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La estandarización de la crítica PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por Miriam Celaya   
martes, 10 de junio de 2008
 

Image La reapertura en el periódico Granma, semanas atrás, de la desaparecida sección “Cartas a la Dirección”, fue acogida por muchos como un signo de los muy anunciados -aunque nunca consumados- cambios en Cuba. Al menos, la reaparición de un espacio crítico dentro del órgano más  fundamentalista de la prensa de la revolución cubana, sugería la voluntad  de las autoridades de asumir el ejercicio del debate, largamente ausente en la Isla. Por las dudas, y como aquí todo ha de ser controlado y dosificado, el viernes es el único día de la semana que se permite la publicación de algunas opiniones, en su mayoría quejas, evidentemente seleccionadas por la redacción del periódico para velar por que se mantengan dentro de un rango razonablemente tolerable.  


 

Los temas que inauguraron dicha sección habían sido de los más controversiales y complejos de cuantos nos golpean: la doble moneda, los insuficientes salarios, la necesidad de implementar mecanismos eficaces que reanimen la deprimida economía cubana, y otros muchos. No han faltado las críticas al burocratismo, a la política de cuadros, a “los dirigentes” (en su carácter genérico, claro está, y siempre en referencia a la dirección intermedia, no a la alta cúpula en el poder). En todo caso, parecía que el gobierno estaba dispuesto a encarar la realidad, a tomar el toro por los cuernos y escuchar “la opinión del pueblo”, así como a asumir la responsabilidad que le corresponde, en tanto generador de los muchos y acuciantes problemas que atravesamos hoy y decisor en la implementación de las políticas que deberían revertir, a corto o al menos a mediano plazo, la realidad de un país donde nada parece funcionar bien.

 

Por su parte, el colega Juventud Rebelde, tradicionalmente disfrazado de crítico, ya venía desarrollando similar labor, lo que creaba a nivel social una suerte de expectativa de cambios, dilatadamente esperados entre amplios sectores de la población.

 

Sin embargo, han bastado varias entregas de viernes para que quede demostrado, una vez más, que semejante postura de la prensa oficial no pasa de ser un espejismo de cambio. Al parecer, a Lázaro Barredo le sugirieron que bajara el tono de los quejosos de la sección de los lamentos y refrescara la pista. Es así que después de los primeros reclamos vertidos por los más optimistas, que se prestaron al engaño de la falsa convocatoria, ha comenzado una suerte de estancamiento en lo que pudiera llamarse “estandarización de la crítica”, algo así como juega con la cadena pero no toques al mono. Se puede criticar solo lo que permite el gobierno, y solo en la medida e intensidad en que éste lo autoriza. Los escribientes se quejan lo mismo de la falta de bolsas (jabas) de polietileno en los mercados en CUC que de la suciedad en los nuevos ómnibus articulados “que con tanto esfuerzo e inversión ha puesto la revolución a nuestro servicio”. Los espacios de quejas apenas hacen referencia ahora a asuntos verdaderamente cruciales. Por supuesto, no se puede pedir peras al olmo; Granma, como ningún otro espacio oficial, no se permitiría el lujo de dar cabida a una crítica que apunte directamente al problema fundamental: el sistema. En Cuba, las opiniones alternativas son siempre “subversivas”. Es así que la mayoría de los prudentes criticones cuyas misivas se publican en “Cartas a la Dirección” lo primero que hacen es un acto de contrición (“soy revolucionario”, “entendemos los esfuerzos que hace el Estado…”, “somos protagonistas de los destinos del país…” y otras tantas frases equívocas que envilecen el sentido de la crítica y la hacen hipócrita), y después de amansar de esta forma a la fiera empiezan a fustigar los males menores que nos agobian, es decir, las consecuencias y nunca las causas.

 

No obstante, involuntariamente la sección del Granma de los viernes tiene una especie de morboso atractivo. Allí se pone en evidencia que en este país, desde los asuntos macroeconómicos hasta los detalles más insignificantes, funcionan mal, son obsoletos e ineficientes; y que dentro de ese mismo estrecho marco estandarizado –que establece los límites de lo que puede ser criticado o criticable- hay omisiones que surgen por contraste. Un ejemplo de esto es la “preocupación” de un ciudadano que señala un fenómeno que se ha establecido en todos los servicios que operan con moneda nacional: no hay menudo para dar al cliente el vuelto en cada transacción monetaria. El hecho es tan cierto y censurable, tan extendido y cotidiano que el reclamo de dicho ciudadano resulta justo: la falta de menudo –apunta- es una sangría al bolsillo de cada cubano. Sin embargo, su crítica resulta inconclusa porque no alude al súbito -y nunca difundido en la prensa- aumento de precios en numerosos productos que se comercializan en CUC (“divisas”, les dicen), muchos de ellos de primera necesidad, como el aceite vegetal o el detergente, por solo poner dos ejemplos, y que ahora son 15 centavos más caros. Para este ciudadano no parece tener importancia este menudo, pero 15 centavos de CUC equivalen a más de trescientos centavos corrientes, lo que supone una sangría mucho mayor que aquella de la que él se queja. Se deduce, entonces, que el latrocinio del bodeguero o del conductor de ómnibus es condenable, pero no el arbitrario gravamen que impone el Estado sobre los productos que la población está obligada a comprar con la caprichosa moneda “dura” en las tiendas “alternativas” (aquí el vocablo pierde su carácter subversivo).

 

En fin, que el fenómeno de la estandarización socialista es uno de los primeros males que deberíamos arrancar de raíz. Es sabido que toda estandarización es nociva, como lo ha demostrado la revolución cubana a través de los años: se estandarizó el conocimiento y ahora somos más ignorantes, se estandarizaron los salarios y la falta de propiedad y ahora somos más pobres, se estandarizó la falta de libertades y derechos y nos convertimos en medios básicos propiedad del Estado, y así hasta el infinito. Ahora la estandarización de la crítica periodística tiene la misión de atemperar los ánimos, proporcionar una aparente válvula de escape a la presión social acumulada y ganar tiempo para los gobernantes. El resultado, sin embargo, es todo lo contrario: la crítica es esencialmente democrática por lo que ningún gobierno ni sus representantes públicos tienen el derecho de autorizarla o moderarla. Solo una prensa libre tiene la capacidad de reflejar fielmente el debate social y, hasta ahora, ninguno de los cándidos escribidores de "Cartas a la Dirección" se ha quejado del absoluto control de la prensa por el Estado. O, al menos, una queja así no ha sido publicada.

 

 



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