
Todavía no ha llegado el momento de criticar a nuestros camaradas de la isla, sostiene Eliseo Alberto Diego en un artículo que sorprende por lo ingenuo. El momento no es el momentum, dice. En ciertos momentos, y creo que tal es el caso, tanta ingenuidad puede ser más nociva que loable. Condiciona el ejercicio de la verdad, sumerge la polémica en un sentimentalismo barato, diluye la capacidad de crítica que define la profesión intelectual en nombre de la cultura del "encuentro", los buenos sentimientos y el ubi sunt de viejas glorias cobardes -porque Titón, Lezama, Jesús Díaz y Moreno Fraginals fueron, entre otras cosas mucho más memorables, ejemplos de cobardía intelectual. (Algunos, como Jesús y Moreno, tuvieron tiempo de reconocerlo públicamente. Otros pasaron de largo en nombre de las circunstancias, lo cual no quiere decir que nosotros tengamos que hacer lo mismo).
En fin, lo de Lichy es un artículo antológico por lo lamentable. Entresaco este párrafo: No era, no es, el momento de calar a fondo en un pasado que sus testigos recordamos, adoloridos, y buscar culpables mayores, nombrarlos a cuenta y riesgo. Todos perderíamos esa apuesta suicida e improcedente. ¿Quién no sabe "de memoria" las reglas del juego? ¿Se las recuerdo? No hace falta. Desde hace 48 años no han cambiado. O han variado muy poco. Los que han cambiando son los jugadores en el campo y los espectadores en las gradas, no los directivos ni los jueces. Quedan, en el banco, viejos verdugos. Pero estamos dentro de ese juego, no fuera. "No quiere ser un héroe, / ni siquiera el romántico alrededor de quien / pudiera tejerse una leyenda; / pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra, / fatalmente condenado a su época", dijo Heberto Padilla en su poema El hombre al margen. Coño, Lichy, es que ese poema de Padilla, por si no te has dado cuenta, es una crítica. E incluso, una autocrítica. (Ya le ha replicado Duanel Díaz, y no parece que vaya a escampar).
Ernesto Yevgueni