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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

¿Quién está mintiendo?

Delincuentes comunes

wilmanvillar

A la memoria de Wilman Villar Mendoza

Hace un par de años, mi amigo Eugenio Leal decidió sacar un reporte de sus antecedentes penales, trámite indispensable para solicitar ciertos empleos. Confiado, fue a buscar la hoja donde diría que no había sido juzgado por delito alguno, pero en su lugar se encontró una desagradable sorpresa: aparecía como perpetrador de un “robo con fuerza” en el poblado donde había nacido, aunque jamás se había llevado ni la luz roja de un semáforo. Eugenio protestó, porque sabía que aquello no era un error burocrático ni una simple casualidad. Su accionar disidente ya lo había hecho víctima de mítines de repudio, arrestos, amenazas y ahora le traía además una mancha en el historial penal. Había pasado a ser un opositor con un pasado de “delincuente común”, lo cual le resulta muy útil a la policía política para desacreditar.

Si nos dejamos guiar por la propaganda gubernamental, en esta Isla no hay una sola persona decente, preocupada por el destino nacional y sin crímenes cometidos que además se oponga al sistema. Todo aquel que emite una crítica es inmediatamente tachado como terrorista o vendepatria, malhechor o amoral. Acusaciones difíciles de “desmentir” en un país donde cada día la mayoría de los ciudadanos tiene que cometer varias ilegalidades para sobrevivir. Somos 11 millones de delincuentes comunes, cuyas tropelías van desde comprar leche en el mercado negro hasta tener una antena parabólica. Prófugos de un código penal que nos asfixia, fugitivos del “todo está prohibido”, evadidos de una prisión que comienza con la propia Constitución de la República. Somos una población cuasi penitenciaria a la espera de que la lupa del poder se pose sobre nosotros, hurgue en nuestras vidas y descubra la última infracción cometida.

Ahora, con la muerte de Wilman Villar Mendoza vuelve a repetirse el viejo esquema del insulto estatal. Una nota en el periódico Granma lo ha descrito como un vulgar malhechor y quizás pronto en la TV un programa -de corte estalinista- presentará a las presuntas víctimas de sus abusos. El objetivo es restarle impacto político a la muerte de este ciudadano de 31 años condenado en noviembre por desacato, atentado y resistencia. La propaganda oficial intentará restarle importancia a su huelga de hambre y hará caer sobre su nombre todo tipo de adjetivos despectivos. Veremos también el testimonio -violando el juramento hipocrático- de los médicos que lo atendieron y probablemente hasta declarará la propia madre en contra del hijo difunto. Todo eso porque el gobierno cubano no puede permitirse que quede un resquicio de duda en la mente de los adocenados televidentes. Sería muy peligroso que la gente empiece a creer que un opositor puede sacrificar su vida por una causa, ser un buen patriota y hasta un hombre decente.

Demasiado tarde

derrumbe

Fotografía de Orlando Luis Pardo Lazo

Justo hoy estaba yo dándole vueltas en la cabeza a un texto después de ver cierto documental sobre ruinas recientes. Bajo el título de “Unfinished spaces, aparecían recogidos varios testimonios de arquitectos y alumnos que participaron en la edificación del Instituto Superior de Arte (ISA). Todos narraban la belleza original del proyecto, lo novedoso de su estructura y los deseos de hacer coincidir en él tanto la forma como la creación. Pero también hablaron del abandono de la construcción de algunas de sus facultades, que nunca llegaron a terminarse. De manera que estaba yo pensando en columnas, ladrillos y techos cubiertos de maleza cuando me llamaron para contarme de un derrumbe en Centro Habana. En las calles Infanta y Salud, un edificio de tres plantas no soportó más y se vino abajo en la noche del martes 17 de enero.

Enseguida recordé la cantidad de veces que había transitado por esa cuadra apurando el paso ante el mal estado de los balcones y de las paredes. Evoqué todos aquellos momentos en que me pregunté cómo era posible que siguiera habitado aquel lugar tan al borde del colapso. Para los habitantes de ese edificio, llegó demasiado tarde la rebaja de materiales de construcción decretada sólo hace unas pocas semanas. Los daños estructurales que sufría el inmueble ya no tenían remedio, porque eran el resultado de la indolencia estatal y las décadas de falta de pintura, cemento y otros recursos materiales para reparar. El quejido que se sintió antes de ceder el piso y desplomarse los muros forma parte también del estertor arquitectónico de una barriada con casas hermosas. pero en estado terminal.

Hasta ahora, los medios oficiales han reportado tres fallecidos y seis heridos en el derrumbe de la calle Infanta. Personas que vivieron los últimos años de su vida mirando hacia arriba y calculando el tiempo que le quedaba a las vigas del techo, temiendo lo que finalmente sucedió. ¿Cuántos otros hay en esta capital que pueden correr mañana la misma suerte? ¿Qué solución urgente se aplicará para que esas tragedias no sigan siendo parte del escenario cotidiano? No vamos a aceptar una respuesta al estilo de que “se está estudiando el tema para aplicar soluciones de manera paulatina”. Tampoco nos vengan ahora con que la culpa la tienen los propios moradores que se quedaron en un lugar inhabitable. ¿A dónde hubieran podido ir? En lugar de eso exigimos que se construya, se repare, se nos proteja.

En venta las medallas

medallas

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja -y las postales turísticas con el rostro del Che- tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.

Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…

A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas.  También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras -sencillamente- tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.

Razones ciudadanas: Conferencia del PCC

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Verde que te quiero libre

Imagen tomada de: http://www.nazanin.es

Imagen tomada de: http://www.nazanin.es

La última vez que Mahmud Ahmadineyad pisó suelo cubano, la enfermedad de Fidel Castro llevaba anunciada unas semanas y había generado toneladas de especulaciones. En aquel septiembre de 2006, el mandatario iraní fue testigo de cómo se le entregaba la presidencia del Movimiento de Países No Alineados a un jefe de estado incapacitado físicamente de ejercerla. En lugar del Máximo Líder, en el Palacio de las Convenciones se escuchó el discurso de su hermano menor, mientras en los pasillos y frente a las cámaras, los voceros oficiales auguraban que muy pronto el Comandante en Jefe reaparecería. Pero mentían. En la foto final del evento –sobre la hierba y bajo un sol juguetón- quedaron plasmados los gobernantes invitados, pero faltaba el principal anfitrión. A la luz de hoy, esa fue una imagen casi premonitoria porque marcó la pérdida de protagonismo en la vida política internacional del otrora guerrillero.

Ahora, Ahmadineyad ha regresado para una nueva instantánea. Esta vez será a puertas cerradas, apenas sin testigos y en el lugar donde convalece Fidel Castro y desde el que escribe sus larguísimas reflexiones. Mucho ha cambiado para ambos en estos cinco años. El primero de ellos se encuentra en medio de una escalada de tensiones con Washington y ha amenazado incluso con cerrar el estrecho de Ormuz; el segundo transita por el apagamiento paulatino de su imagen dentro y fuera del país y ha perdido buena parte de la ascendencia que alguna vez tuvo.

El impulsivo político que estuvo a poco de desencadenar en 1962 -cuando la Crisis de los Misiles- la tercera guerra mundial, recibe hoy al líder persa que podría formar parte del próximo conflicto. Los dos necesitan con urgencia de esta nueva foto de familia. El uno para probar que no está tan sólo como la diplomacia norteamericana quiere hacer ver y el otro porque precisa demostrar que sigue vivo, a diferencia de lo que se rumora en las redes sociales. Pero será una retrato casi en sepia, pues estará ausente el color verde que en este lustro ha pasado a ser una tonalidad incómoda para ambos. A Fidel Castro le recuerda lo que fue, el uniforme desde el que emanaba parte importante de su poder, mientras a  Ahmadineyad le evoca a los jóvenes protestando en las calles, a Neda y al verano de 2009.

Trova ¿vigencia o evocación?

Imagen tomada de jazzconexion.com

Imagen tomada de jazzconexion.com

El cantante entona una de sus viejas canciones sobre el escenario. El público se apretuja, repite el estribillo, se mueve en un delirio. Esta semana hemos disfrutado de uno de tantos festivales de música trovadoresca que ha comenzado por esta vez en la provincia de Santa Clara. Con temas que recorren desde lo romántico hasta las cuestiones sociales más peliagudas, el evento nos permitió escuchar algunos felices estrenos y ciertas archiconocidas composiciones. Creaciones musicales que tuvieron su edad dorada en los años setenta, pero que ahora pierden terreno ante formas melódicas más comerciales y trepidantes. La mayoría de la gente joven no quiere escuchar hablar de letras de denuncia ni de crónica diaria, más bien desea relajarse y disfrutar, abandonar por una madrugada la realidad. Se va a la discotecas para escapar del afuera, no para recordarlo. Por eso, aquellas tonadas de marcado corte ideológico –donde  se aludía al hombre nuevo y a la sociedad que éste habitaría– han sido lanzadas al baúl de la desmemoria.

A pesar de la pérdida de popularidad, todavía existen decenas de cultivadores de la canción trovadoresca en Cuba. Cantan para gente que prefiere repensar la cotidianidad y sus absurdos en lugar de salir huyendo hacia otra dimensión. Quedamos también muchos que aún nos estremecemos ante las letras de Silvio Rodríguez, aunque nos separe de él un abismo de opiniones políticas, un barranco de posiciones filosóficas. Pues a la hora de organizar nuestra biblioteca musical –o literaria– hemos aprendido que resulta más recomendable no hacerlo por preferencias partidistas… si no sufriríamos la triste pérdida de numerosos autores.

Más allá de la calidad de sus acordes o de sus versos, buena parte del público de la trova busca en ella su capacidad de evocarnos momentos pasados: el primer amor, el baile apretadísimo, los años difíciles, aquel día del beso iniciático o el concierto donde conocimos a alguien muy especial. Se usa como detonante de los recuerdos, a la manera de una magdalena proustiana que nos entra por los oídos en lugar de llegarnos a través del paladar. Cuando el cantautor aparece con su guitarra en la mano, en realidad efectuará sobre nosotros un acto de rememoración: nos trasladará a aquellos tiempos en que éramos tan  jóvenes, cuando a la Nueva Trova no la había despintado todavía el ácido de la realidad.

Conferencia rima con paciencia

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Este enero parece octubre, julio, noviembre, cualquier otra cosa menos el primer mes del año. Si algo caracteriza a los inicios es hacer planes, proyectar lo que vendrá, trazar propósitos aunque después no se cumplan. A causa de criarnos entre tantas consignas pronosticando el futuro, nos resistimos hoy a hablar del mañana. Agotados de imaginar un porvenir distante que podía demorar un quinquenio o una década, ya ni siquiera queremos proyectar la semana que viene. Así que nos centramos en este minuto, en una inmediatez que no admite levantar la mirada hacia adelante. Vivimos el instante, porque durante demasiado tiempo nos hicieron desear un tiempo lejano que sólo existió en los discursos, en las páginas de los libros.

La próxima Conferencia del Partido Comunista también está signada por ese escepticismo hacia lo venidero. No sorprende, entonces, la escasa expectativa que muestran los cubanos en relación con el encuentro partidista del 28 de enero, lo poco que se habla de él en las calles. Los exiguos comentarios se reducen a la seguridad de que “eso no va a cambiar nada” o al atisbo de esperanza de que “será la última oportunidad de la generación histórica”. A menos de tres semanas de comenzar, ni siquiera en la televisión oficial se percibe entusiasmo por el evento. En las filas del propio Partido tampoco hay muchas ilusiones y más de un  militante entregará su carnet si la reunión termina con pobres resultados. El plazo de tiempo comprado en abril pasado, con el congreso del PCC, está a punto de acabarse. Las reformas políticas urgen y hasta los más fieles al sistema han comenzado a desesperarse.

Lo más improbable y sin embargo lo más deseado, sería que en esa conferencia primara la preocupación por la nación por encima de los intereses partidistas. Pero eso sería pedirle al PCC que se suicidara… y no va a hacerlo. No se va a abrir a la participación ciudadana sin exclusiones ni desmontará la penalización al discrepante. Le va el poder en ello. Las reformas tendrían que ser tan evidentes, el cambio en el discurso tan marcado que en lugar de simples ajustes se necesitaría un borrón y cuenta nueva… y lo más probable es que se niegue a hacerlo. Porque hace mucho tiempo que enero no parece enero, los revolucionarios no se comportan como tales y el futuro sólo es asignatura de agoreros y cartománticos.

Si antes te quería…

mujer_caminando

“Si antes te quería, era por el pelo,
ahora que estas pelona, ya no te quiero”.

Canción infantil

Se despertó a las seis para desenredarse minuciosamente el pelo con el cepillo de cabo roto y cerdas durísimas. La cabellera le llegaba casi por la cintura, pero le estaba dando en ese momento el último alisado, el toque de despedida. Antes de fin de año trocó su melena ondulada por algo de dinero con que celebrar las Navidades. “Se compra pelo”, podía leerse en la puerta del estrecho pasillo donde entró sin meditarlo mucho. Dos peluqueras le tasaron la melena por los centímetros que exhibía, la copiosidad y especialmente por lo bien cuidada que estaba. Llegó a aquel lugar temprano en la mañana con un moño largo y salió después del mediodía con apenas una pelusa detrás de las orejas. A cambio obtuvo una interesante suma de pesos convertibles con la cual consiguió carne de cerdo, sidra, tomates y ayudó a su madre a reparar la prótesis dental. “Ya crecerá”, consoló al novio cuando éste la vio por primera vez después de aquel desmoche. “Es que me cayó una plaga de piojos y me lo corté”… le mintió.

El mercado del pelo gana fuerza en una nación que oscila entre los imperativos de la coquetería y las dificultades materiales. En la alta noche habanera, una buena parte de los peinados audaces que se ven en las calles se logran gracias a extensiones y añadidos. Los compradores con más recursos buscan cabelleras que no hayan sido teñidas y especialmente que provengan de mujeres jóvenes. Algunos de estos comerciantes viajan hasta los pueblos pequeños, sabiendo que allí pueden encontrar la mercancía a precios más baratos, eventuales vendedoras más desesperadas. En manos de los estilistas, las también llamadas “mechas” son pegadas mechoncito por mechoncito sobre la nueva cabeza de acogida, en un proceso que demora horas. Aunque también se utilizan mechones sintéticos, los de origen natural son muy demandados y mejor pagados. Se importan desde La Florida, Ecuador, México y resultan un pedido recurrente a los parientes que viajan al extranjero.

Ahora mismo, el único capital económico de muchas féminas en este país brota de su cuero cabelludo. Si la situación se pone difícil, siempre habrá alguien interesado en comprarles la melena, en intercambiar tijeretazos por dinero.

2011, ese año tan remoto

Imagen tomada de www.msnbc.msn.com

Imagen tomada de www.msnbc.msn.com

En octubre se nos fue Laura Pollán, en un hospital oscuro un día de llovizna fina, en un año 2011 que había nacido maniatado. En los primeros meses, terminaron de excarcelar a los presos de la Primavera Negra y los titulares nacionales e internacionales le daban el mérito principal a la iglesia católica y al canciller español, restando importancia a la lucha de las Damas de Blanco, a la presión hecha desde la calle, la huelga de hambre de Guillermo Fariñas y la estela de indignación dejada por la muerte de Orlando Zapata Tamayo. Abril, el mes más cruel, nos trajo un congreso del Partido Comunista enfocado sólo en temas económicos, prefiriendo la palabra “ajustes” a “reformas” y consolidando en el poder al heredero sanguíneo del trono cubano.

Agosto, con su canícula y su escasez, no fue muy distinto. ¿Dónde están los cambios? se preguntaban muchos. Hubo que esperar hasta octubre para que estos comenzaran a caer a cuentagotas. Ya podíamos comprar un auto de segunda mano, pero nada de afiliarnos libremente a un partido ni expresarnos sin castigo. Llegó entonces la más osada de las medidas raulistas: fue posible adquirir o vender una vivienda, aunque hiciera falta abonar el salario íntegro de 45 años para obtener la más modesta de ellas. Algo se movía en una sociedad momificada por décadas, pero tan lentamente que desesperaba. A mediados de diciembre, supimos que más de 66 mil cubanos habían obtenido la nacionalidad de sus abuelos emigrados de Asturias, Canarias, Galicia… la gente seguía escapando. El desespero no se percibía tanto en las calles como en las largas colas de los consulados.

La superficie de tierra entregada en usufructo aumentaba, pero el precio de las viandas crecía también de forma casi proporcional. La prensa hablaba de avances, pero la realidad mostraba estancamiento. Los restaurantes privados invadieron cada barrio con sus cartas de platos condimentados y la zozobra de si los dejarían sobrevivir por un tiempo más. El coro mudo de la Asamblea Nacional confirmó que para 2012 el país necesitaría mucho más dinero para importar esos alimentos que bien podría producir nuestro suelo. Y la esperada reforma migratoria nos fue escamoteada otra vez, por enésima vez.

En la noche de San Silvestre pocas casas mostraban fiesta o música, al menos en La Habana. Pero yo sentí alivio de que ese año terminara. De que ese 2011, de avances sobredimensionados por la propaganda y de retrocesos silenciados, acabara de una vez.