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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con
nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de
los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los
muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito
especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que
arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Pesa más que un “matrimonio mal llevado”, decía mi abuela de aquel teléfono negro y enorme que había en casa de una vecina. Tenía un cable muy corto y después de hacer una llamada, mi dedo índice estaba manchado con el polvo que había bajo el disco de marcar. Aún así yo aguardaba ansiosa el grito que le anunciaba a mi madre que la llamaban del trabajo o de alguna provincia. Íbamos corriendo escaleras arriba para pegar el oído al auricular y escuchar lo que una voz cuasi metálica decía al otro lado. Entre las más de diez familias que habitaban aquel solar, sólo había dos con líneas telefónicas. Así que reñirse con los dueños de tan importante artilugio era quedarse desamparado, incomunicado.
Si en marzo de 2008 Raúl Castro hubiera imaginado el papel que jugaría la telefonía móvil en la incipiente sociedad civil cubana, probablemente nunca hubiera liberado su uso. Antes de esa fecha, los cubanos debían buscar a un extranjero que formalizara el contrato de celular y después les permitiera usar el servicio. La deseada tarjeta SIM sólo podía ser adquirida por los mismos que disfrutaban de las habitaciones de los hoteles y los autos rentados, en fin, por gente que no había nacido en esta Isla. Afortunadamente, ese apartheid ya terminó hace casi cuatro años y hasta la fecha más de un 1,2 millones de usuarios han contratado los servicios prepago de Cubacel. Tal cifra no debería siquiera alegrarnos, pues todavía estamos muy por detrás de el resto de las naciones latinoamericanas.
No obstante las limitaciones que trae su alto costo, la baja cobertura en muchas zonas del país y la suspensión temporal del servicio a usuarios incómodos, la telefonía celular ha terminado por cambiarnos la vida. En este tiempo, la posibilidad de enviar y recibir mensajes de texto ha potenciado el contacto entre ciudadanos, el intercambio de noticias y la invaluable posibilidad de publicar en Twitter sin acceso a Internet. Hace unos días, comenzó a regir una rebaja del 44% para los sms nacionales, aunque todavía estamos a años luz de los precios vigentes en el resto del mundo. Si el objetivo de la única empresa de telefonía del país es atraer así a más clientes para recaudar mayores beneficios, tendrá que aceptar también el efecto colateral de liberación informativa y comunicativa que esto conllevará. Cubacel calcula los beneficios económicos, pero es incapaz de advertir –en su verdadero potencial- la poderosa herramienta social que ahora llevamos en nuestro bolsillo.
 Imagen tomada de http://somoslanoticia.com/
“Prefiero un millón de voces críticas
antes que el silencio de las dictaduras.”
Dilma Rousseff
Elegir el momento para una visita presidencial puede ser una labor sumamente ingrata en este mundo tan impredecible y cambiante. Cuando la fecha de viaje de un jefe de estado queda colocada en su agenda, anunciada y conciliada con los anfitriones, por lo regular la vida se encarga de rodearla de imprevistos. Los palacios de gobierno no logran controlar el azar, ni tampoco prever esos acontecimientos sorpresivos que enrarecen el escenario del arribo de un dignatario. Dilma Rousseff bien que lo sabe. Su presencia en La Habana se coordinó durante semanas y fue precedida incluso por la del canciller Antonio de Aguiar Patriota. Todo parecía atado y bien atado: un cronograma rápido, eficiente, protocolar, enfocado en temas económicos, que terminaría al abordar su avión con destino a Haití. Pero algo se complicó.
Varios días antes de que la economista y política brasileña aterrizara en el Aeropuerto José Martí, un joven cubano murió después de una prolongada huelga de hambre. Los medios oficiales se lanzaron de lleno a presentarlo como un delincuente común, aunque había sido detenido en una marcha opositora por las calles de Contramaestre. El discurso del poder se radicalizó y la temperatura política alcanzó esos grados en lo que se manejan tan bien nuestros gobernantes. En ese contexto, la recién concluida Conferencia del PCC se convirtió más en un acto de reafirmación que de cambio, en una declaración de unidad en lugar de apertura. Muchos de los que aguardaban por el anuncio de transformaciones políticas de gran calado, se percataron de que el evento fue más bien la última oportunidad perdida por la generación en el poder. Un día después de su clausura, Raúl Castro -el secretario general del único partido permitido- recibió a Dilma Rousseff, la otrora guerrillera que hoy dirige un país con diversas fuerzas políticas y una prensa muy crítica.
La agenda cubana de Dilma incluye repasar las obras constructivas del puerto de Mariel y la posible concesión de un nuevo crédito bancario. Brasil es nuestro segundo socio comercial en Latinoamérica. pero no se trata sólo de una cuestión de recursos. En estos momentos al raulismo también le urge ser legitimado por otros presidentes de la región. Así que por estos días habrá sonrisas, manos estrechadas, compromisos de “amistad eterna” y fotos, muchas fotos. Los activistas cívicos –por su parte- intentarán un encuentro con la mujer que fue torturada y encarcelada durante un gobierno militar, aunque existen muy pocas posibilidades de que los reciba. Dilma Rousseff sí que conversará con Raúl Castro, estará muy cerca de él justo en esta delicada coyuntura en que el azar la ha colocado. Esperamos que no desaproveche la ocasión y sea consecuente con la algarabía democrática, en lugar de optar por el silencio cómplice ante una dictadura.
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Nota: Hasta el próximo viernes 3 de febrero no sabré si finalmente las autoridades cubanas me permitirán viajar a la presentación del documental “Conexión Cuba-Honduras” en Jequié, Bahía. Gracias de antemano a todos los que han hecho algo para que yo logre llegar a Brasil. Mi agradecimiento especial al senador Eduardo Suplicy, al realizador Dado Galvao, @xeniantunes y demás ciudadanos brasileños.
Conexão Cuba Honduras - trailer


Cada cierto tiempo, aparece una nueva campaña en nuestros medios informativos, alguna ofensiva contra cierto fenómeno social u económico. Por estos días, la acometida va dirigida a los carretilleros, esos vendedores de frutas y vegetales que trasladan su mercancía en un triciclo u otro artilugio con ruedas. Los periodistas oficiales aducen que tales comerciantes funcionan bajo la ley “capitalista” de la oferta y la demanda, en lugar de poner precios más accesibles para los consumidores. Critican también el hecho de que ofrezcan sus productos por unidades y no por libras o kilogramos, lo cual les da margen para los importes inflados. Aunque se trata de un problema que nos daña a todos, no creo que sea con llamados a la conciencia del vendedor que vayamos a solucionarlo.
El carretillero es por demás quien mantiene abastecidos los barrios carentes de mercados agrícolas y especialmente en los horarios cuando estos están cerrados. En los precios de sus mercancías se incluyen también –aunque la TV oficial no lo reconozca- el tiempo que se ahorra el cliente que ya no necesitará trasladarse o hacer las largas colas de un “agro estatal”. Para la mayoría de las mujeres trabajadoras, que llegan a casa después de las cinco a inventar un plato de comida, el pregón de “¡Aguacate y cebolla!” gritado en su puerta es una salvación. Resulta cierto que el costo de ninguno de estos productos guarda relación con los salarios, pero tampoco se pudren en esas tarimas rodantes por falta de compradores. El hecho de que alguien deba trabajar dos días para comprar una calabaza no es expresión de la desmesura del vendedor, sino de lo paupérrimo de los sueldos.
Sorprende, por ejemplo, que los preocupados reporteros del noticiero estelar no la emprendan contra los excesos de las tiendas en pesos convertibles, donde para adquirir un litro de aceite alguien debe gastar todo lo ganado en una semana de trabajo. La diferencia entre los carretilleros y esas tiendas recaudadoras de divisas es que los primeros son cuentapropistas mientras las segundas son propiedad del Estado. Así que nunca veremos un reportaje denunciando el elevadísimo por ciento que se le suma a los costos de importación o producción de un alimento para ofertarlo en las llamadas shoppings. Porque es mejor buscar un chivo expiatorio y explicar con su existencia la carestía y la grisura culinaria en la que estamos sumidos. Por el momento, la culpa la llevan los carretilleros. Así que corra usted hacia el balcón –ahora mismo- y véalos pasar por su calle, porque muy pronto puede ser que ya no estén.

A la memoria de Wilman Villar Mendoza
Hace un par de años, mi amigo Eugenio Leal decidió sacar un reporte de sus antecedentes penales, trámite indispensable para solicitar ciertos empleos. Confiado, fue a buscar la hoja donde diría que no había sido juzgado por delito alguno, pero en su lugar se encontró una desagradable sorpresa: aparecía como perpetrador de un “robo con fuerza” en el poblado donde había nacido, aunque jamás se había llevado ni la luz roja de un semáforo. Eugenio protestó, porque sabía que aquello no era un error burocrático ni una simple casualidad. Su accionar disidente ya lo había hecho víctima de mítines de repudio, arrestos, amenazas y ahora le traía además una mancha en el historial penal. Había pasado a ser un opositor con un pasado de “delincuente común”, lo cual le resulta muy útil a la policía política para desacreditar.
Si nos dejamos guiar por la propaganda gubernamental, en esta Isla no hay una sola persona decente, preocupada por el destino nacional y sin crímenes cometidos que además se oponga al sistema. Todo aquel que emite una crítica es inmediatamente tachado como terrorista o vendepatria, malhechor o amoral. Acusaciones difíciles de “desmentir” en un país donde cada día la mayoría de los ciudadanos tiene que cometer varias ilegalidades para sobrevivir. Somos 11 millones de delincuentes comunes, cuyas tropelías van desde comprar leche en el mercado negro hasta tener una antena parabólica. Prófugos de un código penal que nos asfixia, fugitivos del “todo está prohibido”, evadidos de una prisión que comienza con la propia Constitución de la República. Somos una población cuasi penitenciaria a la espera de que la lupa del poder se pose sobre nosotros, hurgue en nuestras vidas y descubra la última infracción cometida.
Ahora, con la muerte de Wilman Villar Mendoza vuelve a repetirse el viejo esquema del insulto estatal. Una nota en el periódico Granma lo ha descrito como un vulgar malhechor y quizás pronto en la TV un programa -de corte estalinista- presentará a las presuntas víctimas de sus abusos. El objetivo es restarle impacto político a la muerte de este ciudadano de 31 años condenado en noviembre por desacato, atentado y resistencia. La propaganda oficial intentará restarle importancia a su huelga de hambre y hará caer sobre su nombre todo tipo de adjetivos despectivos. Veremos también el testimonio -violando el juramento hipocrático- de los médicos que lo atendieron y probablemente hasta declarará la propia madre en contra del hijo difunto. Todo eso porque el gobierno cubano no puede permitirse que quede un resquicio de duda en la mente de los adocenados televidentes. Sería muy peligroso que la gente empiece a creer que un opositor puede sacrificar su vida por una causa, ser un buen patriota y hasta un hombre decente.
 Fotografía de Orlando Luis Pardo Lazo
Justo hoy estaba yo dándole vueltas en la cabeza a un texto después de ver cierto documental sobre ruinas recientes. Bajo el título de “Unfinished spaces”, aparecían recogidos varios testimonios de arquitectos y alumnos que participaron en la edificación del Instituto Superior de Arte (ISA). Todos narraban la belleza original del proyecto, lo novedoso de su estructura y los deseos de hacer coincidir en él tanto la forma como la creación. Pero también hablaron del abandono de la construcción de algunas de sus facultades, que nunca llegaron a terminarse. De manera que estaba yo pensando en columnas, ladrillos y techos cubiertos de maleza cuando me llamaron para contarme de un derrumbe en Centro Habana. En las calles Infanta y Salud, un edificio de tres plantas no soportó más y se vino abajo en la noche del martes 17 de enero.
Enseguida recordé la cantidad de veces que había transitado por esa cuadra apurando el paso ante el mal estado de los balcones y de las paredes. Evoqué todos aquellos momentos en que me pregunté cómo era posible que siguiera habitado aquel lugar tan al borde del colapso. Para los habitantes de ese edificio, llegó demasiado tarde la rebaja de materiales de construcción decretada sólo hace unas pocas semanas. Los daños estructurales que sufría el inmueble ya no tenían remedio, porque eran el resultado de la indolencia estatal y las décadas de falta de pintura, cemento y otros recursos materiales para reparar. El quejido que se sintió antes de ceder el piso y desplomarse los muros forma parte también del estertor arquitectónico de una barriada con casas hermosas. pero en estado terminal.
Hasta ahora, los medios oficiales han reportado tres fallecidos y seis heridos en el derrumbe de la calle Infanta. Personas que vivieron los últimos años de su vida mirando hacia arriba y calculando el tiempo que le quedaba a las vigas del techo, temiendo lo que finalmente sucedió. ¿Cuántos otros hay en esta capital que pueden correr mañana la misma suerte? ¿Qué solución urgente se aplicará para que esas tragedias no sigan siendo parte del escenario cotidiano? No vamos a aceptar una respuesta al estilo de que “se está estudiando el tema para aplicar soluciones de manera paulatina”. Tampoco nos vengan ahora con que la culpa la tienen los propios moradores que se quedaron en un lugar inhabitable. ¿A dónde hubieran podido ir? En lugar de eso exigimos que se construya, se repare, se nos proteja.

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja -y las postales turísticas con el rostro del Che- tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.
Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…
A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas. También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras -sencillamente- tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.
 Imagen tomada de: http://www.nazanin.es
La última vez que Mahmud Ahmadineyad pisó suelo cubano, la enfermedad de Fidel Castro llevaba anunciada unas semanas y había generado toneladas de especulaciones. En aquel septiembre de 2006, el mandatario iraní fue testigo de cómo se le entregaba la presidencia del Movimiento de Países No Alineados a un jefe de estado incapacitado físicamente de ejercerla. En lugar del Máximo Líder, en el Palacio de las Convenciones se escuchó el discurso de su hermano menor, mientras en los pasillos y frente a las cámaras, los voceros oficiales auguraban que muy pronto el Comandante en Jefe reaparecería. Pero mentían. En la foto final del evento –sobre la hierba y bajo un sol juguetón- quedaron plasmados los gobernantes invitados, pero faltaba el principal anfitrión. A la luz de hoy, esa fue una imagen casi premonitoria porque marcó la pérdida de protagonismo en la vida política internacional del otrora guerrillero.
Ahora, Ahmadineyad ha regresado para una nueva instantánea. Esta vez será a puertas cerradas, apenas sin testigos y en el lugar donde convalece Fidel Castro y desde el que escribe sus larguísimas reflexiones. Mucho ha cambiado para ambos en estos cinco años. El primero de ellos se encuentra en medio de una escalada de tensiones con Washington y ha amenazado incluso con cerrar el estrecho de Ormuz; el segundo transita por el apagamiento paulatino de su imagen dentro y fuera del país y ha perdido buena parte de la ascendencia que alguna vez tuvo.
El impulsivo político que estuvo a poco de desencadenar en 1962 -cuando la Crisis de los Misiles- la tercera guerra mundial, recibe hoy al líder persa que podría formar parte del próximo conflicto. Los dos necesitan con urgencia de esta nueva foto de familia. El uno para probar que no está tan sólo como la diplomacia norteamericana quiere hacer ver y el otro porque precisa demostrar que sigue vivo, a diferencia de lo que se rumora en las redes sociales. Pero será una retrato casi en sepia, pues estará ausente el color verde que en este lustro ha pasado a ser una tonalidad incómoda para ambos. A Fidel Castro le recuerda lo que fue, el uniforme desde el que emanaba parte importante de su poder, mientras a Ahmadineyad le evoca a los jóvenes protestando en las calles, a Neda y al verano de 2009.
 Imagen tomada de jazzconexion.com
El cantante entona una de sus viejas canciones sobre el escenario. El público se apretuja, repite el estribillo, se mueve en un delirio. Esta semana hemos disfrutado de uno de tantos festivales de música trovadoresca que ha comenzado por esta vez en la provincia de Santa Clara. Con temas que recorren desde lo romántico hasta las cuestiones sociales más peliagudas, el evento nos permitió escuchar algunos felices estrenos y ciertas archiconocidas composiciones. Creaciones musicales que tuvieron su edad dorada en los años setenta, pero que ahora pierden terreno ante formas melódicas más comerciales y trepidantes. La mayoría de la gente joven no quiere escuchar hablar de letras de denuncia ni de crónica diaria, más bien desea relajarse y disfrutar, abandonar por una madrugada la realidad. Se va a la discotecas para escapar del afuera, no para recordarlo. Por eso, aquellas tonadas de marcado corte ideológico –donde se aludía al hombre nuevo y a la sociedad que éste habitaría– han sido lanzadas al baúl de la desmemoria.
A pesar de la pérdida de popularidad, todavía existen decenas de cultivadores de la canción trovadoresca en Cuba. Cantan para gente que prefiere repensar la cotidianidad y sus absurdos en lugar de salir huyendo hacia otra dimensión. Quedamos también muchos que aún nos estremecemos ante las letras de Silvio Rodríguez, aunque nos separe de él un abismo de opiniones políticas, un barranco de posiciones filosóficas. Pues a la hora de organizar nuestra biblioteca musical –o literaria– hemos aprendido que resulta más recomendable no hacerlo por preferencias partidistas… si no sufriríamos la triste pérdida de numerosos autores.
Más allá de la calidad de sus acordes o de sus versos, buena parte del público de la trova busca en ella su capacidad de evocarnos momentos pasados: el primer amor, el baile apretadísimo, los años difíciles, aquel día del beso iniciático o el concierto donde conocimos a alguien muy especial. Se usa como detonante de los recuerdos, a la manera de una magdalena proustiana que nos entra por los oídos en lugar de llegarnos a través del paladar. Cuando el cantautor aparece con su guitarra en la mano, en realidad efectuará sobre nosotros un acto de rememoración: nos trasladará a aquellos tiempos en que éramos tan jóvenes, cuando a la Nueva Trova no la había despintado todavía el ácido de la realidad.
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