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Gris, gris, ¿el quinquenio es gris?
José M. Fernández Pequeño


(Exemplo de lo acaescido por causa de’l reςelo que fizo una grabadora mal enςendida)

Ahora que, convocados por Criterios, un grupo de brillantes intelectuales cubanos encabezará la muy necesaria reflexión acerca del Quinquenio Gris y que la intelectualidad nacional de dentro y fuera (definitivamente y pésele a quien le pese, esos adverbios se han hecho menos distantes en los últimos tiempos) se entrega combativa a teorizar al respecto, quiero decir qué ha sido para mí el desmatizado y temporalmente vago quinquenio. Lo hago porque no podré estar presente en los debates organizados por Criterios y porque hace años quería contarme esta historia, como quien espanta un insecto incómodo y persistente o exorciza un recuerdo que, a fuerza de robustecerse en su contacto con una realidad que no cede, se niega a palidecer con el curso de los años y el advenimiento de la desmemoria senil.

En septiembre de 1975 tenía aún 21 años y estudiaba Letras en la Universidad de Oriente. Los que conocen el escenario saben que el extremo oriental cubano es la parte del país que ha recibido con mayor fuerza no solo los escasos eventos sísmicos que a veces nos remecen, sino también los períodos de rectificación de errores, las etapas de reafirmación revolucionaria, las profundizaciones ideológicas de diverso tipo y cualquier otro ajuste o apriete de tornillo de los muchos ocurridos durante el último casi medio siglo cubano. La Universidad de Oriente fue duramente castigada por estremecimientos de esa clase entre 1968 y los primeros años setenta, una historia en la que tomaron parte (y sufrieron) amigos intelectuales que encontré a mi llegada a la alta casa de estudios y con algunos de los cuales fundaría luego la Casa del Caribe. Pero esa es otra historia. Resulta que en septiembre de 1975 un grupo de escritores radicados en La Habana (es decir, nacionales) y miembros de la UNEAC visitaron el taller literario de la Facultad de Humanidades. Yo no pertenecía al taller (nunca pertenecí a ninguno) pero fui al encuentro, curioso por ver y escuchar a los escritores consagrados. La directiva del taller había impreso (en mimeógrafo, como correspondía a la aldea aún no global) un folletito con obras de los talleristas, y así se llegó a la noche esperada. Todavía puedo ver el salón, en el Decanato de Humanidades: no demasiado grande, con una mesa oval (la misma que luego este humilde servidor trasladaría a uno de los cuentos de Un tigre perfumado sobre mi huella) alrededor de la cual nos sentamos: los aprendices en una cabeza y los escritores nacionales desplegados como un tribunal sapiente y magnánimo, siguiendo la ya mencionada disposición oval.

Todo en principio transcurrió normalmente (las presentaciones, los primeros intercambios, las bromas típicas de esos encuentros, las indicaciones de cómo se desarrollaría la actividad), hasta que el azar hizo concurrir dos hechos aparentemente desconectados. El primero y decisivo corrió del lado de la falta de malicia. Cuando se abrió la lectura de los materiales acopiados entre los miembros del taller, alguien de su directiva colocó una grabadora en el centro de la mesa. Para grabar las opiniones de los experimentados escritores, aclaró, toda vez que así podrían ser estudiadas luego por los neófitos presentes y ausentes. Era una grabadora de cinta y, ahora que la miro desde el tiempo transcurrido y los modernos microchips, me doy cuenta de que se ha ido haciendo más tosca, más imponente, más antediluviana.

El segundo hecho traía también su toque de ingenuidad, aunque en otra dimensión. En el folleto preparado por el taller, más bien hacia el final, aparecía un poema que había sido favorecido con alguna circulación entre el alumnado de Letras. No tanto por su calidad, sino más bien por la persona a quien estaba dedicado: el profesor Ricardo Repilado. Muchos de los que estudiamos en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente por aquellos tiempos hemos reconocido la deuda discipular que tenemos con el Repi, pero también recordamos su estricta disciplina, su cortante ironía y la culta exigencia que imperaba en sus clases. Pues, como Repilado era por norma el último que entraba a su aula y al parecer había dejado fuera varias veces a cierto estudiante con aspiraciones de poeta, este último le dedicó un breve poema bajo el título de “Los poetas llegan tarde a clases”. ¿Quién podía suponer que esta leve venganza estudiantil se convertiría en explosivo detonante ideológico al casual encuentro con una grabadora? Nosotros no.

Aun cuando en la actividad se había establecido la regla de que solo serían debatidos los textos de aquellos talleristas que estuvieran presentes (y el autor del poema antes señalado no estaba), a media sesión uno de los visitantes, escritor con enorme poder por aquella época en la UNEAC, alzó su mano y dijo que había leído en el folleto un texto que él no podía dejar de comentar. Y ahí mismo se largó una encendida diatriba contra la actitud elitista de aquel autor, que por escribir poesía se consideraba diferente al resto de sus compañeros y exigía un trato distinto. Así comenzaban las desviaciones de los intelectuales que, como en el caso de Heberto Padilla, terminaban en la traición, el hipercriticismo pequeño burgués, etc., etc.

Se produjo un momento de honda estupefacción, pero únicamente entre los principiantes. Con extrema celeridad y durante casi una hora, cada uno de los avezados escritores visitantes fue tomando la palabra según el orden que ocupaban en torno a la mesa y declarando enfáticamente ante el monótono girar de los carretes de la grabadora su rechazo a aquella terrible actitud elitista de los intelectuales que se iban alejado del pueblo y terminaban haciéndole el juego al enemigo. Uno a uno y sin pausa, aquellos adultos (algunos tendrían hijos de nuestra edad o poco menos), profesionales de la escritura (se suponía, se suponía), llenos de libros publicados y premios recibidos repetían los mismos argumentos, casi con las mismas palabras, no para grabárnoslas por insistencia, sino para dejar grabado en la cinta magnetofónica el testimonio de su espíritu combativo. Al joven de 21 años que entonces era le costó mucho trabajo entender lo que estaba pasando, y si no salí de allí directo a pedir una cita con el psiquiatra, fue porque a la hora de recoger los bates Grillo Longoria (que era o había sido hasta fecha muy reciente Fiscal de la República) echó mano a su mejor tono de abuelo comprensivo para preguntar a sus colegas si no estaban siendo demasiado suspicaces y convirtiendo en terrible acto de traición ideológica el poema escrito por un estudiante universitario a quien le costaba trabajo levantarse temprano. La comprensión total de lo sucedido y del protagonismo que la grabadora había tenido esa noche me llegó al día siguiente, en conversación con el poeta guantanamero Marino Wilson Jay, quien no había podido asistir a la actividad. No pocos de los escritores invitados esa noche y la inmensa mayoría de los entonces jóvenes anfitriones aún viven.

Cuando escucho el término Quinquenio Gris, indefectiblemente revive en mi memoria esa noche: la tensión que cuajó el ambiente, el miedo meticuloso que corría por debajo de las palabras, la autocensura irracional que nublaba la inteligencia de aquellos hombres y no les permitía reconocer los límites del absurdo. Solo que, honradamente, para mí no se trata de un recuerdo ya distante por treinta años de andadura. Esa noche vuelve a ocurrir cada vez que tropiezo con el virus más beligerante y nocivo que padece la intelectualidad cubana, la cautela; cada vez que alguien se pregunta (o me pregunta) si actuar de cierta manera sería conveniente; cada vez que observo cómo intelectuales hasta ayer políticamente correctos y muy cuidadosos de sus opiniones en Cuba, se convierten en recalcitrantes acusadores de sus compañeros una vez situados en la otra orilla y conscientes de hacia dónde soplan los aires de la conveniencia; cada vez que (incluso acá, en Santo Domingo) algún colega me ofrece el silencio como opción menos comprometedora o me recuerda que ya no estoy obligado a opinar. Por eso escribí en el mensaje enviado a Desiderio Navarro hace una semana que el rechazo a la reaparición de Luis Pavón (y lo que él representa) no atañía solo a quienes habían sido directamente afectados por los gendarmes culturales de entonces, sino a todos los intelectuales cubanos con dignidad.

Creo haber estado presente en un momento definitorio para la cristalización de la etiqueta Quinquenio Gris, durante el Encuentro de Narrativa Cubana que ayudé a organizar (junto a Jorge Luis Hernández y Aida Bahr) en el Santiago de Cuba de 1980. Ambrosio Fornet fue un intelectual clave en aquellos encuentros y también para la recuperación de nuestra generación, esa que llegó a los veinte años en los fragores del período nefasto. Pienso que el ensayista intentaba signar con su denominación una época de cierre, dogmatismo, persecución y unanimidad fabricada desde la exclusión y el sometimiento; una época entonces muy cercana, que era necesario conjurar para seguir adelante y crecer como personas y como escritores. Había que trazar una línea divisoria, y en ese sentido creo que sirvió el nombre. Aquellos debates sostenidos en medio del calor santiaguero de 1980 (en parte de los cuales participó Armando Hart, entonces ministro de Cultura) aceleraron la publicación de algunas de las novelas más interesantes de los años ochenta en Cuba, incluyendo títulos que habían permanecido entrampados por la censura, como Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz.

En la última de aquellas jornadas santiagueras, celebrada en 1988, volvió a debatirse en torno al ya famoso quinquenio y su proyección en los años posteriores, entonces con mejor perspectiva y la participación de jóvenes narradores que habían emergido en los ochenta. De manera no planificada, las discusiones terminaron con la elaboración y firma de un documento de protesta por la golpiza que dos o tres días antes miembros del MININT habían propinado a un grupo de poetas reunidos en Matanzas, lo que dejó muy en claro (si para alguien hubiera permanecido oscuro) que no habíamos estado haciendo la metódica disección de un fósil atrapado bajo las capas geológicas del olvido.

Por eso, porque el debate en torno a aquel período puede servir otra vez de punto de partida para reconocer el presente y otear hacia el futuro, me parece totalmente oportuna la actual invitación a reexaminar el quinquenio, su verdadera extensión o la intensidad real de su grisura; cuántas veces su impronta (para usar una palabra súbitamente de moda) ha resurgido después o las formas en que muchos de sus procedimientos se han mimetizado para continuar actuando con total virulencia. Pero siempre que el análisis no se detenga en una tajante dicotomía de víctimas y victimarios, siempre que no se excluya el examen de la responsabilidad que el sector intelectual ha tenido en todo esto, la manera en que se mantiene fértil la semilla de cautela, doble moral, sometimiento y oportunismo que el llamado Quinquenio Gris sembró, como si los carretes ominosos de aquella grabadora amenazaran con seguir girando por los siglos de los siglos.

José M. Fernández Pequeño

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