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Algunas reflexiones sobre "Palabras a los intelectuales" y otros textos


Josefina de Diego


Confieso que no recordaba el texto completo conocido como “Palabras a los intelectuales”, pronunciado por Fidel Castro el 30 de junio de 1961, en la Biblioteca Nacional ante un grupo de intelectuales. Creo que, como muchas personas, lo único que recordaba de este texto era su famosa declaración de principios, “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” que, sin dudas, resume la esencia del documento.

En el debate que se está llevando a cabo en estos momentos por un grupo de personas —no sólo por intelectuales― a través del correo electrónico (lo que limita, por supuesto, una participación mayor) comenzaron a cuestionarse una serie de problemas, pasados y presentes, de la cultura nacional, a partir de la sorpresiva presencia de tres funcionarios —simples ejecutores de una política cultural trazada y orientada por la más alta dirigencia del país— que, en la década de los setenta, estuvieron al frente de instituciones culturales importantes: el ex teniente Luis Pavón (presidente del Consejo Nacional de Cultura, 1971-1976), el ex comandante Papito Serguera (director de la Televisión Cubana, 1966-1973) y Armando Quesada quien, entre otras cosas, se encargó de destrozar el movimiento teatral cubano durante esos años. Estos funcionarios eran ex militares que habían formado parte del equipo de trabajo de Raúl Castro. Teniendo en cuenta la actual situación del país, en la que el ministro de las Fueras Armadas ha pasado a ocupar la dirigencia del gobierno, muchos pensaron que la “resurrección” de Pavón, Serguera y Quesada era una señal de que habría una vuelta al pasado.

Durante el “reinado” de estos señores se desató en el país una verdadera cacería de brujas contra escritores y artistas homosexuales; se censuraron libros (“caso Padilla”, 1971); se castigó severamente lo que se llamó “desviaciones ideológicas” (tener el pelo largo, usar blue jeans, oír a los Beatles y a otros grupos y cantantes no bien vistos por el gobierno, tener “preferencias sexuales equivocadas”, profesar algún tipo de religión, etc.); se condenó al silencio intelectual al poeta y novelista José Lezama Lima, quien murió en 1976, etc. Aunque la persecución se acentuó en este quinquenio, se había iniciado a principios de la década de los sesenta (censura al documental P.M.; UMAP; acusaciones a Padilla y Arrufat en 1968; destrucción del poemario de Delfín Prats, Lenguaje de mudos (1968); se prohibió en el radio y la televisión la transmisión de artistas que habían marchado al extranjero, comenzaron las depuraciones en las universidades del país, etc.) y continuaría, con matices diferentes, unas veces más, otras menos, hasta nuestros días. Ejemplos sobran: censura al movimiento plástico de finales de la década de los ochenta; crítica despiadada a la película Alicia en el pueblo de Maravillas (1991); prisión de María Elena Cruz Varela (1993); crítica a la película Guantanamera (1997, en una reunión en el Palacio de las Convenciones, después que Eliseo Alberto, co-guinista de la película y autor del libro Informe contra mí mismo, obtuviera el Premio Alfaguara de novela); imposibilidad de mencionar a escritores y artistas residentes en el extranjero que no mantienen una posición “cómoda” para el sistema; “desactivación” (dejó de pertenecer a la UNEAC) del escritor Antonio José Ponte al conocerse que formaría parte del Consejo de Redacción de la revista Encuentro (2002); encarcelamiento del poeta Raúl Rivero y otras personas por el delito de expresar sus opiniones abiertamente, aunque fueron acusados de “agentes del enemigo” en juicios precipitados (2003); censura a documentales y cortos de ficción críticos, como fue el reciente caso de Monte Rouge (2005), etc.

Pavón, Serguera y Quesada desaparecieron del “paisaje” cultural en 1976 cuando se fundó el Ministerio de Cultura y se inició una nueva etapa que, sin lugar a dudas, deseaba subsanar los errores cometidos y trataba de propiciar un ambiente de confianza y respeto, lo que se logró en muchos aspectos. Al reaparecer en los últimos meses del 2006, treinta años después, en tres programas diferentes de la televisión cubana, los que sufrieron en carne propia las injusticias cometidas durante esos años, reaccionaron de forma airada, con toda su razón, y decidieron manifestarse a través del limitado espacio del correo electrónico. La polémica ha trascendido la frontera nacional, muchos cubanos residentes en el extranjero han manifestado sus opiniones; otros ―de adentro y de afuera— desean que el debate abarque otros temas fundamentales (en justificada demanda pues, como bien dijeron los economistas del siglo XIX, entre ellos Carlos Marx, “la base económica define la superestructura”, de lo que naturalmente se desprende que hay que buscar respuestas sobre la cultura en la economía). Desgraciadamente, algunos utilizan un lenguaje ofensivo, sacan a relucir “trapos sucios” y empañan una discusión que podría y debería ser profunda, seria y abarcadora de todas las opiniones. El tono del debate ha variado, desde análisis complejos y medidos hasta verdaderos ataques, furibundos y desagradables. Creo que, por el bien de todos y del país, sería recomendable que todos tratáramos de escuchar, con tolerancia y respeto, la opinión del otro. En un país donde durante años sólo ha prevalecido el criterio oficial ―con espacios muy reducidos para el debate― no es fácil desarrollar un diálogo equilibrado, sin ofensas ni apasionamientos.

En la “Declaración del Secretariado de la UNEAC”, insuficiente y desacertado para muchos ―nadie entiende que se redactara algo así, si tuvieron tiempo de sobra para escribir un texto más elaborado y consecuente con todo lo que se había planteado― se afirma: “La política cultural martiana, antidogmática, creadora y participativa, de Fidel y Raúl, fundada con ‘Palabras a los intelectuales’, es irreversible”. Alfredo Guevara también hace suya esta afirmación. Y es este el punto que me gustaría analizar.

En primer lugar, la política cultural la definió Fidel en sus palabras, Raúl Castro nada tuvo que ver con el asunto, entre otras cosas, porque no es su especialidad. El hecho de que se sume su nombre en la declaración de la UNEAC responde a la situación actual, no a su participación real en su elaboración. La reunión con los intelectuales ocurrió dos meses después de la invasión a Playa Girón, en un momento extremadamente difícil para la Revolución, con fuertes y reales amenazas por parte de los Estados Unidos y una gran tensión política que llegaría a su punto máximo en octubre del siguiente año. El tema principal de discusión, según el propio Fidel, era la libertad de expresión:

El problema que aquí se ha estado discutiendo y vamos a abordar, es el problema de la libertad de los escritores y de los artistas para expresarse. El temor que aquí ha inquietado es si la Revolución va a ahogar esa libertad; es si la Revolución va a sofocar el espíritu creador de los escritores y de los artistas. Se habló aquí de la libertad formal. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que se respete la libertad formal. Creo que no hay duda acerca de este problema.
La cuestión se hace más sutil y se convierte verdaderamente en el punto esencial de la discusión cuando se trata de la libertad de contenido. Es el punto más sutil porque es el que está expuesto a las más diversas interpretaciones. El punto más polémico de esta cuestión es: si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística. Nos parece que algunos compañeros defienden ese punto de vista. Quizás por temor a eso que estimaron prohibiciones, regulaciones, limitaciones, reglas, autoridades, para decidir sobre la cuestión.
(…) ¿Dónde puede estar la razón de ser de esa preocupación? Sólo puede preocuparse verdaderamente por este problema quien no esté seguro de sus convicciones revolucionarias. Puede preocuparse por este problema quien tenga desconfianza acerca de su propio arte; quien tenga desconfianza acerca de su verdadera capacidad para crear. Y cabe preguntarse si un revolucionario verdadero, si un artista o intelectual que sienta la Revolución y que esté seguro de que es capaz de servir a la Revolución, puede plantearse este problema; es decir, el si la duda cabe para los escritores y artistas verdaderamente revolucionarios. Yo considero que no; que el campo de la duda queda para los escritores y artistas que sin ser contrarrevolucionarios no se sienten tampoco revolucionarios.

No se cuestiona la forma sino el contenido, y se enuncia claramente una acusación preocupante: el que duda no es un revolucionario verdadero. Pienso, con todo respeto, que este planteamiento no es correcto, no es cierto y que es a partir de este criterio que se dio paso a una serie de injusticias en el plano de la creación artística. Se generó un pensamiento oficial rígido, estrecho, que recordaba los excesos y errores cometidos en la Unión Soviética a partir de la época de Stalin. ¿Por qué una Revolución que contaba con el apoyo y el amor de la mayoría de la población no podía permitir opiniones en contra? Hubiera sido más saludable para el sistema permitir la libre confrontación de las ideas pues, sin dudas, la Revolución, con todas sus conquistas sociales y económicas, saldría victoriosa en esa batalla. Pero se escogió el camino de la rigidez, y ese camino desembocó en un abismo de frustraciones e injusticias.

Me llama la atención cómo, al principio de su discurso, Fidel plantea que:

Nosotros no estamos haciendo una Revolución para las generaciones venideras, nosotros estamos haciendo una Revolución con esta generación y por esta generación, independientemente de que los beneficios de esta obra beneficien a las generaciones venideras y se convierta en un acontecimiento histórico. Nosotros no estamos haciendo una Revolución para la posteridad; esta Revolución pasará a la posteridad porque es una Revolución para ahora y para los hombres y las mujeres de ahora.

O sea, los beneficios, tanto materiales como culturales, se concebían para ser disfrutados por los protagonistas y contemporáneos de la Revolución. Los escritores y artistas estarían viviendo su momento de realización, se les concedía el derecho a ser libres, derecho ganado con las armas en una lucha justa. Pero quien desconfiase, quien tuviera opiniones diferentes, estaba, automáticamente “fuera del juego”. En el suplemento cultural Lunes de Revolución, fundado en 1959, se había criticado con dureza a los escritores miembros del Grupo Orígenes, por católicos, burgueses y apáticos. ¿No se habrán sentido estos escritores marginados del proceso revolucionario? ¿No les hicieron sentirse culpables por dudar y tener criterios filosóficos diferentes a los de la revolución triunfante? ¿No estaba destinado, entonces, para ellos el momento de “ahora y para los hombres de ahora”?

Pero ya al final, Fidel afirma lo contrario y pide el sacrificio supremo: postergar la realización personal, las ilusiones, en aras de un objetivo mayor y a largo plazo. ¿Por qué la manifestación de un criterio diferente y hasta opuesto implicaba, prácticamente, traición al pueblo?

“Señores ¿no sería mejor pensar en el futuro? ¿Vamos a pensar en que nuestras flores se marchiten cuando estamos sembrando flores en todas partes? ¿Cuando estamos forjando esos espíritus creadores del futuro? ¿Y quién no cambiaría el presente, quién no cambiaría incluso su propio presente por ese futuro? ¿Quién no cambiaría lo suyo, quién no sacrificaría lo suyo por ese futuro? y ¿quién que tenga sensibilidad artística no tiene la disposición del combatiente que muere en una batalla, sabiendo que él muere, que él deja de existir físicamente para abonar con su sangre el camino del triunfo de sus semejantes, de su pueblo? Piensen en el combatiente que muere peleando, sacrifica todo lo que tiene; sacrifica su vida, sacrifica su familia, sacrifica su esposa, sacrifica sus hijos ¿para qué? Para que podamos hacer todas estas cosas. Y ¿quién que tenga sensibilidad humana, sensibilidad artística, no piensa que por hacer eso vale la pena hacer los sacrificios que sean necesarios? Mas la Revolución no pide sacrificios de genios creadores; al contrario, la Revolución dice: pongan ese espíritu creador al servicio de esta obra, sin temor de que su obra salga trunca. Pero si algún día usted piensa que su obra pueda salir trunca, diga: bien vale la pena que mi obra personal quede trunca para hacer una obra como esta que tenemos delante.

Uno de los temas que se discutían era la censura al documental realizado por Sabá Cabrera, P.M. Se consideraba nocivo para el pueblo pues presentaba escenas de la vida nocturna en Cuba, a finales de 1960, que no se encontraban, según el criterio de los altos funcionarios del ICAIC, a la altura del momento que vivía el país. Fidel habla del documental, aunque confiesa que no lo ha visto.

Aunque nosotros no hemos visto esa película nos hemos remitido al criterio de compañeros que la han visto, entre ellos el criterio del compañero Presidente, el criterio de distintos compañeros del Consejo Nacional de Cultura. De más está decir que es un criterio y es una opinión que merece para nosotros todo el respeto; pero hay algo que creo que no se puede discutir y es el derecho establecido por la Ley a ejercer la función que en este caso desempeñó el Instituto del Cine o la Comisión Revisora. ¿Se discute acaso ese derecho del Gobierno? ¿Tiene o no tiene derecho el Gobierno a ejercer esa función? Para nosotros, en este caso, lo fundamental es, ante todo, precisar si existía o no existía ese derecho por parte del Gobierno, se podrá discutir la cuestión del procedimiento, como se hizo; determinando si no fue amigable, si pudo haber sido mejor un procedimiento de tipo amistoso; se puede discutir hasta si fue justa o no justa la decisión. Pero hay algo que yo no creo que discuta nadie y es el derecho del Gobierno a ejercer esa función, porque si impugnamos ese derecho entonces significaría que el Gobierno no tiene derecho a revisar las películas que vayan a exhibirse ante el pueblo (…). Y, en realidad, ¿pudiera discutirse en medio de la Revolución el derecho que tiene el Gobierno a regular, revisar y fiscalizar las películas que se exhiban al pueblo? ¿Es acaso eso lo que se está discutiendo? Y ¿se puede considerar como una limitación o una fórmula prohibitiva el derecho del Gobierno Revolucionario a fiscalizar esos medios de divulgación que tanta influencia tienen en el pueblo? Si nosotros impugnáramos ese derecho del Gobierno Revolucionario estaríamos incurriendo en un problema de principios porque negar esa facultad al Gobierno Revolucionario sería negarle al Gobierno su función y su responsabilidad, sobre todo en medio de una lucha revolucionaria, de dirigir al pueblo y de dirigir a la Revolución; y a veces ha parecido que se impugnaba ese derecho del Gobierno y en realidad si se impugna ese derecho del Gobierno nosotros opinamos que el Gobierno tiene ese derecho (… ). Pero ¿quién es el que tiene tantas reservas con respecto al Gobierno, quién es el que tiene tantas dudas, quién es el que tiene tantas sospechas, con respecto al Gobierno Revolucionario y quién es el que desconfía tanto del Gobierno Revolucionario que aun cuando estime que está equivocada una decisión suya, encuentra un verdadero motivo de terror en pensar que el Gobierno pueda siempre equivocarse?

Pienso que en el contexto de la época, como ya he dicho, en medio de difíciles situaciones en que la Revolución necesitaba consolidarse, se justificaba una política inflexible y cautelosa, y que el planteamiento de “contra la Revolución nada” tenía su razón de ser. En innumerables ocasiones el desarrollo del país ha demandado cambios, ajustes, modificaciones: es un proceso lógico de la vida misma. El propio Fidel no ha dudado en realizar estos cambios: denunció los “errores y tendencias negativas” (1984), se realizaron giros importantes en la política económica (“ahora sí vamos a construir el socialismo”, afirmó en 1986, al denunciar una serie de situaciones que atentaban con el desarrollo económico del país) y, hace muy poco, en su intervención en el Aula Magna de la Universidad de La Habana (17 de noviembre del 2005), hizo estas reflexiones:

¿Es que las revoluciones están llamadas a derrumbarse, o es que los hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben? ¿Pueden o no impedir los hombres, puede o no impedir la sociedad que las revoluciones se derrumben? Podía añadirles una pregunta de inmediato. ¿Creen ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no derrumbarse? ¿Lo han pensado alguna vez? ¿Lo pensaron en profundidad? ¿Conocían todas estas desigualdades de las que estoy hablando? ¿Conocían ciertos hábitos generalizados?

No creo que se deba aceptar que “la política cultural martiana, antidogmática, creadora y participativa, de Fidel y Raúl, fundada con ‘Palabras a los intelectuales’, es irreversible”, entre otras cosas porque esa afirmación, en sí misma, es dogmática (según la definición del DRAE, “dogmático”: inflexible, que mantiene sus opiniones como verdades firmes, sin dudas ni contradicciones”). Todo puede ser reversible (sólo la muerte no lo es), todo puede mejorarse, adaptarse y perfeccionarse; todos tenemos el derecho de participar, a favor y en contra. En Cuba se ha desarrollado —quizás como en ningún otro país— la educación y la cultura, se han creado escuelas de arte, se llevó a cabo con éxito una campaña de alfabetización, se han multiplicado las bibliotecas, se ha llevado la educación a los rincones más apartados de la isla, se ha creado un movimiento intelectual y artístico sólido y culto. Entonces, creo, es el momento de plantearnos un verdadero diálogo nacional, donde se cuestione y analice todo, sin miedos ni esquematismos y donde se permita un verdadero ejercicio de la libertad de expresión.

Josefina de Diego

La Habana, 25 de enero del 2007

Otro texto de Josefina de Diego

"Cumplíamos órdenes" o "Quién le pone el cascabel al gato"

Con relación a la presencia en la televisión cubana de tres funcionarios claves de lo que se ha llamado “el quinquenio gris” —Serguera, Pavón y Quesada— se desencadenó, como ya todos saben, un importante debate, aunque sólo a través del correo electrónico (que poseen unos pocos en Cuba). Nada se ha publicado en la prensa nacional, a no ser la insípida “Declaración del Secretariado de la UNEAC”, ni nada se ha dicho en la televisión. Las personas no vinculadas al sector de la cultura no tienen la más mínima idea de lo que está sucediendo pero, sin dudas, la polémica ha sido importante, muchos se han decidido a hablar y a contar sus historias. Otros han pedido más, y reclaman que se traten temas urgentes y actuales, como son las deplorables condiciones económicas en que se encuentra el país y el empeoramiento de esta situación en las provincias, entre muchos otros asuntos.

El “quinquenio gris”, enmarcado entre los años 1971-1976, fue sólo una etapa —no gris sino negra— dentro de todo el contexto cultural de la Isla. Los problemas que se le achacan a este periodo habían comenzado desde el mismo 1959, y tuvieron “su definición mejor” en junio de 1961, con las famosas “Palabras a los intelectuales” pronunciadas por Fidel en la Biblioteca Nacional.

A finales de 1960 se censuró el documental PM, dirigido por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal; Lunes de Revolución arremetió contra el Grupo Orígenes (1959-1961); en 1961 se nacionalizó la escuela privada y fueron expulsados del país sacerdotes y religiosas; también en ese año se crearon las ORI (Organizaciones Integradas Revolucionarias), donde se fundieron todos los grupos políticos que lucharon contra la dictadura de Batista, lo que eliminaba cualquier posible foco de discrepancia, por leve que pudiera ser. Fue nombrado su director Aníbal Escalante, prominente miembro del PSP; en 1962 Aníbal Escalante y sus principales colaboradores fueron expulsados de la dirección de las ORI acusados de sectarismo; en 1963 las ORI se sustituyeron por el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS), antecedente del futuro Partido (único) Comunista de Cuba (1965); la tristemente recordada UMAP, capítulo bochornoso de nuestra historia, ocurrió entre 1964 y 1969; la censura a los libros Fuera del juego, de Heberto Padilla, Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat y Lenguaje de mudos, de Delfín Prats, por poner sólo ejemplos muy conocidos, sucedieron en 1968; el 13 de marzo de 1968, en un discurso en conmemoración del ataque al Palacio Presidencial, Fidel confirmó la detención y encarcelamiento de los “microfraccionarios”, dirigidos por Aníbal Escalante, y anunció el inicio de la Ofensiva Revolucionaria que terminó, entre otras cosas, con la pequeña propiedad privada que aún quedaba; fue también a finales de los sesenta que comenzaron las depuraciones en las universidades, las acusaciones de “desviaciones ideológicas”, etc.

En las décadas siguientes continuaron los problemas, aunque no con tanta intensidad y crudeza. No haré el recuento porque ya muchos se han encargado de hacerlo en el debate actual, pero lo que me interesa destacar es que el control sobre la libertad de expresión, los medios de comunicación, la libre asociación, etc., se ha mantenido hasta nuestros días, y no sólo en el sector de la cultura sino en todos los sectores de la sociedad. El ICAIC, un organismo con fama de liberal, sigue decidiendo qué guiones se filman y cuáles no, qué películas se exhiben y cuáles no, igualito que como lo hicieron con PM en 1960. El encarcelamiento de Raúl Rivero y los periodistas independientes, en el 2003, y otros casos de censura y restricciones ocurridos “ayer mismo”, son prueba de ello.

Igualmente, sería injusto no reconocer todos los innegables logros alcanzados en este casi medio siglo de Revolución: ningún gobierno se propuso hacer tanto por “los pobres de esta tierra”. Se llevó la educación y la salud pública hasta los rincones más apartados del país (aunque la calidad ha decaído considerablemente en los últimos quince años. Considero desproporcionada la ayuda internacionalista que se está brindando a muchos países, pues ha dejado a la Isla sin los médicos y maestros que requiere, lo que ha afectado, seriamente, la calidad y cantidad de estos servicios ―que conste, me parece un esfuerzo humanitario y generoso, digno de respeto y admiración, que todos los gobiernos deberían ejercitar); se elaboraron importantes planes para el desarrollo cultural, social y económico; se realizó con éxito la Campaña de Alfabetización; se fundaron las escuelas e institutos de arte, bibliotecas, museos, casas de cultura, el Ballet Nacional, el ICAIC, la Casa de las Américas, etc. Esas semillas dieron los frutos, valiosísimos, que hoy recogemos.

Ahora bien, volviendo al título de este texto —que no quiero extender demasiado— quería señalar que me han llamado la atención las declaraciones de dos funcionarios que se destacaron durante el “quinquenio gris”: Serguera y Félix Sautié (segundo de Pavón). Ambos han afirmado (Serguera en una entrevista y Sautié en una carta) que recibían y cumplían órdenes, igual que los soldados. Según ellos, no fueron responsables de lo que hicieron, sólo ejecutores de la política trazada por la “más alta dirigencia del país”, o sea, la política definida en 1961. Todos sabemos que esto fue y sigue siendo así. Pienso que el poder centralizado durante todos estos años ha sido la causa de muchas de las dificultades que hoy padecemos. No dudo de las buenas intenciones pero el hecho de que no exista una verdadera discusión y debate en los órganos encargados de definir la política del gobierno, no ha sido beneficioso para el desarrollo integral de la nación.

Hay algo que siempre se ha tenido como principio incuestionable pero pienso puede ser la causa de muchos de los males que nos aquejan (la doble moral, la apatía, la desidia y descreimiento de los jóvenes, entre otros): la existencia de un Partido único (no quisiera que mis palabras se malinterpretaran ni que se me acusara de tener una “agenda anexionista” ni de estar “prestando servicios al enemigo”, sencillamente expreso mi opinión). Recuerdo a una persona que me decía: “es cierto que Martí creó un solo Partido, pero ¿quién funda un partido y, al mismo tiempo, otro que se le oponga?”. La existencia de una sola opinión (pues, por ejemplo, todos los miembros de la Asamblea Nacional son miembros del mismo Partido) impide un flujo necesario de ideas diferentes, importante para la “oxigenación” del país y para su desarrollo orgánico. La afirmación de que con eso se le da “armas al enemigo” y de que “no es el momento” se ha revertido como un bumerán y ha sido el pueblo quien se ha quedado sin las armas imprescindibles para construir, pensar y organizar su patria. O sea, el silencio ha impedido la manifestación real de las ideas y preocupaciones de la población, el ejercicio verdadero de la libre expresión, del debate, la confrontación de opiniones opuestas, el intercambio efectivo y enriquecedor de criterios distintos.

Si los funcionarios de la época que se debate cumplían órdenes, ¿quién las dio?, ¿por qué lo hicieron si, como dice Serguera, él ni siquiera estaba de acuerdo con muchas de ellas? ¿Por qué se generó este tipo de comportamiento, de aceptarlo todo, de no cuestionar nada? ¿No sería bueno y saludable comenzar a modificar esta mentalidad? ¿Por qué no se realiza un debate ―no sólo sobre la cultura sino también sobre la economía, la educación, la salud pública— donde se analicen a fondo estas cuestiones y se comience a cambiar lo que necesita ser cambiado?

La coyuntura internacional ha evolucionado, la izquierda ha renacido con nuevos bríos en muchas partes del mundo y Cuba vuelve a estar acompañada por numerosos países de América Latina. Creo, honestamente, que si se replantearan muchas de las cosas consideradas como inamovibles en nuestro país, sería un paso importante para rescatar, proteger y mantener todo lo alcanzado —que es mucho—en estos años.

Josefina de Diego

La Habana, 9 de febrero, 2007

Otro texto de Josefina de Diego

Caso cerrado

El debate sobre “el quinquenio gris”, que ha tenido lugar en nuestro país a partir de la “resurrección” de tres ex funcionarios del Consejo Nacional de Cultura ―Pavón, Quesada y Serguera― ya va llegando a su fin, se va extinguiendo; pudiéramos decir que está agonizando. Por un momento muchos pensamos que lo que había comenzado como un simple intercambio de cartas por el e-mail podría dar pie a un verdadero debate sobre temas fundamentales de nuestra cultura y, también, de la economía y de la sociedad. Pero no ha sido así. En la muy criticada Declaración del Secretariado de la UNEAC se reconoció que las apariciones de estos ex funcionarios “no respondían a una política del organismo y que en su gestación y realización se habían cometido graves errores”. Se dijo que muchos de los que habían intervenido en la polémica lo hacían porque trabajaban, “obviamente al servicio del enemigo” y se refirieron a “aquellos que pretenden ver en el debate entre revolucionarios posiciones ambiguas, fisuras u oportunidades para su agenda anexionista”. En la última oración se ratificó que: “La política cultural martiana, antidogmática, creadora y participativa, de Fidel y Raúl, fundada con ‘Palabras a los intelectuales’, es irreversible”. Como para sellar el debate, Alfredo Guevara se solidarizó con el texto de la UNEAC y acusó a los funcionarios de la televisión (que son nombrados por “el Partido”) de ser los responsables de la “insurgencia beligerante de la ignorancia y la mediocridad” que impera en los medios de comunicación. Guevara jamás hizo alusión al “pavonato”, ni al “quinquenio gris”, ni a ninguna de las propuestas que se estaban haciendo.

El “quinquenio gris” fue un término que utilizó Ambrosio Fornet para referirse a la “grisura” de la literatura escrita entre los años 1971-1976, como resultado de una política de esquematismos, sospechas e intolerancias contra el sector de la cultura, y de los llamados que se hicieron, por parte de la más alta dirigencia política y cultural del país, para que se desarrollara un arte verdaderamente ”revolucionario”, algo imposible de lograr a partir de límites tan estrechos. Anteriormente se había producido un momento de esplendor ―según Fornet, un “quinquenio de oro”― con Los años duros de Jesús Díaz, Condenados de Condado de Norberto Fuentes, Los pasos en la hierba de Eduardo Heras León (todos publicados a finales de 1960), etc. Y también ―aunque creo que Ambrosio no se refería a estos libros― con Celestino antes del Alba, de Reinaldo Arenas (1967), Fuera del juego (1968), de Heberto Padilla, Lenguaje de mudos (1968), de Delfín Prats y otros. Pero cuando se habla del “quinquenio gris”, también se está hablando de la persecución desatada por Pavón y sus seguidores contra los homosexuales, “intelectualoides” y extravagantes, a la “parametración” de los teatristas y artistas en general, a las “desviaciones ideológicas”, etc., un periodo que, como todos sabemos, duró mucho más de cinco años.

Muchas persona dicen que “eso ya pasó”, “que fue un ‘catarro malo’” (según declaraciones de Reinaldo González publicadas por el diario El Clarín, 13 de febrero del 2007), que lo del “quinquenio gris” y la polémica ocurrida en los meses de enero y febrero de este año ya son “un caso cerrado”, para utilizar una terminología que ha puesto de moda la famosa serie CSI: la escena del crimen.

Pienso que, efectivamente, muchas cosas han cambiado, para bien; que las persecuciones a homosexuales disminuyeron y, en la actualidad, aunque existen muchos prejuicios, ya no se puede expulsar a nadie por ese motivo de los trabajos y de las universidades. Incluso se transmiten por la propia televisión programas que tocan este tema con gran amplitud y profundidad, como fue la telenovela La cara oculta de la Luna<&i> exhibida recientemente. También es cierto que hay una apertura real y se plantean y cuestionan asuntos que, en aquellos años, hubieran sido imposibles de tratar (prueba de ello es esta polémica). Pero sí creo que todavía persisten serias limitaciones al ejercicio verdadero de la libertad de expresión, de asociación, de movimiento (por no mencionar otros problemas, muy serios, en la esfera productiva); se mantiene el derecho que se arrogan funcionarios a decidir qué es correcto ideológicamente o no; sigue vigente el otorgamiento o no de un permiso para salir o entrar del y al país donde uno nació, lo que no es otra cosa que un freno a la libertad de movimiento e, indirectamente, a la libertad de expresión (a muchas personas se les ha negado el derecho a viajar por sus opiniones políticas); los casos de censura a libros, autores (que viven en Cuba o fuera del país), documentales y películas, etc., existen, y han ocurrido en este siglo XXI, no en el “quinquenio gris”.

Pero esta realidad no se acepta; tampoco se quieren reconocer los errores e injusticias que se cometieron. Y si no se reconocen, si no se señalan las causas verdaderas, no es posible plantear que es un “caso cerrado” porque, siguiendo con la terminología detectivesca, “las evidencias” de que todavía queda mucho por rectificar así lo demuestran. Como dice el doctor Arnoldo Kraus en su libro ¿Quién hablará por ti?: Un recuento del Holocausto en Polonia:

El “silencio humano” ― ese silencio cómplice, soterrado y cobarde ― es una invención moderna que protege a la comunidad, despersonaliza al individuo y exime a los verdugos. Es un estado que aleja la culpa y evita la reflexión. Cuando muchos no saben, nadie sabe. Cuando no hay culpables, nadie es responsable, y cuando no hay responsables, saber carece de sentido.
En resumen, pienso que hay cosas que se repiten en nuestros días, igual que en aquellos años, y pondré algunos ejemplos:

  1. El debate actual no ha sido reflejado en la prensa (sólo la declaración de la UNEAC, sin ninguna explicación, por lo que las personas que no tienen e-mail y que no están relacionadas con el mundo de la cultura, no entendieron nada). Tampoco se informó sobre la reunión efectuada en la Casa de las Américas, el 30 de enero de este año, en la que participó Abel Prieto, ministro de Cultura y miembro del Buró Político. Esta situación se parece a la del año 1971, cuando el famoso “caso Padilla” (que también se mantuvo “a puertas cerradas” para la población), y su explicación puede encontrarse en el discurso de clausura del Primer Congreso de Educación y Cultura: “Algunas cuestiones relacionadas con chismografía intelectual no han aparecido en nuestros periódicos. Entonces: ‘¡Qué problema, qué crisis, qué misterio, que no aparecen en los periódicos!’. Es que, señores liberales burgueses, esas cuestiones son demasiado intrascendentes, demasiado basura para que ocupen la atención de nuestros trabajadores y las páginas de nuestros periódicos”.

  2. No se ha reconocido, oficialmente, que sí existió una persecución a los homosexuales, que fue política de gobierno y que no terminó en la década de 1970 (recordar el Éxodo del Mariel en 1980: “¡que se vayan los homosexuales!”; las expulsiones de militantes de la Juventud Comunista ocurridas en las universidades en esa década bajo la acusación de ser “amanerados” o “amaneradas”, etc.). Esto queda reflejado en Cien horas con Fidel1, páginas 253-255, segunda edición, septiembre del 2006 .

  3. Irreversibilidad de la política trazada en 1961 con “Palabras a los intelectuales”. Toda política puede mejorarse, cambiarse, no tiene que ser “irreversible”.

  4. Un alto funcionario del Ministerio de Cultura manifestó en la reunión celebrada en la Casa de las Américas, el 30 de enero pasado, que Padilla había sido “un cobarde, un actor y un cínico”. En la conferencio que leyó ese día, “El quinquenio gris: revisitando el término”, Ambrosio Fornet escribe sobre lo que le sucedió a Padilla: “A cada rato oíamos decir que estaba muy activo como consultor espontáneo de diplomáticos y periodistas extranjeros de tránsito por La Habana, a los que instruía sobre los temas más disímiles: el destino del socialismo, de la revolución mundial, de la joven literatura cubana…”. Creo que se debería reconocer, francamente, que lo que le sucedió a Padilla fue una injusticia y una violación de sus derechos humanos.

Se podría continuar la enumeración de ejemplos, pero ya en estos días se ha escrito mucho sobre lo ocurrido en los últimos años.

Pienso que muchas personas querían que el debate se extendiera, que no se quedara en el estrecho marco de la década de 1970. No fue así, aunque es bueno reconocer que, hasta ahora, se han respetado las opiniones expresadas a través del limitado espacio del correo electrónico y que, según se cuenta, los que pudieron participar en la conferencia del día 30 de enero, se expresaron con entera libertad. “Del lobo, un pelo”, podríamos decir, sin mucho entusiasmo y poca convicción…

Josefina de Diego

La Habana, 20 de febrero, 2007

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1. CIEN HORAS CON FIDEL: CONVERSACIONES CON IGNACIO RAMONET (SEGUNDA EDICIÓN. Revisada y enriquecida con nuevos datos) / Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado / La Habana, septiembre del 2006).

“Cien horas con Fidel es la segunda parte de la Historia me absolverá”: Alfredo Guevara.

CAPITULO 10: Revolución: primeros pasos, primeros problemas (Fragmentos: páginas 253, 254, 255).

Ramonet: Uno de los reproches que se le hizo a la Revolución, en los primeros años, es que se dice que hubo un comportamiento agresivo, un comportamiento represivo contra los homosexuales, que hubo campos de internamiento donde los homosexuales eran encerrados o reprimidos. ¿Qué me puede decir usted de eso?
Fidel Castro: En dos palabras, usted está hablando de una supuesta persecución a los homosexuales. Yo le debo explicar de dónde nace eso, por qué nace esa crítica. Le puedo garantizar que no hubo nunca persecución contra los homosexuales, ni campos de internamiento para los homosexuales.
R: Pero hay bastantes testimonios sobre eso.
FC: ¿Qué tipo de problemas se produjo? Nosotros, por aquellos primeros años, nos vimos envueltos en una movilización casi total del país, ante los riesgos de agresión inminente por parte de los Estados Unidos (…). Se creó el servicio militar obligatorio. Nos encontramos con tres problemas: la necesidad de un nivel escolar para prestar servicio en las Fuerza Armadas (…). Había a su vez algunos grupos religiosos que, por principio o por doctrina, no aceptan la bandera o no aceptan las armas (…). Por último estaba la situación de los homosexuales, que no eran llamados al servicio militar. Usted se encuentra con problemas de resistencia fuerte contra los homosexuales, y al triunfo de la Revolución, en esa etapa de que estamos hablando, el elemento machista estaba muy presente en nuestra sociedad y prevalecían aún ideas contrarias a la presencia de los homosexuales en las unidades militares.
Estos tres factores determinaron que no se les llamara a las unidades militares; pero adicionalmente aquello se convertía en una especie de factor de irritación, ya que eran excluidos de tan duro sacrificio y algunos usaban el argumento para criticar aún más a los homosexuales.
Con aquellas tres categorías de los que por una razón o por otra estaban excluidos, se crearon las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde participaban personas de las categorías mencionadas. Eso fue lo que ocurrió.
R: ¿No eran campos de internamiento?
FC: Esas unidades se crearon en todo el país y realizaban actividades de trabajo, principalmente de ayuda a la agricultura.
Es decir, no afectaba sólo a la categoría de homosexuales, aunque sí ciertamente a una parte de ellos, a los que eran llamados al servicio militar obligatorio, una obligación en la que estaba participando todo el mundo.
De ahí nace el problema, y es cierto que no eran unidades de internamiento, ni eran unidades de castigo; al contrario, se trataba de levantar la moral de los que ingresaban en esas unidades, presentarles una posibilidad de trabajar, de ayudar al país en aquellas circunstancias difíciles.

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