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Mensaje de Leonardo Padura
Leonardo Padura


Colegas, ¿quién dice que las casualidades no existen? Ahora hace solo unos minutos, casualmente, en el programa "Mediodía en TV", entrevistaron a la directora del programa "Impronta", nominada a varios premios en el festival de la televisión, y se habló -no cito textual, pero si verdaderamente- de la profundidad y calidad de sus trabajos, que tanto enseñan a los televidentes. ¡Qué casualidad!, ¿verdad?

La respuesta de la TV cubana a la polémica desatada y a la indignación de tanta gente, me parece diáfana.

Mi solidaridad, como saben, y mis afectos,

Padura

LA MEMORIA Y EL OLVIDO - (Cult. y Soc.01/07)

Por Leonardo Padura Fuentes

El arte y la sociedad cubana en el centro de un debate

El mes de enero de 2007 va a ser recordado, en Cuba, por las temperaturas casi veraniegas que han recorrido sus días. Pero, más que por estos efectos térmicos del amenazador cambio climático, pienso que tendrá que ser recordado, necesaria y diría que obligatoriamente, por la eclosión de una candente polémica a la que, a través los de canales alternativos del correo electrónico, se han lanzado los intelectuales cubanos con una indignación, furia y capacidad de respuesta dignas de los acontecimientos que generaron el debate y, sobre todo, con el dolor lacerante provocado por la manipulación de una herida física y espiritual mal cosida y, por tanto, nunca cerrada del todo.

Aunque pienso que todos los verdaderamente interesados en la vida política y cultural cubana tienen una noción más o menos aproximada de lo ocurrido, el deficiente manejo informativo del tema (como otras veces) todavía obliga a un breve pero necesario recuento de los orígenes y emanaciones de un debate que, a mi juicio, no atañe sólo a los creadores, sino a la sociedad cubana en su conjunto.

Cuando en los primeros días del mes el programa televisivo Impronta, dedicado a resaltar a personalidades cuya labor haya dejado precisamente una impronta en la vida pública y cultural cubana, trajo a su espacio al poeta Luis Pavón Tamayo, un terremoto de indignación y dolor recorrió la conciencia y la memoria de los creadores cubanos que, directa e indirectamente, durante muchos años, tuvieron que pagar en sus espíritus y sus obras las agresiones más disímiles y humillantes de la intolerancia, la represión, la censura (y su hija natural, la castrante autocensura), la sospecha y el miedo. En realidad, el aséptico rescate de Pavón Tamayo, de cuya actuación como feroz instrumentador de una política represiva desde las oficinas del Consejo Nacional de Cultura, en la primera mitad de la década del setenta del siglo pasado, nada se decía en los minutos de Impronta, fue la gota que colmó una extraña y sospechosa (llevamos la condición de la sospecha metida en el tuétano) tendencia a resucitar en diversos programas televisivos y siempre desde perspectivas amables, a personajes protagónicos del lado más tétrico de la política cultural cubana de las últimas décadas, como fue el caso de Armando Quesada (azote del mundo teatral cubano en los inicios de los setenta, invitado al espacio televisivo Diálogo abierto), y Jorge Serguera (drástico presidente de la televisión nacional, entrevistado en el programa La diferencia).

La reacción explosiva e inmediata de varios escritores y artistas, que vehemente y espontáneamente expresaban su indignación y pedían a las instancias de dirección cultural del país una explicación por tan inesperadas y reiteradas resurrecciones de aquellos censores-represores, se convirtió en la clásica bola de nieve que comenzó a rodar, agregando adhesiones, sumando historias de víctimas, pidiendo la aclaración de tan «casuales» rescates y, lo que es más importante, volviendo a poner sobre el tapete los efectos que, en su momento y por muchos años, tuvo y tendría para el quehacer artístico cubano la política aplicada por aquellos personajes desde sus sitiales de poder.

La apasionada discusión de los intelectuales se mantuvo por varios días en los canales de Internet, pero sin reflejo alguno en los medios oficiales del país, hasta que el pasado 18 de enero el Secretariado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba hizo pública una declaración, recogida por el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, en la que, desde el inicio, se afirma compartir, por parte de esta institución, «la justa indignación de un grupo de nuestros más importantes escritores y artistas como consecuencia de recientes emisiones de tres programas de la Televisión Cubana: Diálogo abierto, La diferencia y en particular Impronta», y en la que se añadía que «La preocupación fundamental de los compañeros […] consistía en que los mencionados programas pudieran responder a una intencionalidad y expresar una tendencia ajena a la política cultural que ha garantizado y garantiza nuestra unidad. Fue de la mayor importancia contar desde el primer momento con el más absoluto respaldo de la dirección del Partido».

Aunque para quienes no estuvieran al tanto de las interioridades del debate (la mayoría de los habitantes de la isla, vale decir), la solitaria declaración apenas les decía que había ocurrido algo de lo que no tenían noticias ni antecedentes, para los enterados, aun cuando no estuviéramos del todo satisfechos con el tono y el alcance del documento de la UNEAC, se hacía evidente que quedaba recogido en él una cuestión esencial: el silencio y la indolencia ya no son posibles, porque la memoria herida no admite nuevas manipulaciones.

Lo expresado por los creadores cubanos en las últimas semanas ha servido para poner de relieve errores de la política cultural del país que nunca fueron debatidos ni superados por la vía del examen crítico, sino apenas por la rectificación silenciosa, olvidadiza, que hizo posible a muchos de los que sufrieron el rigor de las llamadas «parametraciones» y otros métodos represivos que los marginaron durante largos años, una lenta rehabilitación en la vida pública y cultural del país que les permitiría, a muchos de ellos, detentar incluso importantes y más que merecidos premios honoríficos por su valiosa labor de toda una vida. Sin embargo, la huella que aquellas políticas grabaron en los años finales de la vida de intelectuales como José Lezama Lima y Virgilio Piñera, muertos en la segunda mitad de la década del setenta sin volver a ver sus libros editados, sin volver a ser entrevistados y casi ni mencionados (muertos civiles los ha llamado Antón Arrufat), resulta más difícil de reparar, aun cuando desde hace varios años escritores como ellos se han convertido en objeto de culto y su real «impronta» en la cultura cubana reconocida una y otra vez.

Mientras se desarrollaba la parte más álgida e indignada del debate electrónico, estuve tentado varias veces a dar mi punto de vista, pero me detuvo la certeza de que poco podría agregar a lo que ya habían dicho otros colegas y, sobre todo, el hecho de que mis opiniones sobre la infamia de aquellos años están suficientemente expresadas, creo que con toda claridad, en casi todas mis novelas, en especial Máscaras y La novela de mi vida y en varios trabajos críticos y en muchas entrevistas.

Sin embargo, a lo largo de todos estos días y mientras las opiniones incluso de personalidades no vinculadas directamente al mundo del arte se van acumulando en mi buzón de entrada, no ha dejado de rondarme una preocupación que por muchos años me ha acompañado: la pérdida de la memoria y la manipulación del olvido a que nos compulsan quienes sólo aspiran a recordar cifras, datos y momentos favorables a sus posiciones.

El intempestivo e inesperado resurgir de figuras al parecer sepultadas, ejecutores de políticas que no se pueden encasillar en los márgenes de un pasado todavía no resuelto, y ahora presentados al gran público sin los adjetivos que su actuación merecía y merece, resulta cuando menos una manera tendenciosa (no puedo hablar de intencionalidad, pues mi conocimiento de los intríngulis de esos rescates no me lo permite) de pasar por encima del pasado y de reescribir una historia proponiendo un olvido inadmisible.

En ocasiones, a los cubanos se nos ha acusado de poseer muy poca memoria y, con casos como el de estos personajes, todo parece indicar que hay quienes así lo piensan. La reacción inmediata y furibunda de los intelectuales, en cambio, indica lo contrario. La «impronta» de la coacción de libertades artísticas e individuales ejecutadas durante aquellos años que, con benevolencia, Ambrosio Fornet llamó el «quinquenio gris» (en realidad fue más que un quinquenio y su color mucho más oscuro), la censura de lo que hoy nos parecería ridículo, la marginación de artistas y estudiantes por sus creencias religiosas o sus preferencias sexuales son procesos y traumas que nos acompañan hasta hoy. Es más, la sospecha que cubría como un manto cada acción u opinión no sustentada por la más férrea ortodoxia, el dogmatismo exacerbado con que se enjuiciaban las más diversas actitudes y la facilidad con que se nos acusaba de tener «problemas ideológicos», y el consiguiente temor a ser reprimidos y expulsados de centros de trabajo o estudio por causas que la vida superó, felizmente, no pueden ser pasto del olvido, pues son heridas que muchos hemos recibido. La banalización de diversas manifestaciones de la creación cultural, la marginación de los artistas cubanos del quehacer internacional «capitalista», la insistencia en sovietizar y adoctrinar la creación fueron procesos que lastraron obras, vidas y la esencia misma de la cultura cubana.

La memoria de la intelectualidad cubana y, más aún, la memoria colectiva del país en que vivimos necesitan de una revisión (ahora no importa si tardía, siempre y cuando sea profunda) de los lastres y desmanes de aquel pasado, como única alternativa para preservar en un futuro los espacios de reflexión, crítica, opinión, comunicación y creación ganados en el presente por los creadores e intelectuales cubanos.

La creación del Ministerio de Cultura, en 1976, marcó ciertamente un punto de giro en la aplicación de las políticas culturales en el país. Desde aquel momento comenzó una lenta recuperación de una vida artística todavía lacerada por el dogmatismo y el oportunismo. La década del ochenta fue testigo de una enconada lucha por ganar espacios, por validar la posibilidad de un arte crítico, por recuperar nombres y obras sepultadas en el decenio anterior. Durante los durísimos años de la década del noventa, entre las miserias materiales más agobiantes, el arte cubano creció, se fortaleció, volvió a ocupar espacios en el complejo universo del mercado internacional y se estableció, pienso que definitivamente, la posibilidad de hacer una obra crítica, interrogadora, incisiva desde dentro de las fronteras de la isla. Esta ganancia ha sido de una importancia y trascendencia tal que hoy esos son los signos que caracterizan mejor a la creación artística cubana y la que explica la misma actitud de los intelectuales que viven en Cuba de no admitir en silencio lo que muchos consideran una verdadera provocación a la memoria y a la realidad actual del arte cubano. El consenso en torno a una posición de principios es la marca de los tiempos que corren y constituye la muestra de un espacio ganado para la reflexión, la crítica e incluso la indignación.

Afortunadamente, la bola de nieve que se ha desprendido desde cuatro, cinco e-mails, entre asombrados e indignados, está comenzando a colocar a la memoria en su sitio y salvará del olvido las infamias de un pasado urgido de una definitiva solución. La Declaración del Secretariado de la UNEAC no parece ser el fin del debate, como tal vez pensaron algunos, sino más bien una incitación a sostenerlo. Por lo pronto, los mensajes siguen surcando los caminos de la red y en espacios públicos se llevan a discusión los procesos de aquellos años y sus consecuencias en la creación artística, en la educación, en la conciencia cubanas. La polémica sobre la libertad de creación en la isla y el derecho del artista a trabajar según sus necesidades y preferencias se ha desatado, la valoración crítica de los errores cometidos en la aplicación política cultural socialista está sobre la mesa, la salud de nuestra memoria y nuestra sociedad misma está siendo analizada y, justamente, rescatada. Más que al final, confío en que estemos al principio de un proceso de examen necesario para el arte y la sociedad cubanas, tan necesitados de diálogos abiertos, verdaderamente abiertos, inclusivos e incisivos, con todos y para el bien de todos.

Leonardo Padura

Mantilla, 22 de enero de 2007

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