Descargar 1er no. Revista Voces
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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con
nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de
los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los
muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito
especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que
arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Hoy me desperté con el ruido de los altavoces gritando consignas y el claxon de los ómnibus que devolvían a sus provincias a miles de participantes en la manifestación del primero de mayo. El desfile fue anunciado durante semanas por todos los medios oficiales como “una digna respuesta a la campaña mediática” contra el gobierno cubano. En los centros laborales todos tuvieron que poner por escrito su compromiso de asistir, de no ausentarse a la cita “con la Patria”. Muchos estudiantes de pre universitario y tecnológico durmieron ayer en las escuelas para ser llevados –muy temprano– a la Plaza de la Revolución, pues nada podía quedar al azar en esta congregación por el día de los trabajadores. Curiosamente, no se vieron pancartas pidiendo mejorías salariales o criticando las radicales reducciones de personal que se suceden por estos días.
Durante toda esta jornada, he estado evocando a Baby y Pablito, que en los años anteriores agitaban sus banderitas de papel en aquel enorme complejo arquitectónico donde los seres humanos nos vemos tan pequeños, tan anónimos. Recuerdo que iban con sus pulóveres rojos y antes de salir del barrio tocaban a las puertas para que nadie pudiera evadirse de sus responsabilidades con la Revolución. Fue precisamente en la sala de su casa donde se puso aquel libro que 8 013 966 cubanos tuvieron que firmar para hacer el socialismo irreversible*. Los vendedores ilegales evitaban llamar a su puerta y los vecinos –al hablar de este matrimonio– se daban un toque con los dedos índices y del medio sobre el hombro, señal que indica en Cuba que alguien pertenece a las filas militares o al Ministerio del Interior.
Hace apenas unos meses, nos enteramos que la activa pareja emigraba hacia Estados Unidos pues se había ganado un cupo en la lotería de visas de ese país. Ella entregó el cargo de vigilancia que tenía en el CDR y él se libró del carnet del Partido Comunista en una reunión donde todos se quedaron boquiabiertos ante la noticia de la partida. Comenzaron a comprar públicamente leche y huevos en el mercado negro y unos días antes de partir regalaron parte de su ropa, incluyendo aquellos atuendos de colores intensos con que desfilaban. Subieron al avión y dejaron atrás una piel –o una máscara– que habían llevado encima largos años, pues desde Hialeah ahora siguen a la blogósfera alternativa cubana, están alarmados por lo que le ocurre a las Damas de Blanco y ya no hablan con veneración –sino con irritación– de nuestros gobernantes.
Su incondicionalidad ideológica fue tan breve como el color de las banderitas de papel que quedan en el suelo de la plaza y sobre las que cae el empecinado aguacero del primer día de mayo.
En junio de 2002 el gobierno cubano hizo firmar a la población –violando todos los requisitos que las leyes establecen para hacer un referéndum– una modificación constitucional que convertía en irreversible el sistema socialista. El argot popular y académico la llamó “la momificación constitucional”.

Había reparado todo tipo de libros, desde Biblias hasta incunables con hojas a punto de convertirse en polvo. Era muy bueno devolviendo a su lugar las páginas arrancadas, en reparar las cubiertas y rociarlas con una solución química que les resaltaba la tinta. Por sus manos habían pasado manuscritos del siglo diecinueve, primeras ediciones de las obras de José Martí y hasta un par de ejemplares de la Constitución de 1940. A todos les devolvió la elegancia que una vez tuvieron y al recuperarlos los leía, como el médico que quiere asomarse al alma de un paciente del que ya conoce muy bien las vísceras.
Sin embargo, nunca había visto un libro como el que le trajeron esa tarde de finales de los años ochenta. Por su tamaño y grosor parecía el recetario de un dispensario farmacéutico, pero no contenía fórmulas químicas o nombres de medicamentos, sino que estaba lleno de delaciones. Era el inventario minucioso de todos los informes que los empleados de una empresa habían hecho contra sus colegas de trabajo. Sin percatarse de su indiscreción, la secretaria del director mandó a repararle –al repertorio de denuncias– la cubierta raída y varios pliegos que se habían despegado. Fue entonces cuando llegó a manos del bibliotecario pertinaz aquel invaluable testimonio, en papel, de las traiciones.
Como en la trama de Amistades peligrosas, en una parte se podía leer que Alberto, el jefe de personal, había sido acusado de llevarse materia prima para su casa. Pocas páginas después, era el propio delatado quien contaba las expresiones “contrarrevolucionarias” que la auxiliar de limpieza había usado en el comedor. Los soplos se entrecruzaban e iban tejiendo un cuadro real y abominable donde todos espiaban a todos. Maricusa la contadora –según testimoniaba su compañera de oficina– vendía cigarros al menudeo desde el buró, pero cuando no estaba en esa labor ilegal se dedicaba a notificar que la administradora se iba una hora antes del cierre. El mecánico aparecía varias veces mencionado por tener relaciones extramatrimoniales con la del sindicato y porque varios reportes contra la cocinera estaban firmados de su puño y letra.
Al concluir la lectura, sólo se podía sentir una pena enorme por esos “personajes” obligados a interpretar una trama siniestra y desleal. Así que el restaurador devolvió el libro a la carrera, después de hacer el peor trabajo que sus manos habían ejecutado. Aún hoy, no puede dejar de pensar en los nombres, informes y acusaciones que aquellas páginas han seguido acumulando todos estos años.

Con un pulóver ceñido y el pelo embadurnado de gel, ofrece su cuerpo por sólo veinte pesos convertibles una noche. Él muestra ese rostro de pómulos salientes y ojos achinados que son tan comunes entre quienes vienen del oriente del país. Mueve todo el tiempo los brazos, con una mezcla de lascivia e inocencia que produce por momentos lástima, por otros, deseo. Forma parte del vasto grupo de cubanos que se gana la vida con el sudor de su pelvis, que mercadea su sexo ante extranjeros y nacionales. Una industria del amor rápido, de las caricias breves, que en esta Isla ha crecido considerablemente en los últimos veinte años.
La Habana tiene por momentos aires de burdel, sobre todo si se transita por la calle Monte hasta la intersección de ésta con Cienfuegos. Mujeres jóvenes con ropas vistosas, pero algo desteñidas, ofrecen su “mercancía”, especialmente cuando cae la noche y los elásticos no se ven flojos ni las ojeras tan grises. Son las que no pueden competir para alcanzar un gerente o un turista que las lleve a un hotel y les ofrezca -al otro día- un desayuno con leche incluida. No usan perfumes de marca y completan su trabajo en unos apretados cuartos de solar o en el descanso de una escalera. Trafican con gemidos, intercambian espasmos por dinero.
Estos hombres y mujeres –comerciantes del deseo- evitan tropezarse con los uniformados que vigilan la zona. Caer en manos de uno de ellos puede significar una noche en el calabozo o la deportación a su provincia de origen para quienes están ilegales en la ciudad. Todo puede resolverse si el policía capta la propuesta de un muslo que se le insinúa y acepta intercambiar el acta de advertencia por unos breves minutos de intimidad. Algunos agentes del orden volverán asiduamente a cobrar su peaje –en moneda o en servicios- para permitirles a estos seres nocturnos que sigan apostados en las esquinas. Negarse a dárselo puede hacer a las mujeres terminar en una granja de reeducación de prostitutas y a los hombres ser acusados de un delito de peligrosidad predelictiva.
Así se completa el ciclo del sexo por dinero, en una ciudad donde el trabajo honrado es una reliquia de museo y las necesidades llevan a muchos a apostar el cuerpo, a contonearse a la espera de una oferta.

Qué largo camino el que me llevó de ser una pionerita custodiando las urnas a esta adulta con varios años de abstencionismo a sus espaldas. Mi hermana y yo íbamos con nuestros uniformes escolares los domingos de sufragio para hacer el saludo marcial cada vez que alguien introducía la boleta en la ranura. Recuerdo tres motivos al menos para participar en aquellas elecciones: creíamos aún en que el poder del pueblo era poder, no era posible decir un “no” si la maestra –con toda su autoridad– nos convocaba y, además, en aquellas jornadas repartían un pan con queso muy sabroso. No me perdía una, la verdad, pues nos entregaban también un jugo de frutas –en envase parafinado– que era imposible de probar en otras circunstancias, en medio de tanto racionamiento.
Con la llegada de los años noventa, muchos de aquellos niños guardianes de las elecciones pasamos a ser jóvenes que anulaban boletas con frases entre signos de exclamación. Recuerdo la primera vez que entré a un locutorio de madera y fui dispuesta a pintoretear el trozo de papel donde nos habían emplazado a “votar por todos”. Una vecina me advirtió que ni se me ocurriera escribir una consigna en lugar de marcar la dócil cruz al lado de los nombres, pues cada papeleta tenía un número que la identificaba. “Van a saber que fuiste tú”, me aseguró y sacó a colación historias de gente reprendida por haber hecho algo similar. Pero hay ciertos momentos en la vida en que ya no importan el regaño ni el castigo.
Después, al repasar el número de los amigos y familiares que habían invalidado su boleta, no se correspondía proporcionalmente con las cifras que daba la tele. O quienes decían haber hecho un grafiti en lugar de dar su consentimiento mentían o eran las estadísticas oficiales las que no coincidían con la realidad. De manera que pasé a la segunda fase del hastío, a la posición de quienes han dejado de confiar –totalmente– en el proceso de seleccionar a un candidato para el Poder Popular. Así que ahora me quedo en casa cada domingo de elecciones. No sé si todavía reparten panes con queso a los niños que vigilan las urnas, pero sí que los siguen mandando a tocar las puertas de los morosos, pidiéndoles que vayan al colegio electoral. Quizás –si todo sigue igual– algunos de ellos cumplirán 16 años y tomarán el lápiz rojo para garabatear su boleta o adoptarán –al igual que yo– el abstencionismo como forma de protesta.

Anoche me visitó un amigo que vive en Las Villas y que para llegar hasta la capital debe sortear los problemas de transporte y el círculo de vigilancia que lo rodea. Me contó que hace unas semanas estuvo detenido y le quitaron el teléfono móvil durante un par de horas, hasta que un oficial apareció, contrariado, con el pequeño Nokia entre sus manos. “Ahora sí que estás en problemas” le repetía una y otra vez el teniente de la Seguridad del Estado que lo tenía recluido en aquella estación. La razón para tanta alarma era que en su agenda telefónica había una entrada bajo el nombre de Twitter acompañada de un número en el Reino Unido*.
“Nadie te salva de los quince años” lo amenazó el policía mientras le confirmaba que enviar SMS a alguien con un nombre tan raro y que vivía tan lejos era un delito enorme. No sabe él que el camino para sacar nuestros tweets al ciberespacio es el rústico envío de mensajes de sólo texto a través del servicio celular. Tampoco imagina que en lugar de llegar a manos de un miembro de la inteligencia británica, nuestros breves textos van a parar a ese pájaro azul que los hace volar por el ciberespacio. Es cierto que se trata de una emisión a ciegas y que no podemos leer las respuestas o referencias que hacen los lectores, pero al menos estamos relatando la Isla en trozos de 140 caracteres.
Pensando siempre en conspiraciones, agentes y conjuras, no se han percatado que las tecnologías han convertido a cada ciudadano en su propio medio de difusión. Ya no son los corresponsales extranjeros quienes validan determinada noticia ante los ojos del mundo, sino que –cada vez más– nuestras incursiones en Twitter se convierten en referencia informativa. Mi amigo me lo cuenta a su manera: “Yoani, cuando veníamos hacia La Habana teníamos un gran operativo detrás. Yo redacté de antemano un SMS para advertir si nos detenían”. Quizás fue el brillo de la pantalla del Nokia o la convicción de que algo nuevo se interponía entre el perseguido y los perseguidores lo que evitó que lo metieran en la patrulla. Si lo hubieran interceptado, un breve clic en el botón de enviar habría sacado su grito a la Web, contando aquello que a la prensa internacional le hubiera llevado horas saber.
Lo despedí en la puerta y llevaba su móvil en la mano, como una linterna de tenue luz. En la carpeta de “borradores” un texto ya preparado lo protegería de las sombras que lo esperaban allá abajo.
* Entre los servicios que ofrece Twitter, está la posibilidad de publicar a través del SMS para quienes no tenemos acceso a Internet. Todo se hace a través de un número de servicio al que se mandan los mensajes que aparecerán inmediatamente ubicados en la cuenta del usuario.

Ojos atentos, tímpanos especializados en el sonido escurridizo del desvío de recursos y uniformes de un color marrón, casi tierra. Son los “carmelitas”, un verdadero ejército de inspectores que en los centros de producción velan porque el robo no se lleve lo poco que nos queda. Funcionan como un cuerpo de protección no subordinado a la administración del centro laboral donde se les ubica y responden -como soldados- a una estructura superior de ordeno y mando. Reciben a cambio un mejor salario, algunos kilogramos de pollo cada mes y esa apetitosa merienda que revenden en el mercado negro. Constituyen la nueva tropa de auditores, en un país donde los empleos no se miden por lo que se gana sino por lo que permiten sustraer hacia el mercado negro.
Estos controladores permanecen poco tiempo en cada industria, para evitar que hagan relaciones con los empleados y puedan caer en cadenas de corrupción. En las fábricas de tabaco, deben registrar a los torcedores para que no saquen –entre sus ropas- las hojas o los puros ya terminados; en la Planta de Suchel del municipio Cerro se ocupan de buscar entre los bolsos de los trabajadores los extractos de champú o de perfume; en medio de la carretera chequean que cada pasajero de un ómnibus tenga su boleto legal y en Río Zaza debieron impedir que salieran las bolsas de leche o el concentrado de tomate. Entrenados para comprobar sellos, cerrar candados y anotar los productos existentes en un almacén, no han logrado sin embargo detener los constantes desfalcos. Imposible parece la tarea de crear burbujas de eficiencia y control en una Isla donde saquear al estado es una práctica de sobrevivencia.
La cuestión es que el gobierno sabe que la gente roba en cada centro de trabajo, pero también comprende que cerrar todos los caminos del desvalijamiento crearía un clima de mucha tensión social. Hasta ahora, la vista gorda ante la sustracción era una manera de mantener tranquilos a los infractores para que no fueran a demostrar su inconformidad de otras maneras más públicas. La mayoría de los ciudadanos es consciente de que aplaudir o callarse evita que investiguen sus vidas y salga a la luz el sustento ilegal del que se nutre su familia. La permisibilidad de la malversación ha sido durante largos años una eficiente moneda de cambio de la docilidad. De ahí lo difícil de erradicarla sin dinamitar el propio sistema. Los “carmelitas” no podrán evitar que se sigan sustrayendo recursos, porque la corrupción es la savia que nutre –fundamentalmente- a quienes mandan hoy las huestes de la auditoría hacia las calles.
p.d Recomiendo leer el artículo de Esteban Morales “Corrupción: ¿La verdadera contrarrevolución?”

Caridad no podría ubicar en un mapa a Sancti Spíritus, la provincia donde radica la empresa que regentó el chileno Max Marambio, pero sí que está al tanto de todos los rumores sobre su cierre y sus escándalos de corrupción. Ha aprendido a descifrar las omisiones de la prensa y a leer en la repetición de ciertos temas un intento de tapar otros más interesantes. Por eso no se conforma con la píldora revestida que le da el noticiero nacional. Para esta habanera de cuarenta años, los rumores callejeros de las últimas semanas le han hecho desempolvar un refrán que repite con terquedad: “cuando el río suena, piedras trae”. Justamente ,el nombre de la fábrica Río Zaza repiquetea en las conversaciones, aunque Granma sólo mencionó la investigación de que es objeto en una breve nota sobre la muerte de su gerente general Roberto Baudrand.
En las escuelas de periodismo deberían enseñar ciertas lecciones. Una de ellas –la que los cubanos hemos aprendido a fuerza de leer entre líneas- es que esconder una noticia aviva el interés por ella, aumenta la fabulación y la especulación sobre sus detalles. Mientras nos llaman a asistir a actos de reafirmación revolucionaria y a condenar una campaña mediática contra Cuba -de la que no se publica ni un solo documento- todos suponemos que algo grande deben querer tapar con tanto bullicio. La demora en confirmar que algo ocurría en esa industria de capital mixto ha hecho que la prensa extranjera, los periodistas independientes y los bloggers les arrebatemos el tema a los controlados reporteros oficiales. Les toca a ellos cantar las glorias, no narrar la basura debajo de la alfombra.
Caridad ha tenido razón con el tintín, con ese arroyo que se ha convertido en atronadora catarata. Algo muy fétido se esconde detrás del silencio y la distracción. Huele a billetes verdes, a desfalcos, tiene el hedor de la corrupción que ya no está localizada en un lugar sino que es genética al sistema. Las huestes de auditores que saldrán a la calle en los próximos días no podrán detener esta depauperación. Necesitarían otro número similar de ellos para controlar a los inspectores, vigilar al que vigila, supervisar al que supervisa. Las piedras que trae el río son demasiadas y muy grandes, todos las oímos por detrás de las consignas.

No me gusta ir por la vida defendiéndome de ataques, quizás porque me he pasado la mayor parte de ella bajo el fuego cruzado de la crítica. He aprendido que a veces es mejor digerir el insulto y seguir adelante, pues denigrar ensucia más a quien lo hace que a la víctima. Sin embargo, todo tiene un límite. Algo bien distinto es que pongan en mi boca frases que yo no dije, tal y como ha ocurrido con la entrevista publicada por Salim Lamrani en Rebelión. Al comenzar su lectura, no noté mucho la tergiversación, pero ya en la segunda parte me era imposible reconocerme. Es cierto que la introducción trataba de generar aversión en los lectores hacia mi persona, pero ese es el derecho que tiene cada entrevistador de narrar cómo ve al objeto de sus preguntas.
La gran sorpresa ha sido constatar -en la medida en que avanzaba el texto- enormes omisiones, distorsiones y hasta frases inventadas atribuidas a mí. Todo hubiera quedado en otro intento –entre tantos miles- de adjudicarme posturas que no tengo y afirmaciones que jamás he dicho, si no fuera porque los medios oficiales cubanos se aprestaron rápidamente a hacerse eco de la reacomodada entrevista. Ayer, cuando vi al presentador del más aburrido programa de la televisión oficial referirse –sin mencionar mi nombre- a una serie de preguntas que “me desnudaban”, comencé a comprenderlo todo. La razón para la adulteración ya no era la premura al transcribir ni el deseo de un periodista de probar a toda costa su hipótesis aún distorsionando para ello las palabras del entrevistado. Algo mayor se está fraguando con ese texto semi-apócrifo y hago ahora un alto en el camino de mi blog para advertirlo.
Tengo una memoria muy vívida de aquella tarde de hace casi tres meses –curiosamente el señor Lamrani ha tardado todo este tiempo en hacer pública nuestra conversación- y de las palabras que intercambiamos. Recuerdo sus preguntas estereotipadas y por momentos desinformadas sobre nuestra realidad que muy poco se parecen a estas -tan documentadas- que él ha vuelto a redactar para parecer un especialista. No me caracterizo por responder con monosílabos, de ahí que me cuesta trabajo identificarme entre tanta parquedad. En la medida en que el intercambio que tuvimos en el hotel Plaza avanzaba, se podía notar como la simpatía de él hacia mi posición aumentaba. Al final, sentí que todas las barreras se habían derrumbado y el comprendía que no éramos contrincantes, si acaso personas que veían un mismo fenómeno desde ópticas diferentes. Un abrazo final de su parte me lo confirmó. Pero, evidentemente, pudo más la disciplina a “la causa” que su ética periodística y el profesor de la Sorbonne terminó –visiblemente en la segunda porción de la entrevista-por adulterar mi voz. En su modernísimo Iphone mis moderadas frases debieron ser como un virus informático royendo los estereotipos, un llamado a terminar con esa confrontación que personas como él prefieren alimentar.

En un ciclo que parece no terminar nunca se anuncian frecuentes remedios que dinamizarán nuestra economía. Esta vez se le llama “terminar con las plantillas infladas”, aunque desde la óptica de quienes quedarán sin puesto de trabajo se resume en una palabra: “desempleo”. Largos reportajes muestran en la tele que el problema de la ineficiencia está dado por el exceso de personal en oficinas, fábricas y hasta hospitales. Cada jornada de trabajo debe tener contenido para evitar el ocio, nos dicen en los medios, como si tan elemental fórmula hubiera sido descubierta hace un par de semanas.
Algunos economistas advierten que enviar a casa a todos los que sobran en sus funciones dispararía la cifra de parados a más de un 25%. Uno de cada cuatro trabajadores podría ser cesanteado en aras de sanear las abultadas nóminas, pues el país no tiene liquidez para seguir pagando brazos inactivos. Tan alto número de desocupados implicaría un aumento del descontento social, cientos de miles de personas lanzadas a realizar ocupaciones ilegales y el fin del truco de crear subempleos como forma de adulterar las estadísticas de ocupación. Indago sobre qué ocurrirá en esas dependencias oficiales plagadas de burócratas o qué pasará con el engordado listado de quienes laboran para la Seguridad del Estado. ¿Tendrán ellos también una reducción de plantilla? Visto el número creciente de los policías vestidos de civil que deambulan por las calles, creo que se debería comenzar con ellos para eliminar tantos excesos. Por una razón de imagen a los que queden fuera no se les llamará desempleados, sino con alguna sutileza –como las ya usadas en otros momentos– al estilo de excedentes o interruptos.
A pocos días de celebrarse el primero de mayo, muchos cubanos están bajo el riesgo de perder su plaza laboral. Sin embargo, estoy segura de que no veremos en el desfile de la Plaza un solo cartel mostrando la inconformidad o la crítica ante la reducción de personal. El propio presidente de la CTC dijo que la cita de los trabajadores será para reafirmar su apoyo al proceso y para criticar la llamada campaña mediática contra Cuba. La única agrupación sindical legalizada del país demuestra así su condición de polea transmisora de orientaciones desde el poder hacia los obreros, pero no lleva demandas en la otra dirección. Los veremos pasar frente a la tribuna, a punto de perder el trabajo, pero portando una tela de repudio a la Unión Europea o a Estados Unidos. Ninguno podrá hacer de ese día un momento de verdadero reclamo, una cita para exigir al gran patrón llamado Estado que no lo dejen en la calle.

Para los cubanos de mi generación, la idea de anhelar el éxito implicaba el padecimiento de una terrible desviación ideológica, no sólo si se pretendía sobresalir en lo personal sino también en el ámbito profesional o económico. Se nos educó para ser humildes y se nos impuso la norma de que al recibir algún reconocimiento público, era obligatorio subrayar que sin la ayuda de los compañeros que nos rodeaban hubiera sido imposible obtener semejante resultado. Lo mismo ocurría con la simple tenencia de un objeto, el disfrute de una comodidad o la “malsana” ambición de prosperar.
La pretensión de ser competitivo se castigaba con etiquetas muy difíciles de despegar de nuestro expediente, como las acusaciones de autosuficiente o inmodesto. El éxito tenía que ser -o parecer- común, fruto del esfuerzo de todos, bajo la sabia dirección del Partido. Así aprendimos que la autoestima tenía que disimularse y que había que ponerle riendas al entusiasmo emprendedor. Los mediocres tuvieron su agosto en esta sociedad que terminó por cortar las alas a los individuos más atrevidos, mientras potenciaba el conformismo. Eran los tiempos de ocultar las pertenencias materiales, demostrar que todos éramos hijos de abnegados proletarios y afirmar que odiábamos profundamente a los burgueses.
Algunos fingieron que abrazaban el igualitarismo, pero en realidad acumulaban privilegios y amasaban fortunas, mientras repetían en los discursos los llamados a la austeridad. Eran los que seguían diciendo en las autobiografías que venían de una familia pobre y que su aspiración principal era servir a la patria. Con el tiempo sus colegas del trabajo descubrían que detrás de la imagen de ascetismo se escondía un desviador de recursos del Estado o un acumulador compulsivo de posesiones materiales. Aún hoy, la máscara de la frugalidad ha seguido en sus rostros, aunque sus abultados abdómenes digan todo lo contrario.
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