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Claudio Santa Cruz de Oviedo

No es fantasía de una imaginación caprichosa afirmar que todo régimen totalitario necesariamente desarrolla una política de guerra, como instrumento para destruir todo lo humano y lograr sus propósitos, sin detenerse en medio alguno, un solo dejar en pié el factor de fuerza el poder, para mantener y ensanchar su hegemonía, sojuzgar a dos pueblos y eliminar todo lo que estorbe el aplastamiento o la entrega de aquellos a quienes quieren dominar, entre los cuales, indefectiblemente, se encuentra la Masonería.

Esa ley brutal de la fuerza amenaza acabar con todo lo que sea Masonería y ojalá que esa campaña de persecución tenga la virtud de enardecer el espíritu de los Masones, hacerles una más positiva conciencia del momento y ponerles en pie en defensa propia; que todo ello les sirva de mística para levantar la fe y desaparecer de raíz la inercia que embota los entusiasmos; en fin, que haga abrir las posibilidades de poner en batería a toda la Institución, para enfrentar los ataques que hacen los totalitarios para su total desaparición.

 

Las miserias que han provocado la catastrófica contienda actual, obedecen a los desmanes que en tormenta impúdica caen y agobian a la sociedad. Vivimos un mundo de mentiras, de perjuros juramentos, de falsas posturas, de mediocridades fatuas y descorazonantes. Por doquier la noche circunda, el personalismo egoísta impera, la virtud se odia, la moral se desdeña, el mal se premia, todos los movimientos sociales e intelectuales se sujetan al interés sórdido y mezquino. Felizmente, para consuelo nuestro, de vez en cuando se alzan voces de protesta en contra de tantas impúdicas ambiciones; y nunca como aho­ra una mejor oportunidad a la Masonería para cumplir su elevada misión; la fuerza de sus virtudes y la ética de sus principios, sanos y humanos, harán batir en retiradas las falacias de esa hidra de perversidad, que adormece a los pueblos, destruye sus virtudes, por viles y cobardes concesiones, que hacen claudicar a los hombres y rendirlos al autócrata por el simple temor a la represalia.

 

El movimiento de rectificación tiene que estar en la conciencia y el alma de todos, y los Masones se hallan en la mejor posición para desempeñar una gran parte de esa benemérita tarea. El momento histórico es de acción inmediata, definida, resuelta, y los Masones no pueden quedar remisos en ese empeño; las responsabilidades que pesan sobre sus espaldas así lo exigen, responsabilidades de tal naturaleza, que cuando no se interpretan debidamente, en lugar de contribuir a exaltar las virtudes fraternales de la Institución, le ocasionan los mayores perjuicios. Los Masones no deben encerrarse en una torre de marfil, tienen que actuar por conseguir la pura y total liberación del hombre y la entera redención- de la moral humana.

Ser Masón no es tan fácil, no solo consiste en el hecho de pertenecer a una Logia; en el de asistir a los trabajos de un Taller; es algo más serio, más hondo, más profundo; Masón es el hombre de disciplina en la sana moral y el deber masónicos; es el que, en todas las manifestaciones de la vida y en cualquier circunstancia, siempre atiende toda necesidad o cualquier posibilidad de hacer el bien; en fin, es el hombre que en todo tiempo hace y quiere hacer lo que es un deber de hacer. En medio de tantas angustias, hay esperanzas; el porvenir es nuestro si sabemos trabajar, si con voluntad unánime se moviliza el espíritu constructivo, si logramos conservar pura el alma y entero el corazón, sin desmayar ante los escollos y dificultades. Ha sonado la hora de defender nuestros principios y doctrinas, y combatir a los bárbaros que de nuevo descienden por esos valles, destrozando las bases fundamentales de nuestra civilización. Todos los empeños deben encausarse por los senderos prácticos, sin entregar el espíritu a concesiones o derrotismos, y mantener una existencia sin las congojas de esclavo, para hacer de que se logre en firme lo más preciado para el bienestar de la humanidad: la íntima unión de todos los hombres fraternalmente hermanados en una positiva cordialidad y comprensiva eficacia, bajo la plena soberanía de la pura democracia.

 


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