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Mensaje de Emilio Hernández Valdés
Emilio Hernández Valdés


Estimado Desiderio

Desde el mensaje inicial de Jorge Ángel he seguido con interés, asombro e indignación crecientes la escalada de inhumaciones de figuras que no fueron, como ya se ha dicho por muchos, más que ejecutores complacientes, y hasta regocijados, de una política que tantas desgarraduras y pérdidas dejó no sólo en la esfera de la cultura, la educación y hasta el deporte, porque allí también se sintió, aunque quizás en menor medida, al igual en el resto de los sectores de la vida nacional.

Como no me pareció procedente en un inicio pronunciarme, para no dar pie a que se pensara que mis heridas aún sangran, ni caer en quejas y lamentaciones personales por lo pasado, consideré mejor dejar que otros que pueden enrumbar mejor la protesta en su esencia se manifestaran para que la profusión del bosque que ha crecido tanto no impidiera ver los árboles.

Todo sigue demostrando que ni hubo casualidad, ni ingenuidad y mucho menos descrontrol o desconocimiento en todo esto. No se trata más que una prueba de fuerza y quizás un desboque anticipado y sin control de quienes piensan llegado su momento para salir nuevamente de sus baluartes para imponer sus criterios, sus estilos y sus desmanes. Lamentablemente han escogido un mal momento, pero fueron ellos los de la elección y ante esto resulta inaceptable la postergación sempiterna. Pero, en mi opinión, su análisis de las circunstancias, del contexto, ha sido pésimo: "Si antes no fueron capaces de hacer nada, se la dejaron "pasar" sin hace nada porque fueron y son unos pendejos", se equivocaron, porque «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos», ni el país, ni las nuevas generaciones tampoco.

No se trata de ajustar cuentas, ni de pedir cabezas, ni de tomas de la Bastilla. Es simplemente que la nación es de todos, incluso de muchos que ya no están porque los hicieron irse, "los pusimos en la escalerilla del avión", como dijo una entrevistada en aquella serie que se hizo por un aniversario de la TV, titulada Con el último aliento, si mal no recuerdo. Y si de aviones se trata, me viene a la mente el triste recuerdo de una noche en Rancho Boyeros en la que por pura casualidad pude ver el rostro de miedo y angustia de Ivette Hernández, la pianista, desesperada porque saliera el vuelo en que viajaría a Praga con su hijo y esposo, por cierto un ex embajador nuestro en ese país, porque era una de las víctimas con las que se había ensañado Quesada. No quiero ver más una expresión así; o para no salir del territorio de Boyeros, tampoco quiero ver sentada en su portal de Fontanar, ausente, ida del mundo, a otra artista como Carucha Camejo, que casi perdió la razón. Conste que no eran mis amigas, ni siquiera conocidas.

Por eso, es un deber cívico, como apuntó Colina, plantear la necesidad de abordar este y otros problemas, porque este proyecto es nuestro y nadie tiene el derecho de excluirnos por una supuesta falta de ortodoxia o ideas diferentes. Hace poco leí con estupor en la primera página de Granma la declaración de un alto funcionario de la Academia de Ciencias que recomendaba, literalmente que "debemos volver al pensamiento único". Como se ve, el problema no se circunscribe a la cultura, la literatura, la TV, también la Academia está amenazada. Es la vida nacional. Por eso hoy no podemos aceptar, como en los 60-70, cuando casi todos veíamos con temor o indiferencia, las desgracias ajenas y callamos, a expensas de que un día nos tocara. Y aquí me quedo.

Emilio Hernández Valdés

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