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Conferencia para mayores de 40 años en la Casa de las Américas


Isbel Díaz Torres


Sí, al parecer los temas que se debatieron ayer en la Casa de las Américas no eran de interés para el futuro de la cultura y el pensamiento cubanos. Al parecer se trataba de reivindicar (con todo derecho) a algunas de las víctimas de un período más que gris, invisible.

Para muchos como yo, el conocimiento de esta región de nuestra historia cultural se limita a comentarios de algún que otro parametrado y lecturas entre líneas en ensayos y espacios como los de las revistas Temas o Criterios. Sin embargo, los más jóvenes artistas, investigadores, intelectuales de manera general que quisimos asistir, tuvimos que contentarnos con las barreras de hierro que nos regalaba nuestra amada Casa. “No hay espacio”, decían, y era una gran verdad: para nosotros no había espacio en aquel cenáculo.

Lo triste de todo esto es que quizás no hubiera sido así, es muy posible que si a nuestro Desiderio le hubieran preguntado si ese era el auditorio que había pensado para su ciclo de conferencias, la respuesta sería negativa. Y no es porque los que estaban no merecieran ese lugar, sino porque a los que afuera quedamos nos asistía el derecho como futuros hacedores de la cultura cubana.

Hay quienes piensan que todo fue solo un problema organizativo, hay quienes son más suspicaces, la realidad es que no entramos. ¿Cuántas invitaciones se destinaron a miembros de la Asociación Hermanos Saíz que no fueran del Consejo Nacional? ¿Por qué la UNEAC regenteó todo el proceso organizativo llevándose una inmensa cantidad de cupos? ¿Y la Universidad de La Habana dónde queda? Es muy posible que la mitad de los que asistieron, si no hubieran sido expresamente invitados, se hubieran quedado en sus casas, y esta es una especulación no tan ligera como pudiera pensarse. Vayan a las conferencias tan sustanciosas y conflictivas que se imparten en el Centro Teórico-Cultural Criterios y confronten las caras de los asistentes usuales con los rostros de los que ayer estaban entre los escogidos ¿Tan preocupados están por la historia y la cultura cubanas?

Afortunadamente, gente de pensamiento profundo estaba allá arriba también, gente que, independientemente de sus méritos artísticos, han profesado siempre la práctica de la opinión, el debate, la confrontación, la herejía. Pero no basta: debimos estar también nosotros, y eso no me parece necesario argumentarlo más. Alguien entre los excluidos dijo que quizás era mejor estar allá abajo que allá arriba, quizás estábamos haciendo la parte de la historia que nos correspondía; quizás, digo yo ahora, estábamos demostrando que aquello no se trataba exclusivamente del pasado, sino también de nuestro conflictivo presente.

Saludo la entrada de este debate en la agenda de los intelectuales cubanos, los que sufrieron el pavonado y los que hoy recogemos los frutos de aquellas heridas y nos enfrentamos a otras quizás de similar calaña. Confío que las sillas de las próximas conferencias de este ciclo puedan estar al alcance los que nos interesa escuchar para hacer por el futuro de nuestra cultura.

Lic. Isbel Díaz Torres

Escritor miembro de la Asociación Hermanos Saíz

miércoles, 31 de enero de 2007

CONFERENCIA PARA MENORES DE 40 AÑOS

Bueno, pues como ya deben saber, se dio la Conferencia para los jóvenes... o las Conferencias... o el taller “La política cultural de la Revolución”, como decían las invitaciones que el Centro Teórico-Cultural Criterios y la Asociación Hermanos Saíz distribuyeron. La cosa fue el viernes pasado (23 de febrero) a las 2:00 p.m., en el ISA.

¿Quienes fueron invitados? Pues, aunque no tengo las estadísticas, había bastante gente allí, la inmensa mayoría jóvenes. Intelectuales de todas las ramas del arte, investigadores, escritores, de la AHS (con y sin cargos), estudiantes de la Universidad y creadores de muchas provincias del país. Quizás tampoco esta vez se logró el auditorio ideal, como dijo Alain Ortiz “el sentido del encuentro tenía que ver con la representación multigeneracional”, para lograr un verdadero debate, pero convengamos que es una tarea realmente ardua.

Mis impresiones están algo encontradas. Por un lado siento la satisfacción de haber sido parte de este debate, de haber tenido la oportunidad de hablar libremente, como muchos otros jóvenes allí, y de haber discutido temas impostergables de nuestra cultura y nuestra política. Como ha sucedido más de una vez, es gratificante sentir que Abel nos escucha y toma en cuenta. Pero por otro lado, está la sensación mía y de algunos amigos del momento que coincidimos en la falta de fe en una solución inmediata a muchas de las cuestiones planteadas, y que a fin de cuentas es lo realmente importante. El tono justificativo de Iroel Sánchez (Director Instituto Cubano del Libro) y por momentos del mismo Abel fue un tanto desalentador. Los jóvenes tenemos prisa, es cierto. Será que muchas cosas que pedimos debimos tenerlas desde ayer, y no esperar a que quizás mañana nos las den.

No obstante, quiero ser optimista, “las maravillas vendrán algo lentas” como dice Silvio, pero se vislumbran la velas en el horizonte. Este proceso que se ha desatado es irreversible, a mi juicio, y siento que la Revolución arde en ricas contradicciones, lo que la hará más fuerte y resistente si logramos aprovecharlas. No se trata de oportunismo, sino de no dejar en la gaveta los temas que hoy nos preocupan, y que urge sean tratados y resueltos. Siento que mucho de lo que hoy sufrimos se debe justamente a que las heridas no fueron curadas en el momento que fueron perpetradas. Es como intentar esconder un pedazo de carne bajo el colchón: la pudrición y el mal olor saldrán con el tiempo. El momento es ahora. Herramientas como la web y el correo electrónico están a nuestro favor, es imposible el silencio.

Hasta el momento no he encontrado repercusión de este Taller; ni en la prensa nacional ni en los correos electrónicos. Eso me preocupa mucho, pues pienso que ha sido una ganancia para el debate, un terreno conquistado. ¿Sólo nos interesa hacer catarsis denunciando nuestro infortunio, o queremos sistematizar realmente este debate? Es preciso tener plena conciencia de lo que hacemos. No se trata de un plan de acción ni nada parecido, todos tenemos ideas propias y diferencias importantes; pero el afán renovador, verdaderamente revolucionario, no puede perderse después de un período corto de efervescencia, sino que debe ser parte de nuestra vida cotidiana.

Por lo pronto, aquí publico mis palabras en el “encuentro con los jóvenes”. El texto fue corto, ateniéndome al reclamo del moderador de no exceder los tres minutos, pero “he dicho lo mío a tiempo y sonriente”, y sobre todo, con mucha honestidad, que es lo importante.

Instituto Superior de Arte, viernes, 23 de febrero de 2007

Hola a todos.

Un pensamiento insiste una y otra vez en mi cerebro, desde que esta avalancha de correos y declaraciones ha invadido el ámbito intelectual cubano. Esa pregunta es: Todo esto ¿tendrá algún sentido práctico?

¿La Política Cultural qué es? ¿Una “política cultural” decide qué obras son estéticamente válidas y cuáles no? ¿Me ayudará a saber si el rock es mejor que la timba, si el performance es preferible al paisajismo, si los escritores de adentro son superiores a los de afuera, si el reggaeton es erótico o pornográfico? ¿Una “política cultural” es la que “ayuda” a los negros, a los gays, a los artistas de provincia…? ¿Es eso? ¿Es alguna cosa que se escribe en la Constitución de la República, o en Decretos, o que bajan como “orientaciones de los organismos superiores” en las reuniones del Partido o la UJC? ¿Una “política cultural” dice qué es revolucionario y que es contrarrevolucionario?

A mi juicio la Política Cultural Cubana, tan ligada a las esferas de poder, y muchas veces más que ligada, subordinada al aparato del Estado, afortunadamente no ha sido inamovible, sino que se ha ido conformando junto al devenir de esta nación. Muchas veces ha quedado a merced de voluntades ajenas a la Cultura misma: coyunturas internacionales, “momentos de definición”, ideas descabelladas que en cabeza de algún directivo se transformaron en leyes, etc. Momentos de mayor o menor permisividad existieron, a veces de tolerancia y, por qué no, también de real comprensión. ¿Pero es eso en realidad lo que necesitamos hoy: dar gracias por el arribo de un momento de mayor permisividad? ¿Cantarle un réquiem al Realismo Socialista y un Aleluya al postmodernismo? Pienso que sería una frívola actitud nuestra.

Desde pequeño me enseñaron que las verdaderas transformaciones, o al menos las más necesarias, son aquellas que van a las raíces de los males. Luego aprendí por mí mismo lo difícil que era tal hazaña pues implicaba, antes que nada, identificar esos males; labor que requiere una fuerte dosis de sabiduría, desapego y amor. ¿Pero quién quiere tareas fáciles? Verdaderas transformaciones necesitamos y para eso hay que “pensar la Revolución”. No se trata exclusivamente del ámbito artístico o intelectual, sino de la sociedad toda, del país todo, de la Revolución.

La sociedad cubana es una sociedad del miedo, amén de otros calificativos más reconfortantes que pudiera tener. Es posible que similar denominación tengan otras sociedades en estos momentos, donde fuerzas superiores e invisibles determinan los destinos de sus habitantes, quizás sea un signo de estos tiempos, pero resulta que somos responsables de esta sociedad nuestra, de esta Revolución nuestra. No dispongo de las herramientas teóricas para demostrar que el miedo se ha instaurado en este país, pero denominaciones como “Pavonato”, “Quinquenio Gris”, “Secretismo”, “Síndrome del Misterio” pudieran ilustrar a qué me refiero. Un proceso tan doloroso para el alma de esta nación no puede desterrarse fácilmente; las ronchas que se levantaron a raíz de mi mensaje “Conferencia para mayores de 40 años”, me demostraron lo lejos que estamos aún de haber salido de las nefastas influencias del miedo. Los censores están, existen, ocupan cargos desde donde nos pueden hacer daño. ¿Cuándo se les reconocerá como contrarrevolucionarios? ¿Cuándo tendremos una televisión que refleje nuestra sociedad y sus contradicciones, en vez de invertir tiempo y recursos en vacuos espacios de autobombo? ¿Cuándo tendremos un periodismo arriesgado e inquisitivo? ¿Por qué nadie allá afuera sabe que estamos aquí diciendo estas cosas?

La política cultural que necesitamos es aquella que propicie el ejercicio de la crítica venga de donde venga; es aquella que desde una postura ecuménica y sin paternalismos abrace la actividad creadora; es aquella que no tenga a “La Institución” como matriz, aún cuando “La Institución” ampare al creador, sino que su matriz esté en la actividad cultural misma; es aquella que nos enseñe a dialogar.

Nuevos y viejos aires (pero distintos) son necesarios. No podemos darnos el lujo de que nombres como Gramsci, Trotsky, Varela (por mencionar algunos) sean conocidos solo en los ámbitos intelectuales y totalmente ajenos para el conocimiento y la práctica cubanas. Por otra parte, los jóvenes no podemos seguir esperando que nos diseñen los espacios para la libre expresión, para la crítica: está en nuestra propia condición el poder de generar esos espacios y multiplicarlos.

DONES (El justo tiempo humano, 1962, Heberto Padilla )

(…) Y sin embargo, tenías cosas que decir:
sueños, anhelos, viajes, resoluciones angustiosas;
una voz que no torcieron
tu demasiado amor ni ciertas cóleras.


Isbel Díaz Torres
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