|
|
Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con
nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de
los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los
muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito
especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que
arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

“¿Qué nombre crees que deba ponerle?” me dice una amiga que tiene seis meses de embarazo y espera un varoncito. En un primer impulso, le respondo con el habitual “José” y la mueca de su cara me obliga a buscar algo menos tradicional. Paso revista entonces al amplio catálogo que incluye Mateo, Lázaro o Fabián, pero ninguno le agrada a la exigente madre. Si esta misma situación hubiera ocurrido veinte años atrás, el bebé habría cargado con una “i griega”, como muchos de los nacidos en las décadas del setenta y el ochenta. Sin embargo, la exótica moda de usar la penúltima letra del abecedario, parece haber quedado superada.
Durante varios lustros, los cubanos nombraron a sus hijos con una libertad que no lograban experimentar en otras esferas de la vida. La grisura que proyectaba el mercado racionado y el control estatal sobre nuestra existencia se esfumaba cuando se inscribía a un recién nacido en el registro civil. Los padres jugueteaban con el lenguaje y creaban verdaderos trabalenguas, como el que exhibe un famoso jugador de beisbol llamado “Vicyohandri”. A algunos, incluso, les adjudicaron la rara composición “Yesdasí”, mezcla de la palabra “sí” en inglés, ruso y español.
Afortunadamente, desde hace unos años soplan aires más calmados a la hora de nominar a un niño. Toda una generación que se había sentido nombrada como si de un experimento de laboratorio se tratara, prefiere ahora volver a la vieja usanza. Así que después de varios días, mi amiga me ha llamado para contarme su decisión: el bebé se llamará Juan Carlos. Al otro lado de la línea, yo respiro aliviada: la cordura ha regresado al acto de nombrar los hijos.

Imagen tomada de: http://mashable.com/
Una isla que ha visto sucederse un cúmulo de tragedias, invasiones y dictadores, muestra hoy los fragmentos del desastre, las huellas de un temblor que por natural no es menos abominable. A ese Haití que Carpentier nos mostró en “El reino de este mundo” y que los noticiarios nos han hecho compadecer, la desdicha se le ha vuelto crónica y el llanto se le ha constituido en lenguaje habitual. Más que un sismo, la patria de Jacques Roumain ha sido estremecida por la desgracia, que viene a caer sobre la inestabilidad social, la debacle económica y el desespero. Para cualquier nación algo así sería una calamidad, para Haití es todo un apocalipsis.
No es el momento de hacer política con el dolor, ni de salir ante el micrófono prometiendo ayudas, sino de socorrer sin condiciones, sin ansias de reconocimiento o de gratitud. Me asusta especialmente que de aquí a tres meses el sufrimiento ya no sea titular en ningún periódico y a la gente le haya dejado de parecer urgente el drama haitiano. Temo que nos acostumbremos a la desdicha y la piel se nos curta ante el drama, que nos quedemos concentrados en nuestros problemas sin darnos cuenta que otros gritan ahí al lado.
El sismógrafo puede indicar que no habrá nuevas sacudidas, pero el contador de la vida está marcando en rojo. Es hora de auxiliar y hay que hacerlo de inmediato.
* En estos momentos, varios bloggers junto a otras personas de la sociedad civil cubana estamos buscando una vía para hacer nuestro pequeño aporte a los damnificados. Proponemos recoger ropa, medicamentos y útiles de aseo personal y llevarlos a la representación de Caritas en La Habana.

Salgo metida en varios pullovers y con una bufanda viejísima enrollada en el cuello. El recorrido es breve, pero con la temperatura por el suelo cada paso que doy es un gran sacrificio. La gente camina a mi lado igual de “disfrazada” y hasta logro ver a alguien que parece llevar la manta de dormir sobre los hombros. Aunque en el pequeño tramo desde mi casa a la panadería nadie muestra un buen abrigo, compruebo que la inventiva popular no se detiene ante la caída de los termómetros. Han desempolvado los antiguos impermeables de la época soviética, con sus enormes botones y los colores ya desteñidos. Otros, los que ni siquiera tienen algo así para cubrirse, simplemente se han quedado en casa.
Me acerco a un lugar donde venden panes fuera del mercado racionado y una barra cuesta el salario de toda una jornada de trabajo. Curiosamente, muchos de los que he visto en el camino, con sus peculiares e improvisadas indumentarias, se encaminan en la misma dirección que yo. A medida que nos acercamos compruebo que todos van tras el escaso alimento que nos mantiene en vilo desde hace varias semanas. A escasos metros del lugar, uno que se ha adelantado nos lanza el grito de “¡No hay!”, verdadero cubo de agua helada sobre nuestras cabezas. Viro en redondo y me voy a casa. Mañana será otro día sin desayunar.
La llegada de estos vientos del norte ha coincidido no solamente con la desaparición del pan, sino también con la escapada de la leche. Como si el invierno hubiera afectado los hornos y congelado las ubres de las vacas. Aunque en la tele anuncian un sobre cumplimiento en la producción del preciado lácteo, el solitario vaso de café o la insípida infusión lo niegan cada mañana. Son tiempos de levantarse de un tirón sin mirar a la mesa, de decirles a los niños que no pregunten y de dejar a un lado el trabajo, el blog, los amigos, la vida, para dedicarnos enteramente a perseguir un trozo de pan y un vaso de leche. Tiempo de arrastrarnos en el polvo de las carencias y de las colas, pues para salir de ese rastrero ciclo y volar se necesita –más que alas– el combustible del alimento.

El año en que nací se celebró el primer congreso del Partido Comunista de Cuba y la centralización del comercio y los servicios era casi absoluta. Sólo se podía adquirir -fuera del mercado racionado- algunos libros, los periódicos y los tickets para el cine. El resto de los productos y prestaciones estaba bajo el austero signo de lo restringido, encerrado en la cuota subvencionada que recibíamos cada mes. Incluso para adquirir una cuchilla de afeitar se debía presentar la cartilla en la que una vendedora marcaba el número correspondiente a las afiladas hojas.
Con la comida pasaba algo similar y especialmente con los frutos de nuestros fértiles campos, que se distribuían en cantidades limitadas a cada consumidor. Era la papa uno de los más controlados por el ojo estatal. Durante toda mi vida, ese sabroso tubérculo estuvo exclusivamente en las tarimas de los mercados racionados; llegaba cada tres o cuatro meses para hacernos el honor de su presencia y de su sabor. Yo soñaba con purés untados de mantequilla y con papitas fritas que sobresalían del plato. Llegué a pensar que su suave textura se cosechaba en las remotas praderas siberianas y no en los surcos de mi propio país.
Los campesinos privados estaban obligados a venderles su producción de papas al estado, que penalizaba con fuerza a quienes violaban tan estricta norma. De manera que nos acostumbramos a verlas aparecer en nuestros platos pocas veces al año y guardarlas en nuestras fantasías culinarias. Así fue hasta que hace algunas semanas el gobierno de Raúl Castro decidió liberalizar su venta y sacarlas del cada vez más agotado mercado racionado. Ya no es necesario mostrar un documento para poder comprar un kilo de papas, pero ahora nos hace falta que regresen, que podamos ponerlas en nuestras bolsas y llevarlas a casa.

Hace años leí un estudio de la Organización Internacional del Trabajo en el que se consideraba la profesión de periodista como la segunda más riesgosa a nivel mundial, sólo superada por la de aquellos que realizan pruebas de vuelos con nuevos modelos de aviones. No sé si en la investigación estaban incluidos los cazadores de cocodrilos o los guardaespaldas, pero todo el estudio se había hecho en los años noventa, cuando todavía no había bloggers.
Ser periodista no tiene en Cuba los riesgos que corren los profesionales de la prensa en otros países. Aquí no les disparan a los redactores de noticias, ni los secuestran, sino más bien les envenenan la profesión. ¿Para qué eliminar físicamente a un individuo que escribe verdades incómodas si pueden anularlo con el plumón rojo del censor? ¿Para qué matarlo si tienen todos los recursos para domesticarlo? La muerte profesional no incide en las estadísticas, si acaso en la frustración de quienes –como yo- un día proyectaron su destino unido a la información. El que elije dedicarse a la noticia en esta Isla sabe que todos los medios están en manos del poder, llámesele a éste lo mismo Estado, partido único o Máximo Líder. Sabe que tendrá que decir lo que sea conveniente y necesario, y que no será suficiente que aplauda si no lo hace con devoción, con mucho entusiasmo. En estos casos el riesgo es enorme para la conciencia.
Desde hace más de veinte años hay en nuestra isla un nuevo tipo de reportero. El adjetivo “independiente” los diferencia de los oficiales. Ellos enfrentan otros riesgos, disfrutan de otras oportunidades. Como es de suponer, muchos no cursaron estudios universitarios, pero aprendieron a contar lo que escondía la prensa partidista, se hicieron especialistas en la denuncia, se cultivaron en el lado oculto de la historia. En la primavera del año 2003 todo lo que parecía peligro y riesgo se convirtió en castigo. Muchos de ellos fueron a la cárcel a cumplir penas de diez, quince, veinte años. La mayoría está todavía tras las rejas.
Los bloggers llegamos después, entre otras razones porque la tecnología ha tenido una lenta aparición entre nosotros. Me atrevería a decir que las autoridades no se imaginaban que los ciudadanos apelarían a un recurso planetario para expresarse. El gobierno controla las cámaras de los estudios de televisión, los micrófonos de las estaciones de radio, las páginas de revistas y periódicos que se localizan en el territorio insular, pero allá arriba, lejos de su alcance, una red satelital -satanizada pero imprescindible- ofrece a quien se lo proponga la posibilidad de “colocar” sus opiniones de forma prácticamente ilimitada.
Les llevó tiempo comprenderlo, pero se están dando cuenta. Ya saben que para silenciar a un blogger no pueden usar los mismos métodos que lograron acallar a tantos periodistas. A estos impertinentes de la web nadie puede despedirlos de la redacción de un diario, ni prometerles una semana en Varadero o un auto Lada como compensación, mucho menos podrían captarlos con un viaje a Europa del Este. A un blogger, para anularlo, hay que eliminarlo o intimidarlo y esa ecuación ha comenzado a entenderla el estado, el partido… el General.
|
Videos: "Muro contra Convivencia"  25
Mejores Blogs TIME-CNN 2009

Header diseñado por:

|