Desde aquí

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Como en Tailandia

Los medios informativos oficiales recientemente reportaron la situación en Tailandia donde las autoridades habían decretado el estado de sitio prohibiendo reuniones, estableciendo la censura y eliminando varias garantias ciudadanas. Sin ningún rubor los presentadores del noticiero de la TV contaban horrorizados aquellos horrores.

En estos días en Cuba, en vísperas de la celebración de la II Cumbre de la CELAC ninguna institución oficial ha decretado ningún tipo de situación especial, sin embargo se ha desatado una ola de detenciones y amenazas a todo aquel que pretenda reunirse entre los días 28 y 29 de enero, que son los días en que se realizará el magno evento.

Con toda seguridad la delegación cubana mostrará satisfecha a sus invitados un país tranquilo donde nadie protesta por nada, incluso aunque no se haya decretado el estado de sitio ni nada parecido.

Lo cierto es que no resulta necesario tomar ninguna medida extraordinaria. Esto aquí es una eterna Tailandia (la de estos días) y si los mandatarios asistentes a la Cumbre se proponen luchar contra la pobreza podrán admirar el ejemplo de Cuba donde no hallarán ni un solo mendigo (todos han sido reconcentrados) ni tampoco encontrarán prostitutas ni asaltantes callejeros. Me atrevo a asegurar que ni siquiera podrán ver a un adolescente llevando incorrectamente el uniforme escolar, porque aquí todos estamos advertidos… cuidado con alzar la voz en la cola del pan, ni te atrevas a ponerle mala cara a un policía ni a salir a vender algo en el mercado negro. Si padeces de gases, aguántate que toda alteración del orden puede resultar sumamente sospechosa.

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En una fecha imprecisa de la década de los 70 un profesor de rumba intentaba exponer a un grupo de nórdicos cómo hacer el movimiento de los hombros. No lo consiguió hasta que –con la ayuda de la traductora- dijo la frase ¿a mí qué me importa? al tiempo que subía y bajaba sus hombros acompasadamente. Un joven pelirrojo captó la esencia mejor que el resto del grupo y mientras repetía la frase con un acento realmente cómico, decía a sus colegas ¡Ahora parezco un cubano!

Llevo recordando esa escena por más de 30 años y siempre me produce la misma mezcla de gracia y molestia. ¿Será la indolencia parte esencial de nuestra naturaleza?

El paternalismo de estado, sumado a la deliberada intención de privilegiar la obediencia por encima de la creatividad, han favorecido que la indiferencia ciudadana se haya instalado con visos de permanencia en la conducta del cubano. ¿A mí qué me importa?, comenta uno, mientras arranca unos angulares de la base de una torre sostenedora de cables de alta tensión para hacer con ellos un  corral de puercos.  ¿A mí que me importa?, piensa el custodio que ve cómo saltan por la cerca de su empresa los productos que nunca llegan al pueblo ¿A mí que me importa?, dice sin pudor un tercero, que mira hacia otra parte cuando a pocos metros de él insultan y atropellan a una Dama de Blanco…

Los que mandan en Cuba siguen creyendo que la inercia se arregla con disciplina, orden y exigencia y gritan con el puño en alto desde sus tribunas sin percatarse del leve pero significativo movimiento en los hombros de la tropa.

Aquel profesor de rumba murió en Finlandia donde se quedó tras abandonar al grupo folklórico de gira por Europa. El nórdico pelirrojo quizás ya sea abuelo, ¿y nosotros?: Aquí, satisfechos de cuan cubanos somos, al compás de esta perezosa rumba exhibiendo orgullosos nuestra desidia y apatía.

La receta improbable

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Los empeños de diseminar ideas que niegan la vitalidad de los conceptos marxistas, leninistas y martianos, deberán contrarrestarse, entre otros medios, con una creativa conceptualización teórica del socialismo posible en las condiciones de Cuba, como única alternativa de igualdad y justicia para todos. Raúl Castro, Stgo. de Cuba, 1ro de enero de 2014

Pocas veces uno encuentra un párrafo con tanta sustancia para discrepar. Empezaría por aclarar que lo contrarrestable no deberían ser los empeños de diseminar determinadas ideas –asunto relativamente fácil de solucionar con los métodos tradicionales de confiscar libros en los aeropuertos, bloquear páginas de Internet, suspender servicios telefónicos o en última instancia acudiendo a la brutalidad de las brigadas de respuesta rápida. No, el verdadero reto sería contrarrestar las ideas en cuestión.
Pero resulta paradójico que, precisamente para reafirmar la vitalidad de la ideología que demostraba “científicamente” la inevitabilidad del socialismo, haya que encontrar una creativa conceptualización capaz de sostener teóricamente la viabilidad del socialismo en las actuales condiciones de Cuba. ¿Acaso habrán perdido vitalidad y ahora resultan insuficientes aquellos paradigmas del siglo antepasado?
Para no extenderme demasiado pasaré por alto la afrenta de mezclar al poeta José Martí con Vladimir Ilich, que viene siendo como confundir el amor con el odio o la tolerancia con el resentimiento. Lo que si no debe dejarse pasar es a ese gato servido como liebre pretendiendo autoerigirse como la única alternativa de igualdad y justicia para todos y mucho menos cuando conocemos cuál es el tipo de igualdad y de justicia que podemos esperar de semejante sistema.
Esta es la segunda ocasión en que el general que gobierna el país lanza un llamado a la intelectualidad para que genere una fundamentación a lo ya aprobado en la práctica, entiéndase, los lineamientos del 6to Congreso. ¡Esa tendría que haber sido la labor de la Conferencia del Partido!, que de paso, debió haberse celebrado antes del Congreso.
Se obliga al maestro cocinero a que trague una salsa rancia y mal elegida y luego se le pide que escriba la receta, como si fuera una innovación, y todo eso para impedir a los comensales el placer de disfrutar sabores nuevos.

¿Por qué ya no hablo con “ellos”?

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Hace seis años publiqué un texto titulado “Descalificado para el diálogo”, donde narraba lo ocurrido en una estación de policía con unos agentes de la Seguridad del Estado. De entonces a la fecha no han vuelto a intentar conmigo una de esas conversaciones semiamistosas en las que “ellos” pretenden hacerme creer que están vivamente interesados en conocer mis inquietudes, diferencias o discrepancias con la política del Partido. Desde entonces tomé la decisión de nunca más conversar con ellos. ¿Por qué?

Porque conversar con la Seguridad del Estado significa otorgarle beligerancia a una institución represiva que no tiene ningún derecho legal, ni político, ni moral a intervenir en la toma de decisiones económicas o ideológicas del país. Porque el principal propósito de estas conversaciones es sacarnos información para afectar a otros opositores o activistas de la sociedad civil.

Porque esas son las ocasiones que ellos aprovechan además para sembrarnos la cizaña, hacernos creer que los otros están vendidos a una potencia extranjera o que colaboran con los órganos de la inteligencia; que son personas de baja catadura moral, carentes de ética y principios.

Porque tratan de manipularnos diciéndonos que somos salvables y no mercenarios como los demás y nos desinforman con falsas esperanzas, como si fueran ellos quienes estuvieran al mando de todos los destinos de la nación y tuvieran la potestad de ser el vehículo adecuado para canalizar críticas y quejas.

Porque en las condiciones en las que suelen producirse estas conversaciones llegamos al sitio diciendo nuestros nombres y mostrando el carné de identidad, mientras que ellos solo se presentan con seudónimos.

Porque no tenemos la oportunidad de dar por terminado el diálogo y son ellos quienes deciden hasta qué momento siguen escuchando; apenas si podemos gesticular o utilizar la terminología adecuada sin que lo dicho sea tomado como una falta de respeto o un desacato a las autoridades.

Porque no nos está permitido grabar lo que ellos dicen, ni invitar a un testigo, mientras que, por su parte, pueden filmar, editar la conversación, tirarnos el brazo por encima o ponernos un bolígrafo en el bolsillo para hacer creer que somos sus colaboradores.

Porque no debemos dejarlos que nos convenzan de que lo saben todo: nuestras preferencias sexuales, la ruta que usan nuestros hijos para ir a la escuela, las íntimas debilidades de nuestros amigos, el dinero que manejamos, las personas que recibimos…

Porque nada de lo que ellos afirman, ni las amenazas que hacen o las prohibiciones que establecen, las entregan por escrito, con membrete, cuño, nombre, grado, cargo, firma, ni apelando a incisos y artículos de leyes establecidas, como deben expresase las instituciones oficiales, sino que todo queda en el plano de lo que dicen estos anónimos sujetos “a título personal” quizás porque se creen más hombres (o mas mujeres) que cualquiera de nosotros.

No hablo más con ellos, porque soy un hombre libre y no tengo que rendirle cuentas a nadie de a dónde voy, con quién me reúno o qué proyectos tengo.

¡Qué se acabaron las cartas!

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Desde los tiempos, ya remotos, en  que se introdujo la dolarización en la economía cubana se han ido desvaneciendo una a una las gratuidades, las subvenciones y otros regalos que a cuenta del tesoro público hacían nuestros gobernantes en su afán desmedido de -como dijera un poeta de la época romántica- anticipar el futuro.

“La moneda invisible ha desaparecido” decíamos sorprendidos, estupefactos, al ver que ya no se podría comprar refrigeradores, lavadoras y receptores de televisión a través de los méritos obtenidos en nuestros centros de trabajo y que, a partir de entonces, aquellos artefactos electrodomésticos solo sería posible conseguirlos pagando al contado con lo que hasta poco antes se conocía como “el dinero del enemigo”. Después vino el CUC que le hizo perder un poco el carácter simbólico a la evidente sustitución de valores. Pero lo fundamental no era el color de los billetes, sino que a partir de aquella hecatombe, para adquirir objetos útiles ya no era necesario hacer trabajo voluntario, asistir a las asambleas o dar un paso al frente ante una zafra, una microbrigada, una misión internacionalista, sino todo lo contrario: desviar recursos, hacer algo por la izquierda, dedicarse a algún negocio y en casos extremos vender lo que se poseía aunque solo se tuviera el cuerpo.
Ahora mismo se derrumba otro fundamento (¿será el último?) de la corrosiva costumbre de domesticar lealtades con privilegios. ¡Se acabaron las cartas!
Sí, porque cuando hace un par de años el gobierno tuvo “la audacia” de permitir que los cubanos pudieran participar legalmente en la compra-venta de autos particulares, quedó claro que los exhibidos en las agencias, fueran nuevos o de uso, solo serían vendidos a quienes pudieran demostrar que sus pesos convertibles habían sido ganados de forma sacramentada en alguna honrosa misión avalada por el estado. Nada de remesas enviadas desde el exterior o ganancias por tener una paladar o alquilar habitaciones. Fue entonces que aparecieron aquellas cartas que al principio solo podía firmar Carlos Lage y que luego fueron expedidas por el ministro de transporte, donde se revalorizaba con una firma la capacidad del dinero de convertirse en coches.

Me cuentan que había unas siete mil autorizaciones que no habían podido ser usadas para adquirir automóviles porque hacía un tiempo ya que se había dado la orden, desde la máxima instancia, de detener esos procesos.
Todo el mundo sabía que muchos de los autos que se compraban por esta vía –a precios subvencionados- eran revendidos casi inmediatamente a precio de mercado, ese que una caprichosa mano invisible, pero no ciega, adjudica a cada mercancía; el mismo que ahora el estado reconocerá como justo para comerciar libremente los vehículos que tiene en sus almacenes. Los que tuvieron la pícara idea de comprar las cartas antes que se volvieran autos habrán perdido su dinero, los que se ganaron el derecho a la carta trabajando dignamente o adulando a sus jefes habrán perdido sus ilusiones. ¿De qué les valió el noble sacrificio o el cobarde silencio, la leal obediencia, la abyecta delación?

La próxima profundización de las reformas raulistas puede dirigirse a la compra-venta de viviendas. Ya veremos empresas inmobiliarias estatales vendiendo casas o apartamentos a un precio competitivo o abusivo. Pero no nos hagamos ilusiones: los que aguardan en la cola de recibir dádivas no se sublevarán. Siempre les quedará el viejo dilema entre el aplauso o la deserción.

El otro Raúl

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Yo tenía once años en un día de agosto de 1958 cuando mi vecino Ermeregildo recibió con lágrimas en los ojos a su hijo Jorgito que venía lleno de hematomas tras una sesión de tortura en una estación de policía en Camagüey. El padre de aquel joven, miembro del movimiento 26 de julio, era batistiano y no cesaba de decir entre sollozos ”El general tiene que enterarse de las barbaridades que están pasando aquí”

El general que nos gobierna hoy cuenta con muchos Ermeregildos que piensan que él tampoco está enterado de ciertas atrocidades, especialmente en relación con hechos de corrupción y con el irrespeto a los derechos humanos. Son lo que aseguran que es prágmático y le atribuyen un profundo sentimiento paternal para sus hijos y nietos; los que dicen que sus arranques de brusquedad se deben a tantos años rodeado de militares; los que aseguran que prefiere trabajar en equipo y hasta que toca muy bien el piano.

La culpa, la grandísima culpa de los problemas de Cuba, no puede ser cargada por una sola persona, ni siquiera por el reducido grupo de octogenarios que sobrevive tras los timones del poder bajo el epíteto de ”la generación histórica de la revolución” Pero una cosa es la culpa y otra la responsabilidad.

Aquellos que pretenden monopolizar la gloria de lo que se exhibe como logros, deberían asumir la responsabilidad de lo que solo merece llamarse fracasos.

Si hay otro Raúl yo no he tenido la oportunidad de conocerlo. De quien tengo noticias es de un hombre que estaba mirando a otra parte cuando su hermano cometía los errores que ahora se pretenden rectificar. Al que conozco, es a este que ordena detenciones arbitrarias y golpizas; al que se resiste obstinadamente a llevar las reformas al campo político, al que proclama una guerra sin cuartel contra el secretismo y luego emite circulares prohibiendo la publicación de tal o más cual asunto.

Ermeregildo me aclara que el general no tiene la culpa. Ahora mismo le está escribiendo una carta para enterarlo de lo que ocurre.

De dudosa procedencia

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En medio de la calle San Lázaro errante me encontré un carretillero. Era justamente lo que necesitábamos un amigo y yo para trasladar dos sacos de arena a la casa de un pariente. Su vehículo de tracción humana era un híbrido de chivichana y carretilla, hecho con grandes rodamientos, conocidos como cajas de bola, pero en lugar de cuatro, solo llevaba dos en la parte delantera; el piso era una estructura de cabillas cubierta con una malla del tipo que usan los gallineros.

Después de ponernos de acuerdo sobre el precio anduvimos las siete cuadras que nos separaban del sitio donde nos vendieron el material de construcción. En el camino me percaté de que su carromato no venía vacío sino que cargaba dos objetos de difícil definición.

- ¿Y que llevas allí ?

- Aluminio, para venderlo como materia prima

-Pero ¿qué son esas cosas de aluminio?

- Ahora son chatarra, pero fueron contadores de gas

-¡Ah, ya sé! Seguramente eso forma parte del plan de sustituir los viejos contadores por otros nuevos, más eficientes… ¿Y cómo conseguiste estos contadores viejos?

-Estos no son los viejos, son los nuevos. ¿No ves que son de aluminio?. Lo que pasa es que yo les caigo a mandarriazos para inutilizarlos y así me los aceptan como materia prima.

De momento me quedé sin preguntas, más bien sin palabras. Finalmente pusimos los dos sacos de arena sobre el vehículo y desandamos las siete cuadras hasta la casa del pariente de mi amigo. Antes de despedirme le pregunté:

-¿Y qué pasa si la policía te agarra con esos contadores machacados?

-No sé. Nunca me han atrapado. Seguramente me dicen algo así como que transporto objetos de dudosa procedencia. Pero ¿eso qué tiene que ver? Tu arena es de dudosa procedencia y yo mismo que no tengo una dirección oficial aquí en La Habana también soy de dudosa procedencia. Ven acá chico, ¿tú me puedes decir qué cosa aquí en este país no tiene una procedencia dudosa?

 

¿Bastión o Bastilla?

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A medida que se van conociendo detalles sobre el Ejercicio Estratégico Bastión 2013 van apareciendo dudas y preguntas.

Cuando el General de Ejército Raúl Castro Ruz, presentándose como Presidente del Consejo de Defensa Nacional, ordenó iniciar este entrenamiento, explicó (a mi juicio de forma imprecisa) que esto se hacía con el objetivo de estar preparados “para enfrentar diferentes acciones del enemigo”

Hasta el momento, ni él, ni ningún otro oficial o funcionario de alto rango, ha querido llamar por su nombre propio al enemigo, ni siquiera los periodistas que escriben sobre el asunto, quienes –como si hubieran recibido una orden-  se han limitado a poner en boca de sus entrevistados frases como: “Hoy es un ejercicio, pero los yanquis son capaces de cualquier cosa…”; “haremos fracasar cualquier aventura imperial” o a lo sumo, alusiones a “nuestro enemigo histórico”

No es necesario introducir un micrófono secreto en los salones donde sesionaron el Puesto de Dirección del Órgano de la Seguridad y el Orden Interior o los Grupos de Trabajo o los Consejos de Defensa Provinciales, para saber que en esas instancias, cuando se hacen los planes para “conservar el orden interior” o “para evitar hechos vandálicos”, se habla directamente del nombre propio de otros “enemigos”. Allí ya se precisa qué hacer con los incómodos opositores, quiénes se ocuparán de capturarlos y a cuál sitio deberán ser conducidos, y en caso de que la cosa se ponga fea, cuales habrán de ser las medidas extremas a aplicar.

La muy mencionada doctrina militar cubana dice descansar en el principio de “La Guerra de Todo el Pueblo” que nada tiene que ver con la guerra de una parte contra otra parte del pueblo.

Una amiga filóloga me sopla al oído que Bastión y Bastilla están emparentados por la misma raíz etimológica. El 14 de julio de 1789 una multitud de parisinos asaltó la infame prisión. Ya los soldados ubicados en el Campo de Marte se habían negado a disparar contra la gente que avanzaba hacia la fortaleza no solo a liberar los prisioneros sino a apoderarse de municiones. El resto es historia conocida. La Bastilla cayó a manos del pueblo. Muchas de sus piedras, fruto de la posterior demolición, fueron usadas para construir el Puente de la Concordia.

 

Lo que no dijo Buenos Días

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Temprano en la mañana el programa Buenos Días ofreció un espacio llamado “Con sentido Propio” dedicado al tema de la conducta de los cubanos en los lugares públicos. Las instalaciones deportivas, las colas, las guagas, y otros.

Hubo entrevistas en la calle y llamadas telefónicas. Se hizo referencia a los insultos del público contra árbitros y deportistas, lo que pasa en los conciertos de La Tropical, donde la cosa puede terminar a machetazos, se mencionó la violencia familiar y la escolar donde los niños suelen ser las víctimas. La invitada de lujo fue una psicóloga que explicó las diversas formas de violencia, además de la física, donde enumeró los insultos, las amenazas, la intimidación.

Después de escuchar las consabidas opiniones acerca de que la educación debe ser compartida por la escuela y la familia y algunas entrevistas realizadas en la calle pude percatarme de que brillaba por su ausencia un asunto de trascendental importancia en lo que se refiere a la conducta violenta y agresiva de los cubanos en la vía pública: los mítines de repudio.

¿Cómo se puede criticar desde los medios oficiales una conducta que es promovida por instituciones oficiales sin hacer alusión a la evidente contradicción?

Tonto que soy apelé a los números telefónicos dispuestos por el programa para recoger los criterios de los televidentes. Tuve la suerte de ser atendido por la directora del programa (o por una voz femenina que se identificó como tal). Evitando caer en lo que se criticaba y de la forma más moderada de que fui capaz le solté a la pobre mujer mi inquietud. Ella me dio las gracias por mi participación en el espacio y yo, tonto que soy, me quedé frente a la pantalla hasta el minuto final de la despedida, sin que se mencionara mi reclamo.

Ya dije que fui tonto, no me lo vuelvan a recordar, pero si no lo hubiera intentado no habría podido escribir este post, sin que apareciera algún comentarista criticándome por haberme guardado mis opiniones.

Finalmente me quedé con esta pregunta: ¿No será una manifestación de violencia usar el poder de los editores para anular mi humilde participación?

Descubriendo el agua tibia

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La aplicación de forma experimental de un nuevo reglamento sobre la comercialización de productos agropecuarios, recogido en el Decreto Ley 318, pone en evidencia que las ataduras burocráticas provenientes del afán controlador del estado han sido y siguen siendo una de las principales causas del desabastecimiento de alimentos.

Los genios del Ministerio de Agricultura acaban de descubrir que la competencia que se genere por la aparición de otras formas de compra-venta tendrá un papel regulador en el establecimiento de los precios, han arribado a la novedosa conclusión de que el equilibrio entre la oferta y la demanda incide directamente sobre la producción y se han  dado cuenta ¡oh hallazgos del pensamiento humano! de que mientras menos quieran controlar las cosas salen mejor.

Pero todavía están dominados por la tentación de mantener las riendas en sus manos. Tienen miedo a que la bestia salvaje del mercado devore de una dentellada o derribe de un zarpazo a su jinete planificador