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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con
nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de
los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los
muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito
especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que
arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Cientos de miles de cubanos están en vacaciones de verano, entre ellos los estudiantes que disfrutan de casi dos meses hasta la llegada de septiembre. La pausa veraniega ocurre en el momento con más altas temperaturas y todos los analistas opinan que la olla social alcanza su máximo punto de presión a principios de agosto. La combinación de calor, escasez y receso escolar irrita a especialmente a esos adultos que sueñan con mantener a la familia ventilada, alimentada y tranquila. Muchos padres se ven obligados a dejar de trabajar porque no tienen con quien dejar a sus hijos y en la mayoría de los centros laborales la productividad desciende durante julio y agosto.
El verano invita a la playa, sobre todo en una isla estrecha donde la costa –en su parte más ancha– queda a menos de cien kilómetros de distancia. Pero bañarse en el mar también entraña algunas dificultades, especialmente por el tema de la transportación y porque una vez frente al mar, tendidos sobre la arena, descubrimos que la mayoría de las ofertas gastronómicas se pagan en pesos convertibles. Esto incluye también las sombrillas.
El tedio, tarde o temprano, nos conduce hacia esos rincones de la casa que necesitan una reparación. Aquella silla que cojea, el tragante del fregadero medio tupido, el tomacorriente que suelta chispas, la vieja tendedera que ya no soporta el peso de la ropa lavada y el tanque del inodoro que tiene un salidero. En fin, los muchos rincones que el tiempo deteriora y a los que debemos dedicarles tiempo cuando tenemos unos días de ocio. De ahí que al concluir las vacaciones, entre los colegas de trabajo se escucha hablar más de las dificultades para reparar la lámpara de la cocina que de las cálidas aguas del Caribe.
 Imagen tomada de adn.es
El acto por el 26 de julio comenzó temprano, temiéndole a las lluvias vespertinas y huyendo del sol que provoca picor en la nuca y molestias en el auditorio. Tuvo esa solemnidad que ya es inherente al sistema cubano: pesada, anticuada, por momentos polvorienta. Nada parecía salirse del guión si no fuera porque Raúl Castro no subió al podio, no se dirigió a una nación que aguardaba por un programa de cambios. Su ausencia del micrófono no debe leerse como la intención de descentralizar responsabilidades y permitirle a otro hacer uso de la palabra en tal conmemoración. El general no habló porque no tenía nada que decir, no lanzó un paquete de reformas pues sabe que con ellas se juega el poder, el control que su familia ha ejercido durante cinco décadas.
En los discursos anteriores -por esta misma fecha- las frases del segundo secretario del PCC habían creado más confusiones que certezas, así que esta vez evitó que los analistas de uno u otro lado lo reinterpretaran. Ya bastantes dudas trajeron sus augurios en 2007 sobre el acceso masivo a la leche, el pronóstico incumplido de no tener listo el acueducto de Santiago de Cuba y la desafortunada frase de “sólo soy una sombra” con la que comenzó su arenga el año pasado. Quizás también por eso prefirió callar y dejar la alocución al hombre más inmovilista de su gobierno: José Ramón Machado Ventura. Unas premonitorias salvas de artillería estremecieron la Ciudad de La Habana, justo cuando el primer vicepresidente se acercó a la tribuna e inició una arenga plagada de lugares comunes y declaraciones de intransigencia.
En referencia a las impostergables medidas a aplicar en la economía y la sociedad, Machado Ventura aclaró que se harán “paso a paso al ritmo que determinemos nosotros”. La vieja confusión de la primera persona del plural, la conocida anfibología de lo aparentemente consensuado. El ritmo, la velocidad y la profundidad de esas ansiadas aperturas se decide en un pequeño grupo que tiene mucho que perder si las aplica y tiempo que ganar si las dilata. Habrá quienes digan que este silencio de Raúl Castro se inscribe en su estrategia de no desplegar demasiadas fanfarrias. Pero, más que discreción política, lo de hoy es puro secretismo de estado. No hacer compromisos públicos con los cambios, no implicarse visiblemente en una secuencia de transformaciones puede ser la manera de advertirnos de que éstas no obedecen a su voluntad política, sino a un desespero momentáneo que –piensa él- terminará por pasar. Al no pronunciarse, nos ha enviado su mensaje más completo: “no les debo explicaciones, ni promesas, ni resultados”.

Una conocida de mi madre –que vive muy cerca de una Dama de Blanco– le cuenta que les han bajado orientaciones de no agredir a estas mujeres de ropa clara y gladiolos en las manos. La misma señora, que hasta hace poco ponía un rictus de desagrado cuando contaba sobre las misas en Santa Rita y las peregrinaciones por la 5ta Avenida, hoy está a punto de estrecharle la mano a Laura Pollán y pedirle un autógrafo. Quizás aquella otra vecina que gritó, en marzo pasado, ante la tele nacional: “¡La gusanera está revuelta!”, ahora se muestre confundida y aguarde por nuevas órdenes para volver a vociferar. Los mecanismos de la falsa espontaneidad han quedado al descubierto con esta tregua: lo fabricado de aquella supuesta respuesta popular se confirma con esta interrupción de las agresiones.
Desde el punto de vista del discurso oficial, las personas que han sido excarceladas en las últimas semanas estaban merecidamente presas. Usando este argumento y ciertas conocidas presiones, fueron movilizados los militantes del partido y los miembros de los Comités de Defensa de la Revolución para que participaran en los llamados “mítines de repudio” donde escupían, insultaban y zarandeaban a las Damas de Blanco. Ahora, los briosos alborotadores que acudían a “defender la revolución ante los mercenarios a sueldo del imperialismo” deben estar esperando alguna explicación que justifique las excarcelaciones. Sería interesante entrar a una reunión de un núcleo partidista para ver qué secreta revelación les hacen, porque si no terminarán por verse a sí mismos como títeres de ocasión a los que se les azuza un día y al otro se les manda a callar.
La conocida de mi madre no esconde su desconcierto: “A éstos no hay quien los entienda. Ayer nos llamaban a insultarlas y hoy no se les puede tocar ni un cabello”. Lo cierto es que aquí, donde parecía que nunca iba a pasar nada, estamos de pronto en la situación de que puede ocurrir cualquier cosa. ¿En qué punto comenzó a cambiar la historia? Tal vez en la húmeda, oscura y pestilente celda de castigo donde Orlando Zapata Tamayo decidió inmolarse, o en la estéril y refrigerada sala de terapia intensiva donde Guillermo Fariñas ratificó su decisión de morir si no había liberaciones, o en las calles habaneras, en las que unas indefensas mujeres desafiaron un poder omnímodo gritando la palabra libertad, donde no la había.
• La tregua – breve y frágil– parece estar circunscrita a la Ciudad de La Habana, pues en Banes Reina Tamayo sigue siendo víctima de los mismos métodos.
 Foto: Orlando Luis Pardo Lazo
Logré colarme por las escaleras cuando los trabajadores iban hacia el comedor a engullir el almuerzo. Era el verano de 1992 y la tentación de subir hasta la cúpula del Capitolio fue más fuerte que la advertencia “no pase” escrita en letras rojas. Arriba, las telarañas, los apuntalamientos y el descorchado de las molduras alternaban con objetos cubiertos de polvo. Desde la altura miré hacia abajo, donde un brillante falso marca el kilómetro cero de la carretera nacional.
El Capitolio de La Habana ha sido humillado por su pasado, castigado por parecerse tanto al de Washington y avergonzado por haber abrigado –una vez– al congreso. Como símbolo de esa república satanizada por la propaganda oficial, el imponente edificio ha padecido la suerte del castigado. Se radicó en su interior la Academia de Ciencias, que llenó de tabiques los amplios espacios, y un vetusto museo con animales disecados fue ubicado justo debajo del hemiciclo. Varias bandadas de murciélagos acamparon en su interior, salpicando con heces las paredes y creando huecos en las florituras del techo. Los recovecos y esquinas de la fachada se convirtieron en el urinario más popular en varias manzanas a la redonda.
Hace unos años se corrió la voz de que un millonario italiano había donado un sistema de luces para esta joya arquitectónica. Poco a poco los bombillos se fueron fundiendo y el coloso de piedra y mármol volvió a quedar a oscuras. Para sorpresa de quienes ya lo dábamos por condenado, recién han colocado a su alrededor unas vallas anunciando la restauración del majestuoso inmueble. Ojalá las reparaciones no duren más que los breves años de su construcción y el capitolio llegue a ser –algún día– el lugar del Parlamento cubano: un soberbio edificio para albergar auténticos debates.


Salto de la cama, hay un altoparlante que brama allá afuera. No entiendo qué dice, pero me lavo la cara como si fuera la última vez. Tal vez sea el comienzo de la guerra que tanto han anunciado en los últimos días. Mi hijo duerme hasta tarde y tengo el deseo de despertarlo para advertirle, pero no comprendo las palabras lanzadas por esa camioneta que ya se aleja hacia la avenida.
¿Cuándo van rendir cuentas quienes nos atemorizan? Esos que se han pasado décadas sacudiendo frente a nuestros rostros el fantasma del cataclismo. Es muy cómodo pronosticar y clamar por la guerra cuando se tiene un búnker, soldados, un chaleco antibalas. A esos heraldos del fin les vendría bien estar aquí, entre el zumbido de la bocina y el hijo que abre los ojos y pregunta asustado “¿Mami, qué pasa que hay tanto ruido?”

El término “revolucionario” tiene en la Cuba actual un significado bien distinto al que encontraríamos en cualquier diccionario de la lengua española. Para merecer semejante epíteto basta con mostrar más conformismo que sentido crítico, optar por la obediencia en lugar de la rebeldía, apoyar lo viejo antes que lo nuevo. Para ser considerado un hombre de la causa se requiere administrar el silencio convenientemente y ver desfilar arbitrariedades y excesos sin señalar a los más altos responsables. Aquella palabra que una vez hizo pensar en rupturas y transformaciones ha involucionado hasta convertirse en un mero sinónimo de “reaccionario”. Paradójicamente, quienes creen salvaguardar la esencia de la “revolución” son precisamente los que muestran un mayor inmovilismo político y promueven –con más ojeriza- el castigo a los reformistas.
Tales mutaciones semánticas las aprendió a fuerza de sufrirlas Esteban Morales, quien hasta hace poco gozaba del privilegio de aparecer -en vivo- frente a los micrófonos televisivos. Militante del Partido Comunista, académico y especialista en temas relacionados con Estados Unidos, tuvo la peligrosa ocurrencia de escribir un artículo contra la corrupción. Sus cuestionamientos no estaban dirigidos principalmente al desvío de recursos de cada día, ese que hace a muchas familias cubanas poder llegar a fin de mes, sino a la descomposición ética que se ha instalado más arriba, en los estamentos del poder, donde se malversa a manos llenas. Tuvo la desafortunada ocurrencia de poner por escrito que “hay gentes en posiciones de gobierno y estatal, que se están apalancando financieramente, para cuando la Revolución se caiga”. Aunque se trata de una conclusión a la que se arriba con sólo mirar el grueso cuello de los gerentes, los lustrosos autos Geely de los funcionarios de la corporación CIMEX o la altas verjas que rodean las casas de los jerarcas comerciales, Morales consumó la osadía de señalarlo desde dentro del propio sistema.
Imbuido por las convocatorias a la crítica constructiva, a llamar las cosas por su nombre y a hablar a camisa quitada, Esteban Morales creyó que su texto sería leído como la sana preocupación de quien quiere salvar el proceso. Olvidó que otros con similares intenciones ya habían sido etiquetados como fraccionarios, manipulados desde afuera, adictos a las mieles del poder y desviados ideológicos. Por menos que eso han perdido su empleo periodistas, su plaza en la universidad estudiantes y han sido estigmatizados economistas, abogados y hasta agrónomos. Una vez sancionado con la separación indefinida de su núcleo del PCC, el otrora confiable profesor ha comenzado un camino que bien sabemos dónde comienza pero no dónde termina. La experiencia dice que nunca se desanda en sentido contrario la ruta del sancionado. Los defenestrados terminan por percatarse de que aquellos a quienes ellos consideraban el “enemigo”, pudieron ser alguna vez personas imbuidas de la acepción primigenia del vocablo “revolución”.

Después de 134 días sin probar alimentos sólidos y sin tomar ni un sorbo de líquido, Guillermo Fariñas llevó a sus labios un vaso plástico de color rojo y bebió un poco de agua. Eran las dos y 15 minutos de la tarde del jueves 8 de julio y del otro lado del cristal de la sala de Terapia Intensiva donde está ingresado, decenas de amigos que lo observaban se pusieron a aplaudir como si hubieran sido testigos de un milagro.
Fariñas ha ganado una batalla pero todavía sostiene un duro combate contra la muerte, porque el terreno donde han tenido lugar las acciones de esta singular beligerancia ha sido su propio cuerpo, que es en fin de cuentas el único espacio que encontró disponible para llevar a cabo su campaña. Sus intestinos son ahora como conductos de un papel muy frágil destilando bacterias por los poros, su vena yugular está semi obstruida por un trombo que si llegara a desprenderse pudiera alojarse en el corazón, el cerebro o los pulmones; o más exactamente, en su corazón, en su cerebro, en sus pulmones. Ha tenido que enfrentar en cuatro ocasiones infecciones con estafilococos áureos y en las noches un agudo dolor en la ingle apenas le permite dormir.
Su esófago apergaminado no esperaba aquel primer sorbo de agua. Le produjo un dolor tan profundo en el pecho que por un instante sospechó que estaba sufriendo un infarto, pero lo soportó en silencio. Del otro lado de su pieza encristalada estaban observándolo expectantes aquellos que durante días habían sostenido una vigilia en las afueras del hospital orando por su vida y otros que habían llegado desde muy lejos hasta la mitad de la isla para pedirle que terminara su martirio y para ser testigos de su victoria. No quiso aguarles la fiesta a los jubilosos colegas que aplaudían el triunfo de su causa y convirtió en sonrisa el gesto de dolor.
La familia de Guillermo Fariñas me permitió cuidarlo en esa, su primera noche después de finalizar la huelga y él me consintió ser testigo de su sufrimiento, de sus menudas malacrianzas, de sus humanas debilidades. Sólo entonces descubrí al verdadero héroe de esta jornada.





Imagen tomada de cubamatinal.es
Mucho se especula en estos días sobre las posibles excarcelaciones de presos políticos. La prensa oficial –como siempre- adormilada entre cifras de crecimiento y viejos discursos sacados de los archivos, no confirma ni desmiente esos rumores. Una meticulosa lectura de Granma arroja que el canciller español ha venido para condenar el bloqueo, hablar del cambio climático e intentar quitar la posición común de la Unión Europea hacia el gobierno de Cuba. Si nos dejáramos llevar por lo que dicen los locutores de voz engolada y corbatas a rayas, aquí no está pasando nada… o casi nada. Pero todos sabemos que algo se mueve en la oscura zona de la diplomacia, en ese terreno de la alta política que se teje de espaldas al pueblo.
Los murmullos vienen y van. En ellos, a la palabra “liberación” se le ha ido pegando un término de connotaciones infames: “deportación”. “Saldrán directo de las prisiones hacia los aviones” me dijo un señor que se la pasa con la oreja pegada al radio, escuchando la emisora prohibida que llega desde el Norte. La expatriación forzosa, la expulsión, el exilio, han sido prácticas habituales para deshacerse de los inconformes. “Si no te gusta te vas”, te repiten desde chiquito; “arranca y lárgate”, vuelven a espetarte si insistes en quejarte; “¿para qué volviste?”, recibes como saludo si osas regresar y seguir señalando lo que no te gusta. Habilidad en librarse de los incómodos, pericia para empujar fuera de la plataforma insular a quienes se le oponen, en eso sí que son diestros nuestros gobernantes.
Tendría que ser muy grande el avión de Moratinos para poder llevarse en él a todos los que les estorban a los autoritarios del patio. Ni un Jumbo alcanzaría para trasladar a aquellos que potencialmente tienen el riesgo de ir a prisión por sus ideas y por su accionar cívico. Una verdadera línea área con vuelos semanales se necesitaría para sacar a quienes no están de acuerdo con la gestión de Raúl Castro. Pero resulta que muchos no queremos irnos. Porque la decisión de vivir aquí o allá es algo tan personal como seleccionar pareja o ponerle nombre a un hijo, no se puede permitir que tantos cubanos se encuentren entre la pared de la prisión y la espada del destierro. Es inmoral forzar a la emigración a quienes sean liberados –posiblemente- en los próximos días.
Una simple y lógica pregunta salta cuando pensamos en este tema: ¿No sería mejor que se los llevarán en ese avión a “ellos”?
PS. Comunicado del Arzobispado de La Habana aquí

Alcancé a escuchar un trozo de conversación entre dos enfermeras en un policlínico cercano a mi casa. “La semana que viene publican la lista…” decía una de ellas, mientras la otra ponía cara de alarma y le respondía algo que no conseguí oír. Unos metros más adelante, un taxista comentaba por su teléfono móvil “Me salvé, porque hay un montón de choferes en la lista, pero yo no estoy”. El asunto empezó a intrigarme. Aunque en esta Isla sobran las enumeraciones y los inventarios –en algunos aparecemos metidos a la fuerza y a otros no nos dejan ni asomarnos– uno de ellos está inquietando especialmente a mis compatriotas. He sabido que se trata del listado de quienes quedarán desempleados, hojas llenas con los nombres de esos trabajadores que sobran en cada plantilla.
Alrededor del 25% de la fuerza laboral actual podría quedarse en la calle ante las reducciones de personal que ya se están aplicando. Algunos empleados han sido avisados una semana antes de que su empresa no tiene dinero para seguirles pagando y se han ido al paro sin garantías salariales que les permitan sostenerse hasta encontrar otra ocupación. Ante la disyuntiva de retornar a sus casas o trabajar en la agricultura y la construcción, la mayoría opta por sumergirse en la vida doméstica a la espera de nuevas oportunidades. Sacan la cuenta de que haciendo una labor de manicure ilegal o preparando comida por encargo, pueden tener mejores dividendos que doblando la espalda sobre un surco o levantando paredes de bloques.
El tema de los despidos es preocupación compartida hoy por todos los cubanos, pues al menos un miembro de cada familia será afectado por los recortes. Sin embargo, la prensa oficial sólo habla de las cesantías en Grecia y en España, narra los llamados a la huelga general en Madrid y el colapso económico en Atenas. Los rumores populares se nutren, mientras tanto, de historias personales de quienes ya han aparecido mencionados en las temibles listas. En los centros de trabajo, los empleados se amontonan frente a los murales, recorren con el dedo índice el papel a la espera de toparse con sus propios nombres. Ninguno podrá salir a la calle a protestar por lo que le ha ocurrido, ni aparecerá en esa tele que sólo menciona el desempleo cuando ocurre a miles de kilómetros de aquí.
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