
He estado leyendo, un tanto sorprendida, los comentarios que aparecen bajo mi post “Mi problema no es con China”, No pienso agregar o quitar nada más al respecto. Algunos lectores, que al parecer se sienten obligados a aleccionarnos sobre lo que debemos conocer de China o de Estados Unidos (que no era el tema, por cierto), o que simplemente padecen el mal de alturas (están tan elevados en su sapiencia que solo les vemos las plantas de los pies), deberían hacer su propio blog para seguir defendiendo a los que asumieron, no sé por qué, como “injustamente agredidos chinos”. Vivir dentro o fuera de Cuba no cambiaría para nada mi manera de pensar o mi visión acerca de este tópico. Para bien o para mal, aun dentro de Cuba, recibo información más allá del Granma. Por otra parte, tengo la satisfacción personal de haber sido coherente toda mi vida en cuanto a pensamientos, sentimientos y acciones, de manera que no he tenido que pasar por el mal trago de arrepentirme de ninguna de ellas; ni siquiera de mis errores. Pero tampoco se trata aquí de mí.
Quiero dejar claro que, aunque respeto los criterios de todos, no coincido con todos ellos. Es así que aprovecho para opinar, a mi vez, sobre algunas intervenciones que he leído y que, maquilladas bajo el “¡Eva, estamos contigo!”, tratan de transmitir lo que no comparto. Es por eso que me siento en el deber de afirmar que yo no apoyaría nunca una Cuba como Estado de la Unión ni me apetece la ciudadanía estadounidense, si bien –sepan los suspicaces- esto tampoco significa un rechazo a los estadounidenses. Tampoco creo que la residencia de más de dos millones de cubanos en ese país o nuestra cercanía geográfica a él pueda determinar nuestra pertenencia a la Unión. Si así fuera, habría que considerar la legitimidad de integrar cualquier territorio insular a la nación continental más cercana. O viceversa. Es decir, siguiendo los postulados que se plantean: ¿Cuál sería la cantidad de nativos insulares residentes en EEUU que legitimarían el supuesto derecho a convertirnos en otra de las tantas estrellitas? ¿Cuántas millas serían el límite lógico que se propone para considerarnos territorio “natural” de ese país?
Seamos razonables: que un significativo sector de cubanos residentes en EEUU se sientan felices, realizados y beneficiados en su condición de ciudadanos norteamericanos no implica que sea la aspiración suprema de la mayoría de los cubanos. Muchos queremos democracia y libertad, pero como cubanos, no como norteamericanos. Si alguien considera que somos por eso tontos, no estará dando precisamente una lección de democracia.
Es bueno recordar que durante el período republicano en este país, la influencia de EEUU y de su cultura fue muy grande. Sin embargo, nunca antes ni después fuimos tan cubanos. Nuestra identidad era tan fuerte desde el inicio que fuimos capaces de asimilar las influencias norteñas y cubanizarlas con nuestros propios ingredientes. Sobre todo las influencias musicales y de otras tendencias del arte pueden ser un indicador de lo que digo. El rock and roll o el jazz nunca sustituyeron al son o al bolero, el inglés nunca sustituyó al español, nuestra arquitectura -de manera general- no se desapegó de los ambientes nacionales y de las tradiciones, nuestras ciudades nunca dejaron de tener el color local de nuestra identidad. Al contrario, esas influencias fueron recreadas y utilizadas en ampliar el rico diapasón cultural cubano; lamentablemente empobrecido desde que la Isla fue convertida en un triste feudo cerrado y se pretende imponer –a partir de intereses políticos del gobierno- otras influencias, nada afines con nuestro modo de ser.
Con todo esto quiero ilustrar que, si bien la reanudación de los vínculos comerciales y culturales con la poderosa nación norteña sería muy beneficiosa, la pérdida de nuestra independencia es un precio, además de innecesario, demasiado alto; y somos muchos los que no estamos dispuestos a pagarlo. No voy a apelar a Martí, a los próceres decimonónicos ni a la tan llevada y traída “sangre derramada”. A mí la sangre me produce tanta náusea como los lavados de cerebro que utilizan los ideólogos de cualquier tendencia. También soy de los que piensan que morir por la patria es morir. La vocación de libertad, según mi criterio personal, ha de pasar por la decisión individual de ser libre, sin que tengamos que ampararnos en un asidero ideológico o servirnos en bandeja de plata al mejor postor.
Así pues, queridos lectores, ni siquiera voy a considerar el tema como una provocación; para mí está claro desde un enunciado sencillo: Cuba es una, única e indivisible; como cubanos son los de adentro y los de afuera de su estrecha geografía. Si algunos lectores se sienten particularmente satisfechos o felices como ciudadanos estadounidenses, si consideran tal condición el sumun de sus sueños y esperanzas, si allí descubrieron el cuerno de la abundancia y la realización de sus más caras expectativas, mis felicitaciones más sinceras. Disfrútenlo y entréguense a su país de adopción con toda la gratitud que consideren le deban profesar. Es más, ojalá también un día puedan, si así lo desean, entrar y salir libremente de esta, su Isla natal. Por cierto, ojalá también nosotros podamos hacerlo. Pero no pretendan imponer criterios personales, geopolíticos o demográficos a una cuestión tan sensible como la anexión (que ese es realmente el nombre) de Cuba a EEUU. Pueden apostar a que muchos más de dos millones de cubanos, estén a favor o en contra de Castro, nos negaremos a ello.