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El periodista Reinaldo Escobar entra al debate


Reinaldo Escobar


“Guerrita de emailes”, “glasnosita”, “rebelión de los intelectuales” o “la situación creada”, han sido algunos nombres con los que se ha bautizado este fenómeno que yo prefiero nombrar como "palabras de los intelectuales” y el “de”, en negrita y subrayado. Evidentemente se le abrió un agujero a esta caja de Pandora (que era un regalo del propio Zeus), donde se escondían no ya los males que ahora pueblan el mundo, sino los atropellos cometidos contra la libertad de expresión.

Prometo no usar este espacio para quejas personales, en primer lugar porque siento un profundo agradecimiento a quienes en diciembre de 1988 me prohibieron practicar la profesión de periodista. A ellos debo mi libertad, la que ejerzo desde Cuba, aunque lamentablemente no en los medios permitidos en Cuba.

Como no es posible responder, polemizar o solidarizarse con cada una de las ideas que lo merecen, pues eso implicaría escribir un libro, me voy a limitar a dar mi opinión sobre lo que creo fundamental en este asunto, que desde luego no es, ni remotamente, la aparición en la pantalla chica de quienes una vez fueron los obedientes cumplidores de una política. Lo que parece estar claro para todos es que hay heridas sin cerrar, autocríticas por hacer y discusiones que fomentar.

Puedo comprender el horror de los revindicados frente a la reivindicación de sus verdugos, lo que no alcanzo a entender del todo es la simplicidad de confundir lo sistémico con lo casuístico.

Como en esos ómnibus repletos, algunos de los que logran subir al primer peldaño de esta discusión piden que se cierre la puerta porque ya no cabe más nadie, pero los que quedan abajo, los que estamos aquí abajo, pensamos diferente.

Creo que en el fondo de todos los males ocurridos está la intolerancia a la diferencia, que no se limita a la casi derrotada intolerancia frente a la diferencia de credo religioso ni a esa otra en vías de superación, que repudia diferentes preferencias sexuales. Hablo sobre la invicta intolerancia a la diferencia en opiniones políticas. Me gustaría saber sobre cuál principio general se puede erigir la tolerancia a una diferencia en particular, que no sea también aplicable para aceptar las otras.

Desde aquel aciago día en que la política cultural de la Revolución cubana se sometió a una frase sectaria: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada.”, se abrió el abismo, porque a partir de ese momento un grupo de personas se confirió o le confirieron el derecho de decidir dónde estaban las fronteras de lo que podía catalogarse de revolucionario, que significaba lo que podía publicarse, mostrarse y difundirse. Como los creadores de literatura, pintura, música o cine suelen realizarse cuando su obra se objetiva en algo palpable para el público, empezaron a crear en esa dirección y allí comenzó la autocensura, porque hay una sola forma de estar seguros de que lo que hacemos no pueda calificarse como “fuera de la revolución” y es hacer sólo lo que está claramente con y dentro de la Revolución.

Aquel quinquenio gris sólo fue el acto de trazar la franja divisoria unos metros más acá de la frontera. El pecado original fue concebir la frontera.

Algunos de los que participan en esta polémica no discuten el derecho que tiene el gobierno a decidir la publicación de una obra atendiendo a su filiación política. Lo único que contienden es que ellos y su obra sí deben ser considerados como afiliados inclaudicables a la línea de la Revolución. Otros quieren llegar más lejos, por eso en este debate se están discutiendo muchas cosas al mismo tiempo.

Víctor Fowler, con su habitual lucidez, introduce la idea de un “catálogo de prácticas de violencia cultural”. En ese catálogo caben todas las anécdotas: la prisión del que tradujo las profecías de Nostradamus, el famoso caso Padilla, la defenestración de Eduardo Heras, las sanciones a Norberto Fuentes, el ostracismo de tantos nombres ilustres: Cintio, Eliseo, Lezama, más la interminable lista de los desconocidos de siempre, que en oscuros municipios del país osaron leer un poema conflictivo en una sesión de los talleres literarios o que en una emisora de provincia se atrevieron a introducir una incómoda canción de Frank Delgado. La pregunta es hasta donde llevar la lista y si hacemos caso a los que ya se montaron, que piden a gritos que cierren de una vez la puerta para poder continuar el viaje, o si seguimos dejando entrar gente hasta que reviente la guagua.

¿Quién ordenó cerrar las exposiciones del grupo Arte Calle? ¿Cómo se llamó la década o el trieno en que prohibieron a Pedro Luís Ferrer? ¿De qué color era el quinquenio en que Antonio José Ponte fue expulsado de la UNEAC? ¿Quién era Ministro de Cultura cuando a la película Monte Rouge se le impidió participar en el Festival de Cine? ¿Cómo, si no “Primavera Negra del 2003”, se llama ese momento en que encarcelaron al poeta Raúl Rivero?

El propio Esteban Morales, ex decano de la Facultad de Humanidades califica de “Saturnos devoradores de hijos de la Revolución” no precisamente a subordinados de Luís Pavón, sino a militantes del Partido Comunista que en los años setenta protagonizaron depuraciones implacables en la escuela de periodismo y que hoy publican en el diario Granma y a los que nadie perturba.

Y todo esto se discute hoy tal vez porque unos asesores que en el ICRT se ocupan del programa Impronta sólo son historiadores duchos en el siglo xix y no sabían quién dirigió hace 30 años el Consejo Nacional de Cultura. Me pregunto qué pasaría si en el espacio “50 años de Victorias” alguien contara las proezas de Hubert Matos en la toma de Santiago de Cuba o si uno que no conoce las versiones secretas de la historia, hablando sobre los hechos de Granada, mencionara al coronel Tortoló como un émulo del Titán de Bronce. Apuesto que nadie se equivocará nunca haciendo una Impronta a la doctora Hilda Molina, y bien que se la merece.

Lo que realmente ha ocurrido no es que un día se haya mencionado a alguien que merecía estar sepultado en el silencio, sino todo lo contrario; es que se ha callado demasiado, durante un tiempo desmedido y no solamente en el sector de la cultura. Como ha señalado valientemente el crítico Orlando Hernández “sería muy triste que todo esto cayera dentro del ridículo buzón de quejas y sugerencias del Ministerio de Cultura, o se convirtiera en la catarsis colectiva de una minoría.” Creo que la crítica o la autocrítica quedan pendientes no solo en el caso de aquel Primer Congreso de Cultura, que cambió de nombre en su segunda sesión para convertirse en Congreso de Educación y Cultura. Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, La Ofensiva Revolucionaria del 68, los mítines de repudio de 1980, el incumplido plan alimentario de los 90, el hundimiento del remolcador 13 de marzo y los infinitos catálogos que con tanto derecho pueden abrir tantas víctimas, están necesitando también una autocrítica, de lo contrario será muy difícil homenajear a alguien en la televisión sin tropezar con el riesgo de que el entrevistado tenga otra impronta oculta en su ilustre biografía.

No solo las revoluciones, sino la historia en su conjunto está protagonizada por hombres que al participar en los proyectos que se proponen, tienen aciertos y errores, grandezas y bajezas, noblezas y vilezas. La de Cuba, dista mucho de ser la historia celestial, aunque muchos se hayan empeñado en edulcorarla. Parece como si otra vez alguien haya pretendido casarnos con la mentira y obligarnos a vivir con ella, pero afortunadamente, también alguien nos enseñó que vale la pena que se derrumbe el mundo antes que vivir en la mentira.

No quiero terminar esta intervención sin referirme a la críptica Declaración del Secretariado de la UNEAC publicada el jueves 18 de enero.

Decir que la política cultural de la Revolución, fundada con Palabras a los intelectuales, es irreversible, es afirmar que Luís Pavón no logró revertirla y por lo tanto sólo fue consecuente con ella en grado extremo. En eso estamos de acuerdo. Con lo que no puedo estar de acuerdo es con el elemento de terror que introduce el texto al mencionar una supuesta agenda anexionista en quienes han querido sacar provecho de la situación creada. Exijo que señalen un solo párrafo del debate que tenga tufo anexionista. Aunque se sugiere que ésta es la respuesta consensuada con los iniciadores del debate, evidentemente es un texto que orgullosamente firmaría Leopoldo Ávila.

Propongo un debate amplio sobre todos estos asuntos. Ya que la UNEAC no se decide a realizar su congreso, ya que el Partido Comunista de Cuba tampoco realiza el suyo, hagámoslo nosotros en un teatro, en un terreno de pelota o en medio de un potrero, sin que las brigadas de respuesta rápida impidan su celebración y donde hable todo el mundo, el comunista, el socialdemócrata, el democratacristiano y el liberal y si el anexionista tiene algo que decir, vamos a escucharlo también.

Finalmente me parece saludable que quienes participamos en esta discusión no tengamos una posición común. No vamos a repetir el esquema afirmando que “éste no es el momento de tener divergencias entre nosotros porque debemos unirnos frente al enemigo común”. Mucho menos proclamaremos algo como: “Contra el pavonato todo, a favor del pavonato nada.” Por favor, no empecemos con lo mismo. Por suerte, como en la mítica caja de Pandora, la única que no ha escapado es la esperanza.

Reinaldo Escobar

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