Conduciendo en reversa

Imagen tomada de Internet

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(Originalmente publicado en Cubanet el 11 de abril de 2014, bajo el título “Raúl Castro da marcha atrás”)

Con seguridad, la nueva Ley de Inversión Extranjera “aprobada” por la habitual unanimidad parlamentaria el pasado 29 de marzo de 2014, ha sido la comidilla fundamental del tema “Cuba”, tanto para la prensa oficial de la Isla como para la independiente y la extranjera. Con sus flexibilizaciones respecto de la vigente hasta ahora –promulgada en 1995–, la nueva regulación pretende lanzar el balón al lado contrario: si ahora los cubanos residentes en USA no pueden invertir en Cuba, ya no sería porque el régimen lo impide, sino por el grillete que les impone el embargo. Una habilidad del viejo cocodrilo verde olivo que, pese a todo el descalabro del sistema, mantiene sus mañas y acechanzas.

En medio de las expectativas del gobierno y  de los aspirantes a inversores, se extiende el amplio diapasón de los prescindidos de siempre: los cubanos comunes o “de a pie”, de los cuales no se reflejan opiniones en los medios, lo que magnifica la exclusión. Esta vez, sin embargo, la anulación de los derechos naturales de los cubanos está multiplicando el malestar social, en un escenario en el que se está verificando un acelerado desabastecimiento en las redes comerciales y un pertinaz y creciente encarecimiento de los precios y de la vida.

Rechazo a la ley de inversiones

Las carencias, sumadas a la inflación, a los reajustes y prohibiciones para ciertos renglones del comercio privado que han ocasionado el cierre de numerosos negocios familiares desde enero de 2014, a la incertidumbre en torno a la anunciada –y nunca debidamente explicada– unificación monetaria, así como la falta de expectativas positivas, son factores que enrarecen el ambiente social y desembocan en opiniones generalmente desfavorables sobre la nueva Ley y su impacto al interior de Cuba.

Un sondeo informal que realicé en días recientes en el municipio Centro Habana, tras la sesión extraordinaria del parlamento del 29 de marzo, muestra un rechazo a la nueva Ley de Inversión Extrajera, casi tan unánime como la “aprobación” acontecida en dicha plenaria: de un total de 50 individuos encuestados 49 se manifestaron críticos a la Ley y solo uno se manifestó indiferente. De hecho, el tema ha estado presente con relativa frecuencia en numerosos corrillos no sometidos al sondeo directo –cuestión poco común en una población usualmente apática con respecto a legislaciones–, en los cuales resultaba dominante la tendencia a criticar diferentes aspectos de la Ley.

Los principales motivos de descontento de la población se resumen en varios puntos principales:  la nueva Ley excluye arbitraria y despóticamente a los nacionales, lo que implica que se mantiene la falta de oportunidades para los cubanos de la Isla; los inversionistas extranjeros no solo tendrán grandes ventajas y consideraciones impositivas que nunca se han otorgado a los cuentapropistas, incluyendo las facilidades arancelarias por concepto de importaciones (algo que pedían los comerciantes de artículos importados y no se les concedió); el Estado seguirá siendo el empleador de quienes laborarán en empresas de capital extranjero, lo que implica la consiguiente sujeción de la contratación a la fidelidad –sea real o fingida– a la ideología oficial y los gravámenes sobre los salarios; se profundizarán las brechas sociales entre los sectores con mayor nivel de acceso al consumo y los sectores más desfavorecidos (estos últimos en crecimiento constante).

Colateralmente, muchos cubanos se cuestionan las veleidades de la política oficial que, sin sonrojos, privilegia el capital de los emigrados –otrora “siquitrillados, burgueses, apátridas, gusanos, traidores, escoria, etc. – por sobre los que permanecieron en Cuba. La reflexión lógica, incluso para los que se mantuvieron relativamente vinculados al proceso revolucionario, o al menos no han sido abiertamente opuestos al régimen, es que hubiera sido más sensato y oportuno emigrar para tener alguna posibilidad de invertir en la actual coyuntura. No faltan quienes perciben esta Ley como una traición del régimen a la “fidelidad” de los que eligieron quedarse, generalmente los cubanos más humildes.

Otro tópico que pone en entredicho la ya antes disminuida credibilidad del gobierno es el hecho mismo de apelar actualmente al capital extranjero como la tabla de salvación del sistema, cuando en 1959 se realizó todo un proceso de nacionalización que constituyó una de las medidas “más justas” y de mayor calado, a fin de “poner en manos del pueblo” lo que le había escamoteado el sucio capital burgués. Los cubanos se preguntan qué sentido tuvo expulsar el capital extranjero y 55 años después implorar por su retorno; es como desandar en reversa, pero sobre una vía más insegura y deteriorada. ¿No nos hubiésemos ahorrado más de medio siglo de carencias materiales y pérdidas espirituales de haberse conservado las empresas que ya estaban establecidas en el país? ¿Cuántos beneficios dejamos de recibir desde que el Estado, improductivo, ineficiente y pésimo administrador, se apropió de ellas?

¿De qué revolución tú estás hablando?

En todo caso, son mayoría los que tienen clara conciencia de que la revolución y sus alardes de justicia e igualdad social quedaron atrás, en algún recodo del retorcido camino. “¿Crees que esta nueva Ley va a salvar la revolución?”, le pregunto provocadoramente a un anciano que vende periódicos por mi barrio. “¡Muchacha!, ¿de qué revolución tú estás hablando?, ¿de  la que hizo escapar a Batista o de la que está haciendo escapar a todos los cubanos? La revolución del 59 se acabó desde que ‘este’ le entregó el país a los rusos; ahora lo único que quiere el hermano es devolvérselo a los americanos, y quedarse con su buena tajá”.

Probablemente nunca antes escuché una síntesis tan exacta de lo que significa hoy para muchos cubanos la historia de la revolución.

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¿La voz de los cubanos?

La arrogancia es un rasgo de la personalidad imposible de ocultar para quienes lo padecen. De hecho, es más visible cuanto más el individuo arrogante trata de cubrir su proverbial petulancia bajo un manto de fingida humildad. Lo peor de semejante sujeto, sin embargo, es esa capacidad histriónica que le permite engañar a grupos considerables de personas, en particular a aquellas que necesitan desesperadamente de alguien que hable “por ellos”, o a quienes –desde los antípodas– gozan de la gracia de autoridad.

En el caso de Cuba, donde la libertad de expresión, de prensa, de información y de asociación se cuentan entre las mayores ausencias de la sociedad, no es difícil que, de vez en vez, aparezca algún salvador que se autoproclame como “la voz de los cubanos”, lo cual –salta a la vista– delata una insolencia inconmensurable, no solo porque significa la atribución de potestades que nadie le ha conferido, sino porque asume a priori una mentira muchas veces repetida que para algunos necios  se ha convertido en verdad: que los cubanos no tienen voz.  Permítanme, señor Arrogante y su comparsa, enmendarles la plana: los cubanos de Cuba sí tienen voz, de lo que carecen es de medios para hacerse oír. Eso, para no mencionar el elevado número de sordos que existen en el mundo.

Pero, claro, siempre aparecerá un adalid resplandeciente –generalmente con credenciales e incluso con pedigrí–, quien desde su infinita sapiencia penetrará rápidamente en los intríngulis más profundos de la realidad cubana y será el único capaz de interpretarla con objetividad porque él, equilibrado y justo, “no está en los extremos del espectro”. Curiosamente, estos especímenes proliferan con particular virulencia entre los periodistas extranjeros acreditados en la Isla.

Como no deseo ser absoluta, supongo que los habrá también modestos y hasta respetuosos de los cubanos y de la realidad de la Isla, solo que yo no he tenido el privilegio de conocerlos. Quizás sea una fatalidad personal. Pero, lo dicho, hacer periodismo en Cuba armado con una credencial de un importante medio de prensa y con la relativa seguridad de que tu trabajo será publicado y –¡muy importante!– debidamente remunerado, parece tener un efecto alucinógeno sobre algunos de ellos.

Tal es el caso del cuasi cubanólogo Fernando Rasberg, a quien llamaré aquí de manera abreviada “R”, periodista recientemente caído en desgracia con su (ex) patrón, la BBC, quien ha escrito un quejumbroso post a raíz de su desencuentro con el poderoso medio y, ¡oh, sorpresa!, tras muchos años de trabajar como corresponsal en Cuba y cobrar sus emolumentos ha descubierto que “no comparte sus criterios editoriales”, según expone en su blog personal, Cartas desde Cuba www.cartasdesdecuba.com). Inexplicablemente a R le llevó más tiempo conocer los criterios editoriales de la BBC que las interioridades de una sociedad tan controvertida como la cubana.

Tanto nos caló R que “intentó ser la voz de los cubanos de a pie, de la gente común”, a través de su blog. Esto lo dice con tal convicción que incluso hay quienes, además de él mismo, se lo han creído. Y, como este señor no se arredra y se ha tomado muy en serio su mesiánica misión, propone que “a partir de ahora quienes tengan interés en seguir debatiendo sobre la realidad de la isla podrán hacerlo a través de mi página personal”. Muy humilde R, de verdad, y deberíamos estar agradecidos… ¿dónde más podríamos hacerlo si no?

Yo, confieso, no tengo muy fuerte el estómago, por eso leo los textos de R muy de tarde en tarde, y después paso algún tiempo desintoxicándome. Por ejemplo, me enferman frases como esta: “Tratamos de descifrar las claves del crimen del hospital psiquiátrico, donde murieron una treintena de pacientes de hambre y frío”. En lenguaje cubano, en realidad R. estaba “descubriendo” el agua tibia, porque aquel monstruoso crimen no estaba ni mucho menos cifrado en clave. Para la mayoría de los cubanos y para la totalidad de los periodistas independientes que cubrieron ampliamente la noticia y publicaron serios artículos de opinión sobre el caso, la esencia de los hechos radica en la naturaleza corrupta del sistema, de sus funcionarios y, en particular, en la impunidad de sus artífices y responsables principales: la gerontocracia dictatorial de más de medio siglo. Es decir, la misma a la que R reconoce el enorme mérito de universalizar la salud para los cubanos.

En un país medianamente democrático, ante un escándalo semejante más de un alto funcionario hubiese explotado por los aires. Pues bien, los hechos del hospital psiquiátrico son solo el botón de muestra de la calidad de los servicios de salud que se ofrecen a los cubanos de a pie, los cubanos comunes, que no tienen acceso a las clínicas en divisas ni al CIMECQ, donde se atienden los dirigentes y los ungidos. Por demás, los pacientes con problemas mentales son los más frágiles e indefensos.

Si R conociera un pelín más de la historia de Cuba sabría que, aunque insuficiente (como también lo es actualmente), en la Isla hubo salud pública desde los tiempos coloniales, por tanto, no se trata de una innovación castrista. Y había instituciones de salud que la revolución eliminó: yo misma, hija de un obrero calificado y un ama de casa, nací en octubre de 1959 en Acción Médica (Coco y Rabí, Santos Suárez, La Habana), una clínica de la que toda mi familia era “asociada”. Tanto la atención como el servicio allí eran muy buenos.

En cuanto a “la baja mortalidad infantil” tan publicitada, muchos especialistas en cifras se cuestionan la veracidad de las estadísticas cubanas. De hecho, éstas son tan veleidosas que no reflejan el número de neonatos que mueren antes de ser inscritos en los registros, porque existe una política oficial que se orienta  a registrar los nacimientos cuando los recién nacidos son sanos y tienen al menos ciertas garantías básicas de supervivencia. Conozco testimonios de padres cuyos hijos han nacido con determinadas malformaciones o padecimientos incompatibles con la vida y han permanecido hospitalizados varios días hasta su muerte, sin haber sido registrados nunca. Oficialmente esos niños jamás nacieron, de manera que transitaron del útero materno al sueño eterno sin los trámites burocráticos de rigor. Así las autoridades  evitan que constituyan un número negativo en las flamantes estadísticas oficiales que se exhiben al mundo. Qué podría importar, si hasta la Organización Mundial de la Salud reconoce los apabullantes logros de la medicina revolucionaria y aplaude emocionada.

En cuanto a “la educación universal”, huelgan los comentarios. Todo cubano nacido en este proceso, que ha cursado estudios en décadas anteriores y cuyos hijos y nietos también han sido escolares en Cuba, saben perfectamente del deterioro de la calidad de la enseñanza, de los maestros y de las instalaciones docentes, más acentuado en las últimas dos décadas. Eso, para no hablar del adoctrinamiento y de la segregación de los que piensan diferente a la línea oficial. Si R considera esto un logro, debería saber que también desde tiempos de la colonia en la Isla hubo enseñanza pública y privada, y que desde el siglo XVIII se fundó una tradición pedagógica en nuestro país que duró hasta que el totalitarismo de este gobierno la convirtió en rehén de la ideología y monopolizó, masificó y uniformó, para mal, toda la enseñanza.

Por ejemplo, mi nieto César –que cursa primer grado–, aprendió en su escuela quiénes son “los cinco héroes”, Che Guevara y hasta F. Castro; sin embargo, en clases nunca le han hablado de Carlos Manuel de Céspedes, de Ignacio Agramonte ni de ninguno de los padres fundadores de la nación cubana… Mucho menos de las grandes figuras cívicas de la historia de esta nación.

Otro asunto sería lo que R llama “la defensa civil más eficiente del mundo”. Esto ya parece alucinación como resultado de una sobredosis… de algo. ¿Qué es exactamente la “defensa civil” para este brillante periodista? La respuesta es un misterio, así que solo podemos especular. ¿Por casualidad se referirá a las espectrales MTT, cuya única “prueba” de existencia es el día de haber que donan anualmente todos los trabajadores estatales de este país y que nadie sabe a dónde va a parar y en qué se emplean esos fondos? ¿O será así como R llama a esa gran masa amorfa agrupada bajo el nombre genérico de “cederistas” que solo sirven para pagar al Estado unos centavos mensualmente y una vez al año encender algunas fogatas en la calle para exhibir el hambre colectiva consumiendo una repulsiva (“revolucionaria”) caldosa? ¿Ignora R que los CDR son hoy por hoy una entelequia, apenas los jirones de la más formidable organización que antaño creó Castro I para vigilarnos y delatarnos unos a otros y que llenó a este pueblo de desconfianza, envidias y rencores?

Al criticar a la disidencia y algunos otros males de Cuba, R dice buscar el necesario “equilibrio periodístico” (¡vaya eufemismo!). R sencillamente lanza lo primero que le pasa por la cabeza o le cae en la mano, ya sea una piedra o algo menos noble, lo cual –lejos de lograr algún equilibrio– solo consigue verdades a medias o turbias tergiversaciones. Es lo que ocurre siempre que algún “crítico” ataca los efectos evadiendo cuidadosamente señalar las causas. Así, R juega con la cadena, incluyendo algunos altos eslabones, pero mantiene una prudentísima distancia del mono. Así, cualquiera es equilibrista.

A “la disidencia” sí la fustiga, ¡y de qué manera! Es lo que ocurre cuando, desde su confort, R se cuestiona las finanzas que recibe esa misma disidencia que –como debería saber en tanto experto analista de la realidad cubana– es expulsada de sus centros laborales y de estudios y muchos de cuyos miembros carecen de otros medios de vida y de trabajo. A la vez, para R –como para el régimen cubano– resulta obvio que toda “la disidencia” está financiada por el gobierno estadounidense: al parecer, tienen pruebas de ello. Sin embargo, no conozco de algún disidente encarcelado por estar “al servicio de una potencia extranjera”. ¿Quién se podría creer que la satrapía verde olivo permitiría la existencia de tantos “mercenarios” cuando por el mínimo hecho de protestar o escribir un cartel antigubernamental muchos cubanos han sido reprimidos brutalmente o están encarcelados?

Pero siempre los seres humanos tenemos algo en común. He aquí que yo tengo mis coincidencias con R: tampoco soy “políticamente correcta”. Es más, algunas personas creen que no soy correcta en lo absoluto. Aunque sospecho que no tenemos el mismo concepto de lo que es “político” o de lo que es “correcto”. Por ejemplo, R dice que en su blog “analizamos las debilidades de la disidencia” (porque en su infinito pudor R abusa del plural de modestia y sustituye el “yo” por un humilde “nosotros”, un vicio muy común entre los oradores de la nomenklatura). Yo también a veces he criticado algunos postulados o programas opositores, fundamentando por qué no los comparto, lo cual no significa que no los respete, no apoye su lucha contra el régimen y por la democracia o no reconozca sus valores. Porque si de equilibrio se trata, atacar a la disidencia –el eslabón más débil de la cadena política en Cuba– es lo más fácil del mundo. No darle la oportunidad de réplica es, sencillamente, indecente.

Cierto que, como en todas las comunidades o grupos humanos, no todos los miembros de la disidencia son un ejemplo de virtud u honestidad, pero eso tampoco implica que la oposición sea un pozo de detritus. R ni siquiera reconoce valores a los grupos o individuos que por muchos años han estado haciendo un serio y creciente trabajo cívico al interior de la sociedad y gozan de gran prestigio tanto en sus comunidades como en el exterior de Cuba.

Manipular las informaciones, tergiversar y fragmentar la realidad para adecuarla a su antojo y desbarrar contra sectores e individuos que no tienen la posibilidad ni los medios para defenderse y que se encuentran en total desventaja frente a la dictadura más larga de este hemisferio, es oportunismo y mediocridad, pero sobre todo, es inmoral y anti-ético.

Por último, si, como afirma R, “el jefe diplomático de EEUU en Cuba recomendó al Departamento de Estado” leer su blog “para comprender la situación real” de nuestro país y tal cosa se reveló a través de “un cable secreto” filtrado por Wikileaks”, lo felicitamos sinceramente (a R, claro, porque el Departamento de Estado no tendría con ello más que otra interpretación oblicua de un extranjero que medra con la situación cubana). No hay dudas de que todavía R le podrá sacar otras ventajas a su innegable habilidad para venderse como especialista de los temas que escribe. Allá quienes le den crédito o le paguen por ello; es sabido que todos los espectáculos tienen su público. Llama la atención, sin embargo, que R considere como bueno el reconocimiento que le llega del gobierno que él suele condenar debido a que mantiene el “criminal bloqueo” contra la Isla y, por añadidura, nos financia a nosotros, la tenebrosa disidencia mercenaria. ¿Se peina o se hace los papelillos? Quizás ni lo uno ni lo otro; más bien el incidente halaga profundamente su vanidad y constituye todo un regalo para su arrogancia, de ahí el regodeo.

Creo que ya me he extendido demasiado. Habrá quienes opinen que tanto esfuerzo no valió la pena, habida cuenta que un refrán muy sabio reza: a palabras necias, oídos sordos. Yo he preferido por esta vez recurrir a otra sentencia: quien calla, otorga. Estos personajes sinuosos pueden llegar a ser muy dañinos. Por demás, mis lectores habituales saben que esta escribidora se caracteriza por la ausencia de folículos pilosos en la lengua, rasgo que molesta a más de un individuo. ¡Qué se le va a hacer!, me cuesta mucho permanecer callada ante las desvergüenzas. Chovinismos aparte, me escuece en especial tanta verborrea barata de un extranjero a quien, en definitiva, no le duelen Cuba, los cubanos, ni sus males. En lo que a mí respecta, si este señor fuese la voz de los cubanos, más nos valdría que guardase discreto silencio.

 

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Papas, comida y condones: se diversifican las carencias

Imagen tomada de Internet

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Las carencias crónicas en Cuba van extendiendo sus tentáculos con renovados bríos. Cada vez son más frecuentes los ciclos de ausencia de numerosos productos, incluso en los mercados que comercializan “en divisas”. Por estos días desapareció el papel higiénico (por enesimoquincuagésima vez en los últimos meses), e igualmente se suceden cada cortos períodos los “baches” en los que se pierden los cepillos de dientes, las cremas dentales, la harina de trigo, la leche en polvo, los javbones y detergentes, las almohadillas sanitarias, etc. Nada parece estar a salvo de ese agujero negro que es el socialismo castrista, en el cual la vida se reduce a un no-morir , mientras discurre en una perenne peregrinación detrás de los artículos que en cualquier parte del mundo civilizado forman parte de la más común realidad.

De los alimentos, mejor ni hablar. Basten las escenas dantescas que nos ofrecen las colas desde las madrugadas cuando alguien anuncia que en este o aque mercado agropecuario “van a sacar papas”. La policía en Centro Habana está prácticamente en pie de guerra atendiendo las reyertas que se producen en las multitudes que aspiran a comprar el anhelado tubérculo.

Ahora resulta que la escasez ha alcanzado a los condones, esos aditamentos necesarios para la práctica protegida de lo que algunos llaman “el deporte nacional”. Las cosas han llegado a tal extremo que ha trascendido que en los almacenes de medicamentos y en unidades farmacéuticas han movilizado personal para cambiar las fechas de caducidad que aparecen en ese producto -ya vencido- para “actualizarlo” y poder comercializarlo. Existen testimonios de que en algunas provincias del interior de Cuba han dado esta tarea a reclutas que están pasando su servicio militar: toda una estrategia combativa ante las alarmas despertadas en torno al pequeño y humilde objeto de látex. Según las autoridades, esto se está haciendo “porque las fechas que traían los envases estaban equivocadas”.

Sin embargo, los consumidores están algo recelosos. En un país donde la corrupción y los engaños forman parte de la realidad, nadie se siente seguro. Algunos paranoicos llegan al extremo de sospechar que se trata de una conspiración oficial para promover la natalidad en Cuba… Lo que en realidad solo conduciría a un incremento de los abortos.

Por el momento, una amiga me comenta, entre divertida y preocupada, que si en los años 90 tuvo que comprar preservativos para usarlos como globos en los cumpleaños de su hijo -hoy un joven veinteañero-, ahora tendrá que comprarle globos para que practique un sexo seguro.

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No me siento aludida

FoFografía tomada de Internet

Fotografía tomada de Internet

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Los medios cubanos, expertos en manipular los sentimientos patrioteros y en fabricar nacionalismos ramplones, está utilizando los carteles anticubanos que esgrimen los manifestantes opositores al gobierno de Nicolás Maduro para manejar a su antojo la opinión pública nacional al interior de la Isla. La tarea es bien sencilla, habida cuenta de la gran desinformación de los nativos de acá y la imposibilidad de acceder a otras fuentes que las que ofrece el monopolio castrista sobre la prensa. En consecuencia, los cubanos más ignorantes o ingenuos, para no mencionar a los tontos útiles de siempre,  andan comentando acerca de lo “malagradecidos” que son los venezolanos, con la cantidad de médicos y con la ayuda que “Cuba” les ha dado… Como si no se tratara de una sencilla transacción de alquiler de esclavos pactada entre los amos, ya generosamente pagada con los petrodólares que son, en definitiva, una riqueza que pertenece a los venezolanos y no al régimen que gobierna.

Sin embargo, lo más sorprendente es que esos carteles, sumados a las quemas públicas de banderas cubanas han sido otro toque que ha disparado la indignación, no ya de los pobres desinformados de dentro de Cuba, sino de cubanos de la diáspora, algunos de los cuales están hablando en nombre de “todos” los nacidos en esta Isla para arremeter contra los manifestantes que arriesgan todos los días sus vidas y su libertad protestando pública y valientemente en las calles de varias ciudades de su país.

Desde luego, entiendo las razones de los cubanos susceptibles: se sienten aludidos cuando ofenden “a Cuba”, y no es menos cierto que dirigir la indignación contra “los cubanos” y no contra su gobierno sería, cuando menos, errático. No obstante, en lo personal, entiendo que no es la intención de los opositores a Maduro y su camarilla insultar a Cuba, sino que su rechazo se dirige al régimen de los Castro, a la escandalosa ingerencia de agentes cubanos en la inteligencia venezolana y en el ejército, al parasitismo sobre la economía venezolana, al control castrista sobre la política nacional.

Es por eso que no me siento aludida ante esos actos. De hecho, Cuba es para mí algo que supera el símbolo textil de una bandera. Los manifestantes venezolanos están haciendo mucho más por su patria que lo que están dispuestos a hacer muchos de los cubanos que hoy se sienten ofendidos por ellos. Créanme mis compatriotas, con todo respeto por sus ideas, que en lo que a mí respecta pueden quemar todas las banderas cubanas que quieran, si tal fuera el precio de levantar el espíritu de los suyos y ganar la libertad. El día que recobren plenamente sus derechos, ya nos sentaremos a hablar juntos cubanos y venezolanos y estoy segura que sabremos entendernos en los mejores términos. Hasta ese momento, llegue a ellos mi admiración profunda y mi respeto.

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Más “Chalas” que “Carmelas”

Artículo originalmente publicado en Cubanet el 3 de marzo de 2014

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Confieso que le tengo cierta ojeriza al cine cubano de ficción, tan proclive –salvo contadas excepciones– a lugares comunes, estereotipos, mensajes excesivamente crípticos, moralejas implícitas; o lo que resulta quizás peor, a la búsqueda de la aceptación fácil y superficial a través del humor, de la catarsis,  o de la mala sátira. No enumeraré ejemplos, que hay en demasía, pero todo el que haya asistido a la cinematografía vernácula de los últimos 15 a 20 años sabe exactamente a qué me refiero. En lo personal, detesto el regodeo en tratar de provocar la risa a costa de nuestras propias desgracias, que se derivan en buena medida en esa perniciosa tendencia de explotar la burla para evadir la reflexión profunda y la responsabilidad colectiva por una realidad que nos asfixia.

Apenas un puñado de filmes en este período salvan la honra, y la mayor parte de ellos no se inscriben propiamente en la ficción, sino en la película documental, como es el caso del magistral e inolvidable Suite Habana (2003), del realizador Fernando Pérez, para citar un ejemplo valedero.

Es por eso que, desde que comenzó este fenómeno cinematográfico llamado Conducta, con la apoteosis de público llenando las salas de cine y la aprobación general de espectadores y crítica, me propuse verla solo después de un proceso de auto extrañamiento y no escribir sobre ella como producto cinematográfico –algo que ya han hecho los críticos y toda una pléyade de diletantes aficionados–, sino desde la percepción de la reacción del público y lo que ello significa.

Justo es reconocer que, frente a este filme, a un cubano le resulta casi imposible poner distancia entre la pantalla y sus emociones. Las imágenes, los diálogos, la trama y las sub-tramas, los escenarios, los conflictos que expone crudamente, son elementos que se combinan para poner ante los ojos del espectador una realidad en la que convivimos y de la cual pasamos de largo, inmersos en los imperativos de una vida cargada de carencias y problemas irresueltos.

El argumento tiene como eje central el drama de un niño cuya madre es alcohólica y adicta a algún fármaco, quien, a la vez que cursa la escuela primaria, trabaja como cuidador de perros de pelea y criador de palomas que vende para ganar dinero para ayudar a su madre.  Simultáneamente, mantiene un estrecho vínculo afectivo con su maestra, educadora de larga experiencia y de una inmensa dedicación a la profesión que es la razón esencial de su vida. El niño (Chala), y su maestra (Carmela), son personajes de gran fuerza e intensidad, perfectamente articulados y verosímiles.

Por su parte, las sub-tramas complementan línea argumental, ofreciendo al espectador elementos que refuerzan las situaciones y los perfiles humanos de los personajes. Nada falta y nada sobra en esta conmovedora película, que ha encontrado en el público una acogida sin precedentes. El realizador, Ernesto Daranas, desnuda la marginalidad, la violencia, la corrupción, el desamparo de las capas sociales económicamente más desfavorecidas, la indiferencia de las instituciones y de los funcionarios, los rígidos mecanismos y prejuicios de un sistema no pensado para personas libres, sino para obedientes rebaños.

El escenario, bello pese a su sordidez, es la hermosa ciudad que se cae a pedazos, los rincones que no aparecen en las postales turísticas, los barrios donde viven y vibran las pequeñas personas comunes sin las cuales no reconoceríamos La Habana; todos conviviendo con los vicios –y muchos viviendo de ellos–; esos vicios que el discurso oficial declaró desterrados por la revolución más de cinco décadas atrás.

El guión apunta directamente a muchos de los males de la Cuba actual: la policía corrupta, el presidio político, el absurdo de que un cubano de provincias sea considerado “ilegal” en la capital, la emigración que nos vacía. Pero en  cada función se produce una apoteosis de público que aplaude emocionado y de pie en la oscuridad de las salas de proyección cuando el personaje Carmela, la maestra, alude sin tapujos a la cantidad de tiempo que lleva este gobierno en el poder. Por eso Conducta, más que un filme, es un acontecimiento del que no puede dejar de hablarse.

Todo el filme luce magnífico y triste a la vez, con los tonos sepia del abandono y de la decadencia, en la que asoman también, pese a todo, la bondad, el amor, la solidaridad humana, la ternura, la inocencia y la esperanza. Es esa esperanza la que, paradójicamente, nos regala el realizador al terminar la película sin solucionar los conflictos. Daranas no persigue la complacencia de un público facilista, sino que al estremecerlo compromete las conciencias. Quizás eso explica que Conducta no tenga un final cerrado ni abierto, feliz ni trágico. Es como una pelota lanzada desde la pantalla hacia los espectadores, justo para que dejemos de serlo; una manera inteligente y cómplice de recordarnos que todos somos parte del mismo drama, que nos corresponde a todos construir ese final inconcluso. En ese sentido, la película no podría haber llegado en un mejor momento.

Lástima que tanta empatía, tanta complicidad compartida y tantas energías unidas se manifiesten solo en la protección oscura de las salas de cine. Lástima que el recipiente de nuestra proverbial paciencia tenga una profundidad tan grande que no parece existir una gota capaz de rebosarlo.

Lástima, también, que los sectores de la oposición no hayan encontrado una fórmula para capitalizar esa empatía popular y utilizarla creativamente a favor de los cambios democráticos. Por el momento, es de esperarse que esta suerte de plebiscito –proyecciones mediante– se siga produciendo a medida que el estreno de Conducta llegue a todos los rincones del país, pero más allá de todos los valores y del indiscutible éxito de la película, una cosa es cierta: en Cuba tenemos demasiados Chalas, pero muy pocas Carmelas.

 

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Cuba Jurásica

Manifestaciones multitudinarias en Venezuela. Imagen tomada de Internet

Manifestaciones multitudinarias en Venezuela. Imagen tomada de Internet

Las agencias informativas no tienen un instante de descanso por estos días: en Ucrania ha siso derrocado un sátrapa gracias a las movilizaciones y protestas callejeras en medio del crudo invierno, la gente hace largas colas para comprobar con sus propios ojos la pompa y el boato en que vivía el ex gobernante aliado de Rusia; en Venezuela continúan las manifestaciones estudiantiles apoyadas por los líderes de la oposición, finalmente cohesionados para hacerle frente al gobierno de Maduro; en Ecuador la oposición acaba de asestar un golpe ejemplar al oficialismo al alzarse con una incuestionable mayoría de votos durante las elecciones seccionales de este domingo 23 de febrero en plazas tan importantes como Quito y Guayaquil, poniendo freno al desenfrenado Presidente de la “revolución ciudadana”. El mundo se mueve a una velocidad vertiginosa cambiando los escenarios y sacando a la luz nuevos actores, mientras en Cuba permanecemos en el Jurásico politico con un gobierno de dinosaurios eternizados en el poder.

A juzgar por la prensa oficial cubana, la realidad exterior no parece existir, por eso los “sucesos” pueden ser un gris congreso “sindical” en un país donde no existen sindicatos, unas “reformas” que no reforman nada, o lo que dicta un gobierno que desgobierna a una colonia de hormigas que emplean sus jornadas diarias en procurarse el sustento, ajenas al júbilo de los liberados, ignorantes de la voluntad y valor de los opositores de Nicolás Maduro, del civismo de los ecuatorianos que optaron por controlar desde las urnas las excesivas ambiciones de poder de un camorrista investido de presidente, y de todo cuanto acontece en el mundo más allá de los arrecifes de una Isla maldita.

En especial Venezuela nos toca de cerca, por el bochornoso padrinaje de la dictadura cubana, obsoleta y arruinada, extendiendo su sombra maléfica sobre una nación rica en recursos naturales y humanos. Por suerte para ellos y para nosotros, los Venezuela no es un país de zombies. No obstante, causa ansiedad y tristeza a la vez comprobar cómo otros pueblos son capaces de lo que no el nuestro. Lástima de país Cuba, cuyos hijos eligen el silencio y la fuga antes que ejercer sus derechos frente a la satrapía verde olivo que lo condena a la esclavitud y la pobreza.

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La “vataya por la holtografia”

Estudiantes cubanos de secundaria básica. Foto tomada de Internet

En días recientes, mientras me dedicaba a la odiosa tarea de ordenar las gavetas de un mueble en casa, encendí mi TV con la esperanza de acompañarme con algo que me distrajera. No recuerdo cuál fue el canal que apareció sintonizado, pero el tema del que hablaban hizo que de inmediato prestara atención al programa que estaban pasando: dos profesoras de literatura y español, a todas luces metodólogas del Ministerio de Educación, disertaban a propósito de los agudos problemas de redacción y expresión que cunde entre los estudiantes de la enseñanza media. Los estudiantes –se quejaban ellas– no son capaces de expresarse con claridad y coherencia, suelen presentar problemas de pérdida de la idea central, tienen serios problemas en gramática –en especial en el uso de las oraciones subordinadas–, no saben utilizar los signos de puntuación, presentan dificultades en la comprensión e interpretación tanto de obras en prosa como en verso, y como si todo esto no fuera suficiente, el problema más grave es el de la epidémica mala ortografía. ¡Vaya, pensé, menos mal que la información no viene de la disidencia!, así que –por esta vez– no se trataba de una vulgar “campaña mediática” de los enemigos para desacreditar al sistema educativo cubano.

Ambas profesoras se extendieron en la importancia del conocimiento, dominio y uso adecuado del idioma como bien cultural al que es preciso cuidar. Créanme los lectores que me solidaricé sinceramente con ellas al recordar las colosales sartas de disparates lingüísticos que yo misma tuve que revisar y corregir en los exámenes de mis alumnos en los años en que era profesora de esta depreciada asignatura, cuando en muchas ocasiones tuve que hacer venir a uno u otro estudiante para que me descifrara el jeroglífico que aparecía estampado sobre el papel. A esas alturas del programa de TV, yo había abandonado mis revueltas gavetas y estaba pendiente de las soluciones que esperaba propondrían estas profesionales de la enseñanza del idioma para superar tanto desastre.

Pues bien, ellas mencionaron algunas recomendaciones a los profesores acerca del uso de las tele-clases, las cuales “no deben sustituir al profesor al frente del aula, sino que éste tiene que estar preparado para apoyar y reforzar los conocimientos que se imparten desde el TV a los alumnos” (¡Aleluya!). Para esto, dijo una de las metodólogas, hay que hacer un seguimiento “antes, durantes y después” de la tele-clase (subrayado intencional de esta escribidora). Me quedé expectante. Pero la esperanza de que la “s” añadida a la palabra “durante”, ni más ni menos que por una profesora-metodóloga, fuese un mero desliz se me disipó cuando la refinada señora la repitió en su discurso por al menos dos veces más: “durantes”. Obviamente, ella se sentía muy satisfecha de su pronunciación: nadie podría negar que era en verdad muy fina. Tras un suspiro, apagué el TV y me dispuse a terminar el arreglo de mis gavetas.

Un rápido recuento me permite memorizar otros muchos errores ortográficos, tan comunes en la vida cotidiana, que agreden desde cualquier punto, ya sea un cartel –¿quién no recuerda, por ejemplo, aquellos grafitis “revolucionarios” que ponían “Si se puede”, cambiando por completo el sentido de la consigna del Innombrable, “Sí, se puede”?–, una tablilla de cafetería, un anuncio publicitario o una carta menú. El sábado, por ejemplo, unos amigos me invitaron a comer en el conocido restaurante privado “Gringo Viejo”, en El Vedado, un lugar agradable y acogedor, con una carta variada y buena elaboración, que es frecuentado por muchos visitantes extranjeros. La carta menú ofrecía, entre otros platos, “filete en casuela”.

No hay que decir que, si esto es en un restaurante de categoría, a juzgar por la zona en que se enclava, la clientela que lo visita y –sobre todo– los precios, lo que se puede leer en muchas cafeterías, fondas y establecimientos de servicios, sean estatales o privados, es la apoteosis de la mala ortografía. Hay algunos guasones que llaman a esto “libertad de expresión a la cubana”. Yo no le encuentro la gracia.

El mal uso del idioma, los frecuentes errores de dicción de muchos profesionales de la palabra, tanto en la TV como en la prensa plana –incluyendo el periódico más importante de Cuba, Granma– y la creciente estrechez de vocabulario que se registra a nivel coloquial, pueden parecer a simple vista apenas una futilidad frente a los muchos problemas e imperativos que impone la cotidianidad. Sin embargo, no es así. Este desprecio por nuestro idioma es una muestra de que la pobreza está tan arraigada en la psicología social que se ha apoderado también de la palabra; y con ella del pensamiento. Puede no parecer tan grave, pero lo es: pensamos con el idioma porque la palabra es la manifestación material del pensamiento. La pobreza al hablar es, entonces, expresión de pobreza mental; un fenómeno que contradice a voces lo que exhibía un titular de la primera plana del Granma el pasado viernes 14 de febrero: “La educación cubana es ejemplo para el mundo”. Sí, claro. En especial ahora, que, como parece inferirse de aquel programa de TV, el MINED está librando una “vataya por la holtografia”. ¡Y que me perdone Cervantes!

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Mi amiga, La Peregrina

Tula

Tula

La reciente declaración de la casa natal de Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey, 1814-1873) como Monumento Nacional, a propósito del aniversario 500 de la fundación de la ciudad que originalmente fuera bautizada como Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, despierta mi  evocación de una mujer especial que siempre ha tenido eco en mi espíritu.

Tula es esa poetisa grande que alguna vez eligiera el seudónimo La Peregrina para publicar sus versos, sin imaginar que más de 150 años después esta oscura escribidora tomaría prestados su apelativo familiar y su apellido para usarlos como  firma distintiva de mis propios trabajos. Porque Tula Avellaneda fue mi primer seudónimo como periodista ciudadana, mi personal manera de ocultar mi identidad tras el nombre de una cubana por la cual siento gran admiración, respeto y afecto, como si de una amiga cercana se tratase. La fuerza de su brío fue una especie de escudo simbólico en el proceso de exorcismo contra los demonios del miedo. Tula, en fin, la única mujer por quien, en secreto, guardo una cordial complicidad no exenta de cierta envidia.

Porque, ¿saben qué?, yo siempre he preferido las Tulas a las Marianas. El siglo XIX cubano fue fértil en mujeres extraordinarias. La mayoría de ellas, sin embargo, pasaron a la historia por su relación con las guerras de independencia, y en particular por su vínculo –ya fuera maternal o marital– con los hombres protagonistas de esas contiendas bélicas. Algunas pocas fueron guerreras ellas mismas, así que trascendieron como patriotas para una nación que, desgraciadamente, siempre ha rendido mayor culto a la violencia que a la poesía, al amor y a las letras.

Las guerreras son hasta hoy “las Marianas” (por aquella saga de la Grajales conminando a su hijo menor a crecer para que fuera a guerrear por una Patria siempre ávida de sangre), pero por ello mismo quedaron condenadas al estereotipo perfecto de ese estoicismo patriotero que ofrece la gloria de la memoria a la vez que despoja de humanidad, hasta tal punto que no conozco ninguna imagen  de Mariana Grajales sonriente o al menos con expresión de bondad y amor en el rostro. De hecho, su efigie se construyó más sobre el odio al enemigo que sobre el amor de cualquier naturaleza. Similar suerte corrieron los retratos de otras célebres y respetables matronas del altar patrio decimonónico: expresiones hieráticas, ceños fruncidos, labios apretados. Una perfección tan rígida que se torna ajena y distante. Así, han pasado a la memoria, pero no al corazón.

Tula, en cambio, trascendió por su esencia humana desbordada en su obra literaria y en un carácter trasgresor que desafió los convencionalismos de su época. Una vida intensa, apasionada y creativa fue su cruzada personal, quebrando tabúes de género. Madre soltera, amante apasionada, espíritu libre y controversial, su carácter tempestuoso se transparenta incluso tras la serenidad mayestática de sus retratos. Nunca se sintió suficientemente amada por aquellos a quienes amó –aunque los superó a todos–, nunca comprendida por sus contemporáneos, fue respetada y temida a la vez y muchas veces condenada por la moral de su época, pero se impuso sobre las adversidades y fue una mujer triunfante en un mundo donde el éxito era un cetro eminentemente masculino.

Su talento como poetisa, novelista y dramaturga fue el don liberador de la femineidad condenada a la contención y a la censura para las mujeres de su tiempo. Esa fue su manera de rebelarse y de trascender, por eso su legado rebasa los límites estrechos de la Patria y de una época y se le recuerda con placer y cercanía. Tula fue (es) bellamente imperfecta, por tanto creíble.

Ahora, a doscientos años de su nacimiento, pocos cubanos conocen su vida y su obra, pero su casa camagüeyana ha sido oficialmente declarada monumento nacional. Ignoro si, de haberlo imaginado alguna vez, Tula sentiría satisfacción por tan tardío homenaje  en el marco de una celebración por el medio milenio de su ciudad.  Conociendo su genio personal, sospecho que al morir ella sabía que había construido su propio monumento con la gracia de su pluma y la fibra de su peculiar naturaleza. De cualquier manera, agradezco la ocasión que me ha propiciado escribir este pobre homenaje a mi vieja y eterna amiga espiritual, La Peregrina, quien marcó con la fuerza de su carácter y con la gracia de sus versos el alma juvenil de esta admiradora que ya transita el siglo XXI y que, con mucho menos talento pero con idéntica pasión, trasgrede otros tabúes en la Cuba de estos tiempos.

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(Artículo originalmente publicado en Cubanet en enero 19 de 2014 bajo el título: Chusmería, hija bastarda de la revolución. La imagen pertenece también a Cubanet)

Vulgaridad: ¿una hija bastarda?

¡“Reagan tiene saya; nosotros pantalones,Que tenemo un comandante que le roncan los co…..!”

(Consigna revolucionaria popularizada por Felipe Pérez Roque)

Acto de repudio. Cuba

Acto de repudio. Cuba

La Habana despierta temprano y antes de las 8:00 am es un hervidero de voces y movimiento. Trepidan los viejos autos y ómnibus por la ciudad, la gente se aglomera en las paradas y en los contenes, bulle la nueva jornada de supervivencia. Apenas a una cuadra de la céntrica avenida de Carlos III, decenas de adolescentes se apiñan en los alrededores de la secundaria básica “Protesta de Baraguá” dilatando todo lo posible el momento de entrar al matutino. Con independencia de géneros, vivaces, altaneros, irreverentes, casi todos hablan en voz muy alta, gesticulan, gritan de unos grupos a otros, de una a otra acera.

 Una estudiante pulcramente vestida y bellamente peinada, se empina sobre sus pies mientras se coloca las manos a ambos lados de la boca, a manera de bocina:

-         ¡Dayáááán… Dayáááán! ¡Oye mi’jo, no te hagas el loco… Contigo mismo es, ¿qué bolá, qué p…. te pasa?!

 El interpelado, a media cuadra de distancia, se vuelve hacia la muchacha y echa a reír:

 –         ¡¿Eh, Carla, ¿cuál e’?, ¿se te pegó el picadillo?, ¿Yandi no te quita la picazón y te hace falta que yo te “arrasque”?!

-         ¡Ayyyy, papi, ya quisieras. Tú no tienes pa´ eso!

El breve diálogo va acompañado de una gestualidad exagerada, procaz.

 Dayán se acerca y ambos se saludan con un amigable beso y mucho manoseo. Se integran a un grupo cercano de condiscípulos que parlotean entre sí. Las palabras soeces vuelan por doquier, como los gorriones matinales de los árboles cercanos. Observo atenta el panorama general. El saludo entre estos jóvenes puede ser una nalgada, un beso o una frase gruesa digna de una taberna de bucaneros, dicha con la naturalidad que imprime la costumbre.

 Me acerco al grupo y me identifico como reportera. Quiero hacerles unas preguntas rápidas y sencillas antes de que tengan que traspasar la cerca de entrada de la escuela, les aclaro que no necesito nombres, que no los voy a grabar y que no les haré fotos si no lo desean. Algunos se alejan un poco, por si acaso, pero quedan lo suficientemente cerca como para escucharlo todo. Ninguno quiso ser fotografiado.

 ¿Dónde aprendieron a expresarte así?, ¿sus mayores se lo permiten en casa y los maestros en la escuela?, ¿han crecido en un medio familiar violento?, ¿qué entenderían ustedes como groserías, o “malas palabras”?, ¿cómo definirían el lenguaje que utilizan?, ¿en alguno de sus libros de literatura o lengua española encuentran ese vocabulario?

 Tras algunos titubeos, es el propio Dayán quien rompe el hielo. “Na’, mi tía, normal. Todo el mundo habla así y todo el mundo sabe lo que quieren decir esas palabras. En la casa hay que tener cuidado porque los padres se ponen muñecones si uno dice muchas malas palabras; pero ellos sí las dicen como si ná. Los maestros casi nunca se meten en eso. Eso no tiene nada de malo. Mire, en mi casa no hay violencia de esa. A mí  nunca me han dado golpe. Bueno, algún pescozón cuando era chiquito y hacía algo malo, pero ‘normal’, como a todo el mundo”.

 Enseguida los demás se atropellan para decir y opinar, interrumpiéndose unos a otros. Todos coinciden en que lo que pasa es que en “mi época” no se hablaba así porque había mucho atraso, menos libertad, pero “eso era antes”. Decir palabrotas ahora es “normal”, (todo un adelanto, diríase). Es verdad que en sus libros no hay ese vocabulario, pero los libros son una cosa y la vida real otra; lo mismo pasa, por ejemplo, en la televisión. Indago un poco más y descubro que ninguno de ellos se ha leído jamás una novela. Menos aún conocen de poesía. En resumen, la vulgaridad no es tal para ellos, sino que las expresiones más ordinarias son la norma.

 El timbre de la escuela avisa que va a empezar el matutino y los muchachos se empujan para entrar mientras ríen divertidos. Yo soy, obviamente, una “temba chea”, una especie de anacronismo pasajero de ese día. Algunos, muy pocos, se despiden de mí antes de darme la espalda y alejarse.

 Pero así como no todos los jóvenes son vulgares, tampoco todos los vulgares son jóvenes. La epidemia de grosería, que se ha tornado endémica, no es un fenómeno generacional sino sistémico.

 Por la tarde salgo a la avenida cercana y bordeo el portal lateral del Mercado de Carlos III, por la calle Árbol Seco, donde diariamente los taxistas se agrupan para sus cotilleos entre un cliente y otro. En la ventanita de ventas toman café o se compran alguna bebida para refrescar las abusadas gargantas. A cada momento las groserías salpican las charlas, en especial en las amigables discusiones a toda voz sobre la serie nacional de béisbol o sobre los precios de los automóviles, cuya venta recién comenzó por el Estado. La adolescencia ha quedado muy atrás entre ellos; muchos peinan canas y otros ya no conservan siquiera canas que peinar.

Le pregunto a un parqueador septuagenario que cubre el área si esos habituales del portal siempre dicen palabrotas tan gruesas o es solo por la emoción del momento. “Eso es normal aquí. Siempre dicen malas palabras, aunque haya cerca mujeres y niños. Ya no hay respeto. Y si les dices algo es peor, así que mejor quédate calladita la boca”.  Le aclaro que no pienso decirles nada.

 En realidad, si fuera a reprender a todos los que se expresan con groserías tendría que pasar cada día completo regañando y hubiese recibido más de un gaznatón. En Cuba, hoy por hoy, la corrección de las maneras y del lenguaje se consideran una gazmoñería injustificable: impera el aserismo. Pero, ¿cómo y cuándo comenzó todo?

 ¡Asere, ¿qué bolá?!

 Cierto que siempre han existido personas ordinarias y mal educadas, solo que en la actualidad la grosería ha invadido la sociedad cubana, al punto que ya no es posible sustraerse de ella. A contrapelo del discurso oficial que pregona sobre la instrucción y cultura de este pueblo, la vulgaridad –como forma particular de violencia– parece haber llegado para quedarse entre nosotros. Desde las palabrotas más gruesas hasta la impudicia masculinísima de orinar en la vía pública y a plena luz del día, la cotidianidad es cada vez más agresiva.

 Si fuésemos a explicar la historia del imperio de la vulgaridad en la Isla utilizando algunos de los vocablos prosaicos que se han ido incorporando al habla cotidiana en diferentes épocas de estos 55 años a partir del igualitarismo ramplón impuesto como política de estado, probablemente solo un cubano crecido en este ambiente podría entender algo del léxico. Quizás el recuento podría sintetizarse así, y perdonen los lectores, solo pretendo ilustrar el caso:

 En un principio fue un asere, que asaltó un cuartel con un grupo de ecobios, aunque él salió en pira cuando empezó la balacera. Aquello se puso malito y falto’e frío y los que se salvaron fueron pa’l tanque. Pero como eran unos locotes pinguses, al final ellos y otros moninas que se les pegaron por el camino cogieron el mazo aquí, por sus cojones, le dieron el bueno envenena’o a Batista, que era un punto, y ahí empezó la burumba esta. Se acabaron la fineza y la blandenguería, que aquí todo el mundo es la misma salsa, así que al que le pique que se arrasque, y si no, “tunturuntun”, ¡qué bolá!, ¡y quimba pa’ que suene! ¿Cuál e’?

 La generalización del mal hablar y la pérdida de las buenas maneras es ya un rasgo distintivo de la sociedad cubana de estos tiempos, al punto que el propio general-presidente, Castro II, ha manifestado públicamente su alarma por tanta chabacanería. La vulgaridad social, esa suerte de hija bastarda que ahora el régimen se niega a reconocer como propia, ha traspasado los límites del populacho y ha llegado a los umbrales sagrados de sus padres. Y los asusta. ¿Qué tal si un día tanta ordinariez descontrolada se convierte en violencia contra el trono?

Los diligentes pregoneros, por su parte, han respondido de inmediato al silbato del amo. Lenguaje, ¿Las buenas formas se fueron de viaje?, es un artículo donde la periodista oficial María Elena Balán Sainz, tras lamentarse de las malas formas del habla y de los modales que rigen actualmente en Cuba, en especial entre los más jóvenes, se adentra en un análisis sobre el origen del español hablado en la Isla y su parentesco léxico con otros países de la región, sobre la teoría evolucionista del lenguaje, su importancia en la comunicación humana y de su cuidado, por lo que insiste en que “Aunque aparentemente caiga en saco roto, no podemos dejar la batalla por el uso correcto de nuestra lengua, aunque existan tendencias marcadas en los últimos tiempos al lenguaje popular chabacano, en ocasiones con ingredientes vulgares.”

 No pudo sustraerse ella misma a los lugares comunes que en Cuba hacen de cada cuestión una “batalla” y donde toda “estrategia oficial” naufraga en estériles campañas, aunque hay que reconocer las buenas intenciones de su artículo. Sin embargo, de su texto parece inferirse que la chabacanería y la vulgaridad surgieron súbita y espontáneamente entre nosotros, sin motivo ni razón alguna, con la misma naturalidad que si fuesen hongos sobre heces de animales en un potrero. Balán Sainz no menciona ni una sola vez la rusticidad soez de las consignas revolucionarias, las palabrotas de los mítines de repudio, la vulgaridad de agredir y golpear a los que no piensan como indica el credo verde olivo, la grosería estimulada y arropada desde el poder para tratar de anular moralmente al diferente.

 Aquellas aguas trajeron estos lodos…

 Utilizando ahora mis propias palabras para el recuento, diría que en un principio fue la violencia de una revolución social que alcanzó el poder por las armas; que expropió; que expulsó; que sembró las exclusiones por cuestiones políticas, de credo religioso, de preferencias sexuales; que impuso el igualitarismo, condenó las tradiciones, separó a los hijos del hogar de sus padres para adoctrinarlos, fracturó las familias, condenó la prosperidad, secuestró las libertades, sofocó las capacidades creativas y la independencia de los individuos, estandarizó la pobreza,  empujó a una emigración infinita que nos asuela y mutila. No puedo imaginar mayor vulgaridad.

 Ahora, cuando ya Cuba parece una tierra arrasada, su economía arruinada y los valores extraviados entre las viejas consignas y las constantes decepciones, el régimen se perturba por la grosería y pobreza del lenguaje, que avanzan proporcionalmente con la crisis general del sistema.

Pero en algo tiene razón Balán Sainz, cuando nos recuerda que el léxico es reflejo de la realidad social. A un país empobrecido donde cada día se palpan con mayor acento la frustración, las precariedades de la supervivencia y la tendencia a la violencia, le corresponde un lenguaje pobre, vulgar y violento. Es parte del daño antropológico, tan magistralmente definido por Dagoberto Valdés.

 ¿Habrá soluciones? Por supuesto, pero tampoco serán espontáneas. Solo el final de la grosera dictadura castrista podría marcar el principio del fin del aserismo en Cuba.

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Entre los zombis y los ciudadanos

Imagen tomada de Internet

Imagen tomada de Internet

Frustrada, en los días iniciales del año volví a casa tras hacer algunas compras del agro, con las que pretendía llenar los espacios vacíos de mi viandero y las gavetas bajas de mi refrigerador. Las carretillas y los mercados agropecuarios pobremente abastecidos, la mala calidad de muchos de sus productos y los altos precios echaron por tierra mis aspiraciones. Mi carretillero favorito, al que suelo comprar más asiduamente por la otrora habitual variedad y calidad de sus productos, me explicó que “hay problemas con el transporte” desde el campo, que se habla de un aumento del costo del petróleo y, por tanto, habrá un encarecimiento general, y –por si esto fuera poco– hubo un aumento de los impuestos.

Mi compra de ese día, apenas un bultito distribuido en dos bolsas de plástico (2 pesos, uno por cada bolsita), se elevó en solo cinco minutos y en un minúsculo volumen, al costo total de 111 pesos en moneda nacional, para complementar el consumo de alimentos de dos personas por dos o tres días.

En el transcurso del mes las tarimas se fueron poblando gradualmente, pero los precios mantuvieron su tendencia alcista y en algunos casos llegan a rayar en el delirio: un solo limón puede costar entre tres y cuatro pesos, en tanto la libra de tomate se mantiene en ocho pesos, la de malanga en cinco y una col minúscula cuesta entre diez y doce pesos.

De qué manera y con qué recursos sobreviven los empleados estatales dependientes de un salario y los jubilados constituye el mayor de los misterios en la Cuba actual; sin embargo, más inexplicable aún resulta la pasividad que mantienen estos sectores de la población, los más frágiles y los más afectados por las condiciones de vida en la Isla. Una posible respuesta –o factor incidente– podría encontrarse en el efecto enajenante de los medios de difusión del gobierno. Basta mirar el noticiero de TV o un periódico oficialista para constatar la retorcida táctica de entumecimiento mental que afecta especialmente a los más ancianos y a las masas menos instruidas de la población cubana. Y mientras mayor se hace la crisis general del sistema más cínicos se vuelven los medios.

Los ejemplos abundan de forma tal que sería excesivo enumerarlos todos. Para citar algunos, en el noticiero de la 1:00 pm escuché días atrás a una comentarista de la actualidad internacional que criticaba la propuesta de venta de la ciudadanía a los extranjeros que invirtieran capital en la zona mediterránea de Europa, una medida que –según explicó– privilegia a los extranjeros ricos por sobre los millones de emigrantes pobres que llegan a ese continente, a quienes se les niega la ciudadanía, consolidando así las exclusiones y aumentando el abismo entre ricos y pobres. Otro segmento del propio noticiero informaba que los jóvenes españoles emigran constantemente a otros países para trabajar al menos por un salario mínimo, incluso en puestos de poca calificación, con tal de huir de la crisis del país, de la cual 7 de cada 10 jóvenes culpan al gobierno y a los políticos. Más adelante se informaba de que en EEUU los salarios no son suficientes para vivir, además de que el rigor de este invierno ha provocado numerosas muertes.

El mundo se presenta decadente, peligroso y hostil en los medios oficiales castristas, que, sin embargo, nunca han explicado las razones que excluyen a los cubanos de las inversiones en su propio país o por qué en la propia Isla cada día crece más el cisma entre los que tienen recursos y los que no. Ellos nunca han reconocido que ni el salario más elevado de un cubano resulta suficiente para cubrir las necesidades primarias de una familia, y que décadas de emigración –que se han incrementado a medida que crece la desconfianza en el sistema– siguen descapitalizando al país de su mano de obra, fundamentalmente de los jóvenes, quienes también huyen buscando una vida mejor a cualquier costo y riesgo porque, entre otras cuestiones, y a diferencia de los jóvenes emigrantes españoles, los cubanos no tienen la oportunidad –no digamos ya de cambiar a los gobernantes o forzarlos a dimitir cuando no cumplen– sino ni siquiera de elegirlos.

Por su parte, el “bloqueo” es el recurso supremo que siguen esgrimiendo los medios para evadir todo cuestionamiento y justificar las carencias del país. La prensa oficial exhibe la impudencia suficiente para mantener adormecidas en la farsa de su discurso a las masas zombis, demasiado ocupadas en sobrevivir, demasiado aletargadas para rebelarse. Después de todo, se dirán entre sí los más infelices, aquí nadie se muere de frío (salvo los locos desamparados que terminan ingresados en el Hospital Psiquiátrico de La Habana), así que creen más sabio permanecer silenciosos y mansos, arropados en la seguridad de la miseria que les ofrece el sistema. Sin dudas, el monopolio de la prensa es la verdadera arma estratégica de la “revolución” de los Castro.

Sin embargo, la tendencia entre los sectores autónomos, formados por los trabajadores privados (cuentapropistas), ya comienza a mostrar algunos despuntes de reacción. Entre ellos hay grupos que ya se manifiestan abiertamente, reclaman ante instituciones gubernamentales y protestan contra las restricciones y las altas tasas impositivas, en tanto otros se expresan libremente contra las autoridades. No son disidentes ni opositores, sino algo mucho más letal para el sistema: son ciudadanos.

Así que, después de todo, hay motivos para la esperanza.

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