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Mensaje de Belkis Cuza Malé
Belkis Cuza Malé


Aunque siempre resultan interesantes los debates en torno a la situación de los intelectuales y artistas en Cuba, en esta ocasión no tenía el menor interés en abrir mi boca porque ni Luis Pavón (alias Leopoldo Avila) ni el gordo Quesada ni Papito Serguera merecen que yo pierda mi tiempo nombrándolos. Por desgracia ellos han sobrevivido mientras que muchas de sus víctimas no.

Todo el mundo sabía en el ambiente cultural de los años 70 que Luis Pavón y los otros no respondían más que a la política de Fidel Castro, el único que durante casi cinco décadas ha dictado y reprimido no sólo a la cultura, sino a la sociedad cubana entera. Nada se hacía en Cuba que no tuviera su aprobación o que no fuese una orden suya. Pavón respondía entonces al ejército, dirigido por Raúl Castro, pero todo emanaba del comandante en jefe. Las UMAP y los ataques de Leopoldo Avila en la revista Verde Olivo, y los parámetros bajo los cuales se implementaba la política cultural, eran todos pensados y maquinados por Fidel Castro. Fue él quien llamó ratas a aquellos 75 renombrados intelectuales que osaron protestar por el arresto de Heberto Padilla y luego denunciar la autocrítica del poeta, realizada bajo presiones policiales.

Estas protestas de ahora de ciertos escritores de la isla ante el homenaje a Pavón y comparsa tienen una sola finalidad: defender lo que efectivamente les ha costado años de sufrimiento y humillación. Algunos de ellos son víctimas ahora rehabilitadas, pues a raíz del caso Padilla fueron a parar a fábricas o en el mejor de los casos a trabajos subalternos en bibliotecas. Y cabe aclarar que si cayeron en desgracia entonces fue simple y sencillamente porque en algún que otro momento se expresaron en contra de la revolución, con el agravante de que algunos eran homosexuales y la Seguridad del Estado no cesaba de tenderles trampas, creando así nuevos delitos. Claro, disidentes nunca fueron porque, salvo Antón Arrufat --de este grupo de ahora--, que escribió Los siete contra Tebas y fue premiado en 1968 junto a Fuera del juego, de Heberto Padilla, que provocaron la ira de los represesores, los demás se limitaban a comentar en voz baja, o con escritores extranjeros de visita en Cuba, la situación política de entonces.

La mayoría de los que ahora escriben agitados mensajes de protesta han escalado posiciones en la cultura oficial cubana, algunos a altos niveles. Son ''premios nacionales'' de literatura, viajan constantemente al extranjero en misiones oficiales o invitados por universidades e instituciones alrededor del mundo; han publicado sus libros en Cuba y en el extranjero, y hasta obtenido premios internacionales amañados por el gobierno cubano. De pronto, todo eso está en peligro, y el miedo hace su aparición.

Pero, ¿oyeron a alguno de ellos levantar la voz cuando hace dos años fueron encarcelados los 75 escritores, periodistas y disidentes que todavía guardan hoy prisión, salvo unos pocos que han sido liberados? ¿Qué han dicho entonces y ahora? ¿Quién defendió entonces a su colega Raúl Rivero? ¿Alguien se ha atrevido a pedir justicia para el doctor Oscar Biscet? ¿Quién denunció el encarcelamiento de Reinaldo Arenas, René Ariza, Heberto Padilla? ¿O el fusilamiento del escritor Nelson Herrera, o años después el atropello y cárcel a María Elena Cruz Varela y Tania Díaz Castro? ¿O quién protestó cuando a finales de los sesenta Virgilio Piñera, y muchos otros escritores, fueron separados de la UNEAC, ese ''cascarón de figurones'', como la llamó Heberto Padilla en su momento? No, esos premios nacionales de literatura sólo sirven para que algunos se crean de verdad grandes escritores. Para que Antón Arrufat cante loas al ministro de Cultura que lo devolvió al redil como al hijo pródigo, o Carilda Oliver Labra pierda la memoria.

En uno de esos textos escritos desde Cuba, Reina María Rodríguez, ''la chica de la azotea'', dice que Heberto Padilla pidió volver a Cuba varias veces y siempre le fue negado el permiso. Si eso hubiera sido verdad se estaría hablando de algo que no critico, pues los cubanos exiliados han estado viajando a Cuba desde 1978, pero no fue así en el caso de Heberto, quien nunca pidió tal permiso. De sobra sabía lo que aquello significaría para él: un juego político que no le interesaba. Al contrario, Reina María Rodríguez fue la emisaria que intentó ''seducir'' a Heberto con la idea de que debería visitar Cuba. A partir de aquel congreso en Suecia no se cansó de jugar el juego que a todas luces le había asignado la Seguridad del Estado. Fue ella la que hizo gestiones, alentada por la Cantante, un siniestro personaje que merodeaba entonces a Heberto. De sobra sé que todos y cada uno de esos escritores oficiales mantienen estrecho contacto con los agentes de la Seguridad. Y no estoy hablando por boca de ganso. En la propia sede de la UNEAC, mientras trabajaba allí en la redacción de La Gaceta de Cuba, en 1975, yo y todos los demás fuimos conminados a asistir a un homenaje a los oficiales que ''atendían'' a los escritores y artistas. Y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que todos los presentes saludaban con abrazos y guiños a ``su pareja''.

Reina María Rodríguez ha ganado dos veces el Premio Casa de las Américas, ha publicado toda su obra en Cuba, ha viajado sin parar, incluso a Estados Unidos, y su azotea es más popular que la conocida casa de Marina en La Habana de los cincuenta. Heberto Padilla está muerto y no puede desmentir a Reina María Rodríguez, pero yo no me voy a quedar callada ahora, cuando veo cómo pretenden seguir ensuciando su memoria. Porque ir a Cuba en las circunstancias que ''la chica de la azotea'' buscaba era una entrega al régimen que lo humilló y encarceló. No fue la primera vez que Heberto recibió emisarios desde Cuba intentando el chantaje emocional. Que cada uno diga lo que quiera acerca de Luis Pavor y sus compinches. Buen modo de conocer por dónde van los truenos y quién es quién allá, aquí y acullá, en ese ``exilio de terciopelo''

Belkis Cuza Malé

26 de enero de 2007

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