Entre los zombis y los ciudadanos

Imagen tomada de Internet

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Frustrada, en los días iniciales del año volví a casa tras hacer algunas compras del agro, con las que pretendía llenar los espacios vacíos de mi viandero y las gavetas bajas de mi refrigerador. Las carretillas y los mercados agropecuarios pobremente abastecidos, la mala calidad de muchos de sus productos y los altos precios echaron por tierra mis aspiraciones. Mi carretillero favorito, al que suelo comprar más asiduamente por la otrora habitual variedad y calidad de sus productos, me explicó que “hay problemas con el transporte” desde el campo, que se habla de un aumento del costo del petróleo y, por tanto, habrá un encarecimiento general, y –por si esto fuera poco– hubo un aumento de los impuestos.

Mi compra de ese día, apenas un bultito distribuido en dos bolsas de plástico (2 pesos, uno por cada bolsita), se elevó en solo cinco minutos y en un minúsculo volumen, al costo total de 111 pesos en moneda nacional, para complementar el consumo de alimentos de dos personas por dos o tres días.

En el transcurso del mes las tarimas se fueron poblando gradualmente, pero los precios mantuvieron su tendencia alcista y en algunos casos llegan a rayar en el delirio: un solo limón puede costar entre tres y cuatro pesos, en tanto la libra de tomate se mantiene en ocho pesos, la de malanga en cinco y una col minúscula cuesta entre diez y doce pesos.

De qué manera y con qué recursos sobreviven los empleados estatales dependientes de un salario y los jubilados constituye el mayor de los misterios en la Cuba actual; sin embargo, más inexplicable aún resulta la pasividad que mantienen estos sectores de la población, los más frágiles y los más afectados por las condiciones de vida en la Isla. Una posible respuesta –o factor incidente– podría encontrarse en el efecto enajenante de los medios de difusión del gobierno. Basta mirar el noticiero de TV o un periódico oficialista para constatar la retorcida táctica de entumecimiento mental que afecta especialmente a los más ancianos y a las masas menos instruidas de la población cubana. Y mientras mayor se hace la crisis general del sistema más cínicos se vuelven los medios.

Los ejemplos abundan de forma tal que sería excesivo enumerarlos todos. Para citar algunos, en el noticiero de la 1:00 pm escuché días atrás a una comentarista de la actualidad internacional que criticaba la propuesta de venta de la ciudadanía a los extranjeros que invirtieran capital en la zona mediterránea de Europa, una medida que –según explicó– privilegia a los extranjeros ricos por sobre los millones de emigrantes pobres que llegan a ese continente, a quienes se les niega la ciudadanía, consolidando así las exclusiones y aumentando el abismo entre ricos y pobres. Otro segmento del propio noticiero informaba que los jóvenes españoles emigran constantemente a otros países para trabajar al menos por un salario mínimo, incluso en puestos de poca calificación, con tal de huir de la crisis del país, de la cual 7 de cada 10 jóvenes culpan al gobierno y a los políticos. Más adelante se informaba de que en EEUU los salarios no son suficientes para vivir, además de que el rigor de este invierno ha provocado numerosas muertes.

El mundo se presenta decadente, peligroso y hostil en los medios oficiales castristas, que, sin embargo, nunca han explicado las razones que excluyen a los cubanos de las inversiones en su propio país o por qué en la propia Isla cada día crece más el cisma entre los que tienen recursos y los que no. Ellos nunca han reconocido que ni el salario más elevado de un cubano resulta suficiente para cubrir las necesidades primarias de una familia, y que décadas de emigración –que se han incrementado a medida que crece la desconfianza en el sistema– siguen descapitalizando al país de su mano de obra, fundamentalmente de los jóvenes, quienes también huyen buscando una vida mejor a cualquier costo y riesgo porque, entre otras cuestiones, y a diferencia de los jóvenes emigrantes españoles, los cubanos no tienen la oportunidad –no digamos ya de cambiar a los gobernantes o forzarlos a dimitir cuando no cumplen– sino ni siquiera de elegirlos.

Por su parte, el “bloqueo” es el recurso supremo que siguen esgrimiendo los medios para evadir todo cuestionamiento y justificar las carencias del país. La prensa oficial exhibe la impudencia suficiente para mantener adormecidas en la farsa de su discurso a las masas zombis, demasiado ocupadas en sobrevivir, demasiado aletargadas para rebelarse. Después de todo, se dirán entre sí los más infelices, aquí nadie se muere de frío (salvo los locos desamparados que terminan ingresados en el Hospital Psiquiátrico de La Habana), así que creen más sabio permanecer silenciosos y mansos, arropados en la seguridad de la miseria que les ofrece el sistema. Sin dudas, el monopolio de la prensa es la verdadera arma estratégica de la “revolución” de los Castro.

Sin embargo, la tendencia entre los sectores autónomos, formados por los trabajadores privados (cuentapropistas), ya comienza a mostrar algunos despuntes de reacción. Entre ellos hay grupos que ya se manifiestan abiertamente, reclaman ante instituciones gubernamentales y protestan contra las restricciones y las altas tasas impositivas, en tanto otros se expresan libremente contra las autoridades. No son disidentes ni opositores, sino algo mucho más letal para el sistema: son ciudadanos.

Así que, después de todo, hay motivos para la esperanza.

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Feliz 2014. Y Sin EVAsión cumple 6 años

Aunque con varios días de retraso, aprovecho una breve oportunidad de conexión para felicitar a todos los lectores en el Nuevo Año y desearles muchos éxitos para este 2014. Como nota especial, por estos días este blog está cumpliendo seis años, por lo que me propongo renovarlo en las próximas semanas. Por cuestiones de muchos compromisos de trabajo he estado un poco alejada de esta web. El pasado 2013 fue de muchos trabajo, pero también de enormes satisfacciones, entre ellas la de ver publicado ya el libro Cuba in focus, que en coeditoría con los colegas Ted Henken y Dimas Castellanos, ha salido en su versión en idioma inglés. Tenemos la aspiración de conseguir publicarlo también es español, para su mejor difusión en Cuba.
De cualquier manera, los próximos tiempos serán también de trabajo, esperanzas y optimismo. No sabría encarar la vida de otra manera. Ya pronto estaré de vuelta, con nuevos devaneos, con muchas ganas se hacer. Gracias, y un fuerte abrazo.

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Mandela: mi personal homenaje tardío

Fotografía tomada de Internet. Sin comentarios

Fotografía tomada de Internet. Sin comentarios

Transcurren los días y las exequias del célebre primer presidente negro de Sudáfrica, Nelson Mandela, continúan ocupando páginas de la prensa. Casi todo el mundo se siente obligado a elogiar hasta el infinito al glorioso Madiba, reeditando en incontables párrafos la vida del difunto líder y procurando realzar a porfía sus virtudes, hasta el punto en que ya no se sabe a ciencia cierta si Mandela fue un ser humano o un santo en la tierra. Es loable recordar con admiración y respeto a las personas que han realizado obras valiosas, pero en lo personal no suelo reaccionar bien con esto de los iconos, los paradigmas o comoquiera que se les defina.

Bien, entonces, por todo lo bueno que hizo Mandela por su pueblo; por su ejemplo de renunciar al poder cuando podía haberlo retenido, por su simpatía y carisma, por su capacidad para perdonar –tan necesaria y tan deficitaria entre nosotros–, y por todas las cosas buenas que hizo a lo largo de su extensa vida, pero yo prefiero recordarlo como el hombre que fue, como lo que somos todos los individuos humanos y que me lo hace más cercano y creíble: seres imperfectos.

Por eso, ante tantos discursos estereotipados y tanta pamplina politiquera desplegada en los funerales de un difunto que quizás hubiese deseado menos fanfarria, he decidido homenajearlo a mi manera: celebrando su existencia porque vivió para cumplir una misión tan elevada como la libertad y la justicia para su pueblo, en cuya consecución sufrió la represión y la cárcel, tal como siguen sufriéndola todavía los cubanos que aspiran al mismo ideal para este pueblo, y los que hemos vivido el encierro y las injusticias de una dictadura, no digamos ya por 27 años, sino por más de medio siglo.

Pero también me permito un homenaje especial para Madiba,  imitándolo modestamente en el perdón y en la reconciliación: Yo te perdono, Nelson Mandela, por la amistad que tributaste al dictador más cruento que ha tenido mi pueblo y por las muchas veces que lo ensalzaste y le diste tu apoyo. Te perdono por haberte equivocado al privilegiar al opresor sobre los oprimidos, al posar tu mano –redentora para tu pueblo– en los hombros ensangrentados del que excluye y escarnece al mío. Te perdono tu espaldarazo al mito que se erigió sobre la violencia, aunque tú eras un símbolo de la paz para la humanidad. Te perdono habernos condenado sin conocernos bien, olvidando el tributo de sangre que hizo mi pueblo en África y  que tú, cual amante voluble, agradeciste al sátrapa que jamás ha tenido la grandeza de sacrificarse por nosotros, por ti, ni por los tuyos.

Te perdono, pues, y me reconcilio con tu memoria para seguir recordando y respetando lo mejor de ti. Sé que muchos, con ramplona gazmoñería, me satanizarán por cuestionarte, pero no me harán daño, porque tengo el alma encallecida a fuerza de recibir ataques y críticas. Abrigo la esperanza de que esta vez mis detractores sean tan consecuentes con la prédica de bondad que tanto dicen admirar de ti, que terminarán por perdonarme. Ojalá tú también perdones la osadía e irreverencia de esta cubana que cree en la virtud de las buenas obras de los hombres, porque no tiene dioses, pero no pude resistirme a la tentación de decir también lo mío en la hora de tu muerte.

Y si no me perdonaran tú ni los plañideros de ocasión, no me importa. En todo caso será otra prueba de que en el fondo tú tampoco eres perfecto; al menos eso tendremos en común. No te ofendas, de cualquier modo tú has sido una gran persona y yo jamás igualaré ninguno de tus muchos méritos. Descansa en paz, sinceramente.

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Lo “prohibido” y lo “obligatorio”

(Imagen tomada de Internet)

En numerosas conversaciones con cubanos, tanto emigrados como de “adentro”, éstos últimos con los que comparto la experiencia de vivir diariamente bajo las condiciones sui generis de esta Isla, sale a relucir una frase acuñada a lo largo de décadas, cuya credibilidad se sustenta más en la propia repetición por su uso y abuso en el habla popular que en la realidad misma: “En Cuba lo que no está prohibido es obligatorio”.

Debo admitir que en lo primero hay bastante acierto. Si algo abunda en Cuba son las prohibiciones en todas sus variantes: las que verdaderamente lo son –contenidas en leyes, decretos, regulaciones y otras disposiciones de distintos niveles, todas dirigidas a inhibir a los individuos y controlar cada actividad social o personal–, las que nos impone la naturaleza coercitiva del sistema aunque no estén legalmente sancionadas (por ejemplo, que los estudiantes varones no puedan usar melenas, que no se transmita por la radio o la TV algún tipo de música, que no se reúnan personas en un determinado lugar, etc.) y las que nos inventamos nosotros mismos, o sea, las prohibiciones autoimpuestas propias de sujetos sometidos desde la cuna al temor, al adoctrinamiento, a la vigilancia permanente y a la dudosa moral de la supervivencia cotidiana que obliga a vivir gracias a las ilegalidades, es decir, violentando interdictos establecidos por el poder más allá del sentido común. Es natural que las transgresiones abunden más allí donde existe una mayor cantidad de tabúes.

Ahora bien, lo “obligatorio” es harina de otro costal. Más bien se trata de toda una leyenda que, ya sea por desconocimiento o por un sinnúmero de razones (irracionales), inconscientemente sirve a muchos cubanos para justificar su modo de actuar y atrincherarse en el marasmo cívico que nos asfixia. La lista se “obligaciones” sería infinita, pero algunas de las más socorridas se resumirían en: la pertenencia a organizaciones que son pura entelequia, como los Comités de Defensa de la Revolución, Federación de Mujeres Cubanas, Milicias de Tropas Territoriales, Central de Trabajadores de Cuba, Organización de Pioneros de Cuba, Federación Estudiantil de la Enseñanza Media, Federación Estudiantil Universitaria, etc., todas ellas con pago de una cotización y con asistencia a diferentes rituales marcados por las efemérides, también supuestamente con carácter “obligatorio”.

Pero también muchos cubanos parecen considerar obligatorio votar por el Delegado, asistir a las asambleas de rendición de cuentas y a reuniones, gritar consignas, cantar el Himno Nacional, saludar la bandera, honrar a los mártires del santoral revolucionario, firmar compromisos políticos y otros documentos, y un larguísimo etc.

En realidad, existe la suposición de que no cumplir con estas “obligaciones” traería como consecuencia algunas represalias, como pudiera ser la pérdida del puesto de trabajo, la no aceptación de nuestros hijos en algunos centros de estudio, no poder optar por determinados servicios como el círculo infantil, el semi-internado para hijos de madres trabajadoras, etc. Sin embargo, muchos hemos comprobado por experiencia propia que nada de lo antes mencionado es realmente obligatorio, sino que constituye la respuesta general a la prohibición fundamental que pesa sobre esta nación: está prohibido ser libres.

¡Ay, cubanos! Si alguna vez el coraje que mueve a tantos a desafiar los peligros del mar en una fuga casi suicida, a crear una nueva vida lejos, a sobrevivir en condiciones tan precarias dentro de la Isla y a triunfar contra todos los obstáculos fuera de ella, se volcara en vencer el temor al régimen, ¡qué diferente sería todo!… Si tantas energías se dirigieran a cambiar nuestra propia realidad, haríamos desaparecer en poco tiempo el mundo de prohibiciones que nos ha encadenado por medio siglo y dejaríamos de sentirnos obligados a ser eternamente esclavos. No es obligatorio, pero tampoco está prohibido.

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Cuba en el CDH: castigo y penitencia para la democracia

Consejo de Derechos Humanos de la ONU

Consejo de Derechos Humanos de la ONU

La reciente elección de Cuba para formar parte del Consejo de Derechos Humanos (CDH) de las Naciones Unidas por un período de tres años ha despertado posiciones contrapuestas en diversos sectores de opinión, tanto dentro como fuera de la Isla. No es para menos, habida cuenta que, por una parte, el hecho supone un reconocimiento a un gobierno totalitario que durante décadas ha coartado todas las libertades individuales y colectivas de los cubanos, y hasta hoy les niega derechos tan esenciales como el de asociación, el de libertad de prensa, de expresión y de información, por solo mencionar algunos de los más inocultables.

Algunos optimistas, con exagerado candor, consideran que la presencia de los representantes del gobierno cubano –que no “de Cuba” – en el CDH podría ser positiva como elemento de presión sobre el gobierno, ya que las autoridades estarían sujetas a un mayor escrutinio del organismo y a cumplir obligaciones propias de los sistemas democráticos, lo que conduciría a una eventual flexibilización o transformación de la situación de los derechos humanos en la Isla.

Los más realistas, sin embargo, opinan que hasta el momento la pertenencia a organizaciones y comisiones internacionales que, al menos de jure y con mayor o menor éxito propugnan la defensa de avances económicos, políticos y sociales para la Humanidad, no ha sido elemento importante ni suficiente para promover cambios democráticos en Cuba. De hecho, y tal como se jacta la prensa oficial, “Cuba fue miembro fundador del Consejo, órgano en el que permaneció hasta el 2012, (…), por lo que retorna al foro después de un año como Estado observador” (Granma, 13 de noviembre de 2013, pág. 5) sin que ello incidiera en una mejoría sensible de los derechos humanos en la Isla.

Además de esto, en más de una ocasión el gobierno cubano ha recibido reconocimientos en esferas tan sensibles como la salud, la educación y la alimentación, a despecho del deterioro que han sufrido los dos primeros rubros y la crónica insuficiencia del tercero. Tantos reconocimientos son interpretados por muchos cubanos como una burla hacia la crítica situación en que viven, y constituyen una afrenta a décadas de resistencia, sacrificios y esfuerzos por parte de la disidencia interna, esencialmente pacífica.

Por supuesto, la prensa oficial anda de jubileo. Un editorial del Granma (miércoles 13 de noviembre de 2013, primera plana), pregona la elección de Cuba al CDH como un “Derecho ganado” y “un rotundo reconocimiento a la labor desempeñada por nuestro país en esta materia”. Y para que no queden dudas de que el gobierno persistirá en aplicar los derechos humanos a su particular manera utilizando los mismos pretextos de siempre, el editorial de la página 5 de la citada edición reprodujo las palabras de Anayansi Rodríguez, embajadora del régimen ante los organismos internacionales con sede en Ginebra, quien declaró que esta “es una victoria del pueblo cubano que ha sabido resistir más de cinco décadas el bloqueo estadounidense”, y más adelante advirtió que “no hay sistemas únicos de democracia, cada pueblo tiene el derecho de determinar de manera soberana cuál es el sistema más conveniente para la plena realización de los derechos humanos”. Una frase ambigua que los cubanos sabemos interpretar claramente como que la castrocracia procurará seguir utilizando el acceso a los organismos internacionales como un recurso más de legitimar la dictadura más antigua que conoce (y aúpa) el mundo civilizado.

Nada nuevo bajo el sol, que a veces parece mostrar más manchas que luces, como lo demuestran otros oscuros miembros elegidos también al CDH en esta ocasión: Rusia, China, Vietnam, Arabia Saudita, Argelia, Marruecos, Sudáfrica, Namibia y México, países en los que, con independencia de los matices y gradaciones, la violación de derechos humanos forma parte de la realidad cotidiana. Obviamente, para las Naciones Unidas y sus diferentes foros, el precario equilibrio mundial requiere de ciertas concesiones, aun aquellas que laceran los valores democráticos.

De esta manera, para bien o para mal, la dictadura cubana tendrá otros tres años de gracia para intentar dinamitar esta organización internacional. Es sabido que, más allá del insignificante aporte financiero, material o humano de Cuba a la ONU, la misión principal de la diplomacia castrista es entorpecer el funcionamiento de todos los foros creados para la promoción de la democracia, enrareciendo los debates, desvirtuando las agendas, creando antagonismos, polarizando los ánimos y utilizando los espacios como tribunas para arremeter contra los gobiernos de las naciones libres, en especial EEUU, aunque ese país –por su propia voluntad– no pertenezca al CDH.

Poco o nada ganarán los sueños de democracia de los cubanos, huérfanos de derechos, con este espaldarazo a los Castro. El consuelo (de tontos) es que tampoco ganarán el CDH y los países democráticos con tan dudosa membresía. En alguna medida y salvando las diferencias, ellos y nosotros sufriremos castigo y penitencia.

 

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Los desertores y el “perdón” otorgado

Médicos cubanos hacia el exterior. Foto tomada de InternetUna amiga mía, que aquí llamaré Greta, es doctora y ocupa un cargo de cierta responsabilidad en un policlínico en un barrio “bien” de la capital cubana. Aunque no es muy versada en cuestiones de política e ideologías en general, ni de marxismo en particular, hace muchos años aceptó la pertenencia al PCC porque esa condición le facilitaba el acceso a ciertas ventajas, como conseguir más rápidamente el círculo infantil para la niña, el semi-internado para el hijo mayorcito y un discreto ascenso en su carrera, más allá de lo que cabría esperar de su mediano talento.

Greta no es, pues, ni una revolucionaria comunista o siquiera simpatizante del sistema, ni una opositora, sino una oportunista acogida al ritmo regular de un sistema que no te molesta mucho mientras finjas obediencia y sigas las pautas.

O al menos lo ha sido hasta hace muy poco tiempo, cuando un “cuadro profesional” del PCC municipal se presentó ante una reunión de militantes de su policlínico y les orientó expresamente una misión ideológica: a causa de la cada vez mayor deserción de médicos y otros profesionales de la salud desde las llamadas misiones internacionalistas en el exterior,  todos los miembros del “núcleo del partido” de su policlínico tenían que visitar a los familiares de aquellos para informarles que el tal desertor no estaba obligado a considerarse emigrado definitivo sino que contaba con un plazo de dos años para valorar su regreso a Cuba para continuar ejerciendo tranquilamente su profesión y gozar de “todos los derechos, como todos los cubanos de la Isla”. (¡Solavaya!).

A Greta se le cayó la lima de uñas de las manos (ella aprovecha las reuniones del núcleo para actualizarse la manicure o para revisar su teléfono celular). No daba crédito a lo que escuchaba. Ahora, a las diarias caminatas visitando pacientes y consultorios de médicos de la familia, obligaciones de su cargo y posición que ella –hay que reconocerlo– cumple cabalmente, se sumarían las visitas a casa de los “desertores” porque las autoridades políticas, generosamente, les otorgaban el “perdón”. Ella, que se las había arreglado para no participar en mítines de repudio ni en reuniones de sanciones, tendría que “concientizar” a los familiares de los doctores y técnicos emigrados para que éstos a su vez los convencieran a ellos de las posibilidades de “regresar a la patria”.

Hacía apenas una semana Greta había hecho su visita habitual a los padres de un buen amigo, médico como ella, uno de esos “desertores” quien reside en EEUU desde hace más de un año y trabaja como paramédico en una ambulancia, había recogido unas fotos que éste le envió y había degustado un sabroso café enviado por el ex-traidor a sus padres. A su amigo, como a nadie que ella conozca, le pasa por la cabeza venir a recuperar derechos en Cuba… Ni siquiera a los que dejaron de ejercer su profesión y hoy se desempeñan en otros trabajos de la propia esfera de la salud.

Los militantes se miraban perplejos. Apenas pocos meses atrás la dirección del policlínico había realizado un matutino para condenar la traición de un nuevo desertor (otro más) que había traicionado a su pueblo y a la revolución y no se merecía ni el agua que tomaba… ¿Qué significaba ahora esta peregrinación regalando perdones que nadie había pedido y de los que, seguramente, nadie haría uso? Era el colmo del ridículo.

Y hasta ahí duró la tolerancia de Greta. Se levantó de su silla y le espetó al “cuadro dirigente” que ese era el trabajo que tenía que hacer él y no los médicos del policlínico, que para eso él tenía asignado un salario, una oficina con aire acondicionado y un vehículo con el tanque lleno de gasolina mientras ella y los demás médicos tenían que andar rompiendo zapatos por las calles, caminando bajo el sol y el calor, para cumplir el suyo. Dicho esto, Greta recogió su cartera de la silla y se fue de la reunión, dejando tras de sí un sorprendido silencio, seguido de un murmullo de aprobación y apenas cinco minutos después acabó la reunión.

Ahora Greta está esperando la próxima reunión en la que, de seguro, le quitarán su carné de militante y una gran carga de los hombros. Le pregunté si no temía perder su trabajo y ella, risueña y burlona como es, me respondió: “Con la cantidad de médicos que hay fuera y los que se seguirán quedando, posiblemente lo que me pidan de favor que no me vaya. En resumidas cuentas, lo más probable es que con el carné me quiten también el cargo administrativo, así que estaré mejor ahora que antes: más tiempo para dedicar a mis pacientes, a mi familia y a mí. Va y hasta empiezo yo también a dar consultas privadas, como otros médicos amigos míos. Seré otra de los muchos desertores que se quedan”.

En lo sucesivo, Greta tendrá que cuidarse. Con toda seguridad, a este tipo de desersión médica hacia el sector privado dentro de Cuba no se le otorgará el perdón de las autoridades.

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Empoderan a la policía: ¡la que se avecina!

Artículo originalmente publicado en Cubanet el 14 de octubre de 2013

Fotografía tomada de Internet

Si en algo ha sido eficiente el régimen cubano en estos casi 55 años es en la administración de la noticia en función de sus intereses, ese truco que consiste en cubrir con palabras varias planas impresas y todos los medios “informativos”, sin llegar a decir nada. O esa otra variante, no menos mañosa, que es lanzar una información que de antemano se sabe causará expectativas y revuelos en la opinión pública, para en medio de la conmoción colocar otra noticia, mucho más significativa, aunque a primera instancia no lo parezca, que pasa prácticamente inadvertida.

Tal ha sido el caso de una enrevesada información publicada en el periódico Granma el pasado 3 de octubre de 2013 (“Explican cambios en legislaciones penales”, primera plana), en los momentos que el anuncio de la prohibición de venta de ropas de importación a los cuentapropistas y su decomiso por parte de las autoridades correspondientes estaba acaparando toda la atención de la opinión pública nacional. De hecho, no ha habido ninguna reacción de opinión en torno al tema de las legislaciones, aunque éstas vienen a complementar las recientes disposiciones oficiales contra los cuentapropistas.

Un sondeo inicial revela que las modificaciones introducidas en el Código Penal y la Ley de Procedimiento Penal no parecen haber despertado el interés de la población. Sin embargo, ellas legitiman el ambiente de impunidad que caracteriza las relaciones entre los cuerpos represivos y la población. Con el Decreto-Ley 310/2013 “se amplían las competencias de los tribunales municipales para dirimir los delitos sancionables hasta ocho años de privación de libertad (antes era hasta tres años)”, a la vez que “las autoridades actuantes como la Policía Nacional revolucionaria y otras disponen de más facultades, de forma tal que no necesariamente tienen que enviar todos los casos a los tribunales”. La policía –ese nicho de filibusteros uniformados– será a la vez guardiana, captora, juez y verdugo de los ciudadanos.

Otra modificación recién introducida en la legalidad es el Decreto 313/2013 del Consejo de Ministros, que establece “en qué casos se deben ocupar los bienes relacionados directamente con un delito y cuáles son las entidades encargadas de recepcionarlos o custodiarlos…”. Estos artículos así confiscados “pueden ser comercializados inmediatamente y aportar al presupuesto del Estado” y en caso que “se decida devolverle el bien que le fuera ocupado” a una persona y este ya haya sido comercializado, se le entregará “uno de características similares” o se le indemnizará financieramente. Es decir, que las autoridades tendrán la prerrogativa de establecer la legitimidad o no de los bienes del ciudadano y el derecho que éste tenga o no sobre esos bienes; se arrogará la potestad de comercializar propiedades particulares en beneficio del Estado y decidirá en qué casos se devolverán estos bienes al ciudadano o el valor que se le indemnizará por ellos, por supuesto, a discreción de esas propias autoridades.

Resulta espeluznante pensar en qué niveles de indefensión quedan los cubanos comunes al ampliarse de esta manera  los poderes de la PNR y de los tribunales, es decir, de las instituciones represivas al servicio del gobierno. Todo ello en un escenario signado por la corrupción en todas las esferas, y muy particularmente entre los propios agentes del “orden”, en teoría los encargados de velar por la tranquilidad ciudadana. No se me ocurre absurdo mayor de este gobierno que tratar de mantener el control social empoderando a un ejército de corruptos semi-analfabetos, apoyados por los profesionales de las leyes, como si con ello se pudiese evitar el caos que se nos viene encima.

Pocos años atrás el general-presidente, a quien algunos optimistas consideraban un pragmático reformista, anunció que las medidas dirigidas a “renovar el modelo” no tendrían retroceso. Mentía, aunque quizás la intención inicial fuera veraz. La realidad, sin embargo, demostró que hasta la mínima posibilidad de prosperidad e independencia económica desborda los controles oficiales y un sistema totalitario no puede sobrevivir a un proceso de reformas, por tímidas e insuficientes que éstas sean.

Las recientes modificaciones introducidas en el Código Penal y en la Ley de Procedimiento Penal son una tentativa, tan inútil como desesperada, de volver a encerrar al genio en la botella. Una vuelta de tuerca tan desafortunada que acentuará el giro hacia el peor de los escenarios posibles: mayor corrupción y represión contra un pueblo cada vez más descontento y frustrado; justamente los componentes menos propicios al control y al orden que de jure persigue el poder en Cuba.

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Me parece bien

Venta de ropas por cuentapropistas. Foto tomada de Internet

Venta de ropas por cuentapropistas. Foto tomada de Internet

La cosa pinta mal con esto de la venta de ropas, así que muchos comerciantes habaneros que pagan una licencia como sastres o costureras están preocupados por lo que se les viene encima. Desde el pasado 28 de septiembre de 2013 entró en vigor la disposición oficial que establece que solo podrán vender prendas de vestir confeccionadas artesanalmente, so pena de recibir una fuerte multa y el decomiso de todos las confecciones industriales que oferten.

Hasta el momento, los numerosos pequeños comercios privados de Centro Habana han seguido abiertos y vendiendo diariamente la misma ropa importada, sin que haya ocurrido ningún operativo oficial. Pero entre ellos circula una ansiedad sombría y saben que solo es cuestión de tiempo antes que las hordas de inspectores y la jauría uniformada caigan sobre ellos.

Anaís, una de las decenas de vendedoras de prendas de vestir que han abierto un negocio privado en Centro Habana, anda ya por sus 40 décadas de vida y antes de tener una licencia como trabajadora por cuenta propia ya sabía ganar dinero por su propia cuenta, y de hecho lo hacía comerciando con ropas importadas, ya fueran procedentes de los almacenes y tiendas estatales como introducidas por cualquiera de las múltiples redes de contrabando que han proliferado por esta Isla desde que las prohibiciones se instauraron como método de gobierno. Por eso se encoge de hombros ante la nueva amenaza oficial: “En cuanto me entere que están desembarcando los inspectores por esta calle (y seguro me voy a enterar con tiempo), cierro, voy para la oficina y entrego mi licencia. A mí no me van a joder. Ya saqué toda la mercancía que tenía en mi casa y la llevé para un lugar seguro, así que la seguiré vendiendo ‘por detrás’. ¡Total, eso es lo que he hecho siempre! Con licencia o no, yo no me muero de hambre. A ver quién pierde más”.

Apenas a media cuadra de Anaís, un matrimonio de mediana edad se queja. El hombre es más retraído y dialoga con monosílabos o se limita a asentir, aprobando lo que dice su mujer; ella es más locuaz, tal vez porque se siente más confiada hablando con otra mujer madura como ella, o quizás porque necesita hacer catarsis. Les digo quién soy y a lo que me dedico –algo para lo cual no se expenden licencias en Cuba–, pero ellos no se asustan en lo más mínimo. “Solo no pongas los nombres”, me piden. Claro que no, ni siquiera se los pregunto. En realidad no es necesario, yo solo estoy hurgando en lo que no dicen los medios, en lo que subyace más allá de las leyes, las regulaciones y las cifras. Me interesan más las personas y sus razones que las disposiciones gubernamentales y la propaganda de sus voceros. La vida está en las calles, muy diferente y distante de los que dictan las leyes y de lo que muestran los medios.

La mujer me cuenta que hace un par de años sacó una licencia como modista y empezó a vender allí, en el portalito de casa de su hermana y un tiempo después, cuando prohibieron las ventas en portales, pasó a la sala de la misma casa. Le fue bien, así que pudo invertir dinero en más mercancía y su esposo también sacó licencia como sastre. Ninguno de los dos sabe ensartar una aguja, pero ella conocía de este negocio: antes ya “vendía alguna ropita que me caía, tú sabes; pero siempre con el susto de que me cogiera la policía. Una vez me quitaron una mochila llena de camisetas y tuve que pagárselas al dueño de mi propio bolsillo”. Así que cuando vio una oportunidad de ganar dinero legalmente sacó una licencia. La funcionaria que la atendió nunca le dijo que no se podría vender ropa de confección industrial, aunque “es cierto que el permiso decía que era para confecciones artesanales”. Sin embargo, recuerda, “desde el principio aquí todo el mundo vendía ropa importada y nunca nadie nos advirtió nada ni los inspectores nos pusieron multas ni nos decomisaron la mercancía. En lugar de eso dejaron que uno se embullara y gastara dinero en el local, en los estantes de exhibición, en percheros y todas estas cosas, y que invirtiéramos entrando ropa por el aeropuerto, que en definitiva había que pagarla. Ahora dicen que los cubanos no pagamos aranceles; ¿y entonces por qué razón hay que pagar en el aeropuerto?”. Le explico que las leyes aduanales ponen sus límites. Entonces el que me responde es el hombre: “Ese es el problema. En este país hay demasiados límites y demasiadas cosas prohibidas”.

La historia de otro joven cuentapropista es similar, solo puntualiza que cuando sacó su licencia él preguntó expresamente a los funcionarios de la ONAT si en verdad solo podría comerciar con ropa de confección artesanal, a lo que le respondieron con una frase típica, llena de guiños cómplices: “Esto es Cuba, tú sabes que siempre se puede más. Hay que nadar y guardar la ropa”. El joven echa a reír: “Yo no quiero guardar la ropa, quiero venderla y ganar dinero”.

En un total de siete comercios privados que visité el sentimiento es de incertidumbre y descontento. La totalidad de los entrevistados opina que la solución sería tener un mercado mayorista en el país para que se legalice la venta de confecciones industriales, pero sabemos que eso no va a ocurrir.

El quid del asunto radica en que en apenas un par de años los negocios privados han hecho una exitosa competencia a las tiendas recaudadoras de divisas, cuyas ventas han descendido notablemente a medida que los cuentapropistas se multiplicaban. Una mayor variedad en la oferta, precios más aceptables, mejor calidad y un trato amable, son elementos que distinguen al propietario privado respecto del establecimiento estatal, ventajas éstas que el gobierno no está en condiciones de alcanzar, menos aún de superar.

Por otra parte, un número significativo de estos comerciantes privados no son antiguos trabajadores estatales que han quedado “disponibles”, sino que ya se dedicaban a las ventas ilícitas antes de poseer una licencia, es decir, que están entrenados en las actividades de contrabando y supervivencia al margen de la legalidad, de manera que –como me dijo el joven cuentapropista, mi último encuestado– el gobierno solo le está dejando el camino abierto a los delitos: “Aquí mucha gente sabe ‘luchar’, que para eso no hay que tener licencia. ¿Quién va a sacar una licencia para vender la misma ropa chea que venden en las ferias y que todas son iguales?, ¿y acaso van a tener policías para controlar a tanta gente?”.

Es evidente que con la implementación del trabajo por cuenta propia el gobierno ha abierto una caja de Pandora que ahora no puede cerrar sin enfrentar las consecuencias. De cualquier manera, pese al carácter represivo de las nuevas disposiciones y de la tozudez oficial al negarse a otorgar licencias como comerciantes, el saldo sigue siendo negativo para las autoridades. Lo que fue antes ya no será. Mientras, hay más y más cubanos descontentos en las calles. Dadas las circunstancias, me parece bien? a ver si de una buena vez florece entre la gente la conciencia de la autonomía y de los derechos en Cuba.

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Assange: ¿con los indios o con los cowboys?

Fotografía tomada de Internet

Fotografía tomada de Internet

El pasado jueves 26 de septiembre, como colofón del Taller Interactivo de Jóvenes Blogueros, impartido por Pedro Miguel Arce, editorialista del diario La Jornada (México), que sesionó desde el lunes 23 en la sede del Centro de Información para la Prensa, en La Habana bajo los auspicios del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, se realizó una videoconferencia para que esa efímera estrella fugaz y, en su momento, celebérrimo fundador de Wikileaks, Julian Assange, intercambiara con estudiantes, periodistas y blogueros cubanos, es decir, ni más ni menos que con los representantes de la prensa oficial.

Cuesta creer que el más fanático partidario de la libertad de información y de expresión, el paladín que ha quebrado espadas contra el monopolio mediático y el más cáustico crítico de las compañías informativas que “intentan combatir la verdad escondiéndola”, se sumara al corrillo de guardianes de la censura en Cuba. Cuando menos resulta confuso: o bien Assange ha sido engañado, algo difícil de asumir tratándose de alguien que ha tenido acceso a información clasificada de una superpotencia como EEUU y del que, en consecuencia, puede esperarse la capacidad de encontrar los mejores atajos en pos de “la verdad”; o bien es él quien está engañando al mundo. A no ser que existan “monopolios buenos” y “monopolios malos”.

Claro, no hay que olvidar que Julian Assange parece ser bastante candoroso, que no por gusto dos malvadas mujeres que ahora el señor editorialista de La Jornada, todo un experto en comunicación, define como “dos suecas borrosas” – trataron de envolverlo en una demanda judicial bajo “acusaciones falsas”, váyase a saber con qué intenciones. Por cierto, no comprendo muy bien el uso del calificativo “borrosas” en este contexto, pero lo cierto es que no suena muy gentil. En un principio me hubiese gustado que alguno de los estudiantes y jóvenes blogueros cubanos allí reunidos le señalaran al editorialista que esa no es la forma en que los revolucionarios se expresan sobre las mujeres, pero enseguida recapacité al recordar los métodos revolucionarios que se aplican en Cuba para tratar a las féminas: Las Damas de Blanco y otras mujeres incómodas al régimen son vivos testimonios de ello. En comparación, casi podría afirmarse que el señor Arce resulta un cumplido caballero.

En todo caso, poco aportó Assange al encuentro periodístico. Por demás la invitación al australiano fue bastante tardía; el caso Assange ya está más que frío, así que el sujeto no clasifica para marketing. En cuanto a su solidaridad o simpatía con los cuatro espías de la dictadura cubana, no pasó de ser un parlamento bastante gris para quien una vez brilló en el imaginario de libertad de Internet, pero en definitiva es una posición personal intrascendente que se podría pasar por alto con todo y cintica amarilla.

En un tiempo hubo cubanos independientes que se sintieron atraídos por la idea, hasta cierto punto romántica, de plantar cara a los monopolios de la información y, de hecho, no faltaron quienes declararon sin tapujos su admiración y simpatía por Assange. No es mi caso. En lo personal, la experiencia me ha enseñado a desconfiar de todos los mesianismos, de cualquier color, en especial de aquellos que ofrecen como contraparte del status quo la anarquía total. A estas alturas, ya sabemos que bajo la piel de este sonriente rubiecito que se esfuerza por parecer simpático se ocultan retorcidos vericuetos, muy diferentes de la transparencia que él reclama en su prédica.

No obstante, esta estrella en ocaso cayó abruptamente en la tentación de tomar partido al aceptar un intercambio, no con un auditorio que representara a todo el espectro del periodismo digital cubano donde hubiera multiplicidad de voces, propuestas y pensamientos –lo cual sería una verdadera muestra de libertad–, sino con un selecto grupo de individuos que debió pasar por los más rigurosos tamices para resultar electos como soldados de esa barricada monocorde presente en el referido taller de ciberperiodismo, la voz del poder de la dictadura cubana.

Más aún, aunque la bloguera independiente Yoani Sánchez fue mencionada en el diálogo periodismocastrista-Assange, para señalarla nuevamente como mercenaria, agente al servicio del gobierno de EEUU y todos los habituales atributos que los medios del gobierno le han regalado, ella no tuvo la posibilidad de responder a tantos epítetos y acusaciones porque no fue invitada al evento-taller, pese a ser la más conocida exponente y una fundadora de la blogósfera independiente, creó la Academia Blogger y la mayor plataforma blogger de la Isla, y cuenta incluso con publicaciones sobre el uso de Word Press. Assange, el adalid de la libertad de expresión, el ángel de la verdad, no cuestionó tan insólita ausencia, como tampoco la de otros blogueros y periodistas de los medios digitales independientes.

Pero también en el encuentro se dijeron algunas verdades, aunque descontextualizadas. Por ejemplo, yo coincido con Assange en que Internet “por primera vez nos ofrece la herramienta más poderosa para destrozar la manipulación y el control de los medios. Pero estamos frente a una gran batalla. Internet permite a cada uno expresar la verdad”. ¡Sí lo sabremos nosotros, los blogueros y periodistas independientes, que nos servimos de la red para expresar nuestras verdades y quebrar el bloqueo mediático oficial, lo que nos mantiene en una constante batalla, no solo en la web, sino también en nuestra vida física! ¡Si lo sabrá el gobierno, que no permite la expansión del uso de Internet, a la vez que mantiene filtradas muchas de nuestras páginas y un hostigamiento permanente contra el ejercicio de la libertad de expresión, opinión e información! Eso explica por qué no es posible que exista un Julian Assange cubano.

Por eso resulta interesante que Assange se declare impresionado de que en Cuba “se ha logrado resistir 50 años de bloqueo a solo 90 millas de los EEUU”, y no sabe cómo ha sido posible esto. La verdad es que aclararle al solidario Julian el tema sobre “el bloqueo” y “la heroica resistencia del pueblo” sería bastante difícil, a juzgar por la visión tan oblicua que tiene sobre la realidad e historia cubanas. Casi inspira compasión la manera ¿ingenua? en que un tipo tan sagaz y experimentado en las lides informáticas parece haber caído víctima de las alucinaciones mediáticas fabricadas por el totalitarismo castrista. Por mi parte no me lo creo, pero ya saben mis lectores que comúnmente suelo ser perspicaz con algunos personajes excéntricos… Assange no es la excepción.

Sin embargo, para darle el beneficio de la duda y tomar como buenas sus intenciones, podríamos responderle de manera muy resumida, diciéndole que eso que llama “resistencia del pueblo cubano” –y que en realidad no es más que la capacidad de aferrarse al poder la más larga dictadura que conoce Occidente– puede agradecerse, entre otros factores, a la solidaridad de gente como él.

Así, pues, ¡gracias, Julian, de verdad, pero no te esfuerces! Ya sin tu apoyo hemos tenido suficiente. En todo caso, con este post te devuelvo el favorcito: probablemente yo sea una de los pocos cubanos con vergüenza que prestó alguna amable atención a tu ciber-presentación como aliado de ese largo monopolio mediático: el de los Castro. Después de todo me apena que hayas hecho tamaño ridículo. Tu desafortunado lance me ha hecho recordar una frase salida de la más auténtica jerga popular y que unos años atrás se utilizaba para sentenciar las peores pifias: “¡Asere, se te cayó la tanga!”.

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Centro Habana: un municipio en peligro de extinción

Foto de OLPL

Foto de OLPL

Para nadie es un secreto que la capital cubana se está cayendo a pedazos. Basta circular por cualquier parte de la ciudad para asistir a la agonía de un paisaje urbano que se va desdibujando, sus edificios desapareciendo bajo el empuje cómplice del tiempo y la desidia. Ningún municipio escapa a la decadencia. Hay ruinas o pre-ruinas desde la vetusta Habana Vieja –a pesar de gozar de los beneficios parciales derivados de la gracia patrimonial y de los desvelos de interés museológico-turístico del Historiador de la Ciudad– hasta el otrora aristocrático Miramar, por supuesto, salvando las marcadas diferencias entre ambas zonas.

Sin embargo, se puede afirmar que Centro Habana es el municipio que peor estado constructivo muestra. Tal vez porque es el más pequeño de toda la Isla, el más densamente poblado, uno de los que más edificaciones antiguas contiene en su pequeña geografía y, fatalmente, de los que menos interés representan a los efectos oficiales. En Centro Habana, además, se apiñan multitud de edificios multifamiliares de la primera mitad del siglo XX, antiguas cuarterías y casas de huéspedes en precario estado y casi nulo mantenimiento, y viejas tiendas, teatros carcomidos y otros espacios venidos a menos. Zona comercial por excelencia durante el período republicano, el acelerado deterioro de antiguos comercios y hoteluchos de poca monta, muchos de ellos cerrados y apuntalados, ponen una nota lúgubre en un nodo citadino que parece signado por la fatalidad: Centro Habana, abarrotado de habitantes, hoy por hoy parece un municipio condenado a desaparecer.

Basta caminar por cualquiera de sus populosas calles para sentirse rodeado de esta especie de agonía de ladrillos derruidos, repellos que se desprenden, alcantarillas rotas, suciedad ambiental, contenedores de desperdicios desbordados, edificios despintados, escombros, intenso olor a pobreza acumulada y a veces mal disimulada por el empeño de algún que otro vecino tenaz que trata de mantener el pedacito que habita milagrosa y precariamente a salvo de la extinción que se nos viene encima.

Solo un milagro podría salvar a Centro Habana, pero ¿de mano de quién vendría? ¿Acaso de Dios, del propio gobierno-verdugo, de sus gentes misérrimas? Cada vez son más los edificios que sucumben y se precipitan al suelo, llevándose generalmente consigo la vida de algún empecinado morador negado a renunciar a sus lugares. Cada vez se van abriendo más espacios vacíos en sus barrios y en la esperanza de sus habitantes.

Cierto que Cuba entera agoniza y sucumbe en la desesperanza, pero hoy quiero dedicar esta denuncia, casi un réquiem, al municipio en que vivo. Permítanme los lectores mostrarle en apenas unas pocas fotografías mías y de mis amigos Orlando Luis Pardo y Dimas Castellanos, algunas imágenes del paisaje que acude a mis ojos cada día y que dicen mucho más que cualquiera de mis palabras. Tómenlas como una insignificante muestra de la inmensa destrucción que han logrado más de 50 años de abandono y desprecio gubernamental. Aquí les van.

Foto OLPL

Foto OLPL

Basurero con Martí, Escudo y Bandera. Foto de Dimas Castellanos

Basurero con Martí, Escudo y Bandera. Foto de Dimas Castellanos

 

Actualmente es una manzana arrasada. Foto de Dimas

Belascoaín y Animas. Actualmente es una manzana arrasada. Foto de Dimas

 

Calle Barcelona

Calle Barcelona

 

Antiguo Teatro Campoamor. Foto de OLPL

Antiguo Teatro Campoamor. Foto de OLPL

Las Aveninas. Infanta y Carlos III. Foto de OLPL

Las Aveninas. Infanta y Carlos III. Foto de OLPL

 

Centro Habana. Cortesía Dimas

Centro Habana. Cortesía Dimas

Derrumbe balcón. Calle Aguila. Foto de Dimas

Derrumbe balcón. Calle Aguila. Foto de Dimas

 

Higiene habanera

Higiene habanera

Paisaje urbano de Centro Habana. Foto de Dimas

Paisaje urbano de Centro Habana. Foto de Dimas

Edificio típico de Centro Habana. Calle Reina

Edificio típico de Centro Habana. Calle Reina

 

 

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