Ese instante único que ahora mismo sucede en todas partes
9 de Mayo, 2008Es poco lo que puedo decir de Albis Torres. Es poco lo que sé. Nunca compartimos la misma estancia ni conversamos hasta la madrugada, bebiendo esos brebajes a los que son tan adictos las gentes de letras. Nunca practicamos juntos ese deporte tan cubano que denominamos ‘arreglar el mundo’. Los pocos datos que pude reunir no me alcanzaban para completar este comentario. Estuve tentado a forjar un engaño, hacer creer que sabía más de lo que en realidad sé, hacer juegos malabares con versos y palabras suyas. Tenía preparada una línea para cerrar el post que me parecía lo máximo: “Querida Albis Torres, tu siempre decías que a la radio se la lleva el viento, pero tus palabras no están en el olvido”. Suena falso ¿verdad?
Por suerte me he dado cuenta del ridículo, de la gran falsedad de ese intento de impostura. Entonces, ¿cómo enfrentarme al misterio Albis Torres?
Hasta hace dos años Albis Torres era una frágil página de El Caimán Barbudo, donde aparecían las conversaciones entre la Bruja y el Ángel, alimentando las polillas en alguna caja de recuerdos de la adolescencia. Encontrar en una feria el libro que reúne su poesía y prosa fue una gran alegría, que duró poco al enterarme de que había fallecido en el 2004 y las circunstancias en que vivió sus últimos años. Desde entonces llevo su libro conmigo, como la sombra del guajiro, intentando conjurar su ausencia.
¿Se puede anhelar lo que no se conoce? ¿Qué nos hace recorrer ese arco que va de la curiosidad a la admiración y puede llegar hasta la adoración y el fanatismo?
¿Sobre qué bases se funda esa evocación, esa identidad, el deseo de estar en el lugar, participar, conocer? ¿Es ése el poder de la literatura? ¿La magia negra de los buenos autores, que no escriben con palabras, sino con sentimientos, que resuenan y estallan en nosotros? ¿Cuánto hay en ello de envidia a los afortunados que tuvieron su tarde con Dulce María, los viajes de la sala a la cocina de Lezama, el divino dominó de Virgilio?
Solo una respuesta tengo para tantas preguntas. Fe. Quienquiera que haya escrito lo siguiente tiene para siempre mi confianza:
Hay mitos que nadie ha fabulado,
mitos como universos que habitan
en los seres humildes.
El mío son las olas y un hombre
que las vio diligentes hacer y deshacer,
el paisaje lunar de las Galápagos
y un hombre que no cruzó el océano
e imaginó, mil veces veinte, un viaje
sin riberas.
Mi país es ese instante único
que ahora mismo sucede en todas partes,
orillas de la tierra,
lugares a los que no sé ir
ni puedo, y llego sin embargo.
Amo esa alquimia de olas y pacientes orillas.
No hay mejor patria
ni asta en que poner
bandera alguna.
He aquí mi acto de fe por Albis Torres. Mi homenaje en su memoria.
VISITANTE
Llegó temprano, cantando con su voz de agua
a tocar en la puerta
y esperó paciente que lavara
la interminable fila de camisas,
se estaba bien entre las ropas blancas
y aún cantaba.
Escapó a la cocina.
Entonces él, aún más paciente
se adormeció al aroma del sofrito.
Espabilose, y sacando fuerzas de flaquezas
esperó
subido en los sillones para no enfadar a la mujer
que abrillantaba losas de monótonos trazos.
La vio sacar innumerables cosas, zurcir arrugas,
ordenar remiendos.
Pensó el poema tomarla para sí cuando muriera
la última luz en el quehacer constante de la casa.
Atrapado en sueños de fatiga
pone su mano de agua sobre el pecho de la mujer.
Piensa que volverá mañana, aún más temprano
a poseerla.
—
DIÁLOGOS ENTRE LA BRUJA Y EL ÁNGEL
V
-¿Qué es lo más importante en el amor para ti,
Ángel?
-Para mí, la libertad. ¿Y para ti, Bruja?
-Para mí, la sabiduría.
-¿Entonces por qué te rizas el pelo y te hechas
tantos polvos en la cara?
-¿Y por qué no vuelas tú con más frecuencia?
-Porque los rizos y los polvos te quedan bien.
-No en otra cosa gasto yo mi sabiduría.
IX
-Imagínate que una cuerda pende desde el cielo
frente a ti, Bruja. ¿Qué harías?
-Una cuerda no puede caer desde el cielo.
-Imagina que puede ser.
-¿Tiene un lazo en el extremo?
-¿Por qué una bruja tiene que pensar siempre
que las cuerdas tienen un lazo en el extremo?
-De lo contrario no sería una bruja.
-No, no tiene un lazo –contesto impaciente el Ángel.
-En ese caso, esperaría junto a ella.
-¿No correrías?
-No. Creo que no.
-¿Y para qué esperar?
-Porque una soga extendida desde el cielo
solo puede significar dos cosas:
un cabo en la distancia o un SOS.
-¿Qué harías?
-Aguardar.
-¿La ayuda que te brindan?
-No Ángel, no necesito ayuda.
-¿Esperar por quién te necesita? ¿Eres tan solidaria, Bruja?
-Me importa un bledo que alguien necesite ayuda.
-Entonces, ¿a qué esperar?
-Ángel querido, sólo una vez penderá una cuerda
desde el cielo frente a mi.
Si sigo de largo, pasaré el resto de mi vida
esperando que vuelva a suceder.
—
PATIO
Patio: muchedumbre de cosas extraviadas;
¿Qué habrá que nunca pude llegar a oír?
Enredillos de arañas; leve pisar brillante de babosas.
Como el enamorado pobre que llora, sin esperar
que acuda a su reclamo;
¿Qué habrá que nunca pude llegar a oír y te has
quedado tanto?
—
El guajiro y su sombra
Albis Torres
Existió hace mucho tiempo un guajiro enorme, con una sombra –aún más grande que él- que espantaba los caballos.
Solía la sombra a veces apurar a su dueño por el camino, o abreviar el paso, y esto lo hacía meneándose de tal manera que por mucho que el hombrón disimulara llegó el día en que nadie le hizo compañía en su caminata hasta las canteras, a donde cada madrugada se encaminaba la cuadrilla de labor.
El guajiro, torpe como era a causa del poco estudio y el mucho andar entre bestias y cristianos que no las aventajaban, sentía vergüenza y mucha soledad.
Un día, teniéndola a tiro con el rabillo del ojo, la vio rascarse detrás de una oreja, y le dio tanta rabia el verla tan fresca aliviándose la comezón mientras que él había perdido todo contacto humano por su culpa que, alzando la voz se puso a cantar:
Tantas cosas hembras veo
que ha creado la natura
todas buenas, menos una,
la única que yo poseo
La sombra quedó inmóvil a pesar de que su dueño ya andaba echándose al hombro los bártulos.
Lo que se siente al ver un hombre trajinando mientras su sombra lo observa, lo saben bien las dos ancianas que se esfumaron por el mismo recodo que venían, clamando misericordia.
Luego echó a andar la sombra tras el guajiro, por el camino bordeado de cujes que no tenía más animación que el desgarramiento de un sinsonte.
De momento dejó de correr el aire, el sinsonte paró en seco su letanía y ni el polvo del camino se alzaba. Era como si algo se hubiese detenido. Los cujes se vieron secos y desamparados como nunca, y jamás hubo camino más a la intemperie.
El guajiro no era capaz de entender lo que sucedía, y mientras se aprestaba a medir la dirección del viento desde su pulgar, brincó la sombra y se perdió, no sabe el desdichado si a su diestra o a su siniestra.
Fue entonces que el sinsonte retomó su canto y el bosque de cujes siguió siendo el mismo empolvado y anónimo de todos los días.
Si un guajiro acompañado por una sombra con criterio propio se queda sin amigos ¿qué le pasa a un guajiro que no tiene ninguna? Se sabía de él por la dirección desde la cual huían los pájaros.
A la condena de la soledad se unía la de un estado de vaguedad en el que nada presidía o seguía a sus gestos. Nada se plantaba bajo sus pies. Lo que anda con todo el mundo y se repite aún a sí misma le faltaba, y era como si nada de lo que hiciera, oyera, dijera o tocara tuviese consistencia.
Entonces decidió morirse y hubo velorio en su casa. Asistieron los agradecidos vecinos, mientras él se acomodaba endomingado en la caja entre rezos, flores y velas.
La gente hablaba de cosas de velorio y el hombre sin sombra esperaba, nervioso como un recién casado, a que le llegara el sueño y con el sueño una muerte clara, sin la compañía inquietante de las sombras.
Entonces ella entró. Arrimó un taburete a la caja donde el guajiro, más que verla, la sintió en el silencio parejo de los reunidos.
Inmóvil en el taburete, daba más lástima que miedo.
El guajiro esperó conteniendo el resuello.
Entonces ella se asomó, y el hombrón, de un brinco, la tuvo con una mano por la cintura, mientras que con la otra se hacía del arreo con el que le propinó una paliza a la rebelde, la que, aunque podía esperarse, no dijo ni pío.
Ahora va la sombra sin criterios detrás del guajiro, y cuando se desgarra un sinsonte a las doce del día, mientras camina junto a la cuadrilla de sombras tras la cuadrilla de jornaleros, tiende a girar en busca del pájaro, y el hombrón se para en seco y la mira. La mira de lado y la sombra vuelve a su gesto y anda, anda como se debe andar.
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Libros citados
Albis Torres
La habitación más tibia, Ediciones Mecenas, 2006.