
En estos días he leído varias cartas acerca de la presencia en la televisión de individuos hasta ahora desconocidos para mí, como Pavón, Serguera y Quesada. Yo nací en 1977 y en la versión de historia que recibí nunca apareció ni una referencia a estas personas. Me enteré bastante tarde de ese periodo oscuro de la parametración, y la palabra UMAP me sonaba a alguna sigla más del repertorio interminable. Nadie se encargó de enviarnos ni una advertencia acerca de la intolerancia institucional, y mi generación corrió una suerte no muy distinta a la de los setenta: mi generación y todas las que le siguieron. Ya no Pavón, ya no Quesada, quizás tenían otros nombres y trabajaban más a la sombra, o sencillamente ya no hizo falta seguir poniendo las escabrosas intenciones en boca de ningún mediocre y la intolerancia pasó a ser la política del Partido, de Fidel.
Siempre me desconcertó el hecho de que muchos de esos jóvenes veinteañeros que bajaron a tiros de la Sierra Maestra con los pelos largos, llenos de collares, lentes oscuros y barbas prominentes gritando cosas acerca de la igualdad, la libertad, la tolerancia, se convirtieran en unos represores de carrera. Me pregunto cómo fue el cambio, ¿nadie se dio cuenta?, ¿no era esa una traición imperdonable a la confianza que se les había dado, a todo el apoyo?, ¿no eran ellos unos traidores y por tanto enemigos de la revolución? ¿o es que la revolución ya no era la misma ? No, no lo era.
Cuando vi en el documental Seres Extravagantes, de Manuel Zayas, el discurso de Fidel donde declara abiertamente la persecución de todo aquel que no se ajustara a sus parámetros de "persona normal", de revolucionario, me pregunté cómo era eso posible. La postura nunca se corrigió, nunca se revindicaron todas esas vidas hechas polvo por la estupidez, no pasó nada, ni siquiera se pidió perdón. Y la parametración siguió aquí entre nosotros, con otro nombre, con otras caras, con otras excusas, la cultura de la exclusión se perpetuó y se aceptó. Cuántas cosas nos permite un carnet de la UNEAC o del MINCULT, del ICAIC o la UPEC, cuántos privilegios que se le niega al resto de los cubanos. El sistema institucional certifica o desacredita a placer, sin posibilidad de reclamo, lo que le conviene y perpetúa la postura de "tú sí", "tú no".
Así que viendo la indignación que los ha llevado a manifestarse por escrito en contra de aquella injusticia, los exhorto a pronunciarse en contra de esta otra injusticia, más actual y vigente, pero esta vez con actos. Los invito a renunciar a sus estatus como artistas evaluados e intelectuales, escritores e investigadores asociados; los invito a entregar sus membresías y renunciar a todas esas instituciones excluyentes y selectivas que todavía hacen estragos en nuestra cultura, negando la espontaneidad y escogiendo lo más políticamente correcto como estandarte de nuestra identidad cultural para dejar claro, de una vez, que esos no son derechos exclusivos de los revolucionarios sino de los seres humanos.
Ismael de Diego
La Habana, 26 de enero de 2007