Internet Nobel de la Paz

Descargar 1er no. Revista Voces

voces

Archivos

Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Barrio adentro, corazón afuera

barrioadentroenrejado

Imagen tomada de: http://paulagiraud.blogspot.com/

¡Tienes que entregar tu pasaporte! le dijeron al llegar a Caracas, para evitar que alcanzara la frontera y desertara. En el mismo aeropuerto le leyeron la cartilla: “No puedes decir que eres cubano, no debes caminar por las calles con ropa de médico y es mejor evitar interactuar con los venezolanos”. Días después comprendió que la suya era una misión política, pues más que remediar las dolencias de algún corazón o la infección de unos pulmones, debía examinar conciencias, comprobar intenciones de voto.

En Venezuela conoció también la corrupción de algunos que dirigen el proyecto Barrio Adentro. Los “vivos” de aquí, convertidos en “malandros” allá, acaparando poder, influencias, dinero, e incluso presionando a doctoras y a enfermeras que viajan solas para que se conviertan en sus concubinas. Lo ubicaron junto a seis colegas en una apretada habitación y le advirtieron que si morían –víctimas de la violencia que hay afuera– serían dados como desertores. Pero no se deprimió. En fin de cuentas, él tiene sólo 28 años y es la primera vez que puede escapar de la protección paterna, la abulia de su barrio y las penurias del hospital donde trabaja.

Un mes después de arribar, le entregaron una cédula de identidad advirtiéndole que con ella ya puede votar en los próximos comicios. En una reunión relámpago alguien habló sobre el duro golpe que sería para Cuba la pérdida de tan importante aliado en Latinoamérica. “Ustedes son soldados de la patria” les gritaron al final y como tales “deben garantizar que la marea roja se imponga en las urnas”.

Ya pasó el tiempo en que creía que iba a salvar vidas o a aliviar el dolor. Sólo quiere volver, retornar a la protección de su familia, contarles a sus amigos la verdad, pero no puede por ahora. Antes, debe hacer la cola del colegio electoral, dejar su cuota de apoyo al PSUV, pegar en una pantalla el pulgar en señal de asentimiento. Cuenta los días hasta el último domingo de septiembre, cree que después de eso lo dejarán regresar.

Mercadeo del poco a poco

seguridad_social

Ocho de la mañana y los rieles de la estación de Factor y Tulipán todavía tienen la frescura de la madrugada. El único tren –que llega desde San Antonio de los Baños– está retrasado. Los viejitos, sentados en los muros, revenden los periódicos comprados bien temprano y ofertan también cigarros al menudeo. Esta semana sufrieron un duro revés al anunciarse el fin de la distribución normada de cajetillas de Titanes y Aroma. Pésima noticia para quienes son el escalón más bajo de nuestro mercado informal, esos que ofrecen su propia cuota de racionamiento para sobrevivir.

Entre los absurdos de  la comercialización centralizada en Cuba, estaba que sólo recibían cigarros por la libreta los que habían nacido antes de 1955. En mi familia mi padre tenía una asignación, pero a mi madre –tres años menor– ya no le tocaba. Medio en broma medio en serio, un amigo me decía que en el futuro entregarían la última cajetilla con precio subsidiado a un longevo cubano que había visto la luz por allá por la mitad del siglo veinte. ¿Se imaginan el acto?: La bandera batiendo, las trompetas sonando, un batallón de ceremonia marchando hacia el anciano y otorgándole la postrera muestra de cigarrillos por la libreta.

Para bien y para mal ya no ocurrirá así. Quienes eran más jóvenes cuando se comenzó a conceder nicotina subvencionada, apenas llegan hoy a las seis décadas de vida. Los que nunca nos beneficiamos con ese suministro sentimos que ahora hay algo menos para echarnos en cara. Sin embargo, creo que alguien debería indemnizar a los viejitos de la estación de Tulipán y a todos aquellos que a lo largo de la isla apuntalan su vida con ese mercadeo del poco a poco.

Lo logró

juanjuanmiami

El día que Juan Juan Almeida anunció el comienzo de su huelga de hambre fue como revivir la pesadilla que habíamos experimentado con el largo ayuno de Guillermo Fariñas. “Esa es la peor de las decisiones” le dijimos los amigos que lo queremos, seguros que ni él iba a aguantar los rigores de la inanición ni las autoridades iban a ceder ante su rebeldía de intestinos vacíos. Afortunadamente, nos equivocamos. Resultó que el dicharachero JJ –como le decimos los más cercanos– no sólo estaba dispuesto a echar con el gobierno un pulso de impredecibles resultados, sino que parecía dispuesto a inmolarse por todos nosotros, por aquellos a los que en repetidas ocasiones nos han negado la posibilidad de viajar fuera de este archipiélago.

El jovial cuarentón nos deja una lección dolorosa pero eficaz, pues aunque no tenemos urnas para votar directamente por quienes nos gobiernan, ni tribunales que acepten una demanda por maltrato policial, mucho menos caminos a través de los cuales un ciudadano pueda denunciar las restricciones migratorias que lo atenazan en territorio nacional, nos quedan los huesos, la piel, las paredes del estómago para reclamar sobre el terreno frágil de nuestros cuerpos los derechos que nos han quitado.

Dame una perdida

telepunto_etecsa

Suena el móvil, pero no lo descuelgo. Espero que el ring ring se apague y me voy a un teléfono cercano para marcar el número que ha quedado registrado. He advertido a mis amigos que me hagan una llamada perdida y después les respondo, pero algunos insisten y olvidan el alto costo de un minuto de conversación en la red celular. Tengo con ellos un código de dos timbres si es urgente y tres si se trata de algo que puede esperar. Cuando estoy en la calle y vibra el artilugio que llevo en mi bolso, busco un terminal público que acepte monedas o al que no le hayan arrancado el manófono.

Aunque la empresa de telecomunicaciones ETECSA informó que el número de usuarios de móviles superará pronto el millón, seguimos siendo minusválidos en esta tecnología. Recibir una llamada nacional es una locura, configurar el MMS puede llevarnos horas de pelea con las operadoras y encontrar un lugar donde vendan tarjetas de recarga se parece al filme “Misión imposible”. Como un adolescente al que le han crecido los pies y ya no le entran los zapatos, a nuestra telefonía celular le ha aumentado el número de abonados pero sin la correspondiente mejoría en la infraestructura. Pues tal crecimiento no obedece a un desarrollo integral sino que está dado por el deseo de recaudar –a toda costa– esos billetes convertibles y de colores que simulan al dólar.

A pesar de las recientes rebajas para darse alta, un médico aún no puede costearse una línea de móvil, pero la policía política goza de tarifas subvencionadas en moneda nacional. No es posible tampoco abrir un contrato para pagar a fin de mes, pues estamos condenados a tener un fondo previo para lograr comunicarnos. Muchos nos sentimos estafados por ETECSA, pero el monopolio estatal no permite que otros competidores nos ofrezcan un servicio mejor y más barato. Mientras aparece una solución, miles de usuarios ensayamos un extraño código morse con los celulares: un timbre, dos, tres… ¡No respondas al otro lado! sólo corre hacia el teléfono más próximo.

Lesa urbanidad

media2

Del edificio con el número 216 salió un crujido penetrante segundos antes de que las paredes se separaran y se desplomara el techo. La fachada cayó hacia delante a una hora de la madrugada en que no había nadie en la acera. El polvo flotó durante varios días y se pegó en la ropa de los curiosos que iban a mirar y a sacar algunos ladrillos entre el amasijo de vigas, maderas y baldosas. La cuartería de al lado no sufrió demasiado y los vecinos le sacaron provecho al derrumbe, pues les dejó libre una pared en la que podrían abrir nuevas ventanas. Un año después, donde había estado la derruida edificación de dos plantas, se acumulaba la basura de todo el barrio y los paseantes orinaban en los recovecos que formaban las columnas.

Los habitantes fueron a parar al albergue conocido como Venus, que está a pocas cuadras de la estación central de ferrocarril. Llegaron allí con la esperanza de que sería una estancia breve entre los tabiques y las sábanas colgadas a manera de paredes. Sin embargo, llevan más de 20 años en las húmedas estancias llenas de literas apretadas. Sus hijos han crecido allí, se han enamorado y procreado  mientras comparten el baño colectivo y la cocina de paredes ennegrecidas por el hollín.

En un principio creyeron que los reubicarían en un mejor lugar, pero los huracanes y el deterioro han empeorado el fondo habitacional y miles de personas se suman cada año a la lista de damnificados. Con el tiempo, han olvidado la sensación de abrir la puerta de una casa propia, quitarse la ropa en una habitación sin pensar que decenas de ojos indiscretos miran, darse una ducha sin que nadie toque desesperadamente a la puerta demandando su turno. Olvidaron como se vive fuera de un albergue.

Isla sin mar

mar

Desde el muro del malecón no hay tanto que mirar. Un plato azul que de vez en cuando se molesta y lanza sus olas espumosas sobre la avenida que lo limita. No se ven veleros, apenas un par de remendados botes autorizados por la capitanía del puerto. En verano, los adolescentes se lanzan hacia las cálidas aguas, pero en invierno se alejan temiéndole a las salpicaduras y al viento frío. Un barco hace la ruta de este a oeste cada noche; sombra en el  horizonte que controla a posibles balseros escapando hacia el estrecho de la Florida.

Justo ahora estamos en los meses del año en que la avenida costera entra en su mayor ebullición. Pero todo ocurre entre el arrecife y la calle, ni soñar que ese dinamismo se extienda a la amplia extensión salada que hay al otro lado.¿Cuándo fue que comenzamos a vivir de espaldas al mar? ¿En qué momento esa parte del país, que también es nuestra, dejó de pertenecernos? Comer pescado, dar un paseo en yate, mirar los edificios desde la cadencia de una ola, disfrutar del contraste de azules que hay en el comienzo del primer veril. Quiméricas acciones en una ciudad con litoral, delirios punzantes en una Isla que parece flotar en la nada y no en el Caribe.

Tengo la ilusión que un día para alquilar aunque sea una chalupa con remos no sea necesario mostrar un pasaporte extranjero. Las velas volverán a adueñarse de esta bahía, nos harán recordar que vivimos en una Habana marítima, nacida entre el grito de los corsarios y el fragor del puerto. El pargo desplazará a las clarias y a las tencas de nuestros platos y desde el muro del Malecón –con las piernas colgando hacia el diente de perro–saludaremos una hilera de botes que parten y retornan al Morro.

El “retorno” de Fidel Castro

fifomontaje

La noticia del retorno de Fidel Castro a la vida pública, luego de cuatro años de ausencia, ha despertado fantasías e inquietudes, especialmente porque su inesperada reaparición ocurre justamente en el momento en que se aguardan con más desespero las reformas de su hermano Raúl, a quien heredó todos sus cargos desde julio de 2006.

La vuelta de los famosos suele repetirse con frecuencia, tanto en la vida real como en la ficción, trátese de Don Quijote o Casanovas, King Kong, Elvis Presley o Juan Domingo Perón. Recurrente es también la desilusión de quienes comprueban que todas aquellas cosas que se van, como las golondrinas de Becker, no volverán, al menos como solíamos recordarlas. Fidel Castro no ha estado exento de ese tono desvaído que tiene el remake, de esa cuota de desespero que se percibe en quienes insisten en regresar.

Este anciano balbuceante de manos temblorosas, nada tiene que ver con aquel fornido militar de perfil griego que desde una plaza, donde un millón de voces coreaba su nombre, proclamaba leyes que no habían sido consultadas con nadie, perdonaba vidas, anunciaba fusilamientos o pregonaba el derecho de los revolucionarios a hacer la revolución. Poco queda del hombre que durante horas ocupaba la programación televisiva y mantenía en vilo, del lado de acá de la pantalla, a todo un pueblo. Leer más El “retorno” de Fidel Castro

Entre dos muros

jaiku

Finalmente, me siento en la silla de un hotel, abro la laptop y miro hacia ambos lados. Al verme, el guardia de seguridad musita un breve “ya llegó” en el micrófono prendido a su solapa. Después aparecerán algunos turistas, mientras mi dedo índice acciona el mouse a toda velocidad para optimizar los pocos minutos de acceso a Internet. Es la primera vez en diez días que logro zambullirme en la gran telaraña mundial. Un listado de proxys me ayuda con las páginas censuradas y la portada de Generación Y la veré desde un servidor anónimo, puente hacia sitios prohibidos. En tres años, me he vuelto especialista en las conexiones lentas, minusválidas y vigiladas de los cibercafé públicos. A tientas, administro un blog, emito tweets de los que no puedo leer respuesta, gestiono una cuenta de email casi colapsada.

Después de saltarnos las limitaciones para llegar hasta el ciberespacio, los cubanos comprobamos que la censura nos atenaza desde dos lados diferentes. Uno proviene de la falta de voluntad política de nuestro gobierno para permitir en esta Isla el acceso masivo a la red de redes. Se materializa en blogs y portales filtrados y en prohibitivos precios para una hora de chapaleteo en la WWW. El otro –doloroso también– es el de los servicios que excluyen a los residentes en nuestro país bajo la justificación del anacrónico bloqueo/embargo. Ingenuos son quienes creen que limitar para mis compatriotas las funcionalidades de sitios como Jaiku, Google Gears, Appstore, tendrá algún efecto sobre las autoridades de mi país. Sepan que quienes nos gobiernan tienen antenas satelitales en sus casas, banda ancha, Internet full, iPhone llenos de aplicaciones, mientras nosotros –los ciudadanos– nos tropezamos con una pantalla que aclara “este servicio no está disponible para su país”.

Como mismo esquivamos las restricciones de aquí adentro, también nos colamos por la verja cerrada de quienes nos excluyen desde afuera. Por cada candado que nos ponen hay un truco-ganzúa que lo abre. Pero no deja de frustrarme que después de evadir a los segurosos en los bajos de mi casa, de pagar por una hora de Internet el tercio de un salario mensual, de ver la ojeriza en la cara de los custodios de los hoteles, de comprobar que Revolico, Cubaencuentro, Cubanet y DesdeCuba siguen bajo la larga noche de las webs censuradas,  me voy y tecleo –como un conjuro de alivio– una URL y en lugar de abrirse me aparece el muro que han levantado al otro lado.

Era post-Marambio

citacion-max-marambio

Imagen tomada de: http://www.theclinic.cl/

Hace una semana que Max Marambio, alias El Guatón, debió llegar a esta Isla, declarar frente a un tribunal, explicar ciertos temas. Sin embargo, el dueño de la empresa mixta Río Zaza ha preferido la protección de su tierra chilena, conocedor –como nadie– de los impredecibles resultados de ponerse en manos de la justicia cubana. Acusado de cohecho, malversación, falsificación de documentos bancarios y estafa, el que un día fue el benjamín predilecto del Máximo Líder acaba de recibir –en lugar de palmadas en el hombro– una orden de búsqueda y captura.

Extraño a Marambio aún sin conocerlo, pues con su partida se redujo abruptamente el número de familias que en esta Isla podía tomar un vaso de leche. El mercado informal que se nutría de sus almacenes colapsó apenas se fue y las redes subterráneas que desviaban sus productos terminaron por secarse o por duplicar los precios. Cuando el teniente coronel devenido gerente escapó hacia Santiago de Chile, nos dimos cuenta del papel que aquel hombre –formado a la diestra del poder– jugaba sobre nuestras mesas. No lo hacía por altruismo –claro está– pero al menos diversificó la aburrida producción local y logró que un tetrapack dejara de ser un objeto para coleccionistas.

La fortuna de Marambio se amasó donde los cubanos no pueden invertir un centavo, en esas empresas mixtas abiertas a pasaportes extranjeros, pero no a los nacionales. Su historia personal fue el anticipo de lo que veremos, vaticinio de cómo los grados militares se trasmutarán en trajes y corbatas, en empresarios sin ideologías. A pesar de ser ágil en las armas del ayer: una Kalashnikov, las consignas, los dogmas marxistas, lo recordaremos por otras estrategias: las cuentas bancarias, el intercambio de favores, las inversiones. Sus antiguos compañeros de lucha no tendrán clemencia al juzgarlo en un tribunal, porque el Guatón terminó convirtiéndoseles en un competidor comercial y encima de eso sabe demasiadas historias –secretas– sobre ellos.

La espera

espera

Mi madre oscila de un lado a otro. Se apoya primero en una pierna y luego en la otra, mientras yo me abrazo a sus caderas con mis delgados brazos de siete años. ¿Para qué es la cola? No sé, quizás estamos en la parada del ómnibus, a las afueras de una tienda donde han sacado platos o frente a una farmacia para comprar unas aspirinas. Es una larga fila al sol y tal parece que nuestro turno nunca llega.

Se abanica. Sigue bamboleándose a la derecha y a la izquierda. Con ese movimiento, mi madre –sin percatarse apenas– me está enseñando el arte de la espera, el ejercicio de paciencia para enfrentar las largas colas que me aguardan.