Desde aquí

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Mis amigos

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Para uno que se marchó y aún es el mejor de mis amigos.

Cuando conté en mi blog que algunos de mis amigos residentes en Cuba habían formado una coraza humana para protegerme de los golpes, empecé a recibir mensajes en mi email, llamadas al teléfono y sms de casi todos los puntos cardinales en los que mis amigos ausentes se lamentaban por no haber podido estar allí conmigo.

El primero fue José Antonia Évora, el único periodista de Juventud Rebelde que, hace ya más de veinte años, se opuso públicamente a mi despido. Recibí su llamada minutos después de haber sido abandonado en un rincón del barrio de Marianao. “Yo tenía que estar allí” ; le aclaré que sí había estado, que lo vi en el tumulto junto al poeta Julio San Francisco deteniendo a la turba. Recuerdo que a unos pasos de ellos estaban Raúl Rivero y su esposa Blanquita tratando de explicarle a unos jóvenes que yo no era un vendepatria. El fotógrafo Iván Cañas, bufaba como un toro sin decidirse a usar la cámara para retratar o para otra cosa. Antonio Conte y Lichi Diego encararon valientemente a unos supuestos rumberos que pretendían golpearme con sus farolas, mientras Daina Chaviano señalaba al cielo profetizando que las hadas vendrían a rescatarme.

Que no lo dude nadie, allí estuvieron todos mis amigos. Lisset Rodes oraba con una convicción que hacía estremecer los muros de la Avenida de los Presidentes, su tocaya Lisset Bustamante arengaba a los periodistas independientes que había traído Tania Quintero; Minerva Salado rompía su silencio en México y se aparecía de improviso luego de haber tomado un yate en Tuxpan; Manuel Pereira tampoco estaba fuera de la Isla, como se pensaba, dictando conferencias de literatura en una universidad, sino abrazado a mí recibiendo cocotazos. Lejos de él, muy lejos, pero en el centro de la molotera, Zoe Valdés zahería con su inagotable colección de insultos a todos los que me gritaban, venía de la mano de la fotógrafa Sonia Pérez, madre de mi hija, que lloraba sin consuelo y pateaba sin compasión. Galina, una diseñadora de vestuario cubano-soviética a quien creía en Italia, insistía en improvisar un disfraz para que yo pudiera escapar.

Se los juro que no faltó ninguno para apoyarme: ni Kihustin Tornés, que diseñó las pancartas, ni el escritor Miguel Ángel Sánchez, que redactó los textos, ni el humorista Marcos García, que se apareció con otros carteles comiquísimos, ni el cantante Rubén Aguiar que blandía furioso su guitarra. En un instante me pareció ver a Raulito un muchacho del barrio a quien creía bailando en un cabaret para turistas en ciudad Ho Chi Ming.

Estuvieron todos, los notables y los desconocidos. No saben cuánto se los agradezco.

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