
Me dirijo a Uds. quizás a destiempo, pero más vale tarde que nunca, como preconiza el consabido dicho popular. La vida monástica que llevo en uno de los programas de la Batalla de Ideas me ha hecho separarme drásticamente de mis habituales contactos con el mundo cultural, de ahí que haya llegado tarde a la polémica desatada en torno a la vergonzosa aparición de varios responsables de la política cultural del “decenio negro” y no “quinquenio gris” como ha manifestado lúcidamente Desiderio Navarro en su “In medias res publica”. Soy joven (veinteañero apenas) y en parte respondo a la justa reclamación de Arturo Arango de lo alarmante que sería que los de mi generación no tomara parte en esta indignación, más allá de que no hayamos vivido este atroz y espeluznante proceso, pues, como bien afirma Oscar Llanes, la exclusión de nuestra presencia ahora sería justamente reproducir, consciente o inconscientemente (ya no sabemos), aquellos métodos represivos como el silenciamiento y la marginación, no conocidos en todas sus dimensiones y aristas. Es hora de que se hable, comente, discuta sobre este tema tan vedado como pudieron haber sido otros aspectos en aquellos años. Téngase en cuenta, por ejemplo, que esos nombres (Luis Pavón, Jorge Serguera y otros) son escuchados ahora por nosotros por primera vez. Por eso pienso, y conmigo muchos jóvenes que no queremos bajo ninguna circunstancia sufrir una segunda parte del pavonato (recuerden aquello de que las segundas parte nunca fueron buenas), que no haya sido pura casualidad la aparición tan seguida de esos personajillos siniestros, responsables directo o indirectos de amargarles la vida y obra a muchísimos intelectuales que abogaban por un pensamiento plural y tenido en cuenta, tal como debe suceder en una verdadera sociedad democrática y receptiva para con el parecer de sus ciudadanos. Sobre todo teniendo en cuenta la proyección épica y apologética con que fueron presentados. Y no solo es una falta de la ética más elemental, ya que no hablo de esa ética humanista de la que nos “pavon-eamos” ante el mundo y ante nosotros mismos, sino también una agresión insensible a la mayoría de los que vivieron aquella época, sean intelectuales o no, (familiares, amigos y pueblo en general) que tuvieron que sufrir de las más desconocidas formas el dogmatismo, el oportunismo y la tergiversación de una ideología cierta pero manipulada hasta el paroxismo, formas estas todavía inéditas a la vista de muchos de nosotros. Alabar públicamente a personas cuya implicación en esa barbarie no cabe la más mínima duda en un contexto político y social como el de hoy, no sólo es un síntoma o un síndrome como dijera otro de los polemistas, es, sin fantasmas ni elaboraciones patológicas, un anuncio muy claro de lo que pudiera pasar en un fututo cada vez más incierto y que podría repetir estos y nuevos y peores procedimientos. Por lo que sí me parece justa e irrevocablemente necesaria la protesta que Uds. ha iniciado. Pueden contar con el apoyo de los más jóvenes, de los que empiezan su andar por un camino que puede ser abruptamente cercenado, y no estamos dispuestos a someternos, No por nuestros padres, ni por nosotros mismos.
Leonel Brito