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Carta para no ser un espíritu prisionero
Reina María Rodríguez


Hará unos cuatro años leí un libro que bajo el título Un espíritu prisionero, publicado por Galaxia Gutenberg y traducido del ruso por Selma Ancira, recopila textos de Marina Tsvietáieva, fragmentos de su diario, relatos y poemas. También aparecen, hacia el final de este libro, documentos extraídos de los archivos de la KGB.

Un espíritu prisionero trae una introducción que dice: "los escritores rusos, crecidos en espacios donde la libertad no ha abundado, siempre se han sentido portadores de esta libertad; por eso su suerte casi siempre ha sido aciaga. La muerte temprana de Pushkin y Lérmontov, la locura de Gógol, el cautiverio de Dostoievski, la censura --fiel compañera de todos ellos que tuteló con especial celo la obra de Tólstoi y Chéjov, son algunos ejemplos del pasado". Y prosigue: "esta tradición se ha visto perfeccionada en la época soviética: años de loas, de cantatas y también de silencios, prisiones y exterminios...".

Recordemos, pienso ahora, a Mandelshtam, a Pasternak, a la Ajmátova, que ni siquiera tuvo un cementerio. No puedo, después de haber leído a estos autores y conocer cómo vivieron y murieron (Mayakovski, por ejemplo, y Marina, que se ahorcó en Yelábuga), quedarme con los brazos cruzados ante algo que me parece, a la distancia de aquellos hechos, y en esta isla en el centro del Caribe, una tragedia para la nación cubana que ya vivió expulsiones y censuras por los años setenta y aún sigue viviéndolas.

"¿Unas condiciones favorables? --escribe Marina-- se sabe que para el artista éstas no existen... La vida misma es una condición desfavorable...". Pero las condiciones pueden endurecerse aún más, y esto es lo que he sentido durante los últimos días. Cuando me reuní en Estocolmo en el año 1994 con escritores del exilio, comprendí que la tragedia de la separación no se resolvía con eventos ni diálogos. Aquel mal (abierto y sin cicatrizar) estaba allí, donde la venganza y los remordimientos habían hecho una yaga purulenta que confiscaba toda posibilidad de cura. Los participantes de un lado y del otro se insultaban primero dentro de la reunión, y se abrazaban después en los pasillos, como si las dos orillas se unieran en aquellos abrazos efímeros. Mi ingenuidad sirvió de puente para entregar a Heberto Padilla unos poemas de autores jóvenes desconocidos por él (entre ellos, los de Antonio José Ponte) que Heberto usó después para una ponencia sobre poesía cubana que leyó en Madrid ese mismo año durante el encuentro "La Isla entera".

Pensé que sólo cosas como los afectos y la poesía podrían borrar el odio y los resentimientos, porque siempre he creído en la escritura como un modo de salvación o terapia. Pues, ya que todos estábamos enfermos de paranoia (incluso, los que por ser muy jóvenes no participamos directamente de las tensiones y rupturas de los años setenta, cargábamos con ese fantasma y el complejo de culpa de "no parecer revolucionarios" cuando opinábamos o hacíamos algo diferente). Teníamos que poner la pomada contra el dolor, la letra en cursiva de la experiencia vivida y los ejemplos (a la que se refieren ahora tantas cartas de estos últimos días), como una parte de la sanación: no puede volver aquella época "dura", pero ¿cómo eliminar hoy las secuelas que todavía subsisten? ¿Cómo enfrentar sus causas sin examinar a fondo los motivos?

Al entregar aquellos poemas de jóvenes desconocidos a Heberto Padilla (que quiso venir de visita a Cuba y siempre le fue negado "el permiso", hasta que la muerte se lo otorgó), hacía un acto de limpieza personal tratando de comunicarme, de entendernos, porque no podía suceder con alguien de esta época, lo que sucedió en el pasado, porque nosotros, creía, éramos diferentes.

Con los acontecimientos de febrero del 2003, después de discusiones que tomaron un año en el seno del ejecutivo de la Unión de Escritores y la final, pero rápida desactivación ("muerte por silenciador", la llamo, sin derecho a tener un papel por escrito ni una apelación) de Antonio José Ponte, poeta, narrador y ensayista, escritor de la generación que sucede a la mía, la desesperación no me ha dejado tranquila. Muy pocos no aceptaron aquella medida y la mayoría calló. Si silencio esto ahora, sentiría una vergüenza que no me dejaría vivir en paz. Si he trabajado por la cultura, es pensando que cualquier desviación hacia zonas de mutilaciones, censuras y métodos represivos para los artistas serían abolidos con la confianza en el trabajo creador, que es la primera fuente de cultura que permite la proliferación de voces, matices, estilos, ideas, todo en un haz diverso.

Cuando recuerdo las palabras de Lutero que Marina pone en su boca: "¡No me he de someter! ¡Nada ni nadie me ha de atar, porque el bien que más estimo es mi propia y libre voluntad de elegir, pues sin ella muere el espíritu!", pienso que eso es por destino el único objetivo que tiene un escritor. Sé que ninguna literatura tiene valor si nos plegamos a las facilidades o vanidades que de ella provienen sin sacrificios del espíritu, sin opinión, sin carácter, y si soportamos cualquier herida hecha a un escritor, porque, ¿qué es la obra de un artista, sino un pequeño peldaño en la escalera construida por tantos otros? ¿Qué es un escritor, sino un pez hambriento que devora de otra carne, la sustancia? Un hueso de la misma vértebra, su juicio; ese verbo de su inconformidad, de la ruptura entre cuerda floja y abismo. Entre poder y realidad. Entre realidad y deseo.

"Desactivar" es una palabra ajena. Un escritor vive siempre de otros; se activa con otros, y no se desactiva, sin desactivar también al conjunto con los que se formó, compró libros, discutió autores, sus vidas. Para el arte no existe ese término que no pertenece al rango de lo estético. Un escritor que ha emprendido esa tarea con su destino no se desactiva ni después de muerto, pero al hacerlo por decreto, nos desactivan en espíritu con él; en espíritu con los que habitan los libros que él nos prestó, las ideas y las historias que compartimos juntos. Pues, no hay reglamento ni código que ponga en práctica esa palabra que no puede existir más que para las bombas, las maquinarias, los artefactos, no para las voces de una nación. Porque estaríamos desactivando toda la literatura acumulada con él (en él) y desmontando todo ese engranaje de pasado y sabiduría.

Escribo esta carta para recordar otras escenas en las que no participaron Pavón y sus acólitos, pero donde estuvieron presentes también. Se es cómplice de manera retroactiva. Se es cómplice (hasta sin querer) en la futuridad. Hay imágenes pirograbadas en el interior de nuestras mentes que son modelos que debemos vencer. "Vigilar y castigar" son modelos que debemos vencer; miedos que debemos vencer para acercarnos al riesgo de la verdad. Horrores que debemos vencer y que no se vencen con formalidades, con compromisos, decretos, desactivaciones. La salida fácil y abrupta del ahora, será un hueco negro en nuestras cabezas, una oscuridad más, y toda dureza pone a relieve la fragilidad de otro acto oscuro y tenebroso. Sólo redes extendidas con flexibilidad harán posible un tejido sin grietas.

Odio esta grieta en mi escritura, en mi vida. La grieta de la pérdida de la confianza; de la vida que otro está viviendo sin mí, en algún libro, en cualquier pasado que ahora recuerdo. Mi silencio determinaría también la atrocidad cometida, el dolor. Obedezco sólo a los muertos ilustres de los anaqueles, a sus voces que dicen: "todo lo que ha sido relatado es --infinito. Así, un crimen no confesado, por ejemplo --continúa". No quiero tener mi espíritu prisionero, no hay prisión peor que esa, la del espíritu. Uno está preso en uno mismo, incapacitado para decir o hacer, sentir o pensar. Uno se convierte en un títere, en un zombi, en un mendigo. Un escritor no vale dos fragmentos de un periódico cualquiera. No hay expulsión para una obra; para cada detalle logrado de un oficio que cuesta la vida. Cuidar la página, el poema, la opinión, los desafíos a la realidad, las posturas y la ambigüedad, incluso, las equivocaciones, las diferencias políticas y los "No". Ese "non rifutto" del poema de Cavafis.

He obtenido algunos premios literarios, pido el premio mayor para un artista: el del respeto por uno, en todos y por las diferencias. La patria de un escritor es la misma, pero a la vez, doble y distinta, por ser una patria también mental. Sacarlo de esa primera patria no cuesta mucho: visas, permisos, pasaportes, es fácil. Sacarlo de la patria del escritor, no sostenerlo en ella, divorciarlo de su contexto es un crimen contra esa legión que vigila desde los anaqueles y por ellos, por los que de sus libros no se podrán sacar ¡jamás!; por todos esos muertos que ya no juzgamos más que por sus obras, hay que sostenerlo, a uno, en muchos, a todos, en alguno, aunque cueste toneladas de diferencias y sutilezas.

Durante noches de desvelos ha quedado claro dentro de mí el lugar de una mancha que no me pertenece. ¡No quiero esa mancha!, la discutí con todos los argumentos que tuve en cada oportunidad, pero no quiero ser cómplice de ella, aun sin quererlo. Tampoco hubo reuniones posteriores donde pudiera tratar ese tema, porque no hubo más reuniones desde entonces y ¡pasaron cuatro años! que decidieron mi separación afectiva del conjunto que decidió aquella sanción y asesinato: y el No.

Hoy, mientras leo correos y correos llegados de diferentes partes pidiendo una sanación (y para curar hay que raspar primero y duele), pienso en lo que sintió Antonio José Ponte cuando ninguna de sus cartas a los escritores del gremio fue respondida. Pienso en Heberto Padilla, que no pudo volver físicamente a la Isla cuando ya estaba muy enfermo.

La poesía tiene una libertad que no le está conferida más que a ella. En nombre de esa libertad (utópica) que da la poesía a un artista, condeno la medida tomada con el creador de Corazón de Skitalietz, de Cuentos de todas partes del Imperio, de Contrabando de sombras, de Las comidas profundas, de Asiento en las ruinas, de Un seguidor de Montaigne mira La Habana, de In the cold of the Malecón, de El libro perdido de los origenistas, de La fiesta vigilada, y apelo hoy (en el 2007), como si no hubiera pasado un segundo (porque este tiempo está medido por el destino del arte y los artistas trabajan "para la eternidad"), al espacio de reflexión pequeño todavía, incipiente, creado a partir de la crítica al pavonado reactivada por un grupo de escritores y artistas cubanos, para devolverlo a él (simbólicamente), y a otros, a la única patria de los escritores de todos los tiempos y lugares: la patria de la página de la cultura a la que pertenecen.

Si no existe un espacio público para la defensa de los artistas; para sus ideas; el lugar para una amplia polémica del espíritu, las diferencias, la crítica y la confrontación del pensamiento reactivado a cada momento, entonces, ¿qué nos guarece?

Y lo que me pregunto cuando otros ejemplos salen a flote y tantos silencios se rompen por una vía inusual (ya que carecemos de otras vías para nombrarnos intelectuales), es qué cosa somos. No es un problema de este nombre hoy o de aquel otro de ayer; de los rostros que detentan el poder por un tiempo, sino del mecanismo de los relojes que dicen: detener, expulsar, reprimir. De la legalidad con la que el artista pueda defender sus utopías y hasta sus negaciones. Aunque no son problemas que atañen sólo a los artistas y escritores: es un problema de todos. Porque mientras quede una paja o basura en el ojo de alguno, no habrá visión para construir esa cabaña de Dersu Uzala, si antes no limpiamos bien la montaña que hay que escalar juntos, sin límites geográficos, mentales o políticos (los de adentro, los de afuera); si no pensamos en qué vamos a legarles a los que vendrán y con qué hojas prenderán ese fuego de la cultura, nos quedará sólo el vacío estéril del silencio por juez.

Reina María Rodríguez

Mensaje de Reina María Rodríguez a Zenaida Romeu

querida Zenaida, me da un gran malestar y sabor agrio, que la nota enviada por esta vía y publicada hoy en la prensa por el secretariado de la UNEAC esté tan lejos de reflejar el espíritu y la tensión que todos hemos tenido por estos días, durante este debate abierto e inusual que podría beneficiar y resolver tantas oscuridades y dilemas no resueltos, si saliéramos de nuestros resentimientos personales, cocbardía y oportunismos hacia un terreno donde las cosas que nos afectan a todos, de una manera u otra, y que podrían afectar también a nuestros hijos en una cadena interminable y mortal, pudieran discutirse ampliamente y sin que, el lenguaje fuera sustraído por unos en detrimento de los otros. Esa nota de hoy es un tapón y tiene, a mi juicio, el mismo sabor que cualquiera escrita hace muchos años, de cualquier época que no quisiéramos volver a vivir. Un saludo,

Reina María Rodríguez

18 de enero de 2007

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