La “sin autonomía” del sindicalismo cubano

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El diario Granma, del lunes 13 de septiembre, publicó un pronunciamiento de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) el cual constituye un buen motivo para debatir acerca de la autonomía de los sindicatos, de cara al escenario que está emergiendo en Cuba.

Según el documento: La dirección del Gobierno ha venido trabajando en la elaboración de un conjunto de medidas que garantizan e instrumentan los cambios que resulta necesario e impostergable introducir en la economía y la sociedad…; En correspondencia con el proceso de actualización del modelo económico y las proyecciones de la economía para el período 2011-2015, se prevé en los Lineamientos para el año próximo la reducción de más de 500 000 trabajadores en el sector estatal…; Nuestro Estado no puede ni debe continuar manteniendo empresas, entidades productivas, de servicios y presupuestadas con plantillas infladas, y pérdidas que lastran la economía…; Al sindicato le corresponde actuar en su sector con un alto nivel de exigencia y mantener el control sistemático de la marcha de este proceso, desde que se inicie hasta que concluya, adoptar las medidas que correspondan y mantener informados a sus organismos superiores y a la CTC…

Los fragmentos seleccionados, como los del resto del documento, evidencian la ausencia total de independencia de la CTC. En ellos no aparece ninguna mención a los intereses de los trabajadores que supuestamente representa dicha organización, como es por ejemplo la no correspondencia entre salario y costo de la vida. La indagación de las causas por la que los sindicatos han devenido apéndice del Estado, obliga a una mirada retrospectiva, aunque sintética, de la historia del movimiento obrero cubano.

En Cuba, los sindicatos surgieron durante la sustitución de la mano de obra esclava por el trabajo asalariado partir del año 1865 con la creación de la Asociación de Tabaqueros de La Habana, el debut de las huelgas y la fundación de periódicos obreros. El crecimiento y fortalecimiento de ese movimiento desembocó en la conformación de las grandes centrales obreras del siglo XX, las cuales, apoyadas en las libertades y derechos reconocidos por la Constitución de 1901, escenificaron un gran movimiento huelguístico dirigido principalmente a lograr aumentos salariales y disminuir la duración de la jornada laboral, a la vez que desempeñaron un importante papel en hechos políticos como el derrocamiento del régimen de Machado por la huelga general del 5 de agosto de 1933: un acontecimiento sin precedentes en la historia de Cuba.

Gracias a la pujanza del movimiento obrero se aprobó una legislación laboral que comprendía la existencia legal de los sindicatos, el derecho de huelga, la jornada de ocho horas, el salario mínimo para los azucareros, la estabilidad del empleo, las vacaciones y licencias por enfermedad y maternidad retribuidas, entre otras medidas, las que se complementaron con la promulgación del Decreto 798 de abril de 1938: el más importante en la legislación laboral republicana. De igual forma muchas demandas obreras se convertían en leyes. Otra manifestación de la fuerza y autonomía fue la construcción del moderno edificio de Carlos III por el Retiro de Plantas Eléctricas y su arrendamiento a la Compañía de Electricidad; la construcción del hotel Habana-Hilton por el sindicato del Retiro Gastronómico y el desarrollo del reparto Gráfico por el de Artes Gráficas.
Sin embargo, ya desde 1925 había comenzado un proceso de subordinación de las asociaciones sindicales a los partidos políticos. En ese año, casi de forma simultánea, se fundaron la Central Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y el Partido Comunista de Cuba, Desde 1934, con la fundación del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), se inició una pugna con el Partido Comunista por el control del sindicalismo, la que se agudizó de tal forma con la victoria auténtica en las elecciones de 1944, que durante el V Congreso de la CTC –que realmente fueron dos congresos: uno controlado por los auténticos y el otro por los comunistas– una resolución ministerial declaró legítimo al congreso auténtico, en detrimento de los comunistas.

La subordinación del sindicalismo se manifestó de forma pronunciada ante el Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. Eusebio Mujal, quien había ordenado una huelga general contra el Golpe, aceptó una oferta del gobierno de Batista a cambio de conservar los derechos adquiridos por la CTC, con lo que se le asestó otro golpe al sindicalismo cubano. En 1953, al resurgir las huelgas, la dirección sindical auténtica quedó atrapada: si las apoyaba entraba en conflicto con el Gobierno, si no las apoyaba perdía al movimiento obrero, y Mujal optó por la alianza con la dictadura.

El gobierno que tomó el poder en 1959 necesitaba del movimiento sindical para realizar su proyecto, y como la huelga general del 1 al 5 de enero consolidó al poder revolucionario, fue utilizada para hablar del movimiento obrero como factor decisivo del triunfo revolucionario. Sin embargo, el 22 de enero de 1959, se produjo el primer golpe contra el sindicalismo. La CTC fue disuelta y sustituida por la CTC con el apellido de Revolucionaria (CTC-R). La resistencia a tal intención no se hizo esperar. Se creó el Frente Obrero Humanista, donde se aglutinaron 25 de las 33 federaciones de industrias bajo el lema ¡Ni Washington ni Moscú!, lo que abrió un periodo de conflictos que fue resuelto en el X Congreso, de noviembre de 1959, donde David Salvador, designado Secretario General, ante la pregunta de un observador del Movimiento Social Cristiano, acerca de cuál era entonces el proyecto de los trabajadores, David respondió firme y lacónicamente: “Lo que diga el Comandante”.

Ante la división, el Primer Ministro del Gobierno, Fidel Castro, propuso un voto de confianza a la candidatura de David Salvador, dejando fuera a los comunistas y anticomunistas más destacados. Sin embargo, después del Congreso, Augusto Martínez Sánchez, entonces Ministro del Trabajo, logró lo que fue imposible durante las sesiones: despidió dirigentes e intervino sindicatos y federaciones, proceso que culminó cuando la mayoría de los dirigentes electos para el X Congreso quedaron excluidos.

Ya en el XI Congreso de la CTC-R celebrado en 1961 no quedaban vestigios del otrora movimiento obrero. Por vez primera se postuló un candidato para cada puesto y los delegados, representando al Gobierno, renunciaron a casi todas las conquistas históricas del sindicalismo cubano: a los nueve días de licencia por enfermedad, al bono suplementario de navidad, a la jornada semanal de 44 horas y al incremento constitucional del 9.09%, entre otros. El sindicalismo quedó bajo control del Estado y la CTC se transformó en el brazo auxiliar del Partido Comunista. Los resultados se reflejaron en la Constitución de 1976, en la cual los escasos seis artículos del Capítulo VI dedicados a los derechos de los trabajadores ignoran casi todo lo alcanzado por el movimiento sindical desde la creación de la CNOC en 1925.

En fin, se trata de una consecuencia de considerar que los pueblos son reducibles a una forma de organización donde las personas funjan como simples ejecutoras. Lo ocurrido en Cuba con el movimiento sindical corrobora la indiscutible tesis consistente en que: sin autonomía es imposible la existencia de un verdadero sindicalismo. Ahora, antes la aceptación del fracaso, el Gobierno está emprendiendo algunas reformas bajo el nombre de actualización del modelo; una decisión que tendrá un fuerte impacto en los trabajadores por la inexistencia de un verdadero sindicalismo, pues la ausencia de la sociedad civil independiente, incluyendo el sindicalismo, hace de Cuba una sociedad desarmada que permite al Estado decidir por sí solo y limitarse a solicitar el apoyo a los obreros, como lo demuestra el actual Pronunciamiento de la CTC-R.

La actualización del modelo, si está concebido para el bien de los cubanos, tiene que comenzar por darles participación efectiva a los trabajadores y dejar de considerarlos como masa. Se impone pues, el restablecimiento del sindicalismo como organización independiente.

Dimas Castellanos

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