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Sobre las palabras de Alfredo Guevara
María de las Mercedes Santiesteban


Lo primero que llama la atención del documento presentado por Alfredo Guevara es su pésima redacción. Un hombre que siempre se ha caracterizado por su lucidez e inteligencia, ha escrito un texto de difícil lectura, repetitivo y poco original. El primer párrafo, larguísimo, es prueba de ello:

La Unión de Escritores y Artistas de Cuba interpreta y asume esa lección ética, martiana y fidelista de impedir, con el ejercicio de su autoridad y prestigio, la impunidad de ese abuso del poder que llevó a un nivel de nuestra Televisión a pisotear sus obligaciones éticas desarrollando o pretendiendo promover un diseño que entra en contradicción con el de la política cultural de la Revolución, política de respeto y exaltación de la libertad de creación y del trabajo intelectual, y de la intelectualidad que lo hace posible.

No queda claro cuál es “el diseño que entra en contradicción con el de la política cultural de la Revolución”. Hasta ahora, lo que se criticaba y cuestionaba era, en primer lugar, la aparición de la “tríada gris” formada por Pavón-Serguera-Quesada y lo que todo ello podría significar de retroceso para la cultura nacional. Guevara va por otros caminos y acusa a la Televisión de “pisotear sus obligaciones éticas”; prácticamente los acusa de traidores aunque se apura en aclarar que toda la programación ideada y concebida por el “gran comunicador” es la correcta: no quiere, de ninguna manera, que se malinterpreten sus palabras.

Más adelante, otro párrafo enrevesado:

“… es el pueblo que merece ser y es y tiene que ser el protagonista real de la batalla de ideas, si, paralelamente, no se desarrollara desde un instrumento que ha terminado por ser usurpado en ciertos niveles, otra campaña de exaltación de la vulgaridad, el mimetismo de lo peor de la programación que promueve el Imperio, y que favorece la destrucción del idioma, reflejo de la claridad, estructura y ejercicio y expresión del pensamiento. ¿Por qué, a partir de qué premisas? No lo sabemos”.

Guevara jamás menciona los nombres de Pavón-Serguera-Quesada, ni tampoco se da por enterado de que el centro principal del debate es la política cultural general del país; incluso, muchos lo quieren llevar más allá, y demandan que se analicen los problemas que existen en la esfera productiva. Guevara dirige su ataque a la Televisión, lo que me parece bien, porque gran parte de la programación es pésima y vulgar. Pero, ¿dónde ha estado Guevara todo este tiempo? ¿Por qué se decide a criticarla ahora si este problema existe hace años? ¿Por qué desvía, o trata de desviar, el centro del debate? ¿No será porque teme que la bola de nieve crezca demasiado y que, en un momento de tanta tensión, totalmente inédito en la historia de estos cuarenta y nueve años, la gente se decida a cuestionar la esencia misma del sistema, como ocurrió en 1991 durante el engañoso y manipulador “Llamamiento al 4to. Congreso del Partido”?

La televisión cubana es un medio de propaganda despiadado, insoportablemente politizado, con una estructura noticiosa rígida y el agravante de que, cada vez que se ha querido –que ha sido muchas veces- se interrumpen los programas de simple entretenimiento para intercalar la transmisión de largos y aburridos actos políticos. Muchas personas dejan encendido su televisor, sin el audio, para esperar, pacientemente, que se termine el acto y comience la telenovela. Pero a los que dirigen la televisión —que no son los directores de la televisión sino los ideólogos, o El Ideólogo, del Partido— no les importa mucho eso: hay que repartir propaganda “a troche y moche”, hay que presentar una sociedad cubana absolutamente idílica, feliz, próspera, frente a un mundo depravado, violento, empobrecido. El mundo, es cierto, está muy mal, pero Cuba no está tan bien. La televisión proyecta una imagen virtual: el pueblo no se reconoce en ella, ni ve reflejados sus problemas.

Para respirar un poco se han inventado múltiples formas de evadir la cantaleta oficial. Recuerdo que en 1993 La Habana se llenó de antenas parabólicas caseras que, orientadas hacia el Hotel Habana Libre, captaban los canales de Miami. Aquello se interrumpió bruscamente porque el gobierno no iba a tolerar que la gente tuviera una fuente de información distinta. En estos momentos ocurre algo semejante, y miles de personas, por el “módico” precio de diez pesos convertibles, disfrutan de “emisiones alternativas”, ven noticieros diferentes y se olvidan del ajetreo cotidiano. Esos programas, es cierto, en su inmensa mayoría, son pésimos, de un mal gusto terrible: como bien dice Guevara, son “la exaltación de la vulgaridad, el mimetismo de lo peor de la programación que promueve el Imperio”. Lo curioso de todo esto no son “los canales de afuera”, como les llaman, lo peor y más preocupante es que la gente está dispuesta a pagar el equivalente de un mes de salario medio para ver estas producciones. ¿Por qué nadie se pregunta qué pasó en todos estos años de cultura “al por mayor”? ¿Por qué, después de tantos esfuerzos reales que ha hecho el país por elevar el nivel cultural del pueblo lo que se quiere ver es lo peor de la televisión de Estados Unidos? (y, dicho sea de paso, los mejores programas que se divulgan en nuestra televisión también provienen de ese país, como son los documentales del Discovery Channel y de la National Geographic, por poner sólo dos ejemplos).

Continúa Guevara:

Conocen las más altas autoridades de nuestra dirección, así como el Ministerio de Cultura y el Partido, desde el primer instante el rechazo indignado que he expresado directamente, es decir, como me corresponde, ante la vejación reiterada de que ha sido objeto la intelectualidad cubana y, en la práctica, esa inteligencia que la Revolución ha despertado, formándola desde la educación, para que fuese, como comienza a ser, el activo más importante de nuestra sociedad en la época, el primer siglo en el que el saber deviene la mayor riqueza espiritual, social y económica.
¿Cuál es “la vejación reiterada de que ha sido objeto la intelectualidad cubana” que menciona Guevara? ¿La presencia del “triunvirato ceniciento” o la “ignorancia beligerante y usurpadora” de los funcionarios de la televisión? No me queda claro. Guevara afirma que lo ha rechazado con indignación, no lo dudo, aunque no sabemos dónde ni cuándo lo hizo.

Finalmente termina con una acusación muy seria:

Cuanto ha pasado en estos días no es sólo una afrenta a la intelectualidad cubana, a nuestra cultura en su expresión artística, ha sido, es, una trampa tendida desde esa mediocridad e ignorancia beligerantes, a Fidel y Raúl; un juego de intereses empeñado en confundir y dividir.
¿Una trampa a Fidel y a Raúl? ¿Juego de intereses empeñado en confundir y dividir? La trampa es traición y la traición en nuestro país se paga con la muerte, con el agravante de que, en estos momentos, el Comandante ni siquiera se puede defender. Los que dirigen la televisión han sido nombrados por “la más alta dirigencia” pues los medios masivos de comunicación son un arma poderosísima para la transmisión de ideología, entre otras muchas cosas. ¿Entonces, los que dirigen estos medios quieren confundir y dividir? ¿Estará hablando Guevara de alguna conspiración, habrá algún tipo de “micro fracción” infiltrada en nuestros canales televisivos?

Aunque confusas, no dejan de ser muy graves las acusaciones de Guevara, quien apoya enérgicamente la “Declaración del Secretariado de la UNEAC”, un documento que la mayoría ha calificado de insuficiente, torpe y mediocre. Afortunadamente, el debate continúa. Esperemos que todo lo injusto, el abuso de poder y los dogmas sean reversibles, para bien de la cultura y para bien de todos.

María de las Mercedes Santiesteban

La Habana, 22 de enero, 2007

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