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Pavón, Serguera o la política cultural revolucionaria


Yoani Sánchez


Las únicas víctimas del pavonato no fueron los escritores, poetas y críticos que vieron frustrada su creación, tachado un párrafo o prohibido un libro, sino también todos aquellos que debíamos haber consumido y bebido del cauce natural de la cultura cubana; pero que tuvimos al final un producto parametrado y esquemático, con el cual apenas si nos identificamos. Los que debimos crecer aprendiendo en las escuelas textos de Virgilio, de Cabrera Infante y de Gastón Baquero, vimos reducido el espectro a los incuestionables nombres de la cultura decimonónica y a los textos del intachable Manuel Cofiño, cuyos cuentos y novelas no resultaban incómodos para los censores.

Me pregunto que sería ahora de nosotros si además del verso –repetido hasta el cansancio- de “tengo lo que tenía que tener” hubiéramos contado con el grito desgarrado de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Quizás seríamos más tolerantes, aceptaríamos mejor la diferencia; pues toda mutilación y censura termina por conformar en el receptor una mentalidad plana y en una sola dimensión, que se asusta cuando descubre todo lo que se le ha ocultado o negado. Varias generaciones formadas y nutridas con la rigurosa selección de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, terminaron por considerar la producción artística como propiedad de otros, a quienes se les otorgó el derecho de decantar y filtrar lo que posteriormente íbamos a conocer. Ese es quizás (parafraseando a Dagoberto Valdés) uno de los daños antropológicos más importantes causados por la censura revolucionaria.

Para los iniciadores de esta polémica resulta fácil señalar y nombrar a los causantes de muchos de sus males, pero no podemos hacer lo mismo los millones de cubanos que carecimos, sin siquiera saber que había algo más, de lo que nos correspondía por el sólo hecho de haber nacido en esta tierra rica en talentos artísticos y literarios. Para mis contemporáneos, nombres como Pavón, Serguera o Quesada, sólo son crípticas referencias entre académicos, pues para nosotros la sombra de la parametración y las tijeras del quinquenio gris, no tenían un nombre en específico, sino que se identificaban con la política cultural de la Revolución. A veces la inocencia puede ser sabia.

Esa misma política cultural inundó nuestras mentes infantiles con dibujos animados soviéticos que devorábamos sin saber exactamente qué era una estepa, un álamo o un zorro. Privilegió la obra de Guillén sobre la de Eliseo Diego; hizo que Martí nos pareciera –a fuerza de descontextualizarlo y manipularlo- una figura aburrida. En la pretensión de hacernos el pueblo más culto del mundo, nos atragantaron de conocimientos, pero no nos enseñaron a debatir, a reflexionar ni a escuchar al otro. Repetimos y calcamos el estilo de los discursos políticos y convertimos al arte y a la cultura en un “arma de lucha”.

Algunos responsables de esta política ya fueron levantados de sus sillas, pero los cargos que ellos ocupaban no han sido removidos de la estructura. Cuál otro Pavón o qué nuevo Papito Serguera acechan detrás de la actual producción literaria y televisiva cubana. Cuál de sus, ya permanentes, tentáculos determinan que el Noticiero Nacional de Televisión sea la burda caricatura del “todo está bien adentro y todo mal afuera”. Cómo es posible que todavía hoy, los pocos espacios de reflexión y debate de la pequeña pantalla se reduzcan a la simplicidad de si es mejor el regetón o la trova, o si la moda es una banalidad o una necesidad. Con tantas cosas por debatir, es frustrante que se dedique cada día una hora y media a ese sordo soliloquio que se llama la Mesa Redonda, donde los participantes se desgañitan queriendo parecer cada uno más revolucionario que el otro. Es lamentable el constante mirar la paja en el ojo del vecino del norte, mientras la viga del nuestro nos crucifica o aplasta.

Si el quinquenio gris ya pasó, por qué no nos reunimos para llorar la muerte de Cabrera Infante y hacer la autocrítica de la atrocidad que lo llevó al exilio y lo empujó a su “Mea Cuba”. Qué nuevo Pavón prohíbe que las novelas de Zoe Valdés se vendan dentro de Cuba, para que nosotros podamos valorar su verdadero peso artístico y no tengamos que esperar que el Ministro de Cultura las descarte en nuestro nombre. La larga sombra del pavonato nos quita todavía el disfrute de las novelas de Jesús Díaz, cubano hasta los tuétanos, sólo porque algunos han confundido cultura con Revolución y en ese entuerto han terminado por parametrar no sólo al arte, sino a todos los cubanos en categorías esquemáticas como “revolucionario”, “gusano”, “marioneta del imperialismo” y otras tantas burradas, como si nosotros no fuéramos, al igual que nuestra cultura, un múltiple, extenso y variopinto caudal.

Resulta significativo que todo este debate se haya desarrollado, precisamente, por correo electrónico, pues - sin ser esa la intención- es una manera de excluirlo y aislarlo del gran público, que no tiene la dicha de contar con una dirección electrónica “.cult.cu” y es incapaz de pagar los prohibitivos precios del acceso a Internet. Si la vía de los “emilios” es el escalón más elevado con que cuenten los intelectuales cubanos para realizar una polémica, eso demuestra que los otros medios les están vedados. Cómo pueden ser ellos la conciencia crítica de una nación si apenas pueden hacer llegar sus opiniones a quienes la conforman.

Si la intolerancia y el desenfreno que movieron al ex fiscal, director del ICRT, ya son polvo sobre polvo, quiénes entonces condenaron al periodista Adolfo Fernández Saínz a 15 años de cárcel, por escribir lo que pensaba. Si el pavonato ya pasó y lo de Serguera es un mal recuerdo, por qué nadie nos regala en la radio nacional la cálida voz de Celia Cruz, para que nos sacuda con aquello de “sin permiso no se puede cortar”, como tampoco se puede podar y cercenar el espontáneo brote de nuestra cultura. Quiénes aupan y mantienen el cerco a los que editan desde dentro de Cuba la revista digital Consenso. Cuál discípulo de Pavón y Serguera, está detrás de la expulsión de Antonio José Ponte de la UNEAC, detrás de los comisarios que manosean y descartan ciertos libros en cada editorial, de los profesores universitarios que blanden su autoridad para aplastar los criterios “peligrosos” que surgen entre sus alumnos, de los dirigentes políticos que sugieren entre sus subordinados que hay que “salirle al paso” a los que piensen diferente.

Aprovechemos esta oportunidad que se nos abre para debatir sobre temas que no son exclusivos ni de los intelectuales, ni de los cubanos radicados en la isla y mucho menos de los revolucionarios. El debate debe incluir a todos los sectores de nuestra sociedad, debe dar espacio a las críticas, a las catarsis colectivas y privadas que han aguardado tanto tiempo. Debe valorar y criticar no sólo las estructuras culturales sino también las de orden político y gubernamental, pasando por el tan debilitado entramado cívico. Hay que sumar a esta polémica a los verdaderos propietarios de la cultura, a los que agobiados por los problemas del cada día y desengañados por no verlos reflejados en los medios, han optado por enajenarse de la producción cultural cubana. Detener este debate tan necesario sería censurar como Pavón; es volver a prohibir como Serguera y parametrar como Quesada.

Basta ya, de separarnos, enfrentarnos y predisponernos los unos contra los otros. Ustedes, que comenzaron la polémica, nos deben a mí -y a los jóvenes como yo- el no dejar que nos cercenen nuestra cultura, nosotros, a su vez, se lo debemos a nuestros hijos. Ese es el único “parámetro” que no podemos incumplir.

Yoani Sánchez

Mensaje de Yoani Sánchez a Orlando Hernández

Orlando:

Me da la impresion (disculpa, pero el teclado no pone los acentos) que esta idea de regular la entrada al coloquio por invitaciones que se le entregaran a "la UNEAC, la AHS, la UNHIC y la UPEC; los profesores y estudiantes del ISA, las Escuelas de Arte y las Facultades de Artes y Letras y Comunicación Social de la UH; los investigadores del Consejo de Ciencias Sociales del CITMA y del Centro Martin Luther King, así como los especialistas y cuadros del ICRT y de las instituciones del Ministerio de Cultura" no es mas que una estrategia para dejar fuera del posible debate, a una gran mayoria de personas que no estan afiliadas a estas instituciones, o que estando afiliados saben de antemano que hasta ellos no "llegaran" las invitaciones.

Un saludo

Yoani

Otro mensaje de Yoani Sánchez

Hola a todos:

Han pasado ya un par de semanas desde la Conferencia en la Casa de las Américas y a pesar de haber escrito estas notas al día siguiente, me he debatido en enviarlas o no, siempre con el argumento del extrañamiento que poco a poco me va produciendo todo esto. Al final he decidido hacerlo, porque este silencio cómplice me asusta.

Un saludo

Yoani Sánchez

La Habana, 15 de Febrero de 2007

Desde afuera

Pequeña crónica de lo que aconteció el 30 de enero afuera de la Casa de las Américas

Pertenezco al grupo de personas que el martes 30 de enero de 2007, esperamos durante más de cinco horas, con la intención de acceder al debate que bajo el título de El quinquenio gris, revisitando el término se realizó en la Casa de las Américas. Una muralla de custodios, burócratas y personal de la propia Casa nos lo impidió. Los argumentos, más de lo mismo: "sólo por invitación"; "la sala ya está llena"; "problemas arquitectónicos que no permiten demasiado público"(argumento este que se desarticuló cuando comenzaron a marcharse algunas personas invitadas, pero en su lugar no se dejó entrar a otras). El propio Fernando Rojas, confesó, no poder hacer nada ante la orientación que le habían dado de no dejar pasar a quienes no aparecieran en las meticulosas listas de la entrada.

Así que junto a nosotros desfiló una buena parte de la intelectualidad de esta nación. La mayoría parecía no querer percatarse del cerrado filtro que funcionaba en la entrada, que los asimilaba a ellos y nos excluía a nosotros. Otros se mostraron solidarios y se cuestionaron el por qué de tanta exclusividad, fueron los menos, pero su apoyo fue suficiente. Incluso hubo algunos que con la invitación en la mano, prefirieron no entrar, al ver tanta "cerrazón".

Los excluidos (sintomáticamente los más jóvenes) discutimos, inútilmente, con "el personal" de la puerta; pedimos explicaciones; gritamos una rima pegajosa, que decía "!Desiderio, Desiderio, oye mi criterio!" (seguramente no se escuchó en la protegida sala Che Guevara), recogimos nuestras firmas y finalmente esperamos, los que pudimos soportar el intenso viento de G y Malecón, hasta que todo terminó.

Nuestra presencia allá afuera pasó por diferentes etapas: al principio teníamos la ilusión de que una vez comenzado el Coloquio nos dejarían pasar; sin embargo, alrededor de las cuatro y treinta, ya estaba claro que nos perderíamos las conferencias programadas. Nos quedaba la ilusión de acceder al tiempo destinado para el debate. Finalmente, cuando anocheció, decidimos quedarnos para escuchar lo que contaban al salir los pocos que querían responder nuestras preguntas, y sobre todo, para que vieran que nos habíamos quedado, a pesar del frío, la exclusividad y la presencia policial.

Muchos se preguntarán el por qué de tanta insistencia para acceder a la sala. Entre los que estábamos afuera existía la esperanza de que este debate, sería OTRO TIPO de debate. Pensamos que, por primera vez en mucho tiempo, se iban a dejar a un lado la pertenencia a una institución, los conceptos gremiales, exclusivistas y burocráticos. Tal vez apostamos por algo más bien informal, con la sala Guevara repleta de gente sentada en los pisos –como lo hemos visto en tantos conciertos- y cada cual accediendo al micrófono, con disciplina pero sin encartonamiento. Nos creímos que podríamos arrojar alguna luz sobre el "quinquenio gris" al contar nuestras historias, posteriores al pavonato, pero increíblemente parecidas. Algún que otro imaginó que las palabras dichas en tantos emails, cobrarían cuerpo y se atreverían a pronunciarse delante de todos. Soñamos con que regresaríamos a nuestras casas con el sabor de haber comenzado algo y no con la extraña desazón de habernos quedado otra vez "fuera del juego".

La verdad de lo que aconteció puertas adentro sólo la saben los que participaron, pero algo se ha filtrado ya y no encaja con lo soñado. Está claro que no todos podían hablar aquella noche, pero tengo la impresión de que la larga alocución del Ministro de Cultura asfixió el tiempo de otras muy interesantes intervenciones. El espacio para escuchar las "palabras de los intelectuales" se redujo. El "coco" del imperialismo que viene a agredirnos volvió a silenciar muchas bocas y otra vez la vieja cantaleta de "este no es el momento" detuvo a los más cautos y previno a los más atrevidos. Vale mencionar valientes y desgarradoras intervenciones que no quisieron dejarse escamotear el debate, pero que lamentablemente parecen haberse quedado entre las paredes de la Sala Che Guevara.

Me pregunto si lo que debió comenzar aquel 30 de enero va a tener un eco mayor que la publicación de la conferencia de Fornet. Acaso será recordado este día como el principio de una serie de debates, que comenzando en la intelectualidad, abarcaron todos los estratos sociales. ¿Tendremos cabida, nosotros los que quedamos afuera, en la próxima oportunidad de tomar el micrófono? ¿También se nos agitarán frente a la cara los mismos viejos pánicos para hacernos callar? ¿De cuántas cosas estamos quedando fuera? Ya va siendo hora de hacernos nuestro propio espacio para debatir y reflexionar, sin esperar que nos incluyan en una lista o un CVP nos deje entrar.

A pesar de habernos perdido lo que pasó puertas adentro, vivimos un hecho histórico, cuando una mayoría de gente muy joven se quedó, literalmente plantada, pero exigiendo a voces su derecho a ser, más que admitida, parte medular del debate. Así que asistimos "al otro debate" que quizás no tuvo la infraestructura y el nivel académico del realizado en la Sala Guevara, pero que brotó espontáneo entre los pequeños grupos alrededor de la Casa. Aunque fue mermando el número de "no-invitados" a medida que se hacía más improbable que nos dejaran pasar, logramos articular una idea compartida por todos: HACEN FALTA AÚN MUCHOS DEBATES Y NO VAMOS A SEGUIR ESPERANDO QUE NOS INVITEN A PARTICIPAR.

Yoani Sánchez

REVISTA DIGITAL