Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1480373673_27043.html

La mayoría de los analistas al referirse al giro que podrían sufrir las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, después de las elecciones del pasado ocho de noviembre, se han ocupado unilateralmente de la política que seguirá el nuevo inquilino de la Casa Blanca respecto a Cuba ignorando el carácter bilateral de dichas relaciones.

Los vaticinios emitidos conforman un abanico que se despliega desde los que plantean el cumplimiento de la promesa electoral de retrotraer la política empleada por Barack Obama, hasta un posible mayor entendimiento con las autoridades cubanas. En casi todos el acento recae en lo que hará el nuevo mandatario, tal como si la parte cubana fuera ajena a lo que pueda ocurrir a partir del próximo 20 de enero.

Un análisis retrospectivo de las relaciones entre ambas administraciones indica otra cosa. Teniendo en cuenta que el pueblo cubano carece de derechos civiles y políticos para influir en ese proceso y la debilidad de la sociedad civil emergente le impide desempeñar el papel de contraparte, el  análisis tiene que ceñirse a las relaciones intergubernamentales.

Una cosa es apelar al populismo electoral y otra muy diferente es presidir la mayor potencia del mundo. Anular lo avanzado en las relaciones restablecidas durante la presidencia de Barack Obama será extremadamente difícil. La institucionalización de los poderes públicos, la existencia de diversos sectores con intereses en nuestra isla y los intereses en la región frente a la penetración de otras potencias, lo impiden. En esas condiciones el Presidente electo podría limitar o eliminar algunas cosas, pero no podría anularlo todo, porque afectaría los propios intereses de su país.

El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos -el hecho de mayor trascendencia política después de la revolución de 1959- responde a los  intereses de ambas naciones. La suposición de que Trump constituya un peligro para las relaciones que la administración  de Barack Obama logró adelantar es una cara de la moneda, en la otra cara está el freno demostrado por el gobierno cubano para que dichas relaciones  avancen.

El aferramiento a la estatización, la planificación centralizada y la ausencia de  libertades de los cubanos, están entre las principales causas de la crisis en que Cuba se encuentra. La política de la administración de Obama brindó una oportunidad de cambio que fue desaprovechada por la parte cubana para remover los obstáculos al interior del país. Por tanto, junto al peligro potencial que pudiera representar la administración de Trump está la negativa real del gobierno cubano, carente de la voluntad política necesaria para enfrentar el presente. Una contradicción insoluble que consiste en cambiar y al mismo tiempo conservar el poder.

La tesis de Fidel Castro, de que “Cuba ya cambió en 1959″ dio paso a la visión más pragmática del general Raúl Castro, de “cambiar algunas cosas para conservar el poder”. Las medidas implementadas con ese objetivo en ocho años no arrojaron el resultado esperado. En su lugar develaron la inviabilidad del modelo y la profundidad de la crisis, ante lo cual la única salida radica en la implementación de una reforma profunda.

Si los paquetes de medidas dictados por la Casa Blanca -incluyendo la Directiva Presidencial del pasado mes de octubre dirigida a hacer irreversible los avances logrados- no han arrojado un mayor resultado es porque no se acompañaron con las medidas necesarias de la parte cubana para liberar las fuerzas productivas y restituir las libertades ciudadanas. Por esa razón, más que lo que pudiera ocurrir durante la administración de Trump, la solución de Cuba recae en sus autoridades. De acometerse esos cambios ahora, aunque se implementen con gran atraso, neutralizarían cualquier intención de retroceso por parte del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Teniendo en cuenta que la suspensión del embargo es prerrogativa del Congreso estadounidense, lo indicado ahora, después de la desaparición física de Fidel Castro, es acometer una reforma estructural e integral que debió de haberse iniciado mucho antes, al menos, en su comienzo como la hizo Vietnam, limitada a la economía, en un país que sobre su territorio, en diez años de guerra, se arrojaron tres veces más bombas que las empleadas durante la Segunda Guerra Mundial, donde el 15% de la población pereció o resultó herida en la contienda, en el Sur el 60% de las aldeas resultaron destruidas y después de culminar la guerra  enfrentó el bloqueo económico y los ataques fronterizos, pero en lugar de campañas ideológicas emprendieron las reformas.

El diario Granma del pasado 4 de noviembre, en un reporte titulado El Vietnam del futuro, dice que la provincia de Binh Duong, antes eminentemente agrícola, ahora predomina la actividad industrial. Esta provincia cuenta con más de 2 700 proyectos de inversión extranjera; el PIB desde el 2010 crece al 14% anual; cuenta con 28 parques industriales con fábricas construidas por empresas de más de 30 países; en los últimos dos años se han incorporado casi 370 nuevos proyectos de inversión y de 1996 para acá  han generado más de 90 mil puestos de trabajo.

El mismo diario, el 11 de noviembre, publicó El milagro de la economía vietnamita, donde plantea que el Banco Mundial ha colocado a Vietnam entre los países más exitosos, que en 30 años han triplicado la renta per cápita, entre 2003 y la actualidad redujeron la pobreza de un 59 a cerca del 12%, y en menos de 20 años sacaron de la miseria más de 25 millones de personas. Agrega que en 1986 el ingreso promedio de los vietnamitas estaba entre 15 y 20 dólares al mes y ahora oscila  entre los 200 y los 300, que en 1986 eliminaron el mecanismo centralizado e implementaron una economía de mercado con orientación socialista. Por sus resultados Estados Unidos le suspendió un embargo que duró 30 años, en 2008 dedicaron los esfuerzos a salir de la lista de países subdesarrollados, en 2010 se trazaron el objetivo de entrar en el grupo de países de ingreso medio, en 2014 se ubicaron como el 28 exportador más grande del mundo, y en 2016 aprobaron medidas destinadas a convertirse en una nación industrializada.

En ese mismo lapso de tiempo, Cuba se ancló en el pasado con la política conocida como “Rectificación de errores y tendencias negativas” y logró  que durante 25 años las Naciones Unidas condenaran el embargo. Hoy tenemos que erogar millones de dólares para adquirir en el exterior alimentos que se pueden producir en Cuba y después de enseñar a los vietnamitas a cosechar café, tenemos que comprarle ese grano.

La Habana, 28 de noviembre de 2016

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