Dimas Castellanos

En América Latina, el cuadro de injusticia social, dictaduras, violencia y corrupción administrativa, unido a los fracasados intentos del desarrollismo, el neoliberalismo y el intento cubano de socialismo real, explican el por qué amplios sectores sociales de la región han puesto sus esperanzas en la izquierda.

Un ejemplo aleccionador es el de Venezuela, donde el Teniente Coronel Hugo Chávez, quien después de un frustrado intento de golpe militar en 1992, hizo uso de la “democracia burguesa”, se postuló en 1998 y con un mensaje populista ganó los comicios con casi el 57% de los votos emitidos. Una victoria electoral que no era sino una oportunidad para emprender cambios estructurales y convertir a los venezolanos en sujetos económicos; por eso hablar de triunfos sin cambio es confundir el apoyo popular ante el desespero con el apoyo incondicional para incubar dictaduras.

En julio de 2000 al ser reelegido para un nuevo mandato de seis años con casi el 60% de los votos emitidos, Chávez anunció una “profunda transformación de las estructuras económicas y sociales del país”. Con ese supuesto fin solicitó de la recién creada Asamblea Nacional poderes especiales para legislar por decreto en materias económica, social y de administración pública, poderes que le fueron concedidos. En agosto de 2004, al ser ratificado por el referendo revocatorio, convocó una asamblea constituyente para reformar la Carta Magna, con lo cual reforzó su poder presidencial, eliminó el Senado, vació el poder legislativo en la unicameral Asamblea Nacional y estableció un mayor control estatal sobre los medios de comunicación y la actividad económica: una concentración de poder sólo comparable con la de la dictadura del general Juan Vicente Gómez entre 1908 y 1935.

En el 2006 al ganar las elecciones presidenciales convocó a un nuevo referéndum con el objetivo de convertirse en dictador constitucional. Sin embargo, la voluntad del pueblo se impuso con el NO. De casi 15 millones de electores, menos del 28% lo hizo por Chávez. Recientemente, en el referéndum constitucional de febrero de 2009, de 11 517 632 venezolanos que asistieron a las urnas, 6 319 636 (54,86%) votaron por el Sí, 5 198 006 (45,13%) lo hicieron por el No y mientras otros 4 954 958 se abstuvieron.

Los 11 años de constantes elecciones y referéndum encierran una gran enseñanza: Venezuela ha regresado definitivamente de la violencia a las urnas, configurando una situación política que rebasa sus fronteras. Veamos:

1- Los intentos de llegar al poder por las urnas para desde ahí encaminar una revolución hacia el totalitarismo carece de perspectiva, pues al emerger de las urnas, tiene que revalidarse, una y otra vez, por esa misma vía, donde la soberanía popular y la sociedad civil llevan la voz cantante y Chávez, aunque logró limitar, no pudo barrer, los espacios, procedimientos e instituciones cívicas existentes para alcanzar ese fin. Esa realidad quedo demostrada con la derrota sufrida en el referéndum de 2006, cuando dijo al los electores : “el que vote por el Sí está votando por Chávez, el que vote por el No, vota por Bush; un argumento electoral que le jugó una mala pasada: La mayoría no votó por Bush, pero tampoco Chávez.

2- Los esfuerzos coyunturales dirigidos a distribuir recursos y servicios desde el poder hacia los menos favorecidos tiene sus límites. A pesar de todos los recursos empleados durante más de una década, la división de los que han asistido a las urnas –en una proporción aproximada de 60% y 40%– no ha podido ser cambiada, lo que legitima ante Venezuela y ante el mundo tanto al Presidente como a la Oposición. De tal forma que ninguna de las partes puede hablar en nombre de Venezuela, sino de la parte del pueblo que lo apoya y a la vez demuestra que la reelección depende de la voluntad para transformar el populismo revolucionario en cambios reales, lo que implica democratización, libertades, garantías y no teatro de temporada. Una enseñanza válida tanto para el Gobierno como para la Oposición.

3- La transformación más significativa ocurrida en Venezuela radica en el cambio producido en la cultura política de los sectores populares. Los venezolanos, a favor o en contra de Chávez, han aprendido a hacer uso de los mecanismos democráticos. Si se equivocan en una elección, aprenderán de los errores y podrán rectificarlos en la próxima oportunidad, cosa que es imposible cuando los espacios cívicos son barridos por las revoluciones.

4- Para los cubanos resulta demasiado evidente la contradicción gubernamental de apoyar procedimientos electorales al exterior y a la vez negarlos a sus conciudadanos. De todas formas el acceso a la participación política de millones de ciudadanos en Venezuela, tendrá sin dudas un efecto positivo sobre el presente y el futuro del país sudamericano y de la región a la que pertenecemos.

Gracias a la sociedad civil –instrumento imprescindible para la participación popular, paralela y autónoma respecto al Estado– el intento de instaurar una “dictadura constitucional” está derivando en el fortalecimiento de los mecanismos que potencian la soberanía popular.

La Habana, 5 de marzo de 2009

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