Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "y griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "y griegas" a que me lean y me escriban.


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La familia entera está sumida en la búsqueda de los papeles que prueban la procedencia española de los abuelos maternos. Revuelven archivos, interrogan a los que alguna vez fueron vecinos de esa asturiana cascarrabias y del pichón de canario que era su esposo. Ya tienen las certificaciones de nacimiento y las actas de bautismo de todos los tíos y hasta se las han agenciado para colarse en Internet y escudriñar las bases de datos de Ellis Land. Antes de noviembre deben hacer el árbol genealógico probando que son nietos de españoles, “terceros” en una línea de sucesión que podrá garantizarles un nuevo pasaporte.

La Embajada de España en La Habana se está preparando para el tsunami de cubanos que puedan  presentar pruebas de su ascendencia peninsular a finales de este año. Son los descendientes de aquellos que una vez hicieron el viaje hacia esta Isla en busca de mejores oportunidades. Muchos de aquellos inmigrantes de mediados del siglo XX se aplatanaron, perdieron el acento y terminaron por sentirse cubanos. Ahora sus nietos quieren emprender el camino de retorno, empujados por la falta de expectativas y las penurias materiales.

Mi vecino Yampier está entre esos casi tres millones de cubanos interesados en rescatar su estirpe española. Para adaptarse a su nueva condición, ha comenzado a leer la biografía de Juan Carlos y de Sofía, a decir “Madriz” y no “Madrí” -como lo pronunciamos por aquí-. Se ha hecho fanático del Barça y declama fragmentos del Cantar del Mio Cid mejor que muchos peninsulares. En una gaveta ha dejado guardado su pasaporte gris, ese que dice República de Cuba y que es visto con ojos recelosos en todos los aeropuertos del mundo.

En unos años, cuando alguien le pregunte por su origen, dirá algo así como: “una parte de mi infancia y juventud la pasé en Cuba, pero en realidad soy europeo”. Sin embargo, su abuela Asunción y su abuelo Francisco siguen enterrados, tal y como lo desearon, en el Cementerio de Colón de la ciudad de La Habana.

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Lo que comenzó como un impulso individual, se está convirtiendo en una plaza de encuentro para la discusión y el debate.  Generación Y ha logrado involucrar a un montón de personas en todas partes del mundo que me ayudan con la actualización, las traducciones y la difusión de los textos. La colaboración principal ha sido para colgar los posts, pues desde la última semana de marzo no he podido acceder al sitio en los cibercafé públicos ni en los hoteles.  De manera que envío mis textos por email, algunos amigos los publican y me mandan -también por correo electrónico- los comentarios que dejan los lectores. Soy una blogger a ciegas, una cibernauta con una balsa que hace aguas y que logra flotar gracias al apoyo de una espontánea red ciudadana.

Todo el portal http://www.desdecuba.com sigue bloqueado en los servidores de locales públicos. He ido haciendo una copia de los mensajes de error que muestran los navegadores cuando intento acceder y aquí les dejo una muestra.  También sé que el apagón no es total. Amigos que tienen internet en sus centros de trabajo pueden visitar el sitio, pero eso me sirve de poco, pues a esos lugares soy yo la que no puedo entrar.

No obstante, tengo los mismos deseos de escribir en esta bitácora que cuando empecé. Ahora con más testarudez, pues no hay nada que me resulte más atractivo que aquello que se me impide hacer. Para saltar las dificultades de la conectividad y llegar a los lectores dentro de la Isla, otros amigos han creado un minidisk con el contenido del Blog, que distribuyen gratuitamente. A todos quiero agradecerles el apoyo, los remos y el viento que me permite mantener el rumbo.

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Hago un estudio onomástico y sencillo: ¿Cuántas personas de la Generación Y están hoy en los mecanismos de poder en Cuba? Tengo la impresión de que si levanto una piedra aparecerán los Yunieskys, Yordankas y Yusimí por todas partes. En la calle giro la cabeza a cada rato cuando llaman a alguien con un nombre similar al mío, pero no veo esa profusión de “y griegas” en los puestos que deciden el rumbo del país. La lista de la Asamblea Nacional –que en pocas semanas se reunirá- apenas si muestra esa alocada letra que precede a la zeta. Tampoco entre los gerentes, administradores o directores de empresa, la caprichosa “y” se hace ver.

Qué tal si desde la penúltima plaza del abecedario, desde esa extravagante letra tan poco usada en nuestro español, lanzamos un grito que llegue a las imponentes vocales y consonantes de las primeras filas. Les diremos algo así como “¡El tiempo de las “Y” ha llegado! ¡Ya es hora de que el alfabeto comience por el final!”

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Hay definiciones, consignas y formas de llamar las cosas que siguen usándose por puro automatismo, aunque en la realidad poco quede que justifique esos apelativos. Se sigue hablando de una igualdad social que no logro encontrar por ninguna parte, de una soberanía que contrasta con nuestra dependencia real de los mercados extranjeros y de una ideología que no asoma sus principios en medio de este “seudo-capitalismo de Estado”.

Podremos seguir con el mismo cartel sobre la puerta, pero eso no hará que la realidad se parezca a lo que en él se anuncia. Por ejemplo -en la foto de arriba- un árbol creció y tapó parte de la numantina opción “Socialismo o muerte”. La vida terminó por ridiculizar la extrema elección que nos proponía ese slogan. Unas gruesas ramas con hojas verdes cubrieron la mención a “la pelona”, y crearon una disyuntiva diferente a aquella que nos gritaban desde la tribuna, en los años más duros del Período Especial.

Un pequeño retoño amenaza con tapar también la palabra “socialismo”. ¿No será ya el momento de cambiar el cartel?

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La gran pregunta del sábado por la noche no es ¿qué hacer? sino ¿cómo costear una recreación mayoritariamente en pesos convertibles? Para una pareja joven, el acto de ir a una discoteca puede significar –como mínimo- la erogación de diez “chavitos”. De ahí que las fiestas house o las películas del sábado resulten mejor para el bolsillo. Yo me entretengo con los amigos que vienen a la casa y de vez en cuando me voy al malecón, que sigue siendo gratis. Me sumo a veces a los jóvenes que se reúnen en la intersección de 23 y G para pasar la noche conversando, cantando en voz alta y caminando de un lado a otro.

Por eso me siento feliz cuando llega el Festival de Cine Francés y con sólo pagar un subsidiado precio, logro entretenerme algunas noches. Eso sí, nada de tomarse una cervecita a la salida del filme “99 F” o de la comedia “Usted es realmente guapo”, porque eso podría significar el salario de un día de trabajo. Después de las funciones, nos quedamos mosqueando en las afueras del Chaplin o nos vamos a casa. El anuncio de la semana de cine alemán me tranquiliza: al menos durante algunos días, divertirse no significará hacerse el harakiri.

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La lengüeta de su tenis Nike le hacen una mueca de superioridad a mis sandalias de piel sintética, mientras calculo que sus gafas italianas le han costado el salario de un mes. De su cartera, comprada en Vía Uno, saca unos cigarros Marlboro y me brinda, aunque sabe que no fumo. Vamos juntas hasta su casa del Cerro –una cuartería en un caserón habitado por siete familias-. Entro a la sala y sus impecables zapatos desafinan con una silla de cabillas sin espaldar, un colchón amorfo cubierto por una sábana gris y unas paredes que no se pintan desde que el abuelo murió. Me brinda café en una taza sin asa, pero sólo atino a ver la sortija de oro en su índice. “¡Yadira, –la increpo- con esa opulencia para vestir y no tienes ni un baño propio!”. Se sonríe y alcanzo a ver un pequeño rubí incrustado en su colmillo izquierdo.

Al salir de su casa reparo en la inaudita combinación de ostentación y miseria que “adorna” nuestras calles. En medio de los deteriorados portales de la avenida Reina veo el ir y venir de los Adidas, los Kelme y los Wilson, y mi nariz capta lo mismo el hedor de una fosa albañal –rota en plena acera- que la esencia inconfundible de Christian Dior. Las colas en las afueras de las boutiques, me hablan de una cantidad de dinero que llega a través de las remesas, las actividades ilegales o el desvío de recursos y que sostiene esas ínfulas de “pavo real”. Nadie quiere quedarse sin su ropa de marca, sea falsificada o auténtica.

Me han dicho que la tienda de Adidas ubicada en la esquina de 1ra y D, en el Vedado, es la filial que más ventas logra -por metro cuadrado- en toda Latinoamérica. Hasta el punto que piensan mudarla a un local más grande para duplicar las ganancias. Algunos de los productos que en ella se venden, serán comprados por personas que no tienen una habitación propia o que hacen malabares para poder comer cada día. Ellos han preferido llevar, lo más “valioso” que tienen, sobre sus propios cuerpos.

Desde los cristales de unas gafas UV, arropada en el algodón de una prenda Point Zero, o con los cabellos olorosos a L´Oreal, Yadira no ve los azulejos caídos de su cocina y los muelles que se le salen al colchón. Para los que la conocen ella es una espléndida joven que viste con ropa de marca, y no la vecina de un pobre solar, donde cada mañana carga el agua hasta el diminuto baño colectivo.

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En mi ascensor soviético, de la época de Brezhnev, comenzó a caer una gota de grasa desde la salida de emergencia que hay en el techo. La persistente llovizna no desentona con el estado técnico del elevador, más bien se corresponde con el piso desconchado, los grafitis obscenos y los ruidos espeluznantes que hacen las puertas al abrirse. A varios vecinos les ha arruinado la ropa o engrasado el cabello la caprichosa sustancia; pero la solución que hemos encontrado es cederle espacio para que ella caiga a su antojo. Desde hace un par de meses, ya no se pueden montar seis personas en el deteriorado artefacto, pues hay un espacio reservado para la grasa que cae.

De la misma manera que nos replegamos ante la caprichosa gota, nos adaptamos a que en un cine con seis hermosas puertas de cristal, solo una esté abierta. El conformismo nos lleva a aceptar que al final de la película, todos los espectadores deban apretujarse para pasar por una hoja de lo que, otrora, fue una hilera de batientes portones. Así mismo, nos hemos acostumbrado a que los dependientes de las tiendas nos traten mal, a que los productos vengan adulterados y a que los servicios se malogren poco tiempo después de haber sido inaugurados. Todo eso, con el mismo vacuno beneplácito con el que vemos disminuir nuestros derechos ciudadanos.

Ser indolente está de moda. Por lo que mis vecinos y yo hemos empezado a creer que la grasa del ascensor es buena para hacer crecer el pelo y, las manchas que provoca en la ropa, son de lo más bonitas. Si espera por la acción de nosotros, puede vivir tranquila la gota de mi ascensor soviético: la dejaremos caer en paz. ¿Quién va a caer en el ridículo de intentar cambiar las cosas?

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Hace dos años tocaron a la puerta los trabajadores sociales. Venían para cambiar los bombillos incandescentes por otros ahorradores, en medio de una campaña rimbombante llamada Revolución Energética. A mí me gustaba la luz cálida y amarilla que daba la lámpara de la sala, pero en una rápida inspección los entrenados adolescentes detectaron el despilfarrador filamento y tuve que entregarlo. Me dieron otro que proyectaba una luminiscencia pálida y que me duró tres semanas. Mis ojos se alegraron de la corta vida del bombillo económico, pues en la noche no había forma de distinguir los detalles bajo su mortecina luz.

Para reponer el roto, tuve que recurrir a las tiendas en divisas, donde tampoco volvieron a vender los satanizados bombillos convencionales –aquellos que toda la vida habíamos tenido en la mesita al lado de la cama-. Me resigné a comprar las efímeras bujías ahorradoras o los otros -llamados de “luz fría”- que le dan a mi sala una apariencia de quirófano. Pero desde hace dos meses ni siquiera esos aparecen. No hay ningún tipo de bombillo en las tiendas de La Habana.

Como un chiste, los vendedores me dicen que el barco que los trae “no ha llegado de China” y me anuncian que en una pequeña tiendecita del Cerro sacaron algunos, en medio de una molotera. Un rápido examen a mi apartamento indica que las zonas en penumbras exceden ya a las iluminadas. De manera que si los caprichos de la distribución se mantienen, tendré que mejorar mi sentido táctil o tropezaré con cada mueble.
Lo que nadie sabe –y es de esos secretos que sólo escribo en un diario privado como éste- es que logré esconder, de los trabajadores sociales, un espécimen de los bombillos perseguidos. Uno redondo y malgastador, que me ha acompañado por más de cinco años con la amarillenta luz que dan sus 40 watts. No es que disfrute derrochar electricidad, pero necesito creer que al menos puedo decidir bajo qué tipo de luz leo, ceno o veo la tele.
Me aferro al prófugo bombillo, como si con él pudiera iluminar y esclarecer no sólo la sala de mi casa, sino la torpeza de los comerciantes y el voluntarismo de las campañas energéticas.

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En ese Centro Habana de guapos* y reyertas donde nací, aprendí que hay algunos límites que una mujer nunca debe transgredir. Me he pasado la vida infringiendo esas risibles reglas del machismo, pero hoy –y de forma exclusiva- voy a acogerme a una de ellas. Precisamente, a una de las que más me desagrada. Esa que advierte: “una mujer necesita un hombre que la represente y que saque la cara por ella cuando otro la agrede o la calumnia”. Al sentirme atacada por alguien con un poder infinitamente superior al mío, con más del doble de mi edad y además -como dirían mis vecinas de la infancia- por un “macho-varón-masculino”, he decidido que sea mi esposo, el periodista Reinaldo Escobar, quien le responda.

Me refiero a los criterios descalificatorios que Fidel Castro ha expresado sobre mí en el prólogo del libro “Fidel, Bolivia y algo más”. Ni siquiera tan “magna” embestida me hace abandonar la premisa de no entrar en el ciclo de la réplica y la autodefensa. Siento decirle que sigo concentrada en un tema llamado “Cuba”.

Dejémosles a Reinaldo y a Fidel el lance de la pelea. Yo seguiré en mi “mujeril” labor de tejer, a pesar de los chismes del solar, sobre el deshilachado tapiz de nuestra sociedad civil.
¡Los guapos de mi barrio sabrán que “algo” aprendí de ellos!

*No confundir a un guapo cubano con un hombre apuesto o galán. Eso podría costarnos una bofetada y, en el peor de los casos, una puñalada aclaratoria.

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Muchos habaneros estamos desconsolados por el operativo policial que desmanteló varias redes de fabricación de platos, cucharitas y hebillas plásticas. En medio de una “ofensiva contra las indisciplinas sociales”, la Policía -después de caerles arriba a los “buzos”- ha cerrado 13 talleres y 10 almacenes clandestinos donde se confeccionaban objetos de gran demanda popular. Los ilegales fabricantes no procesaban drogas ni traficaban con armas, simplemente se dedicaban a producir pozuelos, palitos de tendederas y pellizcos para el cabello.
Parece que perseguir más intensamente a los fabricantes privados forma parte de los nuevos cambios que tanto se exhiben hacia el extranjero. Por sí o por no, y como protesta ante esta razia, llevaré el pelo suelto por estos días. Es la forma que tengo de decirme “Yoani, acostúmbrate a la desaparición de los accesorios que te permitían domar tu melena”. Por lo pronto, ya fui a comprar una espumadera de aluminio y una escoba nueva, que de seguro desaparecerán después de esta incautación.
Los acongojados compradores de las vituallas plásticas preferiríamos que, en lugar de una arremetida policial, los productores alternativos tuvieran la posibilidad de legalizar su labor. Si la ONAT los legitimara, entonces pagarían impuestos y pudieran acceder a un mercado mayorista donde comprar la materia prima. En breve tiempo nadie querría pagar los elevados precios de productos similares en las tiendas en divisas y el Estado no tendría que importarlos desde tan lejos. Los delatores de siempre no tendrían que informar de quienes producen juntas de cafeteras, percheros y tapas para pomos. Eso sin hablar de mi pelo, que luciría una bella hebilla de producción popular, comprada a un respetado productor por cuenta propia.
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