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Censura, ¿estás ahí? (I)
Carlos Espinosa


En la etapa durante la cual viví en Madrid, recibí en una ocasión la visita de un amigo de la Isla. Incapaz de resistir la curiosidad, se puso a fisgonear en los libreros (una costumbre, tengo que confesarlo, que no me agrada). Cuando llegó a una estantería donde estaban ordenados los casetes, me expresó con una sonrisa un pelín burlona lo sorprendido que estaba de hallar nombres como los de Raphael, los Brincos, Fórmula V, Massiel, Cristina y los Stops, Charles Aznavour, los Bravos... Le expliqué que sencillamente era la música que formó parte fundamental de mi educación sentimental, en los años cuando era estudiante de secundaria y, luego, de preuniversitario.

Entonces, el único modo de poder escuchar esas canciones en Cuba, o por lo menos en el pueblo de campo donde yo vivía, era la radio. Las grabadoras y los equipos de música eran cosas con las que no se podía ni soñar, aparte de que luego estaba el problema adicional de cómo conseguir los casetes y las cintas. Recuerdo que uno de los amigos con quienes acostumbraba salir y reunirme tenía una hermana en La Habana que estaba casada con un marinero griego. Gracias a eso se hizo de una grabadora que llevaba a las fiestas que algunas veces organizábamos. Era un armatoste tan grande como pesado, que se cargaba como una maleta. Una de esas antiguallas que hoy sólo se pueden encontrar en las thrift stores, esas tiendas de segunda mano que tanto abundan en Estados Unidos.

Muchos años después, cuando tuve por primera vez la oportunidad de comprar los casetes (los discos compactos aún demorarían en aparecer) con aquellas viejas canciones, quise hacerle un regalo tardío a aquel muchacho que alguna vez fui y que nunca las pudo tener. Volverlas a escuchar ya fuera de la Isla, debe haber sido para mí una manera de entregarme a la embriaguez de la nostalgia ("Este pan tiene el sabor de un recuerdo", dice en un verso Humberto Saba). Pero me deparó también algunos hallazgos que no esperaba. Me precio de tener una excelente memoria, y podía ir repitiendo la letra de los temas mientras sonaban en el estéreo. En algunos casos, sin embargo, había estrofas que estaba seguro no haber escuchado antes. En Ding, dong, las cosas del amor, uno de los tantos números que el argentino Leonardo Favio popularizó en Hispanoamérica, estaba ésta: "Ella es frágil, tierna y dulce, / mira que encontrarla yo. / Voy pensando y me sonrío, / para mí que existe Dios". Algo similar advertí en Cuando vuelvas, de los españoles Mitos. En la versión que conocimos a través de las emisoras de la Isla no figuraba: "Por las noches rezo / y al Señor le pido tu querer. / Pero siento miedo, / miedo de que te voy a perder".

Los dos son ejemplos de censura, esa prima hermana de la inquisición medieval que se relaciona con el poder, la represión y la manipulación. En ambos casos, la tijera de los censores estaba dirigida contra las ideas religiosas, una de las bestias negras del castrismo durante la década de los sesenta y parte de la de los setenta. Esa misma razón fue la que provocó que en Cuba se divulgaran y popularizaran todas las canciones de Juan y Junior, excepto una: En San Juan. La letra no puede ser más cándida e ingenua, pues no hay que olvidar que fue escrita bajo la también inflexible vigilancia de otro régimen dictatorial. Pero en la cruzada anticlerical desatada en la nueva Cuba, resultaban inadmisibles cosas como: "El pórtico en la iglesia de San Juan / y el santo de madera frente a ti / se hicieron mis amigos / y fueron mis testigos/ el día que nacía nuestro amor. / El santo sonreía bonachón / y yo un poco azorado te miré / diciendo pocas cosas / sencillas y amorosas. / Un día nos queríamos casar / en San Juan".

De esas operaciones de amputación de contenidos inconvenientes se pudo escapar el Corazón contento, del argentino Palito Ortega. Como a nosotros nos llegó a través de la versión de la española Marisol, pudimos escuchar y tararear aquello de "y le pido a Dios que no me faltes nunca". Hubiera sido un poco complicado explicarle al camarada Antonio Gades, a la sazón esposo de la cantante, por qué a los cubanos se les censuraba una frase tan ideológicamente inocua, mientras que en la España franquista, en cambio, Joan Manuel Serrat podía tratar temáticas de crítica social en sus canciones y grabar un álbum completo con los poemas de Miguel Hernández, muerto en la cárcel, y a Massiel y Fernando Fernán Gómez se les permitía representar un espectáculo con canciones de Bertolt Brecht y Kurt Weill.

Son sólo unos pocos ejemplos que ilustran la censura que se aplicó en la música. A los mismos quiero agregar uno más: en las emisoras de la Isla nunca se permitió la canción de Luis Aguilé Cuando salí de Cuba, pues pese a que no se dice de manera explícita, se puede interpretar que quien habla tuvo que dejar su patria por motivos muy serios: "Cuando salí de Cuba / dejé mi vida, dejé mi amor. / Cuando salí de Cuba / dejé enterrado mi corazón". Mas hasta aquí me he referido a censuras de letras y de canciones específicas. En otras ocasiones, el ataque de los perros guardianes tuvo como blanco a intérpretes y grupos. Por ejemplo, en un momento dado dejaron de programarse las grabaciones de Raphael, Julio Iglesias, Santana y José Feliciano, entre otros. A propósito de las razones por las cuales se prohibió a este último, recuerdo haber oído esta explicación: había declarado públicamente que prefería ser ciego en Puerto Rico a poder ver, si para ello el precio era tener que vivir en Cuba. Estoy convencido de que la anécdota es apócrifa, pero no me negarán que resulta muy creíble. Mas tanto en el caso de Feliciano como en el de los otros artistas, lo que comentábamos no pasaban de ser puras especulaciones, chismes. Como bien hace notar Roberto Madrigal en su novela Zona congelada, la lista de los censurados sólo se conocía vox pópuli, nunca de forma escrita, "porque la buena censura es así, no aclara sus propósitos para que al terror se sume la incertidumbre".

Mas antes de proseguir, creo pertinente hablar de manera general sobre este crimen que, por lo general, se justifica invocando la noción del bien colectivo. El término censura proviene del latín censure, que quiere decir estimar, tasar, evaluar. ¿Cómo adquirió después un significado tan diferente? Eso se explica si se recuerda que en la antigua Roma, la responsabilidad del censor y la de la persona encargada del censo de las personas se hallaban muy relacionadas. Los censores eran oficiales designados para presidir el census, es decir, el registro de los ciudadanos, con el propósito de determinar los deberes que les correspondían dentro de la comunidad. La tarea de lo que hoy llamaríamos censador consistía en llevar el control de los habitantes; la del censor, clasificar y controlar los productos salidos de la mente de las personas (libros, ideas). Ambos, censo y censura, eran (son) formas de vigilancia. Y en el caso concreto de la segunda, representa un mecanismo utilizado para imponer prohibiciones o restricciones a las personas o ideas que pueden trastornar el orden establecido.

Impunidad absoluta para censurar

Al arte y a la literatura les ha tocado crecer en más de una ocasión bajo regímenes despóticos. Pero como a menudo ha hecho notar George Orwell, el despotismo de otras épocas no fue tan riguroso como el totalitarismo que varios países sufrieron durante el siglo XX. Eso se debe a que en aquél, el sistema represivo siempre fue ineficiente, y las clases que dirigían los aparatos de control y regulación usualmente eran corruptas, apáticas y hasta medio liberales. Nada que ver con el elevado nivel de perversión y eficacia con el que funcionaban las instituciones censoras de los regímenes totalitarios, en particular, los comunistas. Un simple dato puede dar una remota idea de las proporciones que esa maquinaria llegó a alcanzar: en la extinta Unión Soviética, 70 mil burócratas supervisaban la actividad de 7 mil escritores. O sea, que cada autor tenía asignados diez correctores.

En esos países, la censura disfrutaba además de una impunidad absoluta. Al estar concentrados los controles prescriptivos y restrictivos en manos del Estado, la intervención de los censores no necesitaba ser justificada ni declarada, pues era parte de la rutina práctica y operativa. Al Estado pertenecían asimismo las editoriales, las galerías de arte, los museos, los periódicos y las revistas, los canales de televisión, las emisoras de radio, los teatros, las imprentas, los estudios cinematográficos. Eso garantizaba, por ejemplo, que al ser desaprobado el original de un libro, su publicación era imposible. En ese sentido, conviene destacar también que sólo el hecho de escribir o crear una obra que, por algún motivo (no importaba si ese motivo era artístico o político, puesto que lo estético y lo ideológico no se hallaban separados), no agradase a los comisarios, constituía un delito por el cual se podía ser condenado o sancionado.

En 1974, el escritor y dramaturgo cubano René Ariza (La Habana, 1940-California, 1994) fue condenado a ocho años de cárcel, de los cuales cumplió cinco. Cuentos, piezas teatrales y poemas inéditos suyos fueron descubiertos por la policía en el equipaje de un joven español, y eso bastó para que se le llevase ante los tribunales por "escribir propaganda enemiga". Y llamo la atención sobre ese detalle: únicamente por escribirla. Es decir, que en su caso, al igual que el de otros autores que fueron condenados a prisión o expulsados de la universidad (Carlos Victoria, Rafael E. Saumell, Manuel Ballagas, Leandro Eduardo Campa, Esteban Luis Cárdenas, Daniel Fernández, son algunos nombres que me vienen a la memoria), la penalización se sustentaba no en el delito, sino en la intención. El castigo se aplicaba, por tanto, a priori, antes de que las obras pudieran causar los supuestos daños que se les imputaban.

Conservo una copia de la Resolución Rectoral 89/ 73, que lleva estampada al final la firma de Hermes Hernández Herrera, entonces rector de la Universidad de La Habana. La misma se refiere al expediente disciplinario seguido a Daniel Iglesias Kennedy, estudiante de la Escuela de Lenguas Modernas de la Facultad de Humanidades. Según se expresa en el documento, la Comisión Investigadora creada para analizar su caso (la integraban dos profesores y una alumna en representación de la Unión de Jóvenes Comunistas) solicitó una copia de la novela Esta tarde se pone el sol, que Iglesias Kennedy había presentado al Premio Casa de las Américas de ese año (1973).

El dictamen fue que dicha obra "es, por sí misma, una prueba de las debilidades ideológicas de su autor y de la participación de éste en actividades antisociales desarrolladas por elementos disolutos en contubernio con agentes extranjeros, pues en dicha novela se recogen aspectos autobiográficos que reflejan esa participación en tales acciones; pudiendo concluirse que la referida novela está en contradicción con los principios establecidos por el Congreso de Educación y Cultura y con la moral comunista". Como circunstancia agravante, Iglesias Kennedy "ha mantenido una conducta social inaceptable para graduarse en la carrera que estudia en dicha Facultad, y aunque ha obtenido resultados docentes satisfactorios, sus relaciones con los demás estudiantes, en la esfera de las tareas sociales y políticas, no han resultado igualmente satisfactorias". Todo eso lleva al rector a declarar a Iglesias Kennedy "culpable de los hechos que se le imputan" y a sancionarlo "con la medida de separación indefinida como alumno".

Hay ocasiones en las que resulta muy difícil entender los motivos que llevan a los censores a prohibir una obra. En 1956, el British Board of Film Censors a prohibir una película de Jean Cocteau. Su argumento fue: "El filme aparentemente carece de sentido, pero si tuviera alguno entonces es indudablemente censurable". En esa categoría del absurdo tiene perfecta cabida un caso que está recogido en los anales de Human Rights. En 1983, el Tribunal Popular de 10 de Octubre y la Corte de Crímenes contra la Seguridad del Estado del Tribunal Popular de La Habana condenaron a Mario Gastón Hernández a tres años de prisión. Su "crimen" fue traducir un libro sobre las profecías de Nostradamus, lo cual fue considerado un intento de tratar de difundir propaganda enemiga. Se solicitó la opinión autorizada de miembros de la UNEAC, quienes dictaminaron que el texto en cuestión era "diversionista, anticomunista y antisoviético". Un representante alemán de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas calificó de insólita la sentencia, y expresó que Nostradamus había vivido en el siglo XVI. Pero ya se sabe que con los centinelas de la sociedad no valen las explicaciones sensatas o lógicas. Parafraseando a Pascal, la censura tiene razones que la razón no comprende.

Los escritores y artistas a quienes ha tocado la desgracia de vivir y crear bajo tales regímenes dictatoriales, bien pudieran adoptar como divisa estas palabras que Beaumarchais expresó a través de uno de los personajes de Las bodas de Fígaro: "Con tal de que no hable en mis escritos ni de la autoridad, ni de la religión, ni de la política, ni de la moral, ni de las gentes locales, ni de las corporaciones, ni de la ópera, ni de los otros espectáculos, ni de nadie que desempeñe un cargo, puedo escribir libremente lo que quiera, bajo la inspección de dos o tres censuras".

Nota del Autor: La idea de este trabajo, primero de una serie que continuará en las próximas semanas, comenzó a gestarse a fines de septiembre, y fue cobrando forma en los meses siguientes. Varios amigos míos lo pueden atestiguar, pues durante este tiempo les he escrito correos electrónicos o los he llamado por teléfono para pedirles informaciones, sugerencias, datos. La salida de este primer artículo viene a coincidir con las airadas y justas reacciones que ha suscitado en la Isla la reivindicación de un siniestro comisario hecha en un programa de la televisión. El que ambos hechos ahora concurran es, como se suele aclarar en las películas, pura coincidencia. No se trata, pues, de oportunismo de mi parte, ni siquiera de sentido periodístico de la oportunidad. Por lo demás, para muchos de los firmantes de las protestas el hecho de que tan execrable personaje recibiese ese homenaje mediático significa un intento de resucitar una historia antigua, que diría el compañero Fernández Retamar (compañero de ellos, quiero decir, no mío, ¡Dios me libre!). Para mí, por el contrario, constituye un problema que, al igual que el dinosaurio de Monterroso, estuvo y sigue estando ahí. De manera que el título de estas páginas debe tomarse como lo que es, una pregunta retórica.

Carlos Espinosa

Estados Unidos

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