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¡A comer del pavo nato!
Ricardo Riverón Rojas

¿dónde quieres que te ponga el plato?

Podría parecer que la política cultural cubana se juega la vida a partir de una tonta dicotomía. Esta es: la demonización crónica o la rehabilitación (pírrica y extemporánea) de tres figuras: Pavón, Serguera y Quesada. Y que toda la historia se resume en aquellos años; en el espacio capitalino; en aquellas personas... Podría parecer, pero se trata solamente de un espejismo perpetuo, de una deformación magnificada por la centralización de los protagonismos, desde siempre monopolizados por la lógica capitalina.

En La Habana, entre 1971 y 1976, se cometieron atrocidades, es cierto, pero no todo lo relacionado con el devenir de la cultura cubana tiene su epicentro en el período que conocemos como “pavonato”. Hay realidades otras, donde lo geográfico, lo no canónico, lo marginal y alternativo sugiere matices y lecturas diferentes a determinado período y determinados fenómenos. Y tal es el caso del que hoy nos ha (mal) ocupado.

Represalias, marginación, censura, atropellos de variado tipo conocieron algunos intelectuales habaneros durante el mandato de Luis Pavón Tamayo en el entonces Consejo Nacional de Cultura. Olvido, discriminación, minimización casi absoluta han recibido, y reciben aún, muchos intelectuales cubanos de valía residentes en provincia, o en el extranjero (en su mayoría escritores) durante el pre, el post y el “pavonato” en sí.

Y ya que de “pavonatos” hablamos, me acogeré al gracioso neologismo e intentaré definir, partiendo de su utilización, algunas diferencias de enfoque y de coyunturas que impiden una reacción uniforme a lo largo y estrecho de la Isla frente a la reciente resurrección, en la TV cubana, de los tres cadáveres culturales.

Las deformaciones estructurales del subdesarrollo, se sabe, generan hegemónicos estados de concentración de las ideas y los procesos en las capitales de los países. Los medios contribuyen decisivamente a ello. La cercanía física también hace lo suyo, en Cuba de manera más notable, dado el catastrófico estado del sistema de transporte público y el veto hotelero impuesto a los nacidos en la Isla. Ir de una provincia cubana a la capital es una odisea; hospedarse: la mayor de las utopías. Pongamos un solo ejemplo: el del poeta villaclareño Luis Manuel Pérez Boitel, ganador nada menos que del premio Casa de las Américas, a quien la prestigiosa institución no le facilitó transporte ni hospedaje para la premiación, ni para la posterior presentación del libro premiado, todo ello a la altura del 2002. Muy atrás había quedado el “pavonato”, pero ninguna voz autorizada se alzó para denunciar el atropello, salvo las de la provincia, claro, y esas ya son menos “autorizadas”.

Los territorios del interior se erigen cotos cerrados, de autovalidación pedestre, con escasísima participación en la puesta a punto de los estados de opinión “nacionales”. Los debates, desafueros y reparaciones del “pavonato” constituyen ejemplos concretos de esa marginalización: mientras en La Habana se quemaba a los herejes, en provincia asistíamos al nacimiento de un movimiento que, pavones más, pavones menos, se proponía remontar la prehistoria cultural heredada de la colonia y la república. Mientras en esa misma Habana se les reconstruía la piel, biotecnología institucional mediante, a los otrora quemados, en provincia y en el extranjero seguíamos sin significado en la suma de todos los imaginarios y nóminas posibles elaborados en el país.

Primero con Pavón, y luego sin Pavón (mejor todavía) nacieron y crecieron en provincia los talleres literarios, espacios discutibles, sí, pero también instancias de iniciación de la mayoría de los que, entre 1970 y 1990, han iluminado excelentes páginas para la literatura cubana, tanto en Cuba como en otros sitios del mundo. Los grandes elogios al post “pavonato” enumeran, con razón, el crecimiento de espacios institucionales para la promoción como una de sus mejores cartas de triunfo. Y aunque estoy muy lejos de elogiar lo ocurrido en los setenta, donde de alguna manera, siendo estudiante, sufrí lo mío, aquel fue también un momento de inauguración de espacios institucionales: los talleres literarios uno de ellos. ¿Resultaría lógico que los escritores de provincia elogiáramos entonces al “pavonato” basándonos en el crecimiento (más bien nacimiento) institucional? La respuesta pecaría de obvia.

En provincias estábamos atrás (¡qué vergüenza!): no tuvimos nunca un Heberto Padilla, un Antón Arrufat, un Virgilio Piñera o un José Lezama Lima. Teníamos talleres literarios. ¡Mira tú qué cosa! Tuvimos también y seguimos teniendo, eso sí, la brumosa cualidad de no existir. Los avisos están colocados desde entonces en todas las carreteras, pero es mejor no verlos. Los que tanto sufrieron con Pavón, gozan con Abel y gozaron con Hart de suficientes reivindicaciones. El “hartato” y el “abelato” fueron y siguen siendo pródigos en repellar con mieses los desconchados en la pared. Tanto los afectados como sus discípulos usufructúan los beneficios de la terapia perpetua. Las delegaciones oficiales al exterior y al interior (repasemos la comitiva de Abel que recorre el país durante las ferias del libro), los espacios editoriales, los premios, la presencia en los medios, se conforman y abren con más presteza para los investidos con la autoridad que confiere ser un “pavóntronado” o adjunto; casi nunca (no quiero ser absoluto) para un provinciano o residente en el exterior. La Habana es el país. La provincia, casi tanto como el extranjero (y este también) un exilio, aunque se proclame lo contrario.

¿Qué hay que condenar el intento de “reparación” de esos tristes tigres? Bien: se condena. Pero condenemos también las otras injusticias y las más numerosas omisiones, la concentración exclusivista del “poder literario” en aquellos que posean el salvoconducto emitido por el autor del El tiempo y sus banderas desplegadas. Otra cosa: no seamos ingenuos: la TV y los medios en general nunca salieron del “pavonato”. Por algo no se subordinan al Ministerio de Cultura, sino al PCC. Por algo se han mantenido con tanta devoción en los estrechos linderos de la apología infinita, sin espacios para el debate y la crítica.

Con Hart y sobre todo con Abel en el Ministerio de Cultura se ampliaron, es cierto, los espacios (sin rebasar el cerrado coto gremial), y no solo en lo físico, sino también en la relativa flexibilidad para los debates, pero el edificio devastado por Pavón no es el único que debe ser reparado, precisamente porque no es el único devastado. La mala utilización de los espacios abiertos, o su utilización tendenciosa, capillista y a veces negligente necesita nuevos y más justos puntales. La vista gorda para casi todo lo que queda fuera de los límites de la “aristocracia” marcada a hierro candente por el “pavonato”, o de los límites capitalinos (y del país) requiere dinamita para su demolición. El debate, definitivamente abierto, a las problemáticas de la nación toda, vistas desde la cultura y sin sospechas ni suspicacias en torno a los polemistas, reclama pico y pala para enterrar el cadáver del quinquenio gris. Mientras ese molesto cadáver nos acompañe, la inviable recompostura de Pavón y de otros en el quirófano de la TV nacional, generará alarma, revolverá el charco donde seguirán pescando los mismos pescadores de entonces y después. Y al mundo entero le seguirá pareciendo, injustamente, que la cultura cubana se juega la vida en torno a una tonta dicotomía que al final resulta patética. Hasta ahí podíamos llegar, ¿no les parece?

Ricardo Riverón Rojas

Madrid, 15 de enero de 2007

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