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Alarma por el retorno mediático de Luis Pavón


Jorge A. Pomar


¿Despiertan los intelectuales?

Apesta todo en Cuba como en la Dinamarca de Hamlet. Por apestar apestan hasta los Horacios de la UNEAC. Enésima prueba de ello es el toque a rebato electrónico que acaba de emitir Desiderio Navarro en La Habana a propósito de la inusitada resurrección de Luis Pavón, el otrora poderoso -que no todopoderoso- presidente del Consejo Nacional de Cultura, por obra y gracia del programa "Impronta" de Cubavisión. Arturo Arango y Reynaldo González ya han roto lanzas por él en lo que ya es una campaña que promete. Cualesquiera sean las objeciones de quienes estamos fuera del potaje -y, como se verá, las mías son bastantes y fuertes-, debemos, no solo celebrar la iniciativa del, como de costumbre en él, polémico Desiderio, sino apoyarla de todo corazón arrojando leña al fuego de buena fe, es decir, con el fin de forzarlos a sacar conclusiones y mirarse en su propio espejo.

Pero no por ello es menos cierto que los argumentos esgrimidos dejan mucho que desear. Lo cual se explica en parte, naturalmente, por el riesgo que sin duda están corriendo al hacer circular semejante protesta por Intranet. Lo que no se explica es lo que se infiere de su capciosa argumentación, las servidumbres e imputaciones derivadas de sus palabras.

Según los tres --que han hecho suya la coartada del llamado "zar de la crítica en Cuba" Ambrosio Fornet--, Pavón y un par de funcionarios subalternos (entre ellos Lisandro Otero, a quien se cuidan de mencionar porque está en boga en la infame revista digital literaria castrista La Jiribilla, pero era el segundo de Pavón a todos los efectos) habrían sido los culpables de una política cultural injusta (1967-1971), felizmente superada. A sus ojos, con la parusía mediática de Pavón vuelve a asomar sus orejas peludas el Leviatán del “Pavonado”, amenazando la libertad (¿?) de los "auténticos" creadores.

Es una versión del cuento del rey noble aplicada a su majestad Fidel Castro, que en casi medio siglo nunca se ha dado por enterado de los excesos cometidos por sus malvados ministros. En realidad, el "silencio y la pasividad de la casi totalidad de ellos", "la complicidad y el oportunismo de no pocos", que Desiderio sitúa entre paréntesis, siguen caracterizando la actitud de los intelectuales de la Isla hasta el día de hoy. Las cuitas de escritores y artistas no terminaron en 1971, como Fornet pretende creer o hacernos creer.

Pavón, que ciertamente no fue un ángel, ha sido desde 1971 el chivo expiatorio predilecto de quienes, con razón o sin ella, se regodean en considerarse sus víctimas. Habría que estudiar casuísticamente, pesquisa que no me interesa en absoluto, qué rol cumplió entonces y/o cumple hoy cada cual. Ahora bien, el delito de Pavón consiste, ni más ni menos, en haber sido la cara visible, el instrumento del Gobierno Revolucionario que puso en práctica hasta sus últimas consecuencias la política cultural de una Revolución que los socios de la UNEAC aplaudían -aplauden todavía en su gesto de protesta- a rabiar en una época de cárceles repletas y pelotones de fusilamiento que no daban abasto. Esos "ubérrimos 60" de que habla Desiderio fueron, pues, los años más crueles del castrismo.

Después de tragar sin rechistar tantos sapos y culebras, de condenar cainitamente a colegas caídos en desgracia cada vez que se lo han pedido y, sobre todo, de vivir por encima de la masa vil gracias a los subsidios en dólares (ahora CUCS) de la UNEAC, los premios en ídem y los viajes al extranjero, etc., me temo que bastará con que los amables (con los literatos casi siempre) "compañeros" de la Seguridad del Estado les den su buen halón de orejas, si no se lo han dado ya so pretexto de la gravedad de la situación, para que vuelvan a coger su paso de cangrejo. Sería una grata sorpresa para mí constatar que me había equivocado. Obviamente, se sienten libres de culpa, Caperucitas Rojas letradas de la fábula del rey bueno eternamente desinformado. Sin embargo, su mayor mérito desde el fin del Quinquenio Gris (ya va siendo un "Medio Siglo Oscuro") ha sido vivir de espaldas al drama nacional, encerrados en su torre de marfil durante las tres décadas de ceniza del lobezno Pavón.

Por otra parte, saben muy bien lo que cuesta protestar. De ahí que por instinto de conservación jamás se hayan atrevido a hacerlo. Cuando, por citar un ejemplo, en 1989 protesté por el inminente fusilamiento del general Ochoa y sus compañeros de causa en una plenaria de la UNEAC, todos me dieron la callada por respuesta. “¡Qué locura la tuya!” Y de inmediato, por orden Abel Prieto, que presidía el cónclave pasaron al tema que traían in pectore: ¿cómo empatarse con unos dólares haciendo su aporte artístico-literario a la entonces renaciente industria turística?

De grado o de fuerza, lejos de apoyarla, firmaron en 1991 la protesta oficial de la UNEAC contra la Carta de los Diez, un pliego de reformas moderadas con el fin de paliar la miseria de los cubanos. En contraste, no se opusieron al fusilamiento en 2003 de aquellos tres jóvenes, negros y pobres solemnidad, que sin embargo sólo intentaban huir del paraíso cantado en tantos poemas y relatos. Y ni hablar de alzar la voz en defensa de Raúl Rivero y los condenados de la Primavera Negra. La lista de sus silencios públicos (en privado a veces se atreven a expresar sus condolencias) cómplices y colaboracionismos puede extenderse a voluntad.

¿Por qué entonces no concederle también a Luis Pavón, que en 30 años pudiera haben recapacitado y ser otro hombre, el beneficio de la duda? Cualquier tribunal daría por caducado su "crimen", en el que, por lo demás, nadie perdió la vida. No así un impoluto Reynaldo González, quien no tiene empacho en traer a colación nada menos que "el holocausto de los hebreos por el nazismo". De paso, anticipándose a un posible retorno del perestroiko (no lo olvidemos, por favor) Carlos Aldana, azuza el temor de que vuelvan "los duros". Reynaldo, entérate de una vez: "los duros", con su nutrida cohorte de oportunistas y trepadores de toda laya, detentan el poder más que nunca en estos precisos instantes. Y "entre los indolentes acunados en sus posiciones" abultan tanto más los intelectuales cuanto más bajan la cerviz. No todos, desde luego. La calidad también cuenta.

El "campo intelectual cubano", Arturo, no "se ha complejizado", más bien se ha corrompido hasta el tuétano. La "suerte de los negros reivindicadores", y de los que nada reivindican, sigue siendo tan negra como su piel. En la televisión se les reserva en exclusiva el papel de esclavos, mambises y menesterosos; en la vida real, les está vedado el acceso a los cargos de dirección en la economía dolarizada. Si no, pregúntaselo al "Ambia", a quien se lo oí repetir hace poco en un vídeo filmado en su entrañable Parque Trillo. Los homosexuales han progresado algo pero, fuera del campo cultural, siguen estigmatizados. Tolerancia no es igual a aceptación. Esas "derecha beligerante" y "pasiva pragmática" de que hablas, ¿qué son, si no el resultado elocuente del “éxito” en toda la línea de la actual política cultural? Ponles nombres y apellidos, por favor. Por lo demás, no se piensa ni discrepa "desde la izquierda y la revolución". Basta hacerlo desde el cerebro, que no por gusto se divide en dos hemisferios.

Afirmar que, con sus tristemente célebres “Palabras a los intelectuales”, Fidel trató de disipar la alarma de "aquellos creadores no revolucionarios, pero tampoco contrarrevolucionarios" (Desiderio se refiere a Heberto Padilla, cuyo nombre tampoco menciona por ser tabú) me parece, si no un acto de alcahuetería política, al menos un estrafalario dislate voluntario. Mueve a risa. El leitmotiv de aquel discurso, plagiado a Mussolini, por cierto, no dejaba lugar a dudas: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". Tutto nello Stato, niente al di fuori dello Stato, nulla contro lo Stato, sentenció el Duce un 28 de octubre de 1925. Traduce. Recordarás, memorioso Desiderio que, tras escuchar a Fidel en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional en junio de 1961, Virgilio Piñera pidió la palabra y balbuceó: "Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé por qué tengo ese miedo, pero es eso todo lo que tengo que decir".

Por tanto, si nuestros inefables "creadores" protestan ahora, por esa bagatela televisiva preñada de malos presagios, es más bien por puro egoísmo gremial. Peligran las prebendas y beneficios en metálico que, al efecto de domesticarlos, les ha concedido su mecenas cultural Abel Prieto con el placet del Máximo Líder. Los sufrimientos, las carencias, de la inmensa mayoría de la población, parecen no darles ni frío ni calor fuera del ámbito de la ficción literaria. Aunque sabemos que en su fuero interno también ellos padecen. La mala conciencia...

Por lo demás, el espacio televisivo dedicado a Pavón al menos rompe la rutina en una programación habitualmente de bostezo en la ocupa un sitial nada despreciable con el autobombo de las víctimas de esa bestia negra de la cultura cubana. ¡Por fin algo que merece la pena ver en Cubavisión, entre tanto ritual de lealtad, triunfalismo, folclor criollo y arte decimonónico! Aun cuando sólo sea para alarmarse, como Desiderio y compañía. Alarma que comparto, pues es harto evidente que detrás de la grandiosa reivindicación de Pavón está la mano del generalato raulista. Malos augurios para el arte durante la sucesión que se avecina. Con todo, por lo que a mí se refiere, la daría por buena siempre que ponga fin a las penurias de la población y, sobre todo, no se prolongue más allá de lo que marque el reloj biológico de la vieja guardia castrista. El arte bien puede esperar. Tan obsecuente y derechista soy.

Al margen de las reservas expresadas, no vacilaré un segundo en apoyar una protesta que, por más que me parezca tímida, mojigata y paradójica, bien podría ser el detonante de un debate político-ideológico de mayor calado. Mis respetos a Desiderio. ¡Felicitaciones! Por algo habían de empezar nuestros intelectuales. Al fin y al cabo, tal vez el minimalismo arroje mejores resultados en política, que lo soporta mejor, que en literatura, donde requiere arrobas de excelencia. Ojalá este desagradable suceso mediático sirva para que los intelectuales del patio despierten de su largo letargo de la Bella Durmiente, se armen de coraje, incluyan a los cubanos de a pie en sus justos reclamos y, empleándose a fondo por causas más generosas, acaben de empezar a jugar de una vez el papel que les corresponde en una Isla que se haya en la encrucijada más trascendental de su historia, pero a todas luces no sabe a dónde va. Ya era tiempo. Ahora sólo cabe esperar que no vuelvan a decepcionar.

Jorge A. Pomar

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