a los condones, esos aditamentos necesarios para la práctica protegida de lo que algunos llaman “el deporte nacional”. Las cosas han llegado a tal extremo que ha trascendido que en los almacenes de medicamentos y en unidades farmacéuticas han movilizado personal para cambiar las fechas de caducidad que aparecen en ese producto -ya vencido- para “actualizarlo” y poder comercializarlo. Existen testimonios de que en algunas provincias del interior de Cuba han dado esta tarea a reclutas que están pasando su servicio militar: toda una estrategia combativa ante las alarmas despertadas en torno al pequeño y humilde objeto de látex. Según las autoridades, esto se está haciendo “porque las fechas que traían los envases estaban equivocadas”.

Sin embargo, los consumidores están algo recelosos. En un país donde la corrupción y los engaños forman parte de la realidad, nadie se siente seguro. Algunos paranoicos llegan al extremo de sospechar que se trata de una conspiración oficial para promover la natalidad en Cuba… Lo que en realidad solo conduciría a un incremento de los abortos.

Por el momento, una amiga me comenta, entre divertida y preocupada, que si en los años 90 tuvo que comprar preservativos para usarlos como globos en los cumpleaños de su hijo -hoy un joven veinteañero-, ahora tendrá que comprarle globos para que practique un sexo seguro.

Publicado en Sin Evasión | 7 comentarios

No me siento aludida

FoFografía tomada de Internet

Fotografía tomada de Internet

fl-es-opositores-venezuela-jpg-20140226

Los medios cubanos, expertos en manipular los sentimientos patrioteros y en fabricar nacionalismos ramplones, está utilizando los carteles anticubanos que esgrimen los manifestantes opositores al gobierno de Nicolás Maduro para manejar a su antojo la opinión pública nacional al interior de la Isla. La tarea es bien sencilla, habida cuenta de la gran desinformación de los nativos de acá y la imposibilidad de acceder a otras fuentes que las que ofrece el monopolio castrista sobre la prensa. En consecuencia, los cubanos más ignorantes o ingenuos, para no mencionar a los tontos útiles de siempre,  andan comentando acerca de lo “malagradecidos” que son los venezolanos, con la cantidad de médicos y con la ayuda que “Cuba” les ha dado… Como si no se tratara de una sencilla transacción de alquiler de esclavos pactada entre los amos, ya generosamente pagada con los petrodólares que son, en definitiva, una riqueza que pertenece a los venezolanos y no al régimen que gobierna.

Sin embargo, lo más sorprendente es que esos carteles, sumados a las quemas públicas de banderas cubanas han sido otro toque que ha disparado la indignación, no ya de los pobres desinformados de dentro de Cuba, sino de cubanos de la diáspora, algunos de los cuales están hablando en nombre de “todos” los nacidos en esta Isla para arremeter contra los manifestantes que arriesgan todos los días sus vidas y su libertad protestando pública y valientemente en las calles de varias ciudades de su país.

Desde luego, entiendo las razones de los cubanos susceptibles: se sienten aludidos cuando ofenden “a Cuba”, y no es menos cierto que dirigir la indignación contra “los cubanos” y no contra su gobierno sería, cuando menos, errático. No obstante, en lo personal, entiendo que no es la intención de los opositores a Maduro y su camarilla insultar a Cuba, sino que su rechazo se dirige al régimen de los Castro, a la escandalosa ingerencia de agentes cubanos en la inteligencia venezolana y en el ejército, al parasitismo sobre la economía venezolana, al control castrista sobre la política nacional.

Es por eso que no me siento aludida ante esos actos. De hecho, Cuba es para mí algo que supera el símbolo textil de una bandera. Los manifestantes venezolanos están haciendo mucho más por su patria que lo que están dispuestos a hacer muchos de los cubanos que hoy se sienten ofendidos por ellos. Créanme mis compatriotas, con todo respeto por sus ideas, que en lo que a mí respecta pueden quemar todas las banderas cubanas que quieran, si tal fuera el precio de levantar el espíritu de los suyos y ganar la libertad. El día que recobren plenamente sus derechos, ya nos sentaremos a hablar juntos cubanos y venezolanos y estoy segura que sabremos entendernos en los mejores términos. Hasta ese momento, llegue a ellos mi admiración profunda y mi respeto.

Publicado en Sin Evasión | 12 comentarios

Más “Chalas” que “Carmelas”

Artículo originalmente publicado en Cubanet el 3 de marzo de 2014

conducta_02

Confieso que le tengo cierta ojeriza al cine cubano de ficción, tan proclive –salvo contadas excepciones– a lugares comunes, estereotipos, mensajes excesivamente crípticos, moralejas implícitas; o lo que resulta quizás peor, a la búsqueda de la aceptación fácil y superficial a través del humor, de la catarsis,  o de la mala sátira. No enumeraré ejemplos, que hay en demasía, pero todo el que haya asistido a la cinematografía vernácula de los últimos 15 a 20 años sabe exactamente a qué me refiero. En lo personal, detesto el regodeo en tratar de provocar la risa a costa de nuestras propias desgracias, que se derivan en buena medida en esa perniciosa tendencia de explotar la burla para evadir la reflexión profunda y la responsabilidad colectiva por una realidad que nos asfixia.

Apenas un puñado de filmes en este período salvan la honra, y la mayor parte de ellos no se inscriben propiamente en la ficción, sino en la película documental, como es el caso del magistral e inolvidable Suite Habana (2003), del realizador Fernando Pérez, para citar un ejemplo valedero.

Es por eso que, desde que comenzó este fenómeno cinematográfico llamado Conducta, con la apoteosis de público llenando las salas de cine y la aprobación general de espectadores y crítica, me propuse verla solo después de un proceso de auto extrañamiento y no escribir sobre ella como producto cinematográfico –algo que ya han hecho los críticos y toda una pléyade de diletantes aficionados–, sino desde la percepción de la reacción del público y lo que ello significa.

Justo es reconocer que, frente a este filme, a un cubano le resulta casi imposible poner distancia entre la pantalla y sus emociones. Las imágenes, los diálogos, la trama y las sub-tramas, los escenarios, los conflictos que expone crudamente, son elementos que se combinan para poner ante los ojos del espectador una realidad en la que convivimos y de la cual pasamos de largo, inmersos en los imperativos de una vida cargada de carencias y problemas irresueltos.

El argumento tiene como eje central el drama de un niño cuya madre es alcohólica y adicta a algún fármaco, quien, a la vez que cursa la escuela primaria, trabaja como cuidador de perros de pelea y criador de palomas que vende para ganar dinero para ayudar a su madre.  Simultáneamente, mantiene un estrecho vínculo afectivo con su maestra, educadora de larga experiencia y de una inmensa dedicación a la profesión que es la razón esencial de su vida. El niño (Chala), y su maestra (Carmela), son personajes de gran fuerza e intensidad, perfectamente articulados y verosímiles.

Por su parte, las sub-tramas complementan línea argumental, ofreciendo al espectador elementos que refuerzan las situaciones y los perfiles humanos de los personajes. Nada falta y nada sobra en esta conmovedora película, que ha encontrado en el público una acogida sin precedentes. El realizador, Ernesto Daranas, desnuda la marginalidad, la violencia, la corrupción, el desamparo de las capas sociales económicamente más desfavorecidas, la indiferencia de las instituciones y de los funcionarios, los rígidos mecanismos y prejuicios de un sistema no pensado para personas libres, sino para obedientes rebaños.

El escenario, bello pese a su sordidez, es la hermosa ciudad que se cae a pedazos, los rincones que no aparecen en las postales turísticas, los barrios donde viven y vibran las pequeñas personas comunes sin las cuales no reconoceríamos La Habana; todos conviviendo con los vicios –y muchos viviendo de ellos–; esos vicios que el discurso oficial declaró desterrados por la revolución más de cinco décadas atrás.

El guión apunta directamente a muchos de los males de la Cuba actual: la policía corrupta, el presidio político, el absurdo de que un cubano de provincias sea considerado “ilegal” en la capital, la emigración que nos vacía. Pero en  cada función se produce una apoteosis de público que aplaude emocionado y de pie en la oscuridad de las salas de proyección cuando el personaje Carmela, la maestra, alude sin tapujos a la cantidad de tiempo que lleva este gobierno en el poder. Por eso Conducta, más que un filme, es un acontecimiento del que no puede dejar de hablarse.

Todo el filme luce magnífico y triste a la vez, con los tonos sepia del abandono y de la decadencia, en la que asoman también, pese a todo, la bondad, el amor, la solidaridad humana, la ternura, la inocencia y la esperanza. Es esa esperanza la que, paradójicamente, nos regala el realizador al terminar la película sin solucionar los conflictos. Daranas no persigue la complacencia de un público facilista, sino que al estremecerlo compromete las conciencias. Quizás eso explica que Conducta no tenga un final cerrado ni abierto, feliz ni trágico. Es como una pelota lanzada desde la pantalla hacia los espectadores, justo para que dejemos de serlo; una manera inteligente y cómplice de recordarnos que todos somos parte del mismo drama, que nos corresponde a todos construir ese final inconcluso. En ese sentido, la película no podría haber llegado en un mejor momento.

Lástima que tanta empatía, tanta complicidad compartida y tantas energías unidas se manifiesten solo en la protección oscura de las salas de cine. Lástima que el recipiente de nuestra proverbial paciencia tenga una profundidad tan grande que no parece existir una gota capaz de rebosarlo.

Lástima, también, que los sectores de la oposición no hayan encontrado una fórmula para capitalizar esa empatía popular y utilizarla creativamente a favor de los cambios democráticos. Por el momento, es de esperarse que esta suerte de plebiscito –proyecciones mediante– se siga produciendo a medida que el estreno de Conducta llegue a todos los rincones del país, pero más allá de todos los valores y del indiscutible éxito de la película, una cosa es cierta: en Cuba tenemos demasiados Chalas, pero muy pocas Carmelas.

 

Publicado en Sin Evasión | 5 comentarios

Cuba Jurásica

Manifestaciones multitudinarias en Venezuela. Imagen tomada de Internet

Manifestaciones multitudinarias en Venezuela. Imagen tomada de Internet

Las agencias informativas no tienen un instante de descanso por estos días: en Ucrania ha siso derrocado un sátrapa gracias a las movilizaciones y protestas callejeras en medio del crudo invierno, la gente hace largas colas para comprobar con sus propios ojos la pompa y el boato en que vivía el ex gobernante aliado de Rusia; en Venezuela continúan las manifestaciones estudiantiles apoyadas por los líderes de la oposición, finalmente cohesionados para hacerle frente al gobierno de Maduro; en Ecuador la oposición acaba de asestar un golpe ejemplar al oficialismo al alzarse con una incuestionable mayoría de votos durante las elecciones seccionales de este domingo 23 de febrero en plazas tan importantes como Quito y Guayaquil, poniendo freno al desenfrenado Presidente de la “revolución ciudadana”. El mundo se mueve a una velocidad vertiginosa cambiando los escenarios y sacando a la luz nuevos actores, mientras en Cuba permanecemos en el Jurásico politico con un gobierno de dinosaurios eternizados en el poder.

A juzgar por la prensa oficial cubana, la realidad exterior no parece existir, por eso los “sucesos” pueden ser un gris congreso “sindical” en un país donde no existen sindicatos, unas “reformas” que no reforman nada, o lo que dicta un gobierno que desgobierna a una colonia de hormigas que emplean sus jornadas diarias en procurarse el sustento, ajenas al júbilo de los liberados, ignorantes de la voluntad y valor de los opositores de Nicolás Maduro, del civismo de los ecuatorianos que optaron por controlar desde las urnas las excesivas ambiciones de poder de un camorrista investido de presidente, y de todo cuanto acontece en el mundo más allá de los arrecifes de una Isla maldita.

En especial Venezuela nos toca de cerca, por el bochornoso padrinaje de la dictadura cubana, obsoleta y arruinada, extendiendo su sombra maléfica sobre una nación rica en recursos naturales y humanos. Por suerte para ellos y para nosotros, los Venezuela no es un país de zombies. No obstante, causa ansiedad y tristeza a la vez comprobar cómo otros pueblos son capaces de lo que no el nuestro. Lástima de país Cuba, cuyos hijos eligen el silencio y la fuga antes que ejercer sus derechos frente a la satrapía verde olivo que lo condena a la esclavitud y la pobreza.

Publicado en Sin Evasión | 9 comentarios

La “vataya por la holtografia”

Estudiantes cubanos de secundaria básica. Foto tomada de Internet

En días recientes, mientras me dedicaba a la odiosa tarea de ordenar las gavetas de un mueble en casa, encendí mi TV con la esperanza de acompañarme con algo que me distrajera. No recuerdo cuál fue el canal que apareció sintonizado, pero el tema del que hablaban hizo que de inmediato prestara atención al programa que estaban pasando: dos profesoras de literatura y español, a todas luces metodólogas del Ministerio de Educación, disertaban a propósito de los agudos problemas de redacción y expresión que cunde entre los estudiantes de la enseñanza media. Los estudiantes –se quejaban ellas– no son capaces de expresarse con claridad y coherencia, suelen presentar problemas de pérdida de la idea central, tienen serios problemas en gramática –en especial en el uso de las oraciones subordinadas–, no saben utilizar los signos de puntuación, presentan dificultades en la comprensión e interpretación tanto de obras en prosa como en verso, y como si todo esto no fuera suficiente, el problema más grave es el de la epidémica mala ortografía. ¡Vaya, pensé, menos mal que la información no viene de la disidencia!, así que –por esta vez– no se trataba de una vulgar “campaña mediática” de los enemigos para desacreditar al sistema educativo cubano.

Ambas profesoras se extendieron en la importancia del conocimiento, dominio y uso adecuado del idioma como bien cultural al que es preciso cuidar. Créanme los lectores que me solidaricé sinceramente con ellas al recordar las colosales sartas de disparates lingüísticos que yo misma tuve que revisar y corregir en los exámenes de mis alumnos en los años en que era profesora de esta depreciada asignatura, cuando en muchas ocasiones tuve que hacer venir a uno u otro estudiante para que me descifrara el jeroglífico que aparecía estampado sobre el papel. A esas alturas del programa de TV, yo había abandonado mis revueltas gavetas y estaba pendiente de las soluciones que esperaba propondrían estas profesionales de la enseñanza del idioma para superar tanto desastre.

Pues bien, ellas mencionaron algunas recomendaciones a los profesores acerca del uso de las tele-clases, las cuales “no deben sustituir al profesor al frente del aula, sino que éste tiene que estar preparado para apoyar y reforzar los conocimientos que se imparten desde el TV a los alumnos” (¡Aleluya!). Para esto, dijo una de las metodólogas, hay que hacer un seguimiento “antes, durantes y después” de la tele-clase (subrayado intencional de esta escribidora). Me quedé expectante. Pero la esperanza de que la “s” añadida a la palabra “durante”, ni más ni menos que por una profesora-metodóloga, fuese un mero desliz se me disipó cuando la refinada señora la repitió en su discurso por al menos dos veces más: “durantes”. Obviamente, ella se sentía muy satisfecha de su pronunciación: nadie podría negar que era en verdad muy fina. Tras un suspiro, apagué el TV y me dispuse a terminar el arreglo de mis gavetas.

Un rápido recuento me permite memorizar otros muchos errores ortográficos, tan comunes en la vida cotidiana, que agreden desde cualquier punto, ya sea un cartel –¿quién no recuerda, por ejemplo, aquellos grafitis “revolucionarios” que ponían “Si se puede”, cambiando por completo el sentido de la consigna del Innombrable, “Sí, se puede”?–, una tablilla de cafetería, un anuncio publicitario o una carta menú. El sábado, por ejemplo, unos amigos me invitaron a comer en el conocido restaurante privado “Gringo Viejo”, en El Vedado, un lugar agradable y acogedor, con una carta variada y buena elaboración, que es frecuentado por muchos visitantes extranjeros. La carta menú ofrecía, entre otros platos, “filete en casuela”.

No hay que decir que, si esto es en un restaurante de categoría, a juzgar por la zona en que se enclava, la clientela que lo visita y –sobre todo– los precios, lo que se puede leer en muchas cafeterías, fondas y establecimientos de servicios, sean estatales o privados, es la apoteosis de la mala ortografía. Hay algunos guasones que llaman a esto “libertad de expresión a la cubana”. Yo no le encuentro la gracia.

El mal uso del idioma, los frecuentes errores de dicción de muchos profesionales de la palabra, tanto en la TV como en la prensa plana –incluyendo el periódico más importante de Cuba, Granma– y la creciente estrechez de vocabulario que se registra a nivel coloquial, pueden parecer a simple vista apenas una futilidad frente a los muchos problemas e imperativos que impone la cotidianidad. Sin embargo, no es así. Este desprecio por nuestro idioma es una muestra de que la pobreza está tan arraigada en la psicología social que se ha apoderado también de la palabra; y con ella del pensamiento. Puede no parecer tan grave, pero lo es: pensamos con el idioma porque la palabra es la manifestación material del pensamiento. La pobreza al hablar es, entonces, expresión de pobreza mental; un fenómeno que contradice a voces lo que exhibía un titular de la primera plana del Granma el pasado viernes 14 de febrero: “La educación cubana es ejemplo para el mundo”. Sí, claro. En especial ahora, que, como parece inferirse de aquel programa de TV, el MINED está librando una “vataya por la holtografia”. ¡Y que me perdone Cervantes!

Publicado en Sin Evasión | 5 comentarios