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Mensaje de Yasef Ananda
Yasef Ananda


Para empezar, debo decir que me asombra y admira la desacostumbrada ebullición pública de mis colegas -artistas e intelectuales- y la fecunda asamblea, lamentablemente virtual, cuya impronta ha llegado hasta el lejano Tokio, donde actualmente me encuentro, bajo permiso temporal de viaje emitido por la Unión de Artistas y Escritores de Cuba. Los más jóvenes, es decir, los que tenemos ahora alrededor de 30 años y trabajamos desde hace apenas una década en el “sector de la cultura”, hemos estado siempre seducidos a comprender, admirar y hasta seguir el ejemplo de la sabiduría “histórica” de los artistas e intelectuales cubanos maduros, sabiduría que siempre ha estado constituida por el recogimiento, el estoicismo callado y la convicción de que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista: los funcionarios mueren, pero el arte es inmortal. Una actitud, en cierto modo, inclinada hacia lo metafísico y contemplativo. Motivada, especulo, por una devoción superlativa hacia aquella máxima orientalista, de claro paralelo cristiano, que expresa: “¿si castigo con mal, el mal que me has hecho, donde está la diferencia entre tú y yo? y que, dicho sea de paso, intercala una advertencia-estribillo hacia sus colegas castigados: “defiéndete tú y déjame a mi, que yo me defiendo como pueda”. Y así, la lección se ha transmitido por décadas, hasta llegar a mi generación... y la verdad que funciona y resuelve cantidad, pero no funda. Es, como dijera el extinto limpiabotas de mi barrio sobre el dormir una siesta hasta entrada la noche, comida para hoy y hambre para mañana. Cuando evaluamos la influencia real de los intelectuales maduros dentro la sociedad cubana (no la influencia dentro del gremio, cuyas revistas publican osadas opiniones críticas, que jamás mi abuela ni mis vecinos “de a pie” han leído ni leerán, por tanto no pueden fundarse una actitud influida por esos textos ni desarrollar acciones reales consecuentes) la influencia podría calificarse de insuficiente o desaliñada. ¿De quién es la responsabilidad? ¿De las instituciones y funcionarios que niegan los espacios de confluencia social o del gremio que acepta esta negativa como una condición sine qua non y utilizando la “inteligencia representativa” se repliega hacia otras alternativas de resistencia ondeando “el derecho al pataleo del ahorcado” dentro y fuera de la Isla? ¿De quién es la responsabilidad? ¿De las instituciones y funcionarios o de los artistas-diputados (la elite), que desde su asiento en la Asamblea Nacional del Poder Popular, deberían ser legítimos defensores de los intereses de los artistas e intelectuales cubanos y de sus aspiraciones más auténticas favoreciendo el debate sobre los instrumentos jurídicos apropiados para asegurar el libre desenvolvimiento de los intelectuales en la sociedad real y evitar que los “excesos de entusiasmo” de los años 70 se repitan y nuestros derechos se respeten? ¿A ellos, a esa elite -incuestionable como la casa real japonesa- alguna vez se le ha cuestionado, públicamente y desde el gremio, su rol balbuciente en eventos difíciles como los fusilamientos más recientes, los encarcelamientos, la aprobación de las leyes mordazas, la calidad y orientación de la educación actual y la omisión de someter a revisión constitucional tantas barbaridades históricas y presentes, entre otros temas urgentes... o se ha optado por entender que ellos, es decir, nosotros en ellos representados, forman parte del status quo y por lo tanto, un artista-diputado deja de ser un artista o un intelectual cuando entra a la Asamblea Nacional para convertirse en una abstracción conceptual municipal o provincial que no arroja sombra propia y que resulta un pasatiempo democrático, como acceder a jugar el dominó cada domingo “unos minutos” para hacer feliz a tus compañeritos de la primaria? Considero que quienes leen estas líneas sabe de lo que estoy hablando. Ellos –que nos representan ante la Asamblea Nacional- y nosotros –los artistas e intelectuales- somos los principales responsables de que personajes como Pavón regresen triunfales a la pequeña pantalla, después del acoso y la ignominia perpetrados. Es nuestra desmemoria representativa que no toma cuerpo en acciones reales, que se satisface con una cuartilla pulcramente escrita o una botellita de ron para recordar viejos tiempos, afortunadamente superados (ya que al menos tenemos un parque que se llama John Lennon) reside nuestra debilidad para instrumentar – con todos los riesgos que conlleva la fundación de una actitud sostenida en el tiempo- un espacio de respeto dentro de la sociedad civil, donde el papel del intelectual no sea únicamente orientado hacia la misión del soldado que salvaguarda las conquistas de la Revolución. Debe y tiene que haber espacio para más.

El linaje del funcionario de línea dura, avalado por el Estado e investido de plenos poderes para la ejecución de criterios malsanos y políticas agresivas “por sus cojones”, dirigiendo sin el apoyo mayoritario, es un personaje típico en la historia reciente de nuestra isla como el taxista que nunca va para donde necesitamos o el corredor de permutas. De tan cotidiano se nos ha vuelto “familiar” e “inofensivo”. Grave error. Esto ha sucedido por más de 40 años en nuestro sistema social de nuevo tipo, donde este jefecillo ha pretendido actuar siempre a favor de la dictadura del proletariado, que no es otra cosa que la mano del Gobierno en el hombro del funcionario confiable (al cual después defenestra y acusa de antigubernamental, para asombro de los parroquianos afectados). Pavón no es el agua pasada de los años 70 que ahora viene a relucir en la tele como un diploma por su actitud destacada. Cada generación, posterior a Pavón, ha tenido que lidiar con sus “jefecillos cojonudos” que ella misma ha alimentado, y una vez en el poder han instrumentado la censura con el objetivo de eliminar la diferencia y las individualidades, acallar la crítica y aconsejar la adquisición de la “invisibilidad conveniente” para el pan ganar y, de paso, la bicicleta china cuya marca es Forever. También cada generación ha tenido que lidiar con los gendarmes que han puesto a estos jefecillos en esos cargos y que incluso los han mantenido, a pesar de las críticas y los “aldabonazos”. Esos que no se ven, pero están, también son responsables y deben ser denunciados junto con Pavón y otras caras visibles de la censura cultural. En los años 90 también mi generación los padeció en la Facultad de cine del ISA, gobernada por los “cojones” de Jesús Cabrera, que lógicamente es recordado por la audiencia nacional por su serial cuyo título no tiene comentario: “En silencio ha tenido que ser”... pero cabe recordar que Cabrera no es un ente aislado. Por encima de él, en orden de mando, estaban el Rector del ISA y el Ministro de Cultura. Porque todos estos “jefecillos cojonudos” tienen un modo común de operar: una oportunista frase de nuestro querido comandante en Jefe Fidel Castro en los labios y el cabo del revólver que se les sale por debajo de la guayabera. Cabe preguntarse ¿Quién le entregó ese revólver? ¿Quién se lo quita? Por años el antídoto contra la ignorancia, el desprecio y el maltrato hacia los artistas fue el estoicismo callado – una versión orgullosa de la cobardía tropical del que lee en francés y conoce el rito órfico- por parte del gremio, salvo contadas voces de rápida extinción y poca adhesión. Creo que este salpullido histórico nos viene bien a todos: a los que sufrieron al Pavón real, televisivo, y para quienes el concepto “Pavón” tiene otros nombres y otros rostros, igualmente aborrecibles. Incluso nos viene bien para sacar el espejito redentor y atisbar – más temprano que tarde- al Pavón que hay o puede haber latente detrás de nuestra sagrada convicción martiana: con todos y para el bien de todos, en los actos personales de cada día.

Y a estas alturas, me pregunto: ¿Por qué después de tantos años sigue la historia oficial favoreciendo a los “jefecillos cojonudos” en la televisión nacional y en otros medios? ¿Es acaso que no hay respeto por los intelectuales y artistas? ¿Es acaso que no temen de lo que somos capaces de hacer? ¿Es que nos tienen, como se decía en mi escuela secundaria “cogida la baja”? ¿O es que, en el fondo, somos –apelando al argot de la calle cuando se refieren a las mujeres que se les puede hacer cualquier cosa- “unos punticos ricos que no damos bateo”? La aparición de Pavón en televisión, considero que nos viene a despertar de la retórica, de la queja crónica y de la protesta erudita en revistas que nadie lee y en círculos signados por el “yo sé que tú sabes que yo sé” para clarificar actitudes precisas contra las esporas del pasado y los virus del presente, ampliando el radio de acción. Propongo:

1.Que los artistas e intelectuales que se adhieren a la protesta contra la reaparición de los censores culturales en la TV nacional, se abstengan de participar en programas de la radio y la televisión cubanas hasta que el ICRT no ofrezca unas disculpas formales, a través de sus medios, incluyendo el noticiero nacional de radio y el noticiero nacional de televisión, en su emisión estelar.

2.Que los artistas e intelectuales que se adhieren a la protesta contra la reaparición de los censores culturales en la TV nacional convoquen a los artistas-diputados para que, a través de ellos, se presente una queja formal contra el ICRT ante la Comisión que se encarga de la ética ciudadana en la Asamblea Nacional del Poder Popular.

3. Que los artistas e intelectuales que se adhieren a la protesta contra la reaparición de los censores culturales en la TV nacional convoquen a los artistas-diputados para que revisen las irregularidades constitucionales y arbitrariedades jurídicas que impiden el ejercicio democrático y pleno de las actividades del gremio en nuestra sociedad socialista y sus leyes vigentes.

4. Que los artistas e intelectuales que se adhieren a la protesta contra la reaparición de los censores culturales en la TV nacional establezcan una Comité para la memoria histórica, cuyo objetivo sea diversificar la historia oficial sobre “el quinquenio gris” y aportar pruebas sobre las arbitrariedades del período. Y que la información y los testimonios personales, una vez publicados, puedan ser de consulta pública.

5. Que los artistas e intelectuales afectados moralmente, psicológicamente o profesionalmente por la censura cultural que Pavón y otros censores se encargaron de liderar, presenten una acusación formal ante la justicia revolucionaria, solicitando se abra una causa en contra de ellos.

6. Que los artistas e intelectuales que se adhieren a la protesta contra la reaparición de los censores culturales en la TV nacional no dejen de hacer NUNCA el arte que consideren más comprometido con sus propias ideas.

P.D: Y personalmente y en buen cubano, propongo cagarnos en la madre de todos los pavones y pavoncitos.

Revolucionariamente,

Yasef Ananda.

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