
Queridos compañeros, entrañables compañeras.
Quienes ahora nos alertan, memorizan sobre la vida y obra de Papito, Pavón y Quesada, en lugar de escarnecerlos como esbirros, o manejarlos en tanto que modélicos chivos expiatorios de un período gris de nuestra historia, debieran levantarles un monumento, en lo más alto, cimero.
Porque quienes descargan hoy contra ellos, en nombre de nuestra pureza ética que, no olvidarlo, es también onírica, también épica, si alguna gloria tienen, la que dicen cabe en un grano de arena, se la deben a ellos.
Ni el más fiel esforzado combatiente ni el adversario más feroz han contribuido tan exacta desproporcionadamente a mi creación que Papito, Pavón y Quesada quienes, con su denodada impronta, me convirtieron en la más perfectiva construcción histórica del pueblo.
Soy el más exacto resultado de este ya desmedido proceso dialéctico de medio siglo. Y cuando digo “dialéctico”, me refiero a la praxis derivada de la contradicción, la lucha de contrarios, antagónicos o no, aunque preferiblemente de los primeros, los conservadores más drásticos, porque con su derrota hacen irreversibles los procesos evolutivos, históricos, creando la conciencia colectiva que los barre de los tiempos futuros, a no ser como ejemplos negativos, irrepetibles, aunque irreversibles.
De esta calaña son, sin dudas, Papito, Pavón y Quesada. Pero también de los que infunden una memoria del terrorismo institucionalizando, a nivel de estado, la desconfianza (mutua y auto), la paranoia, el temor del Otro (que puedo ser yo mismo, mi conciencia torturada), el que no es (en tanto que ser ontológico, está bien, pero fundamentalmente ideológico) igual que yo, mi semejante. El miedo a la otredad (Pepe Grillo guiándote por el buen camino) no se despertó o desató con/por el trabajo sucio (escondido, secreto, clandestino) de Papito, Pavón y Quesada, que más allá y más acá de su “quinquenio gris” se extiende, se extendió y –si es que no hacemos algo hoy- se extenderá, como amenazaron con toda conciencia y capacidad alusiva, poética, digamos, desde la “pantalla chica”, los administradores de nuestro poder.
Sí, paranoia “quinqueniogrisista a parte”, da miedo ver que, cuando tenían tanta tierra echada encima lograron (di)simulárnoslos en la tumba, donde algunos llegamos a creer yacían inermes, especimenes que parecían (deseábamos) extintos, emergen desde el oscuro silencio del olvido, al emerger del fondo de la pantalla chica (es decir de la banalidad, la nada o de La Diferencia, que es su cumbre), en ejemplar demostración de constancia mediática, Papito, Pavón y Quesada han cumplido con la causa a la que un día juraron dedicar, supeditar la vida por, a todo costo, reprimiéndolos, exaltar valores, contrastándolos, excluyéndolos. La omisión no funciona, ni aun con ellos.
Quienes los vieron en la TV, comentan que, simple vista, y a no dudarlo, agrego, no parecían arrepentidos; incluso uno de ellos dijo que nada torturaba su conciencia. Ninguna muestra dieron de revisar sus malos pasos, quienes desde sus denodadas trincheras de ideas equivocadas, intolerancia y errores premeditados, algunos alevosos o fríamente calculados (bajo gélidas laguers, en el Patio de la Catedral, según me cuentan) trabajando hasta altas horas extras, con deleite de orfebre, ellos me dieron el toque magistral, el acabado.
No es paradójico decir que con sus desmanes Papito, Pavón y Quesada terminaron de delinear al menos mis contornos, extrayéndome de la utopía de entonces, hasta lograr lo ahora soy, o somos. En su afán de, para lograr renovaciones impensable, en un proceso de alcanzar el alto sueño de un ser humano diferente, solidario, utilizando el método de estandarizar la sociedad, la contrastaron tanto que se me opusieron, al menos como paradigma, tratando de institucionalizar en lugar del hombre hasta entonces sacrificado, trabajador, consciente de su rol revolucionario, que era yo al obediente a ciegas, el que además de darlo todo por un ideal acepta como buenas violaciones constitucionales, enajenaciones del derecho humano y la instauración de dogmas y prejuicios, las más diversas exclusiones como comportamientos sociales racionales, honorables, válidos.
De manera que yo, el hombre nuevo aquel idealizado, monótono, intangible, tras pasar por los filtros de los no escasos papitos, pavones y quesadas, generalizados en cada esfera social del “quinquenio gris”, me he materializado en los jóvenes y adultos de hoy: escritores de mérito (lo mismo gay o enteros, ya da igual), oscuros músicos de atril, o brillantes de acuérdate de abril, danzarines modernos o no tanto, boleristas morunos o soneros montunos medio millos o millos completos, saltimbanquis borrachos o borrosos, pasmaos o con baro, peladitos con rayas al lado, melenudos en talla, cocolisos con sallas, rastras canallas, acróbatas con sello, diletantes con premios, operarios portuarios, iniciados en ocha, cristianos protestantes, saliditos del plato, saladitos sin plato, plomeros, albañiles, zapateros por cuenta (propia o “izquierdista”), pintores de barquitos, escapados en balsa, panaderos sin grasa, desertores de salsa, los de lluvias de tejas o aunque sepas que después te irás, repentistas de palmas y de cañas desesperadas, exmiembros de los cañas, los dimos y quitamos puestos, los choros del camello, los travestís de Reina y otros artistas, porque todos lo somos, tenemos que hacer arte o artistaje en ciertas circunstancias llamadas “especiales”, que durante aquel “quinquenio gris” -que no se extingue, como los buenos fuegos provocados- se convirtieron en sus víctimas propiciatorias u opositores sistemáticos, muchos de ellos igualmente tronados y no reivindicados…
En fin que, al nivel vertical de nuestra sociedad, todos le deben, le debemos lo que somos al “quinquenio gris”, cuando en virtud de leyes como las de la vagancia, los centros de trabajo se convirtieron en lugar de centros de producción material, objetiva en beneficio del pueblo, en centros de producción metatrancosa, subjetiva, abstracta, de rehabilitación.
Sí, nosotros, los hombres nuevos o reparados de hoy, que aplicamos a todo el doble rasero que debemos a los Papitos, Pavones, Quesadas y compañía (no trabajaban solos, claro, habían secuaces y hasta testaferros, por no decir sicarios), toda la dignidad que ahora proclaman, proclamamos, proclamo desde los emails que intercambiamos, con no poca esperanza de victoria, por lo cual deberíamos, en vez de escarnecerlos (manera inquisitoria de decir “despellejarlos”) o ponerlos nuevamente en la picota pública o echarles tanta tierra que (a)parezcan muertos, demostrarles nuestro más profundo rencorocimiento, y levantarles en lo más alto del Turquino, del Habana Libre, un inolvidable monumento al tedio, con entrada por turno y por parejas heterosexuales, claro, como Dios mandaba en los 70, pero pagando el fuerte covert en CUC, igual que ahora, en los 2 miles estos, como igualmente Dios ha convenido que paguemos todos.
Reciban un saludo sincero de
el hombre nuevo