Internet Nobel de la Paz

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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

El horror desde la dulzura

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Por esos azares de la vida me encontré las “Cartas desde Birmania” de Aung San Suu Kyi en una librería habanera. No las hallé en uno de esos sitios –regentados por algún particular– que comercializa libros de usos, sino en un local estatal que vende coloridas ediciones en moneda convertible. El pequeño ejemplar con la foto de ella en la portada, estaba mezclado entre los manuales de autoayuda y los volúmenes con recetas de cocina. Miré a ambos lados de los anaqueles para comprobar si alguien había puesto aquel libro allí justo para mí, pero las empleadas dormitaban en el sopor del mediodía y una de ellas se sacudía las moscas de la cara sin prestarme ninguna atención. Compré la valiosa compilación de textos escritos por esta disidente entre 1995 y 1996, aún bajo el efecto de la sorpresa que me producía el haberlos encontrado en mi país, donde habitamos –como ella– bajo un régimen militar y en medio de una fuerte censura a la palabra.

Las páginas con las crónicas de Aung San Suu Kyi, donde se mezcla la reflexión, la cotidianidad, el discurso político y las interrogantes, apenas si han descansado en las estanterías de mi casa. Todos quieren leer sus sosegadas descripciones de una Birmania marcada por el miedo, pero también inmersa en una espiritualidad que hace más dramática su situación actual. En pocos meses –desde que encontré las Cartas– la prosa límpida y emotiva de esta mujer ha influido en la manera en que miramos nuestro propio desastre nacional. Esa cuerda de esperanza que logra trenzar junto a sus palabras da como resultado un pronóstico optimista para su nación y para el mundo. Nadie como ella ha podido describir el horror desde la dulzura, sin que el grito se adueñe de su estilo y el rencor se le suba a los ojos.

No he dejado de preguntarme cómo los textos de esta disidente birmana llegaron a las librerías de mi país. Quizás en un compra al por mayor se deslizó la inocente portada, donde una mujer achinada exhibe unas flores –tan bellas como su rostro– prendidas detrás de la oreja. Quién sabe si creyeron se trataba de alguna escritora de ficción o de poesía que recreaba los paisajes de su país desde el esteticismo y la nostalgia. Probablemente quienes lo colocaron en aquel anaquel no sabían de su arresto domiciliario, ni del premio Nobel de la Paz que tan merecidamente obtuvo en 1991. Prefiero imaginar que al menos alguien fue responsable consciente de que su voz llegara hasta nosotros. Un rostro anónimo, unas manos apresuradas pusieron su libro a nuestro alcance, para que al acercarnos a ella pudiéramos sentir y reconocer nuestro propio dolor.

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El arte de la Convivencia

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Ayer fue día de carretera. Dos horas hacia Pinar del Río y en la noche volver sobre el camino de asfalto que separa a esa ciudad y a la ruidosa Habana. El viento colándose por la ventanilla y haciendo mi pelo una maraña, el estremecimiento en la nuca cada vez que el auto se topaba con un bache y ese susto que da la autopista oscura y mojada, salpicada por puntos de control de la policía. Pero sólo fueron molestias transitorias, que quedan olvidadas cuando evoco el patio de Karina abarrotado por los miembros y los amigos de la revista Convivencia. Anoche se anunciaron los resultados del concurso organizado por esa publicación, que galardonó obras en las categorías de ensayo, guión audiovisual, poesía, narrativa y fotografía.

Reinaldo y yo formamos parte del jurado, junto a Ángel Santiesteban, Maikel Iglesias y Orlando Luis Pardo. En la tarde,  deliberamos sobre los textos e imágenes que habíamos valorado por separado durante semanas y que venían –algunos de ellos– bajo seudónimos sacados de la mitología griega. Al abrir los sobres con los nombres reales de los concursantes, nos alegró saber que entre los premiados no sólo había conocidos autores sino también jóvenes que por primera vez mandaban sus trabajos a un certamen. Cerca de las nueve se hicieron públicos los ganadores, en el único trozo de patio que la Reforma Urbana no le confiscó a la familia de Karina. Frente al muro levantado hace meses por los interventores, sonaron frases que tenían carácter de cincel, de barrena que traspasa cualquier tapia. Por un par de horas fue como si la fea muralla de ladrillo y planchas de zinc no estuviera allí, como si la hubiéramos echado abajo con palabras.

Ganadores del concurso Convivencia:

-          Premio al mejor libro de cuentos para Francis Sánchez Rodríguez por “La salida”.

-          Premio al mejor ensayo para Dimas Castellanos Martí por “Utopía, retos y dificultades en la Cuba de hoy.

-          Premio al mejor cuaderno de poesía para Pedro Lázaro Martínez Martínez “Esto no es un arte poética…”.

-          Premio al mejor guión audiovisual para Henry Constantin Ferreiro por “Cuando termina el otro mundo”.

-          Premio al mejor tríptico fotográfico para Ángel Martínez Capote por “Impotencia”.

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Los abuelos descansan en mi jardín

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Un jarrón de color azulado se destaca desde hace un par de días entre las plantas de nuestro jardín, a catorce pisos de altura. Aún no tenemos una idea clara de qué vamos a hacer con las cenizas de mis abuelos. Por el momento, están cobijadas entre los helechos y la sombra de una estirada yagruma que sobresale más allá del muro del balcón. Mi madre logró –después de apelar a varias amistades y de estimular materialmente a los funcionarios indicados– cremar a sus padres que yacían en un panteón público del Cementerio de Colón. Terminada la acción del fuego, el resultado fue a parar al interior de un recipiente de barro al que se le nota –en cada centímetro– que contiene los restos de una persona.

Dentro del ánfora están Ana y Eliseo, los dos abuelos junto a los que nací y crecí en una cuartería de Centro Habana. Ella lavaba y planchaba para la calle, él trabajaba en el ferrocarril y fumaba su pipa frente a las dos curiosas niñas que éramos mi hermana y yo. Semianalfabetos los dos, habían levantado una pequeña familia a golpe de batea y jabón, de pico y pala sobre la línea del tren. Ambos exhibían esa mezcla de genio y autoridad que nos hacía quererlos y temerles. Tenían sangre asturiana y canaria, quizás por eso a “Papán” le deleitaban los guateques campesinos y a Ana en el barrio todos la apodaban “la gallega”. Sus máximas posesiones eran un escaparate y una cama de caoba y la vitrina con copas que nunca pudimos usar porque eran sólo para adornar la diminuta sala-comedor-dormitorio.

El abuelo murió el mismo año del éxodo del Mariel. Su corazón estaba acolchado en la grasa de los chicharrones de cerdo que tanto le gustaban. Se fue en paz y dejó a Ana bajo su nueva condición de viuda, al menos durante cinco años. La partida de ella fue mucho más triste: estaba sentada en la silla equivocada en la cafetería El Lluera, cuando un par de borrachos entró tirando botellas y una la alcanzó en la frente. La etapa de tener abuelos se nos acabó pronto. Adiós a las malcriadeces, a las medias remendadas por unas manos diestras y a la leche tibia llevada hasta la cama. En todo este tiempo nunca fui a ver sus tumbas, para que el granito gris no reemplazara los recuerdos que tenía de ellos. Hoy –testarudamente– han retornado junto a mí, en un pequeño jarrón tan sencillo y efímero como sus propias vidas.

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Cuando la letra se parece al polvo

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Durante varios días repasé a mi hijo para sus exámenes finales de la secundaria. Desempolvé mis nociones sobre funciones cuadráticas, fórmulas para calcular el área total de una pirámide y descomposición factorial. Después de más de veinte años sin tropezarme con esas complejidades de las matemáticas, reconecté neuronas en aras de ayudarlo a prepararse y así evitarme el pagar el alto precio de un maestro particular. Más de una vez –durante esas jornadas de estudio– estuve a punto de renunciar ante la evidencia de que los números no son mi fuerte. Pero resistí.

Sólo cuando Teo regresó de su prueba más difícil diciendo que había salido bien me sentí aliviada, pues muchos de sus colegas de aula están en peligro de repetir el grado. La razón es que en tres años en la enseñanza media estos estudiantes han visto desfilar ante sí tres diferentes métodos evaluativos. Les ha tocado padecer también la falta de preparación de los llamados maestros emergentes y las largas horas de clases impartidas por un televisor. Desde hace dos cursos, el grupo donde está mi hijo no tiene profesor de inglés ni de computación y la asignatura de educación física es una hora correteando –sin supervisión– por el patio de la escuela. La falta de exigencia y la mala calidad educativa han llevado a los padres a poner los parches del conocimiento en las innumerables lagunas que les van quedado.

Afortunadamente, la escuela de Teo no es de las peores. Aunque el olor del baño se pega en las paredes y en la ropa, porque nadie quiere trabajar como auxiliar de limpieza por la miseria que pagan, al menos no hay tantas arbitrariedades como en otros colegios habaneros. Tampoco –y eso es un alivio– se compran y se venden calificaciones, práctica cada vez más común en los centros docentes. Los maestros que ha tenido, a pesar de estar mal preparados, son personas de carácter afable a los que la comunidad de padres hemos intentado ayudar. En comparación con los problemas que tiene una amiga, con una hija en un tecnológico, nosotros podríamos sentirnos felices del estado moral de la secundaria de nuestro retoño. Según me cuenta ella, el intercambio de sexo entre las adolescentes y sus profesores se ha constituido en maña habitual para tener un aprobado. Cada examen tiene una tarifa y pocos se mantienen incólumes ante la tentadora oferta de un teléfono móvil o de un par de tenis Adidas a cambio de una nota de sobresaliente.

He evitado tocar este espinoso asunto del deterioro del sistema educativo por el temor –lo confieso– de que mi hijo se viera afectado a causa de los criterios de su madre. Durante los tres años que él ha estado en la secundaria básica, apenas si he deslizado un par de críticas sobre el estado de la infraestructura escolar, pero ya no aguanto más. Ellos serán los profesionales del mañana, los médicos que tendrán nuestros cuerpos sobre una mesa de cirugía, los ingenieros que levantaran nuestras casas, los artistas que intentaran alimentarnos el alma con su creación y esta pésima base formativa pone todo eso en riesgo. No sigamos conformándonos con que al menos mientras están en un pupitre los niños no vagan por las calles a merced de otros riesgos. Entre las paredes de las aulas pueden estarse fomentando vicios muy graves, deformaciones éticas permanentes e incubando una mediocridad de proporciones alarmantes. Ningún padre debe quedarse en silencio ante eso.

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Entrevistas a Dr. Darsi Ferrer y a Juan Juan Almeida

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Saludos de Darsi Ferrer para los bloggers cubanos:

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Las grabaciones son cortesía del periodista independiente José Alberto Álvarez

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Se alquila un poco de emoción

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Imagen tomada de: http://telenovelas-carolina-esp.blogspot.com/

El hombre entró en la pequeña librería El Cóndor cuya vidriera está orientada hacia el muro que bordea la universidad de Zürich. “Busco libros de Corín Tellado” musitó por lo bajo y yo salté frente al ordenador en el que tecleaba los últimos títulos llegados desde Buenos Aires, Madrid o México D.F. En su voz se sentía aún el acento habanero, tal vez porque llevaba poco tiempo en contacto con el dialecto suizo-alemán que terminaría por darle otra cadencia a sus palabras. Dijo que era del barrio de La Víbora y que también necesitaba –con urgencia- unas revistas españolas al estilo de Hola.

María Mariotti –la dueña del local- se le acercó para explicarle que no tenía ni lo uno ni lo otro, pero que podía pedirlo a las distribuidoras. ¿Qué títulos quieres? indagó la pequeña mujer mitad peruana y otro tanto japonesa. “Todos los que se puedan conseguir. Son para mi mamá que vive de ellos” -declaró él- tratando de justificar su insistente interés por las novelas rosas. Contó que a falta de remesas para enviar a Cuba, cada mes trataba de hacerle llegar a su familia algunas publicaciones que se pudieran alquilar a otras personas. El incipiente negocio consistía en rentar revista como Vanidades o Gente,  por cinco pesos cubanos, a una amplia comunidad de lectores que ansiaban tener nuevas ediciones. Los clientes podían quedarse una semana con los apetecidos textos y después estos seguían de mano en mano hasta que el deterioro obligaba a retirarlos de circulación.

Pocos días después de aquel peculiar pedido, mi amiga partió para la feria del libro en Barcelona (2003) donde se le ofrecía un homenaje a María del Socorro Tellado López. Logró acercársele y contarle de la familia a al otro lado del Atlántico que sobrevivía cada mes gracias a su pluma. La autora de Doloroso engaño (1990) se impresionó con la historia y le entregó una selección con cincuenta de sus títulos, acompañados de una carta manuscrita para la señora de La Víbora. Aquel regalo hizo hipar de agradecimiento a la librera de Suiza y especialmente al hijo de la bibliotecaria alternativa. Él sabía muy bien lo que representaban aquellos nuevos ejemplares agregados a la colección materna. Sus páginas lograrían que en una deteriorada casa habanera hubiera más jabón, algo de aceite, otro poco de pan, zapatos para los niños y sueños para decenas de vecinos.

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Ojos de pescado

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Están ahí para mirarnos y grabarnos. Decenas, cientos de cámaras regadas por toda la ciudad como si ya no fueran suficientes los camiones cargados de policías, los CDR en cada cuadra y los segurosos con camisas a cuadros. Han sido instaladas con una eficiencia que rara vez se ve en la ejecución de algún proyecto de beneficio popular. Su sofisticada estructura asoma lo mismo en una calle donde la mitad de las casas están a punto de derrumbarse que en los modernos enclaves turísticos o en la suntuosa 5ta Avenida. Captan al que trafica con carne de res, vende drogas o arrebata una cadena de oro; pero también vigilan a quienes no guardan armas bajo la cama, sino opiniones en sus cabezas.

Cuando esos “ojos de pescado” empezaron a ser instalados por todas partes, generaron entre los habaneros una sensación de parálisis. Me recuerdo buscando los puntos ciegos donde sus globos de cristal no pudieran captarme. Después me relajé un poco y aprendí a vivir con ellos, sin dejar de sentir esa comezón en la nuca que da el saberse observado. Entre las especulaciones alrededor de estas máquinas filmadoras está la de que tienen programas para detectar rostros -ya incluidos en una base de datos- a partir de medidas antropométricas. Pero los comentarios de ese tipo bien pudieran pertenecer al catálogo fantasioso que genera todo lo nuevo.

Estas cámaras públicas –materialización de la telepantalla orwelliana– han dado inicio a una nueva cinematografía. Aunque funcionan básicamente de forma automatizada, algunas manos han filtrado su contenido hacia las redes alternativas de información. Decenas de imágenes salen de los archivos policiales y circulan ahora mismo a través de las memorias USB. Videos donde se nos ve delinquir y sobrevivir, hurtar y rebelarnos. Minutos de golpizas policiales, choques de autos y vistas de prostitución entre muchachos muy jóvenes y turistas que le duplican la edad. Una completa muestra de un impactante snuff movie que desde hace semanas va de una pantalla a otra, brinca de los teléfonos móviles a los reproductores de DVD.

Sin pretenderlo, la policía nos ha dado el más crudo testimonio que se puede tener sobre nuestro presente. Una sucesión de escenas que –no hay dudas– quedarán almacenadas en la memoria visual de este país.

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Iré a Jequié

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Después de una negativa, la mayoría de los que solicitan un permiso de viaje desiste de volver a pedirlo. Pocos, muy pocos, siguen insistiendo cuando ya han escuchado más de tres veces la escueta frase “Usted no está autorizado a viajar”. Sólo un puñado de testarudos –entre los que me incluyo– regresa al Departamento de Inmigración y Extranjería para reclamar la llamada tarjeta blanca si se la han negado en cuatro ocasiones. Aunque con cada nueva petición parecería que las posibilidades se vuelven más remotas, me impulsa el dejar claro que mi reclusión en esta Isla no ha sido por no haber agotado todos los caminos legales.

Bajo esta filosofía de lo imposible me he lanzado a otro trámite en la dirección del DIE del municipio Plaza, esta vez para ir a la ciudad de Jequié-Bahía en Brasil. En julio se hará un festival de documentales donde un  joven realizador presenta un corto sobre bloggers cubanos; si me lo pierdo será porque habré recibido el sexto “no” en apenas dos años.  Como en todos los anteriores trámites, la carta de invitación ha estado a tiempo, mi pasaporte está actualizado y mis antecedentes penales se mantienen limpios. En teoría, cumplo con todos los requisitos vigentes para traspasar la frontera nacional, pero sigo emitiendo opiniones críticas y eso ya me convierte en un tipo especial de delincuente.

Para este viaje, he decidido tocar tantas puertas como sea posible y hasta le mandé una carta al presidente brasileño Luis Inácio Lula da Silva. Quién sabe si a falta de escuchar demandas de sus propios ciudadanos, el gobierno de mi país tenga oídos receptivos para cuando le habla un dignatario extranjero. Mis amigos me insinúan que he pasado a ser un “medio básico” con una chapilla numerada puesta sobre los omóplatos, como esos muebles inventariados que pertenecen a instituciones estatales. Sólo queda sonreír ante bromas así y sacudirse la desesperanza con un simpático juego de palabras: “me voy, sí… me voy acostumbrando  a quedarme”.

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El Granma del viernes, la Cuba del sábado

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Quién hubiera dicho hace algunos años que el adusto periódico Granma abriría una sección que se convertiría en su parte más comentada y leída. Bajo el título de “Cartas a la dirección” salen a la luz cada viernes los escritos –enviados por lectores- que versan sobre aspectos económicos y organizativos de nuestra sociedad. Al principio, corrió la voz de que el órgano oficial del PCC pretendía tantear una Glasnost de probeta que después se extendería al resto de la prensa, pero el resultado ha sido un debate limitado, especialmente por ocurrir en un medio con una marcada tendencia inmovilista y reaccionaria.

El tono de la crítica ha ido en aumento y en ese mismo diario que nunca se ha impreso una foto en colores, aparecen ahora matices diferentes para enfocar viejos problemas. Se ha llegado incluso a hablar de “privatización” de “fin de los subsidios”, todo esto acompañado de frases tan críticas como “nuestra mentalidad estancada”  y exhortaciones del tipo “tenemos que ser realistas”. Hasta ahí, pareciera que la polémica ha logrado instalarse en una publicación que tanto contribuyó durante décadas a cercenarla; pero es mejor no dejar correr el entusiasmo. Ya en el encabezamiento de las “Cartas… ” se aclara que se trata de “opiniones con las que se puede estar o no de acuerdo”. Todo un alarde de tolerancia que quienes somos discriminados por nuestros criterios, sabemos muy bien que no se cumple para nada en la vida real.

Cuando la algarabía se deja a un lado y uno separa las palabras aparecidas de los hechos logrados, se percibe el verdadero alcance y seriedad de este espacio de discusión. Salta a la vista que hay un límite claro en cuanto a temáticas, pues nunca en todo este tiempo se han tocado puntos candentes como las restricciones migratorias, la falta de libertad de expresión, la  penalización al que piensa diferente, los presos políticos, la demanda de someter a votaciones directas el cargo de presidente o la necesidad de contar con una prensa menos plegada al aparato gubernamental. Curiosamente, las misivas aparecidas sólo se refieren al desvío de recursos, la indisciplina social, el modo de producción, la ineficiencia de algunos burócratas y el pedido de muchos de aplicar mayores controles. Esto puede estar dado porque se hace un filtrado de las opiniones o porque los propios lectores se abstienen de enviar ciertas inquietudes que saben nunca verán la luz.

Por otro lado, el Granma del viernes ha generado la falsa impresión de que la crítica es admitida y que se puede hablar “a camisa quitada”. Pero basta leer detenidamente sus líneas para constatar que hay una reverencia obligatoria a cumplir para ser admitido en el selecto grupo de los que pueden opinar. Se debe dejar caer una frase relativa a “mantener nuestro actual sistema” o dedicar un cumplido de exoneración a “los líderes históricos del proceso” y colocar una oración que reparta la culpa del desastre nacional fuera de nuestro territorio. Jamás -ni lo sueñen- se podrán leer en esas páginas de diseño anticuado las dudas que tienen mis compatriotas sobre la gestión de Raúl Castro y sobre la disfuncionalidad de este capitalismo de estado –o de clan familiar- bajo el que vivimos.

La Cuba del sábado, del martes, del domingo -esa que desborda inconformidad y angustia- apenas si se muestra en las “Cartas a la dirección”. El órgano del único partido permitido nunca difundirá a quienes no lo consideran –ni remotamente- la vanguardia de la nación. Hacerlo sería como si Saturno, tras haber devorado a sus hijos, la emprendiera contra su propio corazón.

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Model town

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El central azucarero reducido a ruinas, la calle principal desolada y en el interior de las viviendas el pasado enquistado en los recuerdos. “De pueblo modelo a pueblo fantasma” –musitan quienes viven en el poblado de Hershey– pues el otrora esplendor se les convirtió en un reducto de nostalgias. Gracias al talento de varios jóvenes realizadores, la pequeña villa aparece hoy retratada en un breve documental que humedece los ojos y cierra las gargantas. Un paseo por la añoranza de cientos de personas para las que el futuro –inobjetablemente– no terminó siendo un tiempo mejor.

La peculiar villa incluía un trazado urbanístico moderno, próspera industria azucarera, fábrica de chocolates y un tren eléctrico que todavía circula en medio de chirridos y chispas. Todo eso en una escala pequeña, pero funcional, como si hubieran puesto en orden –sobre el césped– una decena de casa de muñecas con techo a dos aguas. Gracias al empuje de Milton Hershey, quien había nacido en una aldea en Pensilvania en 1857, se comenzó la construcción de este curioso asentamiento en la colina de Santa Cruz, al este de nuestra capital.

La prosperidad de ayer y la inercia de hoy, son los acordes entre los que se mueve el corto fílmico dirigido por Laimir Fano y que fue proyectado en el cine Chaplin, en una muestra a la que fueron impedidos de entrar varios bloggers. Afortunadamente, sus emotivos 15 minutos ya circulan en las redes alternativas de distribución de información, para las que no se necesita cumplir con las reglas del “derecho de admisión” de ciertas entidades culturales. Una magnífica selección de imágenes, unida a un atrevido trabajo con los sonidos y la banda sonora, logran trasladarnos hacia ese pueblito sumergido en la morriña. El chocolate actúa como un detonante para la emoción de los protagonistas, mientras los espectadores –del lado de acá de la pantalla– podemos sentir su aroma, la textura de la memoria embalada con el mismo papel de los bombones.

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