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Plazos aplazados

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Los gobernantes cubanos deberían haber aprendido la lección de que no se pueden comprometer con plazos que no tienen la capacidad de cumplir. No voy a referirme al acueducto de Santiago de Cuba ni a las casitas de Ayestarán (ver en este blog “Plazos traicioneros” el 30 11 de 2008) que ilustran este post, sino a la caducidad de dos promesas con fecha fija, ambas referidas al tema de liberación de presos.

El ex presidente Fidel Castro, guiado por su sempiterno triunfalismo, anunció que en diciembre de 2010 los cinco combatientes del ministerio del interior presos en cárceles norteamericanas, estarían de regreso con los suyos. El presidente Raúl Castro por su parte, proclamó a principios de julio del propio año 2010 que en tres o cuatro meses serían excarcelados los prisioneros de la primavera negra que aun guardaban prisión.

Cualquiera puede entender por qué no se cumplió la primera promesa, entre otras cosas porque en los Estados Unidos existe esa maldita circunstancia de las democracias que se llama la división de poderes y porque el “indulto presidencial” es una moneda demasiado valiosa para gastarla en un propósito tenido por impopular entre los electores norteamericanos. Pero la segunda, hecha por el segundo no tiene forma de ser justificada.

Confieso haber cometido el pecado de ingenuidad porque estuve entre los que creyeron que era casi imposible faltar a una promesa cuyo plazo estaba tan cercano, aunque siempre lo consideré dilatado.

Todos (incluyendo al cardenal Jaime Ortega) tuvimos la ilusión de que estas navidades marcarían la línea divisoria entre dos épocas. Creímos en la señal, pero lo que parecía ser la estrella anunciante del nacimiento de una conducta política, generosa y tolerante hacia los discrepantes, no fue más que un fueguito de artificio. ¡O te largas del país o te quedas en la cárcel! Y si esa no fue finalmente la buena nueva del gobierno que alguien me lo aclare o me desmienta.

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