Consenso
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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Varios

Coro discordante
Leticia Córdova


Después de tantos años de mordaza no podíamos esperar más que este coro discordante en que las voces trepan, unas sobre otras – hay que contestar a la opinión que se emitió ayer, también a la que se calló—se detienen apenas el tiempo de ser leídas y se solapan con otras que ya coleccionamos en nuestras computadoras o bajo las tapas de algún file de aspecto vulgar. De todo hay: unas razonables, otras, desmedidas. Un conjunto imprescindible para comprender el daño y el dolor que los cubanos cargamos sobre nuestras conciencias.

Igual que a Galileo Galilei nos mostraron los instrumentos de la tortura. Esta vez por la televisión. Los funcionarios de la cultura y/o del Partido deben haberse asombrado de que no se produjera el mismo silencio de siempre. Hay que ser muy ingenuo ―sé que es un adjetivo muy cortés―, por una parte, para tragarse el cuento de que se trata de una adversa secuencia de torpezas y, por otra, para creer por un segundo que la televisión cubana es el sitio donde se acuartela la “ignorancia beligerante”. Bien debía saberlo Alfredo Guevara porque desde el año 1960 está llamando a los intelectuales cubanos a que, por favor, tengan la lucidez de crear siguiendo los objetivos y el ejemplo inspirador de la Revolución: “el único límite a la libertad resulta la libertad” (1), una frase ingeniosa en la que no queda claro qué es la libertad, pero sí sus límites. Con el paso del tiempo y los avatares de la práctica, este llamado se hizo menos obsequioso.

¿Alguien puede defender la idea de que la Mesa Redonda es un programa de televisión? ¿Es una iniciativa de los “ignorantes” que, según Guevara, conspiran contra la Revolución?

No hay dudas de que el gobierno de Cuba ha sabido muy bien cómo mantener el pueblo a raya durante estos 48 años. Una de las razones por la que muchos compatriotas se marcharon fue para poder expresar su opinión, algo que aquí no pudieron hacer sin lamentar las consecuencias. Hace tiempo que el poder mostró cómo se puede reducir a pulpa el cuaderno de poemas de un hombre y también su espíritu. Ahí está el poeta Delfín Prats para evidenciarlo. A otros, los convirtió en personajes de feria.

Literalmente.

Los que aquí vivimos no debemos olvidar que, donde quiera que estemos, somos cubanos, y no sólo es nuestra la patria por la circunstancia de habitarla. Sobre los asuntos de Cuba tiene derecho a opinar todo cubano. A diario lo hace José María Heredia desde sus versos transparentes:

Cuba, Cuba, qué vida me diste,
dulce tierra de luz y hermosura,
¡cuánto sueño de gloria y ventura
tengo unido a tu suelo feliz!

No hay que olvidar nuestro pasado. Lo necesitamos imperiosamente para poder descifrar nuestro presente y encarar nuestro futuro.

En la Intervención en la reunión de Fidel Castro con los intelectuales, Biblioteca Nacional ‘José Martí’, en la que se debatió el tema de la creación artística, después de la prohibición de PM, en junio de 1961, Alfredo Guevara expresó: Yo quiero aclarar, desde luego que no soy de los que tienen temores, de la Revolución no espero más que cosas positivas en todos los terrenos, incluyendo el terreno del arte, incluyendo el terreno de la creación y considero que con la Revolución hemos encontrado todos los que tenemos necesidad de expresarnos, todos los que tenemos algo que decir, todos los que queremos decir algo hemos encontrado la posibilidad de decirlo con absoluta libertad y de decirlo no en un pequeño núcleo de burgueses o aficionados, sino de decirlo ante todo nuestro pueblo, al más amplio público, al público que corresponde a toda la nación. Porque el triunfo revolucionario es el recuento de toda la nación con sus propios fines o por lo menos es así como yo lo entiendo específicamente para los artistas (Revolución es lucidez, Ediciones ICAIC, 1998, página 181).

Esto parece ser la respuesta a una opinión muy valiente que se emitió en una de estas reuniones. Un hombre expresó, en voz alta, que sentía miedo. Se llamaba Virgilio Piñera.

Estaríamos disminuyendo la envergadura de la declaración de Virgilio si no nos detenemos en un dato sobrecogedor. En 1952 había publicado una extraña novela, La carne de René, una narración de los terrores que asedian a la carne. René, el protagonista, ha recibido la herencia de su padre y de su abuelo de la causa de la carne. Por eso, su vida ha sido una sucesión de fugas y una resistencia imperiosa a su llamado. Con su negativa a aceptar la causa, René estremece los preceptos de un mundo establecido. A su vez ese orden empleará todas las armas para persuadirle. Se trata de un juego siniestro en que cada hombre ha sido víctima, pero también victimario. Merece la pena la extensión de esta cita:

—Pero padre — exclamó René vivamente—, no veo por qué tengas que morir. Todo puede arreglarse. Escribe a ese jefe comunicándole que te retiras de la persecución.
—Retirarse de la persecución…La persecución es infinita; ni aún la muerte la detendría; ahí quedas tú para proseguirla. ¿No te has fijado en las carreras de relevos? Cuando un corredor deja caer la antorcha, el que sigue la recoge al instante. Tu abuelo me entregó la antorcha, yo te la pasaré. Tú la pondrás en las manos de tu hijo o en su defecto al miembro más destacado del partido. La Causa no puede dejar de correr un solo instante.
—¿Por qué se baten? — preguntó René con suma agitación.
—Por un pedazo de chocolate — respondió solemnemente su padre—. El jefe que ahora me persigue, hace muchos años logró, tras cruenta lucha, abatir al poderoso y feroz jefe que tenía prohibido en sus estados, so pena de muerte, el uso del chocolate. Este mantenía rigurosamente tal prohibición que se remontaba en el tiempo a siglos. Sus ancestros, los fundadores de la monarquía, habían prohibido el uso del chocolate en sus reinos. Afirmaban que el chocolate podía minar la seguridad del trono. Imagina los esfuerzos, las luchas que tuvieron lugar durante siglos para impedir el uso de dicho alimento. Millones de personas murieron, otras fueron deportadas. Por fin el jefe, que ahora me persigue, obtuvo una aplastante victoria sobre el último soberano y tuvimos la dicha, muy corta, de inundar de chocolate nuestros territorios.
—Dime, padre, ¿en qué minaba el chocolate la seguridad del trono?
—Muy sencillo: el fundador de la dinastía aseguraba que el chocolate es un alimento poderoso, que al pueblo se le debe mantener perpetuamente en una semi-hambre. Era la mejor medida para la perdurabilidad del trono. Imagina entonces nuestra alegría cuando, tras siglos de horrendas contiendas, pudimos inundar el país de chocolate. Las masas, que habían heredado esa patética predisposición a tomarlo, se dieron a consumirlo locamente. Al principio todo marchó sobre ruedas. Un mal día el jefe empezó a restringir su uso. Tu abuelo, que había visto perecer a su a su padre y a su abuelo por la implantación del chocolate, se opuso categóricamente a dicha restricción. Y tuvo lugar el primer rozamiento con el jefe. Como en todas las luchas que van a ser a muerte, hubo imprescindibles tanteos, arreglos aparentes. Un día amanecíamos y la esperanza nos colmaba. El jefe daba carta blanca al uso del chocolate: otro día se limitaba su uso a tres veces por semana. Entretanto las discusiones subían de punto. Tu abuelo, el personaje más influyente cerca del jefe, le reprochaba política tan funesta, llegando al extremo de llamarlo “reaccionario”…Mi padre se opuso abiertamente al gobierno, se formó el grupo de los chocolatófilos. Entonces yo era muy joven, pero recuerdo nítidamente un desfile bajo los balcones de la Casa de Gobierno comiendo barritas de chocolate. En represalia, el jefe incautó el existente en el país. Nosotros no cejamos y nos vestimos color chocolate. El jefe, considerando que esto podía levantar en su contra al pueblo, nos declaró reos de lesa patria y ordenó un gran proceso. A duras penas mi padre pudo trasponer las fronteras y, buscar asilo en un país vecino. El resultado de los procesos fue la muerte de miles de los nuestros.
—Si no eran culpables, ¿por qué los ejecutaban? – gritó René fuera de sí.
—¿Por qué…? Pregúntaselo al Jefe —y Ramón soltó una risotada. Es la voluntad del partido que seas mi sucesor tanto en lo que tengo de perseguido como en lo de perseguidor. Son dos funciones diametralmente opuestas. Cada una exige una táctica diferente. Aprenderás ambas. Como en los últimos tiempos la suerte nos ha sido adversa, deberás prepararte para ser el gran perseguido de nuestra Causa. Mi consejo es que, sin hacer renuncia expresa del oficio de perseguidor, pongas el acento en la complicadísima técnica del perseguido. No olvides que por el momento, la perdurabilidad de la Causa depende de la huida. Un buen huidor puede causar mucho daño al enemigo. El que huye lo hace de dos cosas: de otro hombre como él y de la confesión (La carne de René, Ediciones UNIÓN, 1995).

El resto es historia sabida. Virgilio murió en 1979. Dicen que a su funeral asistieron muy pocas personas. En 1968 había escrito Dos viejos pánicos. Había tenido el mal gusto de insistir en el tema del miedo en un momento en que se exigía la ostentación de la fanfarronada machista.

Ahora que en una declaración del Secretariado de la UNEAC, en un texto previsible y escrito en un lenguaje harto conocido, se nos convoca a no abandonar el rebaño, a seguir callando como corderos de la más pura estirpe, ahora, cuando se nos amenaza con que cualquier palabra que digamos significa un argumento a favor de la anexión, no puedo olvidar la figura escuálida de Virgilio, caminando hacia un micrófono para confesar su miedo: ese miedo que acusa a tanta unanimidad culpable, de guardar silencio.

Leticia Córdoba

La Habana, 16 de febrero, 2007

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