Sentimiento de culpa

 

César y sus condiscípulos en su primer día de clases

Por estos días me corroe un profundo sentimiento de culpa. Mi nieto mayor, César, me dijo con un fuerte tono de reproche que le he mentido. Así, con todas sus letras: “Abuela, me mentiste, la escuela no es como tú decías”. Y lo peor de todo es que tiene razón: involuntariamente lo estafé cuando me dediqué a prepararlo para su iniciación en el mundo escolar. Permítanme compartir esto con ustedes.

César tiene 5 años y este curso comenzó a asistir al preescolar en una escuela del reparto Sevillano, en el municipio Diez de Octubre de la capital. Sus mayores nos habíamos dedicado a estimularlo durante los meses de verano para predisponerlo favorablemente  de cara a esta nueva etapa de su vida en la que quedarían atrás los días de entrega total a los juegos y a los dibujos animados en casa, junto a su madre, para comenzar a pasar largas horas sentado en un aula, sometido a la disciplina que exige el proceso de aprendizaje y la socialización con un grupo de condiscípulos de los más diversos caracteres. También todos habíamos contribuido a un variado ajuar escolar en el que no faltaba nada.

La escuela sería –le dijimos– una experiencia maravillosa en la que aprendería nuevos juegos, haría más amigos, la maestra le enseñaría muchísimas cosas interesantes, aprendería también canciones que cantaría con los demás niños, modelaría figuritas de plastilina y armaría casas, barcos y cohetes con los juegos de construcción del aula. Queríamos, con nuestras mejores intenciones, que nuestro chiquillo discurriera sin tropiezos ni traumas por este necesario rito de paso que resulta trascendental en la vida de un niño. Yo, en particular, que tengo un gran ascendiente sobre él y le cuento muchas anécdotas de mi propia feliz niñez y de la de su padre, que él escucha siempre absorto, le pinté la escuela como el mundo de colores que sigue vivo en mi imaginación, inmune a los destrozos y perversiones del sistema.

No le mentí a mi nieto cuando le hablé del universo escolar que descubrí en septiembre de 1963, a mis cuatro años de edad. Para entonces mi padre trabajaba en la planta de sulfo-metales de Santa Lucía, Pinar del Río y allí asistí a la primera de las 11 escuelas primarias que tuve a lo largo de casi toda Cuba. Mi maestra de preescolar, Nela, es hasta hoy, en justicia, un personaje inolvidable. En mi aula de aquel pueblito pequeño había un piano de verdad que tocaba la propia maestra para acompañar las muchas canciones que todavía recuerdo con total precisión, había pelotas, juguetes, títeres, plastilina, lápices de colores. Aprendíamos casi sin darnos cuenta, cantando y jugando, bajo la guía de aquella señora dulce y afectuosa que todos queríamos y respetábamos.

Tampoco le mentí a César cuando le conté de la escuela de su padre, mi hijo mayor, al que llevé por primera vez a un aula en septiembre de 1984, yo más emocionada y nerviosa que él. Vivíamos en La Habana Vieja, mi patria chica, y aunque su aula de preescolar tenía también un viejo piano vertical, la maestra no sabía tocarlo (ya para entonces ninguna maestra sabía) y tampoco había tantos juguetes como en mi aula de 20 años antes, pero al menos quedaba la tradicional plastilina, juegos de armar, y los niños aprendían con canciones. Por otra parte, Hildita era una amorosa maestra que atesoraba en su pequeña figura ternura  y paciencia enormes y hasta cierto punto suplía con su gracia e imaginación algunas de las carencias materiales de la escuela. Sé que mi hijo recuerda a Hilda con tanta gratitud y cariño como yo a Nela.

No es, pues, de extrañar, que la noche antes de asistir por primera vez a su escuela César no pudo conciliar el sueño a la hora acostumbrada. Revisaba una y otra vez su mochila con los implementos escolares para comprobar que no le faltara nada, se ponía y quitaba el uniforme hasta que su madre se vio precisada a guardarlo para que no lo ensuciara, preguntaba cuántas horas faltaban para que se hiciera de día. A las 6:30 am ya estaba en pie, agitado y ansioso y mucho antes de las 8:00 am estaba en el patio de la escuela junto a otros muchos escolares primerizos, tan orgullosos y contentos como él.

 

En el aula, lleno de expectativas

Han transcurrido los dos primeros meses de clases y la maestra de César ha estado frente a su aula poco más de una semana en total. Se dice que “tiene problemas personales”, “una hermana diabética en Camagüey”, “una madre anciana”. Quizás todo esto sea cierto, pero no justifica que la dirección de la escuela no haya buscado una maestra suplente. En su lugar, una auxiliar pedagógica trata de cubrir las formas poniendo a los niños una tarea tras otra. Es la única manera de poder reportar oficialmente que el programa lectivo de la revolución se cumple y que en Cuba todos los niños reciben instrucción.

Pero entre tanto, el preescolar de César está lejos de las expectativas que le sembré. Nada de juegos y cantos, nada de plastilinas ni juguetes. Nadie sabe decir con certeza cuándo regresará la maestra, ni cuánto tiempo estará en clases otra vez antes de volver a tener problemas personales más importantes que su trabajo. Los maestros son una especie en extinción en un país que ha visto destruirse una larga tradición pedagógica cuyo origen se remonta a los viejos tiempos coloniales. Se ha perdido la ética de una profesión hermosa por naturaleza.

Por eso César, mi nieto, ya no quiere ir a la escuela y me recrimina por lo que consideraba mis mentiras. Le expliqué que era cierto cuanto le había contado antes, así que él mismo ha propuesto una solución: “Mira, Abuela, mejor llévame a tu escuela y que me enseñe tu maestra”. Pensé en Nela, que a estas alturas pudiera haber muerto puesto que ya no era joven en 1963. Quizás su recuerdo alumbró entonces la respuesta que di a mi nieto: “Mejor te enseño yo misma aquí, en mi casa”. No es tan disparatado como parece: mi primera profesión fue la docencia. Así es como desde hace algún tiempo César va a su escuela a perder el tiempo y a aburrirse de lunes a viernes y los fines de semana yo le enseño las letras, los números, le repaso los colores, dibujamos, modelamos con plastilina, recortamos figuras geométricas, recitamos y cantamos mis viejas canciones de preescolar. También tenemos sesiones de lectura de cuentos, para que se interese pronto en aprender a leer, y destinamos también una tarde a pasear, para relajarnos. Así me aseguro que aprenda y, de paso, trato de superar mi terrible sentimiento de culpa.

Nota: Todos los nombres y situaciones que se refieren en el texto son rigurosamente reales.

Acerca de Miriam Celaya

Miriam Celaya González Nací en La Habana el 9 de octubre de 1959, mi patria chica es La Habana Vieja “intramuros” anterior al embate museológico del Historiador y a la destrucción de otros tornados artificiales. En el orden familiar, soy esposa, madre de dos hijos, abuela de dos nietos y amiguísima-cómplice de dos nueras. Soy aficionada al cine, lectora compulsiva, amante del debate, disidente incorregible y trasgresora impenitente. Me encanta cocinar, escribir, disfrutar de mi familia, reunirme con mis amigos, hacer rabiar a mis enemigos y, de vez en vez, también disfruto la soledad. Aunque soy licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana, en realidad nunca me dediqué a la crítica artística sino a las investigaciones arqueológicas y de antropología sociocultural, y fundamentalmente al estudio del arte alfarero taíno. Más allá de Alma Mater, soy autodidacta por naturaleza y empírica de cada camino que emprendo. Trabajé durante poco más de 20 años en el departamento de arqueología del Instituto de Antropología, que forma parte de un delirio conocido como Academia de Ciencias de Cuba, desde donde publiqué varios artículos científicos y escribí en coautoría con un colega dos monografías, aún inéditas. He sido profesora de literatura y lengua española, de cultura taína y de arte precolombino cubano, y desde finales de 2004, comunicadora por cuenta propia o algo así como “periodista espontánea”. Llegué al periodismo ciudadano como parte del consejo de redacción y colaboradora habitual de la primera revista digital independiente realizada y administrada desde Cuba (Consenso). Más tarde sería la revista Contodos y su sitio web (desdecuba.com) fue la cuna de la también primera plataforma-blog libre dentro de la Isla, creada por Yoani Sánchez en 2007. Allí publiqué utilizando varios seudónimos, en especial T. Avellaneda, como homenaje a la poetisa camagüeyana que tanto admiro. Entre diciembre de 2007 y enero de 2008 inicié esta, mi propia bitácora personal, Sin EVAsión, escribiendo bajo el seudónimo de Eva González, nombre que había elegido para firmar mis colaboraciones con la publicación digital Cubaencuentro. En julio de 2008 revelé mi identidad y desde entonces firmo mis trabajos con mi propio nombre. En todos estos años he colaborado con varias publicaciones y espacios digitales, además de los ya mencionados: revista Voces, revista Convivencia, Diario de Cuba, Cubanet y Penúltimos Días. Algunos otros espacios independientes me han honrado reproduciendo artículos de mi autoría. En 2009 resulté ganadora del Premio de Periodismo Digital del concurso blogger independiente “Una Isla Virtual”. En el propio año fui a la vez profesora y estudiante de la Academia Blogger creada por Yoani Sánchez para impulsar el periodismo ciudadano en Cuba. En 2011 obtuve Mención en el Sexto Concurso de Ensayo Caminos de la Libertad, de la Fundación Salinas (México) y en 2013 fue publicado el libro “Cuba in focus” por la Editorial Clío, del cual soy coeditora y coautora. En la actualidad sigo escribiendo para varias páginas y conservo mi bitácora, a la vez que procuro adelantar algunos proyectos editoriales pendientes.
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12 respuestas a Sentimiento de culpa

  1. Daniel dijo:

    Viva Fidel! Miriam, a jinetear se ha dicho, jajajaja.

  2. Bruce dijo:

    Muchas gracias Fabiola! Que9 bueno que te este9n gudsanto los programas! esperamos tus comentarios y recomienda a tus conocidos que nos oigan! Dinos que te9mas te gustareda escuchar.ok?Un abrazo!MB

  3. Mercedes dijo:

    Yo fui a visitar mi escuelita primaria en mi ultimo viaje y me eché a llorar. Ventanas rotas, sin pintura, los pupitres dan pena.

  4. Javier Soler dijo:

    Miriam , como ciudadano ilustre del pueblo de Santa Lucía testifico que cuanto dices se apega a la verdad. Tengo 37 años y en mi época de primaria recuerdo que Nela aún trabajaba cuando me toco ir a la escuela , ella vive aún con su hija en la ciudad de Pinar Del Río.Los Celaya

    hicieron historia en el pueblo.

  5. Wendy dijo:

    Me sacaste lagrimones cuando vi a César y leí la historia. Ya entiendo por qué el otro día Dorian me dijo por teléfono: es que la escuela no le gusta a nadie! Y yo le respondí que a mi sí me gustaba…

  6. Manuel Castro Rodríguez dijo:

    En 1950 solo tres países latinoamericanos (CHILE, CUBA Y COSTA RICA) registraban TASAS BRUTAS DE ESCOLARIZACIÓN PRIMARIA superior al 60%. CUBA ocupaba el segundo lugar con 62,3%. CHILE estaba en tercer lugar con 61,6%. COSTA RICA encabezaba a América Latina con 67,9%.

    Hacia 1950 solo tres países latinoamericanos (ARGENTINA, CUBA Y URUGUAY) registraban TASAS BRUTAS DE ESCOLARIDAD UNIVERSITARIA superior a 4%. CUBA ocupaba el tercer lugar con 4,2%. ARGENTINA estaba en segundo lugar con 5,2% en 1950. URUGUAY encabezaba a América Latina con 6% en 1951.

    castropanama@yahoo.es

  7. Manuel Castro Rodríguez dijo:

    La crisis de la educación cubana comenzó hace CINCUENTA AÑOS con la desaparición del sistema de Escuela Normal de Maestros, que ya en 1923 –hace noventa años- tenía una por cada provincia. En 1962, al año siguiente de que los hermanos Castro se adueñaran de las escuelas cubanas, comenzaron los experimentos del ‘Pedagogo en Jefe’, que eliminó las escuelas normales, obligando al adolescente que quería estudiar magisterio a comenzar sus estudios en Minas del Frío, en la Sierra Maestra, teniendo que pasar después a Topes de Collantes, en la Sierra del Escambray, para finalizar en Tarará.

    Posteriormente, el ‘Pedagogo en Jefe’ creó el Plan de la Escuela al Campo y después el Plan de la Escuela en el Campo; ambos planes fueron desastrosos desde todo punto de vista. Simultáneamente con esto, las metas de promoción establecidas por el ‘Pedagogo en Jefe’. ¿No recuerdan las páginas del periódico Granma llenas de las escuelas que habían obtenido el cien por ciento de promoción?

    ¿No conocieron a maestros y dirigentes educacionales que sufrieron represalias por negarse a semejante farsa? Conocí a varios que fueron reprimidos, entre ellos el director de la Enseñanza Tecnológica en Habana –cuando era una sola provincia-, era un ‘moro’ muy serio y muy trabajador, querido por todos en el MINED. En una reunión le dijo al ‘Gallego’ Fernández que esa meta de promoción no era posible de lograr; el ‘Gallego’ le respondió que con esas concepciones no podía seguir como director provincial. Diez años después, cuando se vieron los desastrosos resultados, se eliminaron las metas de promoción. A pesar de ello, lo máximo que logró el ‘moro’ fue dirigir un tecnológico en Diez de Octubre, situado al lado de un CV Deportivo, cerca de Mantilla.

    ¿Se les ha olvidado los profesores teniendo relaciones sexuales con las alumnas? Recuerdo a un director de secundaria en Isla de Pinos –era conocido por su apellido, era el clásico jodedor cubano, siempre jaraneando-, que siempre ganaba el primer lugar de la emulación, porque tenía un acuerdo con los alumnos de que se portaran bien cuando había inspección y cumplieran con la emulación, a cambio de lo cual podían hacer lo que quisieran, incluyendo que conocían los exámenes con antelación a que se les aplicaran. ¿Cómo se descubrió a este director? Porque salió embarazada una de las alumnas con las que tenía relaciones .

    ¿Cómo se puede hablar de logro en educación?

    ¿El castrismo no ha destruido todo lo bueno que encontró?

    Además, no olvidemos que un año antes de que los hermanos Castro se apoderaran de Cuba, éramos el primer país de América Latina en cuanto al por ciento del presupuesto dedicado a educación.

    castropanama@yahoo.es

  8. Eduardo dijo:

    Me sorprende que en Cuba todavía queden maestros del todo. Cuando me fui del país lo que quedaban eran clases televisivas.

  9. Michael Cervantes dijo:

    Me consta, el hombre que definió mi carácter se llamo Rufino Montalvo y era maestro de 6to grado en la escuela Antonio Maceo sita en Campanario entre Concepción de la Valla y Figuras en la Habana. Cuando me impartió clases tenía 44 años como maestro, las clases eran en la tarde y terminaban a las cinco, pero yo me quedaba acompañándolo hasta cerca de las 7:30 cuando comenzaba el programa televisivo Aventuras. Rufino fue un padre para mi, masón y patriota, me inculco el amor por el aprendizaje, la familia y la patria

  10. Haroldo Dilla dijo:

    Precioso testimonio. Mis maestros de Pre hubieran sido catedraticos universitarios ahora. Los recuerdo a todos, uno a uno. Siempre la masificación de un proceso como la enseñanza produce una baja de su calidad. Puede considerarse un precio que se paga inicialmente para conseguir un fin de justicia social. Pero si el sistema funciona, la caida es temporal y luego viene una recuperación. La gran crisis de la educación cubana -no hablo de rigideces ideologicas, sino de ablandamiento moral y tecnico- se desencadenó de 1990 en adelante. Y no se ha repuesto, ni creo que pueda hacerlo. Es una pena, pero perdemos lo que fue un logro. Pero nada, Miriam, excelente post, te leo con gusto como siempre.

  11. Frank dijo:

    Pero la educacion en cuba es un DES-logro de la Revolucion???

  12. Filo Sofia dijo:

    Yo tambien tuve que tomar en mis manos el aprendizaje de mis hijos a pesar de que ellos tuvieron una escuela bastante buena y uno que otro muy buen profesor. Un buen maestro tiene un impacto muy positivo para toda la vida y viceversa. Pienso en el talento que se esta perdiendo en Cuba por la falta de motivacion que sienten los estudiantes a lo largo de esos agnos. No todas las madres y abuelas tienen los conocimientos y el tiempo para suplir el deficit. Ademas son muchas las horas que los nignos tienen que pasar en la escuela donde mas bien des-aprenden las cosas buenas que pueden haber aprendido en casa. En fin, el punto al que siempre llego, no es la destruccion economica lo que me preocupa sino la destruccion del funcionamiento de la sociedad.