sin EVAsión

un blog con antifaz provisional, pero con voluntad permanente

Mi deseo para 2012: indignados en Cuba

Caricatura de Santana que ilustra el post en Penúltimos Días

Trabajo originalmente publicado en Penúltimos Días (http://www.penultimosdias.com) el 13 de enero de 2012.

Una amiga europea que recientemente visitó La Habana, me preguntó cuál sería mi mayor deseo para este 2012. Con seguridad, ella esperaba que yo le dijera los conjuros de siempre: el fin de la dictadura, democracia, paz, libertad, etc. Los deseos que hemos tenido decenas de miles de cubanos cada inicio de año y que, a pesar de todos los pesares, siguen pendientes. Tal vez los espíritus propiciatorios, esos que presuntamente participan o inciden en las aspiraciones humanas, necesiten percibir algo más de voluntad en los aspirantes… alguna señal que indique un poco más de bríos para hacer realizables los sueños, algo que permita cumplir lo que reza aquel viejo refrán: “ayúdate, y Dios te ayudará”.

Por eso le respondí a mi amiga, sencillamente, que para 2012 quería ver a Cuba llena de indignados. Y es que el día que eso suceda estaremos más cerca de esa democracia y esas libertades tan largamente anheladas. No me refiero a la indignación pueril de protestar en alguna cola o en cualquier esquina —en diferentes tonos de voz y dispuestos a callar cuando algún sujeto con pinta de policía política nos mira con insistencia—, por los problemas del transporte estatal, o por la contracción cada vez mayor de los mal llamados “subsidios” —método parametrador-distribuidor de la miseria nacional. Tampoco hablo de los comentarios más o menos cómplices sobre “lo malo que está esto”. Hace no menos de 20 años que estoy escuchando la frase “lo mejor que tiene esto es lo malo que se está poniendo”, o “nunca es más oscura la noche que antes del amanecer”, sin que haya existido el menor atisbo de mejoría o de luz. Antes bien se puede asegurar que todo a nuestro alrededor empeora y se oscurece. Así, es obvio que se precisa de un cambio; no ya por parte de una autocracia aferrada al poder que, naturalmente, se resiste a cambiar. Lo que precisamos es un cambio de actitud en los cubanos.

Mi deseo mayor para este 2012 es, entonces, que los cubanos comunes, esos que en todos los discursos son agrupados bajo la genérica denominación de “pueblo”, se decidan de una buena vez a hacer pública y manifiesta su indignación. Podríamos, por ejemplo, manifestarnos por las calles o frente a la sede del gobierno para reclamar el cese de la dualidad monetaria, teniendo en cuenta que los salarios se pagan en un tipo de moneda y la mayoría de los productos se comercializan en otro. De paso, sería pertinente reclamar también que los salarios dignifiquen el trabajo y sean fuente de bienestar y no una burla impresa en papel moneda. Podríamos exigir que se deroguen los retrógrados permisos de salida y todas las limitaciones migratorias que nos mantienen como esclavos reclusos de la plantación insular. Podríamos reclamar el sagrado derecho a la información, a la libre circulación de ideas, a participar en la toma de decisiones sobre nuestros destinos, a elegir qué tipo de educación queremos dar a nuestros hijos. Podríamos demandar, en fin, quién y cómo queremos que gobierne en nuestro país.

Si piensan que tales demandas exceden las cotas de indignación de algunos, quizás podríamos comenzar por protestar ante el aumento indetenible del precio de los alimentos, o por plantar cara ante los malos tratos de la mayoría los funcionarios públicos, o acusar públicamente a la corrupción que termina golpeando con más fuerza a los más desposeídos. Podríamos simplemente pedir la baja del CDR (los que aún son cederistas) o dejar de asistir a las asambleas de rendición de cuentas y a esa caricatura suprema de democracia: las “elecciones” de circunscripción. Porque —más allá de las manifestaciones de protesta que se producen en el Primer Mundo y que los medios de prensa oficiales tienen la desfachatez de divulgar aquí— si de algo no carecemos en Cuba es de motivos para estar indignados.

Por eso he modificado mis deseos para este año, convencida de que para que la democracia finalmente surja los cubanos deberemos dejar de mirar hacia afuera y hacia arriba esperando soluciones desde la solidaridad de otros, desde el gobierno cubano o desde Dios, y asumir lo que nos corresponde por responsabilidad y por derecho. Las recientes declaraciones del General-Presidente —en ocasión de la despedida a su homólogo, el dictador iraní de visita en Cuba para vergüenza nuestra— acerca de que la Conferencia Nacional del Partido Comunista a realizarse el 28 de enero no será más que el ordenamiento de la vida interna de esa organización (¿política?), supuestamente para dar cumplimiento a los lineamientos del pasado VI Congreso, da el tiro de gracia a las aspiraciones de amplios sectores moderados que todavía tenían la expectativa de un debate ciudadano en torno a las decisiones gubernamentales, entre ellos, algunos espacios de la Iglesia Católica que se han venido pronunciando por un diálogo “inclusivo y transparente” del gobierno con la sociedad cubana. Será interesante, ante las circunstancias, seguir a partir de ahora los editoriales de dichos espacios para conocer qué nueva propuesta nos hacen.

Así, pues, lo que deseo para este 2012 es eso: indignados. Miles y miles de cubanos indignados por más de medio siglo de estafa. Indignados, aunque sólo sea para salvar los despojos de vergüenza nacional que queden todavía tras décadas de dictadura.

Mucho más que un derrumbe

Fotografía de Orlando Luis, tomada de su blog Lunes de postrevolución

En la noche del martes 17 de enero de 2012, un edificio inhabitable, aunque habitado, de la esquina que forman las calles Infanta y Salud, en Centro Habana, sufrió un derrumbe que arrastró consigo la vida de cuatro adolescentes.

Si el desastre se hubiese producido en alguna calle adyacente, fuera de los circuitos más concurridos del tráfico capitalino, posiblemente solo los residentes de este municipio nos hubiésemos enterado. A fin de cuentas estos incidentes se han convertido en algo frecuente en la ciudad. Pero fue allí, escandaloso, inocultable, en plena calzada de Infanta, una de las vías más transitadas de la capital. Por eso, y porque yael suceso era de conocimiento público ante el mundo gracias a los twiteros  cubanos, la prensa oficial dio cobertura al hecho. No para lamentar la muerte de los adolescentes; tampoco para explicar las razones que fundamenten por qué hay familias enteras ocupando edificios con inminente peligro de derrumbe en toda la geografía de esta maltratada ciudad. No. La prensa revolucionaria aprovechó la desgracia para resaltar la importancia de la intervención del Cuerpo de Bomberos, la Policía Nacional Revolucionaria, los servicios médicos de urgencia y las autoridades de la provincia y de los municipios Centro Habana y Plaza de la Revolución. Ellos fueron, a juzgar por los medios, los verdaderos protagonistas. La tragedia humana palidecía y se empequeñecía frente a la grandeza de las instituciones revolucionarias.

Reseña el Granma (jueves 19 de enero de 2012, pág. 2) “la actuación coordinada e intensa” de “las fuerzas del Cuerpo de Bomberos y los servicios médicos de urgencia en el rescate de las víctimas y en el empeño de salvar la vida de los que se encontraban atrapados”, como si esa no fuera exactamente la función que se espera deben cumplir dichos cuerpos; o como si los derrumbes fuesen un accidente del clima o un mero capricho arquitectónico. Algo inesperado, impredecible, antojadizo, casual.

Lo más doloroso, además de las muertes siempre trágicas de los jóvenes, es la indiferencia de los curiosos aglomerados en torno a los escombros. La mayoría de los rostros de la gente, más allá del impacto y de la superficial compasión por las víctimas y los damnificados, solo alcanzaba a reflejar su alivio: “Gracias a Dios que no me pasó a mí”. Como si no se tratase de la tragedia de todos. El egoísmo es uno de los productos más genuinos de este sistema.

A estas alturas del partido, la revolución se puede atribuir la peculiaridad de haber aportado a esta nación lo que pueden ser tres de las principales causas de muerte de los cubanos en las últimas décadas: las miles de muertes producidas por ahogamiento o por ataques de tiburones en el Estrecho de la Florida; las cosechadas en las campañas de guerras ajenas libradas en otros países; y las de los cubanos (también numerosos) sepultados por los escombros de las que alguna vez fueron sus casas. Eso, para no hurgar en otras.

Que nadie se sorprenda. El caso de Infanta y Salud no es, ni de lejos, solo el derrumbe de un edificio más.

Agradecimiento y ciber-invitación

El pasado 10 de enero, en el sitio Havana Times (www.havanatimes.org) salió publicada una entrevista que me hiciera en mi casa, pocos días antes, la periodista Yusimí Rodríguez. Quiero dejar constancia pública de mi agradecimiento a Yusimí, no solo por haberme distinguido con su atención, sino por ofrecerme la oportunidad de aparecer en otros espacios alternativos, más allá de las habituales plataformas Desde Cuba y Voces Cubanas, las casas- webs que habito junto a otros blogueros independientes hace ya cuatro y tres años, respectivamente.

También deseo dar fe de la veracidad de todo cuando publicara Yusimí en la referida entrevista. Si bien, por razones  de espacio y de requerimientos de la web para la cual trabaja, fue preciso editar y mutilar lo que fue una extensa grabación –de la cual me dejó copia, una demostración de ética que celebro–, me siento en el deber de reconocer que la entrevistadora se apegó al espíritu de mis palabras y nada de lo que se publicó está tergiversado o falseado en grado alguno. Es cierto que, como me han escrito algunos amigos que me conocen, ciertas cuestiones parecen tratadas de manera incompleta, de ahí que algún que otro comentarista de Havana Times –quizás no muy bien intencionado– me acusa de “superficialidad” en los análisis; pero es sabido que resulta imposible resumir en poco espacio todo lo que concierne a temas muy complejos de la realidad cubana, que en la entrevista original fueron respondidos más ampliamente. La propia Yusimí me había anticipado que saldría una versión muy extractada de lo que quedó grabado. No obstante, las ideas esenciales de las respuestas que ofrecí a sus preguntas están reflejadas con honestidad en la versión publicada por Havana Times.

No puedo menos que esperar que en lo sucesivo se sigan produciendo acercamientos como este entre diferentes foros ciudadanos de la sociedad civil cubana, a contrapelo de las ideas, tendencias o simpatías políticas de cada quien. ¡Quién sabe si comienzan a aparecer otros rostros en las Razones Ciudadanas y mayor diversidad de autores en las revistas digitales Convivencia y Voces, por ejemplo! De hecho, en ese sentido ya se cuentan algunas nuevas presencias en esta última. Ojalá se sigan consolidando igualmente los contactos que se han ido ganando en los encuentros de Estado de SATS, y que ese espíritu se extienda y generalice en toda la Isla para desterrar de una vez y por siempre los odios atizados desde el poder para mantener el aislamiento y el recelo.

Yusimí ha mostrado ser una persona valiente y, lo que es mejor, decidió hacer su propia indagación entre “los demonios” de la disidencia. Me complace que en su entrevista, además de poner el foco sobre la bloguera polémica y disidente que soy,  haya revelado mi lado humano. Estoy segura que, gracias a su trabajo y al de otros, los cubanos comunes seguiremos transitando los puentes de comunicación, compartiendo espacios, tejiendo intereses comunes. A mis lectores que no han leído la entrevista, les invito a entrar y participar del diálogo.

Un abrazo,

Eva-Miriam

Nota al finalizar: Mientras escribía estas líneas, en la tarde del domingo 15 de enero de 2012, supe por mensaje del amigo Dagoberto Valdés que las Damas de Blanco de la provincia de Pinar del Río eran objeto de la violencia de las hordas “repudiantes”, e incluso un niño de dos años había sido víctima de este criminal proceder al resultar lastimado. Va siendo hora que también alcemos todas nuestras voces para condenar tales prácticas y cese la impunidad del gobierno y sus cuerpos represivos. No queremos más fascismo en Cuba. No a la violencia, a las discriminaciones y a las exclusiones de cualquier tipo.

Barruntando sobre el 2012

Ilustración tomada de la web La Nueva Cuba

Un tema recurrente entre los últimos días de 2011 y los primeros de 2012 por parte de nativos y foráneos interesados en la realidad cubana, ha girado en torno a las perspectivas para el año recién comenzado, teniendo en cuenta el carácter crónico de la crisis económica nacional, la continuidad de las medidas (reformas) del General-Presidente con su ritmo de galápago, el anunciado repunte de recesión a nivel internacional y acontecimientos políticos que deberán tener una influencia importante sobre la situación a mediano plazo, a saber, las elecciones presidenciales que tendrán lugar en Estados Unidos y –fundamentalmente– las de Venezuela.

Durante 2011, en Cuba se acentuaron las señales de alarma que constituyen la punta de un iceberg flotando en una deriva errática: eliminación de algunos subsidios, fin de la asignación mensual y vitalicia de divisas (50 CUC) al personal de la salud que ha cumplido “misiones” en otros países del Tercer Mundo, cierre de varios centros de trabajo y despidos silenciosos en otros, reducción de los programas de estudiantes del ALBA (en especial de la Escuela Latinoamericana de Medicina), aumento de los precios de los alimentos y de otros productos de primera necesidad, empeoramiento de las condiciones materiales de vida de los sectores más pobres de la sociedad (mayoritarios) en contraste con la elevación del nivel de vida de un reducido sector de la nueva clase media, entre otras. Esto, unido a la apatía general y al creciente sentimiento de indefensión por parte de los grupos que no se beneficiarán con las medidas raulistas, es un panorama que apunta al empeoramiento de la situación social y al potencial incremento del delito, entre otros factores adversos.

Una de las contradicciones más fuertes es el lento ritmo de las reformas oficiales –hasta ahora incapaces de detener el deterioro del sistema– frente al acelerado empobrecimiento social que se refleja directamente en el desaliento, la incertidumbre y la falta de confianza en el futuro. Sobre todo de un futuro que depende del grupo de poder que controla a la vez la macroeconomía y la política nacionales. No parece haber muchos indicadores halagüeños o motivos para estar esperanzados. Si el bienestar de la familia cubana depende de la apertura de un timbiriche o de una fonda, de las remesas que reciba de familiares en el extranjero –las que cuentan con dicho beneficio– o de las expectativas que cuelguen de la generosidad gubernamental, ya podemos apagar las luces y cerrar la puerta: eso no es futuro.

Por otra parte, ninguna de las nuevas “libertades” económicas ha venido aparejada por libertades políticas y sociales, como es lógico bajo un régimen totalitario. Los cubanos hemos sido tan concienzudamente privados de derechos y hemos estado tan sujetos a controles “paternalistas”, que hasta los sectores de oposición y de la sociedad civil independiente a veces hemos clamado inconscientemente porque “se permita” la libertad de expresión, de asociación y de prensa, como si no se tratara de derechos naturales inmanentes a la condición humana. ¡Qué podemos esperar de otros, que se han dejado ganar por el desaliento!

No obstante, también el 2011 fue escenario de un repunte de los grupos cívicos alternativos y de evidentes vínculos entre unos y otros. Se ha estado produciendo un proceso espontáneo de crecimiento discreto, pero visible, de la sociedad civil independiente, que podría consolidarse paulatinamente. Sin dudas, aunque es un sector reducido, como corresponde a las condiciones de dictadura, esto es reflejo de la voluntad de grupos de cubanos de mentalidad emancipada, resueltos a no pedir autorización para ser libres, convencidos de que es preciso transformar la realidad desde nosotros mismos. Pocos años atrás esto era impensable. Igualmente, junto al crecimiento de espacios cívicos, es de esperarse una resistencia muy fuerte por parte de las autoridades, así como un eventual incremento de la represión.

El destino de unos y otros en este 2012 estará signado, entre otros factores circunstanciales, por los intereses que ya se han venido delineando más claramente y que, de manera muy general, son: la élite verdeolivo y toda su casta, por reciclarse para mantener el poder; los grandes empresarios miembros de esa propia casta o relacionados con ella, por conservar el monopolio económico y aumentar sus capitales privados; los nuevos pequeños propietarios y comerciantes, por incrementar sus ganancias aprovechando las reducidas reformas y, quizás, pugnar por otras; los infelices de siempre, por sobrevivir otro año de carencias; nosotros, los soñadores desobedientes, por aumentar el activismo para impulsar la conciencia hacia los cambios democráticos y buscar nuevas vías para potenciarlos.

Puede que algunos lectores piensen que soy pesimista, pero no es así. Mi optimismo mayor consiste justamente en ver la realidad a la cara y continuar aspirando a los cambios. Hoy, la desesperanza de decenas de miles de cubanos es uno de los principales aliados del régimen. Sin embargo, no hay que claudicar; puede que en medio de todo el presente oscuro, impreciso y turbio encontremos la oportunidad y hagamos el milagro. Nadie sabe cuánto falte, pero no es momento de arrojar la toalla. Los que estamos vivos y queremos hacer, no dejaremos que la fatiga y la derrota nos ganen la partida.

Feliz Navidad

Apenas unas líneas a mis lectores para desearles una feliz Navidad y un 2012 a la medida de sus mejores expectativas. Confío en que tendremos algunos avances y logros de interés en materia de democracia. Al menos, trataré de aportar en la modesta medida de mis posibilidades para lograrlo.

Aprovecho para compartir con ustedes mi alegría por el nacimiento de mi segundo nieto, Samuel, el miércoles 14 de diciembre , en función de lo cual he estado y por eso he permanecido algo apartada del blog. Quiero pensar que ellos crecerán en una Cuba democrática y libre erigida por la voluntad de todos los cubanos. Espero retomar el ritmo en breve y mantendré el contacto.

Un abrazo a todos,

Eva-Miriam

Ellos… los opositores

Fotografía tomada de un sitio de Internet

Si fuera posible clasificar los años tal como los vinicultores catalogan los vinos, yo diría que el 2011 ha sido una buena cosecha. Buena, para los cubanos que aspiramos a un futuro cercano de civilidad y transformaciones en la Isla y que hemos asistido a un gradual, pero sostenido acercamiento entre diferentes grupos de la sociedad civil alternativa, y a un reconocimiento mutuo de espacios y derechos comunes a todos. Para el gobierno, no tanto.

Para no pecar de alguna injusta e involuntaria omisión, eludo hacer una lista de esas burbujas de ciudadanos de diferentes tendencias, generaciones, profesiones y orígenes que vienen ampliándose como la levadura, quebrando el aislamiento en una sociedad largamente crispada por el temor o la desconfianza entre éste o aquel grupo o individuo. Baste apuntar que en el transcurso de este año ha crecido ese entramado de espacios de libertad surgidos espontánea y libremente, y se podría conjeturar que en ese tejido social  están cifradas muchas esperanzas y aspiraciones de una Cuba necesariamente diferente y mejor.

De hecho, diría que este año el propio Partido-Gobierno es el que ha pasado a la oposición; no porque yo lo diga, sino por los métodos y procedimientos que emplea en su tardío intento de resucitar y en su evidente temor ante el incontenible proceso de debilitamiento de la fe de las nuevas y viejas generaciones en la llamada “revolución”. Una muestra de ello fue la conspiración orquestada para ¿celebrar? el VI Congreso del PCC, basado en unos lineamientos elaborados en secreto. Un Congreso anunciado de manera inesperada y sorprendente hasta para los propios miembros del partido único, con la limitación adicional de una agenda circunscrita a temas meramente económicos. Todo esto ofreció una imagen de debilidad e inseguridad de la alta dirección del partido y proyectó un clima de desconfianza y reservas entre la militancia de base, a la vez que expuso la paradoja de pretender impulsar una campaña contra “el secretismo” a partir de una conjura.

En abierto contraste, los sectores de la sociedad civil alternativa han estado lanzando programas y propuestas abiertas, han celebrado sus reuniones y eventos previo anuncio público –aun bajo hostigamiento y acoso de la policía política– sin disimulos y sin exclusiones y han estado sumando apoyos y voluntades, sobre todo entre jóvenes que no se sienten atraídos por las “nuevas” promesas oficiales. Los fuegos fatuos que desprenden las raídas charreteras verdeolivo no tienen el atractivo del futuro que sueñan realizar por sí mismos, sin tutelajes, sin dogmas.

Miremos la Cuba de hoy, la que hemos vivido en este año 2011, y recapitulemos: ¿quién es el que se oculta para urdir componendas, congresos y alianzas inconsultamente?, ¿quién es el que niega la información al pueblo?, ¿quién mantiene el monopolio de la prensa y los medios de comunicación y pretende monopolizar el acceso a Internet?, ¿quién insiste en distribuir y administrar imponiendo los límites y el ritmo de las transformaciones que urge aplicar?, ¿quién persigue a los ciudadanos libres?, ¿quién se resiste al multipartidismo y a la plena participación de todos los cubanos en la búsqueda de soluciones?, ¿quién es el que se opone a los cambios democráticos?, ¿acaso la fuerza del poder legitima retener el poder por la fuerza?. Entonces, ¿por qué dicen que “los opositores” somos nosotros?

La vulgaridad como recurso II

Cartel de Rolando Pulido

El caso de la reciente censura a un reguetón y toda la virulenta campaña de opinión en su contra –prensa oficial mediante– vienen a poner nuevamente sobre el candelero el tema de la política cultural de la revolución y la función controladora de las instituciones. La ausencia de libertades toca a todos, no solo desde el punto de vista del fenómeno artístico (llamemos generosamente así a la epidemia reguetonera), sino del control que se ejerce por igual sobre los eventos culturales, los autores y el público receptor.
Por otra parte, el hecho de que un sujeto con rango de ministro dedique su atención a una mediocre composición y que, además, una académica oficial lance furibundos rayos desde su vanidosa altura con una pedantería casi tan vulgar y grosera como la propia canción que critica, parece más bien una pose que una intención real de condenar lo que ahora asume el Olimpo cultural como una intolerable vulgaridad. La confusión estriba, entonces, en establecer adecuadamente los límites de lo vulgar y acotar a la vez en qué esferas de la vida social se va a permitir lo vulgar sin que constituya una mácula a la pureza de la “cultura” de este pueblo.

Y digo esto porque me vienen ahora mismo a la memoria una multitud tal de recuerdos sobre hechos vulgares, convocados y estimulados por el poder,  que me resulta difícil encontrar la coherencia entre el discurso oficial y el actual reclamo de decencia. Más difícil me resulta entender por qué el ministro de cultura, tan sensible, no se haya pronunciado jamás contra casos más graves de grosería que comprometen a grandes grupos humanos. Sostengo, por ejemplo, que constituye una vulgaridad inenarrable la imagen de una multitud aberrada que ofende, insulta y agrede a ciudadanos pacíficos que manifiestan su inconformidad contra el gobierno, especialmente cuando en otras latitudes a los inconformes que se manifiestan se les llama “indignados” y se dice que sus reclamos son justos. Si, para más señas, los inconformes nuestros son un grupo de mujeres que marchan tranquilas por las calles hacia una iglesia, con gladiolos en sus manos, reclamando cambios democráticos y libertad, la vulgaridad de las hordas vociferantes que las ataca, además en número muy superior, es superlativa. Si, por añadidura, sabemos que la chusma ha sido convocada y financiada por las autoridades, esa vulgaridad alcanza la categoría de crimen.

Recuerdo otras hordas similares, que más de 30 años atrás golpeaban  e injuriaban a cualquier ciudadano que simplemente se dispusiera a emigrar vía Mariel o Perú. Fueron las escenas más vulgares y odiosas de las que haya sido testigo en toda mi vida, convocadas y aupadas por el gobierno cubano. Tan groseros y bajos como los “actos de repudio” fueron las consignas de entonces: “¡pin, pon, fuera; abajo la gusanera!”, “¡que se vaya la escoria!”, etc.

Y hablando de consignas groseras, ¿quién no recuerda a Felipe Pérez Roque, cuando era el presidente de la FEU, prospecto juvenil de la cantera de corruptos que con tantas esperanzas y tantas prebendas cultivara antaño el señor F. Castro? En aquel entonces, el que más tarde sería canciller de Cuba implantó una consigna tan vulgar que dudo haya sido superada hasta hoy. Clamaba el aberrado jovenzuelo desde su tribuna: “Reagan tiene saya, nosotros pantalones; que tenemos un comandante que le roncan los coj…”. Una oda grosera y sumisa a los supuestamente sagrados testículos envueltos en verdeolivo; los mismos en virtud de los cuales, años más tarde, se produjo la defenestración del idólatra que compusiera aquella infeliz rima.

Acicatear la vulgaridad de las masas ha sido uno de los métodos más útiles para convertirlas en instrumento de los mecanismos de control de la dictadura. ¿Qué cubano decente no se sobrecoge ante la chusmería sin límites, desbordada y multiplicada; bendecida y legitimada como manifestación del celo revolucionario?

Sigo recordando y me remonto al lejano marzo de 1972, cuando sufría mi primera experiencia en la escuela al campo en séptimo grado. Tenía doce años y era una de las chiquillas más pequeñas y menudas del campamento El Marqués, en los campos de Güines. Sufría, como otras niñas, el duro trabajo agrícola sobre los surcos enfangados,  las espinas del bledo que se hincaban en mis manos, el sol, el hambre, el cansancio, la promiscuidad del albergue con sus horribles literas de cabillas y saco de yute, el castigo de los mosquitos, las letrinas asquerosas, los baños fríos, la lejanía de los padres, la plaga de piojos que puso en peligro la supervivencia de mis dos largas y negrísimas trenzas. Pensé en irme al primer domingo, en cuanto llegaran mis padres. Pero apenas un par de días después de nuestro arribo al campamento una de las niñas decidió irse con su padre, que fue a visitarla una tarde entre semana. Rápidamente nos convocaron a todas para salir en grupo tras la que se iba presurosa, de la mano de su padre, con su maleta de madera, para gritarle a coro: “Rajá, rajá, blandengue, pendeja”, una y otra vez, a la vez que la seguían amenazadoramente hasta las afueras del poblado. Fueron las orientaciones expresas de la directora del campamento: había que demostrarle a aquella bitonga la diferencia entre una niña revolucionaria y otra “con rezagos pequeñoburgueses”. Había tanta violencia en aquel acto que me impresionó intensamente. Juro que no grité ni las seguí. Me quedé como clavada en el piso, asustada, avergonzada. Otras niñas también se paralizaron aterradas. Ese día supe que no me iría: tenía mucho miedo de que me hicieran lo mismo. Aquella niña nunca quiso regresar a nuestra escuela; sus padres la trasladaron a otra. El nombre de nuestra secundaria era “Forjadores del Futuro”; ironías de la vida. Este presente era entonces nuestro futuro. Después de adulta he pensado muchas veces en el daño que tanta violencia verbal y tanto repudio orquestado por una profesora muy revolucionaria debió hacer en la adolescente. Nunca volví a saber de ella; tampoco de esa profesora. Espero que, si aún vive, sienta mucha vergüenza por lo que hizo.

Por décadas la decencia se convirtió en un rezago, una especie de costra pertinaz del pasado capitalista que frenaba el desarrollo de la “intransigencia revolucionaria”. Las becas que proliferaron en el campo a partir de esa propia década de los 70’ y que terminaron siendo obligatorias, multiplicaron esos males. Los hijos, separados de sus familias, perdieron los valores en que se habían formado sus padres a lo largo de generaciones. La convivencia y mezcolanza incontroladas trajeron como consecuencia la precocidad sexual, la multiplicación de los abortos, las relaciones desordenadas –muchas veces entre alumnos y profesores–, la pérdida de la privacidad, la difuminación del individuo en un colectivo y la estandarización de la vulgaridad. Quienes no eran capaces de pronunciar una palabrota eran unos “mosca”, unos mojigatos. No se podía desentonar: todos mezcladitos, todos igualitos, todos vulgares. Y los que no lo eran fingían serlo, para encajar o para evitar el escarnio público.

Aquellas aguas trajeron estos lodos. Los años siguientes se encargarían de reforzar el igualitarismo ramplón que asumía los peores valores como buenos y los imponía como norma. Todos conocemos el resultado: hoy la vulgaridad invade casi cada rincón de la sociedad cubana. Cualquier chiquillo de primaria dice las palabras más gruesas con una soltura tal que causaría la envidia de un carretero; cualquier individuo profiere las mayores groserías en un ómnibus, en un lugar público o en medio de un sencillo diálogo, con la ligereza y gracia propias de quien recita un soneto de Lope de Vega. Eso es lo normal en la Cuba actual y uno de los lastres que más costará superar en un futuro mediato. Aunque ahora un ministro y una severa catedrática se revuelvan sorprendidos contra la escandalosa vulgaridad de un reguetón que refleja de manera magistral a dónde llegan hoy las cotas de descarada grosería del pueblo más culto del planeta.

La vulgaridad como recurso (I)

Osmani García, la víctima propiciatoria de la ocasión. Foto tomada de Internet

Por estos días se ha desatado un desproporcionado escándalo en torno a la vulgaridad de un video clip cubano oficialmente demonizado y cuasi prohibido por el mismísimo ministro de cultura. Se trata del reguetón  titulado “El chupi chupi”, cuya letra –en efecto– constituye un monumento tal a la grosería audiovisual que podría considerarse el récord dentro de un género que ha destacado en la música cubana tanto por lo soez y lo insubstancial de las letras e imágenes como por  lo machacón y repetitivo de sus estribillos.

Queda explícito en el párrafo anterior que esta blogger detesta el reguetón, pese a que reconoce y reverencia el soberano derecho de los amantes de este (¿género musical?) a disfrutarlo a plenitud, siempre que a su vez no invadan mis oídos con la agresividad y simplismo de sus letras. Sin embargo, he quedado muy sorprendida ante la virulencia del ataque oficial contra un video clip que, básicamente, no se diferencia demasiado de otros igualmente vulgares, casi pornográficos y de similar insulsez de contenido. Y si entiendo que el escándalo resulta “desproporcionado”, es porque en una pelea de reguetón y reguetonero contra el formidable aparato cultural y de prensa oficial, poco podrían hacer “El chupi chupi y su autor, Osmani García, para defenderse.

Por otra parte, no logro comprender tanto puritanismo tardío ante un fenómeno que se ha venido enseñoreando del escenario musical cubano, no desde “los últimos años”, como sostiene una encumbrada doctora en Ciencias sobre Arte en un artículo publicado por la prensa (Granma, miércoles 23 de noviembre de 2011, páginas 4-5) –la comisaria artística designada para santificar ante el público la censura–, sino al menos en las últimas dos décadas. Diríase que la especialista autora de la diatriba periodística, con el rango de Profesora Titular del Dpto. de Musicología del Instituto Superior de Arte –que tales son sus muy bruñidos y largos títulos y blasones–, estuvo encerrada en su torre de marfil escuchando solo música clásica durante todo este tiempo y por eso no se había enterado de que, en efecto, la vulgaridad musical se ha entronizado en el gusto de una buena parte del pueblo cubano. Me pregunto cómo se podrá ser especialista en musicología e ignorar el proceso de depauperación que ha venido carcomiendo la música popular cubana en el propio entorno.

Digo esto porque es imposible circular por las calles de esta ciudad sin que pase algún bicitaxi dispensando reguetones a su paso, a todo volumen, contaminando el ambiente sonoro con la chusmería y marginalidad de sus letras. Los choferes de algunos ómnibus tienen similares hábitos y comparten con los pasajeros de sus atiborrados vehículos lo que consideran el sumun de la creación musical, solidarios que son ellos y no quieren disfrutar solos. Lo mismo ocurre con muchos de los almendrones que cubren líneas fijas de trasporte en los que los pasajeros que pagan por su alquiler tienen que sufrir, les guste o no, la difusión de reguetones a altos decibeles… ¡Y pobre del que se atreva a sugerir al chofer que baje el volumen del equipo!: el maltrato del conductor no es superable ni siquiera por la propia letra de la musiquita en cuestión. Si no lo creen, pregunten a Yoani Sánchez, que en una ocasión tuvo que bajarse del automóvil ante la iracundia del chofer por su discreto reclamo. Desde entonces ella decidió abordar el transporte protegida por audífonos que le permiten levantar una barrera de defensa anti-reguetón y a la vez disfrutar de la música de su gusto, sin ganarse un problema ni molestar a nadie.

Pero justamente ante la avalancha contra “El Chupi…” he comenzado a recordar otros reguetones y otras letras que han venido ocupando durante largos años el gusto popular. Algunas de estas creaciones son más vulgares y “estupidizantes” que otras, pero todas forman parte de un repertorio bajo cuya influencia han crecido muchos de los que hoy son jóvenes y adolescentes. Recuerdo algunas joyitas de esas, cuya letra decía “chúpame la caña dulce, mamá…”; otra clamaba con voz de gata en celo “¡Aaaayyy, a mí me gustan los yuma…”. Otra instaba: “Chupa, chupa, chupa pirulí; te lo sacas de la boca, te lo pones en la nariz…”. Y así, por el estilo y con el mismo nivel de ero-idiotez rítmica.

Tales engendros han sido también una constante incluso en fiestas de cumpleaños infantiles, en actividades supuestamente culturales de las escuelas de todos los niveles de enseñanza, en las fiestas de los CDR, en acampadas pioneriles y –lo crean o no– hasta en las celebraciones de círculos infantiles, promovidas por los organizadores de esas actividades, a saber, los profesores, educadores, directores de centros docentes, promotores culturales, instructores, etc. En dichas ocasiones suele ocurrir que incluso se compite, y los niños que mejor imitan los movimientos pélvicos de los adultos y que con más soltura son capaces de “llegar hasta el piso”, resultan los más aplaudidos y estimulados por los mayores. Así pues, en efecto, el gusto por el reguetón se ha convertido en un fenómeno muy extendido. No por casualidad “El chupi…” había sido nominado por voto popular para la última y reciente edición de los Premios Lucas, el certamen anual de los video clips cubanos; competencia de la que fue eliminado por decisión del ministro, en contra de la propuesta de su cultísimo pueblo.
Hasta el día de hoy, pienso que el fomento de este tipo de música se ha extendido en Cuba bajo la protección oficial, dirigido a un público muy particular: las grandes masas. Divulgar letras que no digan nada, mantener al gran público entorpecido y aletargado ante la repetición de tanto estribillo vacío, apelar a la exaltación de lo sensorial-sexual como vía para descargar las ansiedades de tantas privaciones, idiotizar, embrutecer, animalizar, ha sido una estrategia “cultural” utilizada por el poder para canalizar las energías y controlarlas, lejos de los reclamos y del razonamiento. Por otra parte, este tipo de producto tiende a afianzar la imagen de paraíso sexual que tan atractivo resulta a los fines de estimular el turismo, una apuesta económica por excelencia para el gobierno. Solo que, al parecer, la imagen que se viene ofreciendo de la cultura cubana está resultando ya demasiado obscena y, por alguna razón que desconozco, han mandado a parar.

De cualquier manera, es sabido que las censuras y prohibiciones no hacen más que estimular el consumo de lo prohibido. Por estos días la gente no ha cesado de comentar “el caso del Chupi”, y quienes no tenían todavía el video clip, corrieron a buscarlo. Efecto inverso de reacción que hace subversivo –y por tanto, atractivo–, todo lo que disgusta a las autoridades. Quizás sea hora de que los dueños de los medios comprendan que no se trata de prohibir, sino de diversificar los espacios y las opciones; es tiempo de abrirse a la verdadera y total libertad artística y estética y permitir  todos los canales por los que fluya la creación. Eso haría del cubano un pueblo más culto y selectivo. Que el reguetón no sea ni la única música popular, ni tampoco la prohibida; podría ser otro de los tantos comienzos que necesitamos.

Encuestas, ¿para complacer expectativas?

Algún día. Obra de la artista plástica cubana Alicia Leal

En el transcurso de esta semana tuve una participación fugaz en un programa de radio en el cual, lamentablemente, no hubo tiempo suficiente para debatir sobre el tema a propósito del cual fui requerida. Desde luego que no se trata de la radio cubana de la Isla, ni tampoco este post pretende hacer una valoración crítica del programa en cuestión, espacio que tengo en alta estima y que me ha distinguido invitándome en más de una ocasión. La radio tiene características muy peculiares y la naturaleza de un programa más bien informativo impide extenderse en consideraciones más enjundiosas. Pero lo cierto es que, apenas con un minuto o dos para hablar, me quedé –como decimos los cubanos– con cosas por dentro que no me gustaría dejar pasar, no porque solo en un debate extenso hay posibilidades de sostener réplicas y contrarréplicas, sino porque el contenido del mismo giraba en torno a una encuesta realizada en Cuba por el Instituto Republicano Internacional  (IRI) –una institución que ha realizado un total de seis encuestas en Cuba en el transcurso de los últimos meses– y sobre sus resultados. Nada de la realidad cubana actual me puede ser ajeno. Sirva,  pues, nuestro blog como soporte virtual para expresar con entera libertad algunas consideraciones que se relacionan con dicha encuesta y con su contenido.

Debo comenzar reconociendo que, quizás debido a mi formación académica, a pesar de considerar las encuestas como herramientas útiles las tomo con cierta reserva. Para mí son solo eso: herramientas; un medio y no un fin. Es obvio que toda encuesta lleva implícita una inevitable carga de subjetividad relacionada con los intereses de la investigación que se realiza, con la selección de la muestra y con otros factores no menos importantes; es por ello que hacer generalizaciones sociológicas a partir de un muestreo restringido resulta bastante arriesgado, con independencia de la seriedad y profesionalidad de las instituciones encuestadoras. Lo primero, a mi entender, es que la indagación debe implicar arribar a nuevos conocimientos para superar lo ya conocido y no dirigirse meramente a confirmar cuestiones que son del dominio público. Y aunque no salen de mi bolsillo los fondos para sustentar tales pesquisas, me siento en la absoluta libertad de cuestionarme los resultados de ésta y de cualquier otra encuesta, agraden o no mis opiniones.

En lo que a muchos cubanos de acá respecta, no se precisa de los resultados de una investigación para verificar los grandes niveles de descontento e incertidumbre que vivimos al interior de la Isla, o para constatar la desconfianza sobre la gestión gubernamental en la  “implementación de  cambios” o la “renovación del modelo”. ¡Ni qué decir sobre las llamadas reformas económicas del General! Basta acudir a las oficinas de registro de licencias para verificar la cantidad de “permisos” que se devuelven cada día. No hay que ser muy sagaz para prever que una parte de quienes apelaron a  la legalidad a fin de mantener un pequeño negocio particular –sea éste una cafetería, un restaurante o una tarima de bisutería– y no pudieron enfrentar los altos impuestos y otros desafíos económicos, tratarán de sobrevivir desde el futuro inmediato de alguna otra manera, no necesariamente “legal”, habida cuenta que el empleador por excelencia durante medio siglo, Papá Estado, ha comenzado, lenta, pero sostenidamente, su marejada (ya que no “ola”) de despidos y no quedan muchas opciones. Estos elementos del frustrado proto-empresariado nacional, constituyen, ya sea a nivel consciente o inconsciente, un sector de críticos y potenciales desafectos al sistema.

En cuanto a la desconfianza en el gobierno y en el “proyecto socialista”, así como la desesperanza en el porvenir de la nación, están nítidamente refrendadas en el incremento del número de cubanos que emigran, tanto de manera legal como ilegal, en marea creciente y constante. Si se mira con objetividad, podría afirmarse que tal emigración es el plebiscito visible que hace muchos años viene marcando un NO al gobierno castro-comunista. Puede también asegurarse que la celebración del VI Congreso del PCC en abril de este propio año, con sus decepcionantes resultados, ha servido como un catalizador que ha acelerado la estampida, lo que constituye el mudo criterio del pueblo acerca de su fe en las reformas económicas. Cuba se desangra dramáticamente, perdiendo en el éxodo la mayor parte de su fuerza de trabajo joven, mucha gente emprendedora y una buena parte de sus mejores especialistas. ¿No es ésta una certeza más contundente que mil encuestas?
A estas alturas del partido es una verdad de Pero Grullo que los cubanos tenemos un misérrimo índice de conectividad a Internet, cuestión ésta que ha sido publicada en numerosas ocasiones por instituciones, organismos y personalidades internacionales, de manera que resulta un tanto redundante mencionar un (muy fabuloso) 7% de conectividad en la Isla. Sobre todo si se sabe que muchos cubanos que poseen una cuenta oficial de correos en una red nacional estrictamente controlada dicen que “tienen Internet”. Con todo, dicha cifra resulta generosa y no refleja en su verdadera y lamentable magnitud la orfandad de acceso de la inmensa mayoría de los cubanos que jamás han tenido la oportunidad de asomarse siquiera a un buscador de la Red.
Como factor adicional, un muestreo de 500 individuos como cifra representativa de una población que supera los 11 millones de individuos, me hace tomar la encuesta con reservas. No me parece serio el argumento de que el número sea válido porque tales “son los estándares aprobados por prestigiosos organismos encuestadores a nivel internacional” y por tanto los resultados son efectivos. La estandarización del conocimiento o de la investigación solo puede conducir a la ignorancia de factores de raigal importancia, sobre todo cuando de sociología y política se trata. No creo, por ejemplo, que la respuesta de 500 cubanos “de adentro” sea tan confiable y veraz como la de igual número de individuos de Francia, Alemania, Estados Unidos o cualquier otra sociedad democrática… precisamente las que marcan los estándares. Lamento que la respuesta a mis dudas por parte de una especialista del IRI haya sido tan superficial, con perdón de todos los títulos y blasones que la adornen, pero no suelo resignarme a la gracia de aceptación o asumir dócilmente  la supuesta superioridad intelectual de una entidad por el simple y mero hecho de que existen estándares previamente establecidos (“incuestionables” por demás) y, por tanto, “buenos”.

Otro elemento a tomar en cuenta en el caso cubano es la paranoia nacional, generadora de un clima de autocensura que con frecuencia impide obtener respuestas auténticas de los encuestados. Alcanzar índices de entre 80-90% de criterios contrarios al gobierno dentro de Cuba es algo verdaderamente muy difícil de lograr, incluso por los cubanos que hacemos periodismo independiente. En numerosas ocasiones he escuchado respuestas evasivas hasta por parte de personas a las que conozco desde hace mucho tiempo, con las que tengo relaciones de confianza y que son críticas con la realidad cubana. “No me interesa la política”, “No quiero saber nada de eso, lo que quiero es irme”, “A mí lo que me interesa es resolver mi vida y la de mi familia, yo no me meto en nada”, o también últimamente responden remedando un número musical muy en boga: “Yo lo único que quiero es un cachito pa’ vivir”. Entonces, no puedo menos que pensar que los encuestadores del instituto de referencia dieron con los 500 cubanos más cívicos de toda la Isla. ¡Vaya suertudos! No sé si la institución comprenda a cabalidad la responsabilidad que entraña crear falsas expectativas en una nación (formada por cubanos de todas partes) sometida a tan larga y ansiosa espera. No faltarán quienes piensen ante estos resultados que alcanzar el final de la dictadura cubana es solo cuestión de trámites.

Un colega al cual respeto mucho y que participó en el mismo programa, otorgó una credibilidad absoluta a la encuesta y desestimó mis reservas porque –según expresó– “Ya los cubanos han perdido el miedo y se expresan públicamente en las colas, en las aglomeraciones del transporte, etc.”, lo cual es totalmente cierto y lo ha podido comprobar también esta escribidora en sus callejeos cotidianos. Ahora bien, no es lo mismo una catarsis colectiva y coyuntural en medio de una situación estresante que asumir sin temor una encuesta (por muy anónima que ésta sea) frente a desconocidos, para una institución extranjera por añadidura… ¿Cree de verdad mi colega que estas dos situaciones son comparables? ¿Cree que la explosión verbal ante un cúmulo de frustraciones implica por sí sola una actitud política antigubernamental o una madurez cívica? Entonces, ¿qué es lo que nos falta?, ¿acaso solo voluntad? No lo creo.

Por mi parte, yo también quisiera que al menos 500 cubanos anónimos y de a pie hayan asumido la responsabilidad de expresarse conscientemente y sin temores para los estudios de una encuesta, aunque francamente “me cuesta” creerlo. No es un problema de falta de fe, sino de realismo. En lo que a mí respecta, aunque estoy convencida del irreversible fracaso del sistema y del ineludible fin de la dictadura cubana,prefiero no llamarme a engaños ni endulzar la píldora. Rechazo los triunfalismos de cualquier color o tendencia, y tendré la comprobación de los índices obtenidos por el Instituto Republicano Internacional el día que el número de cubanos que apoyen y defiendan públicamente a las Damas de Blanco llegue al menos a la mitad de los repudiantes que contrata el gobierno para acosarlas; cuando la cantidad de votantes que asistan a las urnas en las falsas elecciones del llamado “poder popular” descienda al menos al 50%; cuando en una reunión oficial cualquiera –del CDR, de “rendición de cuentas”, de algún sindicato, de algún núcleo del PCC, etc– se levanten al menos 5 ó 10 cubanos para cuestionarse la política gubernamental o las decisiones “superiores” o simplemente alguien diga “me opongo a la propuesta”. Puede que ese momento no tarde mucho, así de optimista soy, pero hasta hoy lo cierto es, señores encuestadores, que más allá de las buenas intenciones y los deseos de complacer, las cifras que ofrecen sus sondeos –como las “reformas” del General Raúl– no ofrecen una certidumbre de cambios.

Prohibida la tecnología en empresas militares

Los intereses de empresas militares abarcan desde tiendas recaudadoras de divisas, transporte para el turismo y restaurantes, hasta hoteles en diferentes puntos del país.

Para que nadie diga que las prohibiciones no se aplican también en los centros más favorecidos por la casta dominante, recientemente se ha dictado una resolución que prohíbe a los empleados de algunas conocidas empresas del Ministerio de las Fuerzas Armadas acudir a sus trabajos con medios informáticos portátiles; es decir, que no les está permitido llevar memorias flash, discos externos, laptops, notebooks, teléfonos celulares o cualquier otro “soporte potencial para el trasiego de información y que pueda entrañar riesgos para la entidad o para el país en su desarrollo en el orden político, militar, económico, comercial, científico, técnico, cultural, social y de cualquier otro tipo”. ¿Qué les parece?

El engendro que convierte en enemigo cualquier adminículo relacionado con la tecnología informática es la resolución 288/2011 y constituye una especie de Ley Mordaza para los empleados del Grupo Administrativo Empresarial (GAE), que dirige Luis Alberto López Callejas, yerno del General-Presidente, y que agrupa varias empresas de las que operan en divisas, entre ellas Gaviota. ALMEST (no conozco el significado de esta sigla), TRD Caribe, Transgaviota, y otras.

Dicha Resolución fue informada a los empleados en los primeros días de este mes de noviembre y, aunque la orden fue aparentemente acatada, muchos de ellos admiten extraoficialmente que entran sus memorias y teléfonos celulares, contraviniendo la orden. “Muy cara que me costó la línea del móvil para no usarla ahora. Tengo un niño chiquito en casa y debo estar atenta a cualquier llamada por si se enferma o necesita algo”, me cuenta una amiga que labora en uno de esos centros.

Los empleados de estas empresas militares son civiles, pero se les imponen las resoluciones y circulares y se espera de ellos un acatamiento militar de las mismas. En todo caso, la medida refleja el terror oficial ante las posibilidades de las nuevas tecnologías. Con semejante tratamiento las empresas de referencia parecen más bien centros de espionaje o de oficinas donde se trasiega con información relativa a la seguridad nacional… O mejor, a la inseguridad del gobierno.

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  Trad. ForodeFotos