Nota: Teniendo en cuenta las sugerencias de varios lectores acerca de la unidad de los tres artículos publicados en el Diario de Cuba, acerca de lo ocurrido a Dilma Rousseff en Brasil, aunque ya los dos primeros aparecieron en este Blog, decidí volverlos a publicar los tres de forma corrida para sumejor comprensión. El autor

Brasil: populismo,caudillismo, golpe militar

http://www.diariodecuba.com/internacional/1474284209_25412.html

Para los interesados en la política latinoamericana, la destitución de la presidenta de Brasil constituye un incentivo para hurgar en lo ocurrido en ese país. Como cada suceso es precedido por un proceso de gestación, su comprensión requiere penetrar en el origen, evolución y vínculos con otros fenómenos. En el caso del gigante sudamericano destacan el populismo, el caudillismo y la corrupción. Esta primera entrega está dedicada al primero de ellos.

Populismo

El populismo es una forma de hacer política dirigida a capitalizar el descontento que generan las injusticias sociales. Para ese fin establece una división social entre “pueblo” y “antipueblo”; emplea un discurso emocional-movilizativo contra los culpables del descontento, que al decir del profesor Loris Zanatta, culpa al gobierno de los males internos y esgrimen el nacionalismo contra el enemigo externo.

Los partidos políticos que asumen el populismo no representan a una clase social  determinada ni responden una ideología específica. En la historia encontramos tantos populismos de izquierda como de derecha. Como responde a los intereses de una élite emergente, encabezada por un líder carismático, el populismo es aliado inseparable del caudillismo. Cuando ocupan el poder por la violencia o mediante elecciones, en lugar de proceder a democratizar las relaciones políticas y económicas para convertir al “pueblo” en sujeto de los cambios sociales, el populismo se centra en la confiscación de propiedades nacionales o extranjeras y en la repartición de los bienes ya creados. Con ello se atrae el apoyo del “pueblo” y la enemistad del “no pueblo” y del enemigo externo, provocando la huida de capital al exterior y la reducción de las inversiones extranjeras, con el consiguiente perjuicio para la economía.

Como el poder está en manos del “pueblo”, el populismo elimina o intenta eliminar todo lo que lo limite. Procede al desmontaje y/o monopolización de los mecanismos, espacios e instituciones diseñadas para la división de los poderes públicos, monopoliza los medios de comunicación y restringe o elimina a la sociedad civil. En la medida que lo logra, el populismo toma la senda del totalitarismo y termina reproduciendo, a escala ampliada, los problemas que se propuso resolver. Por esa razón, Fernando Henrique Cardoso planteó que entre los elementos que hacen que un gobierno no sea populista se encuentran las «políticas públicas prudentes y sensatas».

Para Ernesto Laclau, el populismo es la mejor forma de organización política porque, según su criterio, permite mayor lugar y representatividad a las clases relegadas. Sin embargo, la comparación entre discursos y resultados arroja una realidad diferente. Cierto es que el populismo atrae a sectores populares, pero también es cierto que los atrae como objetos, como masa, no como sujetos. Dos  ejemplos ilustran lo anterior:

1- Fidel Castro en el alegato la “Historia me Absolverá”, pronunciado en 1953 planteó, entre las leyes que proclamaría una vez en poder, la restitución de la Constitución de 1940. Sin embargo, sin consulta popular fue sustituida por la “Ley fundamental del Estado cubano”; mientras la promesa de celebrar elecciones se convirtió en la consigna lanzada el 1 de mayo de 1960: “¿Elecciones para qué?”.

2- el coronel Hugo Chávez Frías, después de resultar electo, aprovechando la popularidad convocó varios referéndum para reformar la Constitución y aumentar su poder. Sin embargo, Nicolás Maduro, heredero de su populismo, consciente de su bajo índice de popularidad trata de evitar o posponer el plebiscito que la oposición está demandando.

Caudillismo

El caudillismo latinoamericano tuvo una fértil fuente en las guerras independentistas del siglo XIX. Para Jorge Basadre, Simón Bolívar -el más renombrado de los caudillos-  fue romántico en 1804, diplomático en 1810, jacobino en 1813, paladín de la libertad en 1819 y genio de la guerra en 1824 y que en los años 1825 y 26 al Perú le tocó el peor de los Bolívares, el “imperator”. Mientras que para Álvaro Vargas Llosa, Bolívar fue mejor caudillo que los demás líderes latinoamericanos de la época, pero que precisamente “el caudillismo es todavía el corazón del problema latinoamericano”.

En el caso de Brasil el populismo tomó cuerpo con Getúlio Vargas, de tendencia derechista. Las exclusiones y el descontento social en la frontera de los siglos XIX y XX debido a la política conocida como “café con leche”, mediante la cual los políticos de Sâo Paulo y Minas Gerais se alternaban el gobierno, terminó en una ruptura que desembocó en la revolución de 1930. Los militares que ocuparon el poder formaron una junta de gobierno encabezada por Getúlio Vargas, quien anuló la constitución y comenzó a gobernar mediante decretos y ocupó la presidencia en otras tres oportunidades: una más como dictador y dos mediante elecciones hasta su suicidio en 1954.

En la economía Getúlio incentivó el capital privado, la intervención estatal y el nacionalismo; creó grandes empresas estatales como el Consejo Nacional del Petróleo, antecedente de Petrobras y dio un fuerte impulso a la industrialización. En política concentró los poderes públicos, prohibió los partidos políticos, reprimió a sus opositores y centralizó los medios de comunicación. En lo social garantizó la estabilidad del empleo, el descanso semanal, la reglamentación del trabajo de menores, de la mujer y del trabajo nocturno, y fijó la jornada laboral de ocho horas. Con estos beneficios sociales Getúlio trató de anular la influencia de la izquierda y colocar a los trabajadores bajo su control, de forma similar a como lo hizo Benito Mussolini en Italia.

La década comprendida entre 1954, año del suicidio de Vargas y 1964 se caracterizó por una elevada inflación y  grandes contradicciones políticas. Al tomar posesión João Goulart -heredero del populismo de Vargas- el Congreso sustituyó el régimen presidencialista por el parlamentarismo con un Primer Ministro como Jefe de Gobierno para limitar su poder. En 1963, cuando el presidencialismo fue restablecido, Goulart implementó las “Reformas de Base”: agraria, tributaria, administrativa, bancaria, educativa y nacionalizó varias empresas extranjeras, lo que aumentó la pugna política. En medio de esa situación Goulart firmó el decreto de expropiación de las refinerías de petróleo privadas, autorizó la expropiación de tierras y solicitó una nueva constitución.

El golpe militar de 1964

Las  medidas descritas condujeron en marzo de 1964 a la revuelta militar que lo despojó del poder y a su destitución por el Congreso, que bajo presión militar designó al general Humberto de Alencar Castelo Branco como presidente de Brasil.

Durante la dictadura militar el alto crecimiento del PIB y la reanimación de las industrias principales produjeron el fenómeno conocido como “milagro económico brasileño”. Sin embargo, grandes sectores sociales continuaron sumidos en la pobreza que generó la respuesta revolucionaria, que coadyuvó a la celebración de elecciones indirectas en 1976 y al inicio de una apertura política gradual que concluyó en las elecciones de 1985, ganados por Tancredo Neves; las de 1990 por Fernando Collor de Melo, quien dos años después se vio obligado a renunciar por acusaciones de corrupción y sustituido por Itamar Franco, en cuyo gobierno se frenó la espiral inflacionaria y se logró una estabilidad económica con la política de su ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso, quien fue elegido presidente en 1994 y  reelegido hasta el año 2002, fecha desde la cual Luis Ignacio Lula da Silva y Dilma Rousseff ocuparon la presidencia hasta el 2016, cuando Dilma fue destituida por el Parlamento, de lo  que me ocuparé en el siguiente trabajo.

Brasil, la corrupción político-administrativa y el PT

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El 21 de septiembre publiqué en este diario “Populismo, caudillismo, golpe militar”., en el que me referí al populismo y sus orígenes en Brasil. En esta oportunidad me ocupo de la corrupción político administrativa. Ambos con el mismo fin: comprender su relación con la destitución de Dilma Rousseff.

Una característica de los regímenes populistas es la intención de perpetuarse en el poder. En Brasil esos intentos trazan una línea que va desde Getúlio Vargas en la primera mitad del siglo XIX hasta el Partido de los Trabajadores (PT) en la primera mitad del siglo XXI.

Con la prolongación en el poder y la creación de una red clientelar ,la corrupción, en vez de disminuir, se instala con mayor fuerza en el escenario político. Como expresara Lord Acton: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

La corrupción es antiquísima. Lo nuevo con el populismo consiste en que, al debilitar las instituciones democráticas -entre otras, la división de los poderes públicos, la periodicidad de las elecciones para garantizar la alternancia en el poder, la existencia de una sociedad civil independiente- se fertiliza el terreno para que ese mal se manifieste con mayor descontrol. Un  ejemplo cercano es el de Cuba, donde la corrupción, circunscrita a la esfera político-administrativa antes de 1959, devino corrupción generalizada con el régimen populista-totalitario.

En Brasil, con la Constitución Federal de 1988 culminó la restauración de la democracia, interrumpida por la dictadura militar que había ocupado el poder en 1964. En las primeras elecciones después de la restauración, Fernando Collor de Melo con un discurso populista, atacó la inflación y la corrupción para captar el descontento social que lo llevó a la presidencia. Una vez en el poder, eludiendo al Congreso gobernó mediante decretos provisorios. Aunque inicialmente logró disminuir la inflación, la economía brasilera sufrió una gran caída del PIB y millones de trabajadores perdieron sus empleos. Mientras la corrupción política terminó en un escándalo público. El Congreso aprobó el inicio de un juicio penal y en 1992, sin concluir su mandato, el flamante presidente  se vio obligado a renunciar.

El mandato de Collor de Melo fue concluido en enero de 1995 por el vicepresidente Itamar Franco, quien con un programa dirigido por el ministro de Hacienda Fernando Henrique Cardoso, frenó la espiral inflacionaria y alcanzó la estabilidad económica. Por ese resultado fue elegido presidente por dos períodos consecutivos, entre 1995 y 2003, año en que Luiz Inácio Lula da Silva, después de haber sufrido tres derrotas consecutivas, criticando la desigualdad económica y la corrupción descontrolada, alcanzó la presidencia.

Convertido en gobierno, con la fórmula de crear para distribuir y no sólo distribuir lo creado, en un contexto favorecido por la expansión del comercio mundial que generó una gran demanda de productos básicos de Brasil, durante sus mandatos la economía creció  a un ritmo promedio de 5.4% anual.

La combinación de políticas macroeconómicas conservadoras, inversión extranjera, políticas redistributivas mínimas como la “Bolsa de Familia” -transferencias de efectivo condicionado a que los padres mantuvieran a sus niños en la escuela y los sometieran a chequeos médicos periódicos- disminuyó la pobreza y retrasó los efectos de la crisis financiera de 2008.

Sin embargo, el PT que había actuado contra la corrupción a nivel local, una vez convertido en partido gobernante, la misma floreció; demostrando con ello que criticar la corrupción con un discurso populista es más fácil que tratar de erradicarla desde el Gobierno. El PT sacó de la pobreza a millones de brasileros, pero no removió las estructuras para eliminar las causas de la desigualdad y poner freno a la corrupción, como puede verse en la siguiente secuencia:

-En 2004 las denuncias de corrupción crearon una crisis política que generó divisiones al interior del PT.

-En 2005 dirigentes del PT se involucraron en el escándalo de corrupción en Correos, conocido por “mensualidades”; lo que generó una ofensiva política en el Congreso Nacional, en los medios, en las calles y en las universidades, que obligó al PT a sacrificar a decenas de líderes que aceptaron financiamiento ilegal por decenas de millones de dólares, entre ellos  José Dirceu, Jefe de Gabinete presidencial. Lula da Silva logró sortear el escándalo, fue reelecto en 2006, pero debilitado por la crisis tuvo que hacer nuevas alianzas para mantener el apoyo del Congreso. Lo determinante es que la dirección del PT no aprendió la lección. El juicio por el escándalo de las “mensualidades” generó la sospecha de que los votos comprados coadyuvaron al éxito del PT en las políticas orientadas a la educación, la salud y la distribución del ingreso que sacaron a millones de personas de la pobreza.

-En 2006 el escándalo, llamado “Crisis del dossier”, involucró a figuras cercanas a Lula que pretendieron comprar por 1,7 millones de reales, de origen dudoso, un dossier que vincularía candidatos del opositor Partido de la Socialdemocracia Brasileña con el escándalo conocido como “de las “sanguijuelas”. La crisis detonó con las declaraciones de dos funcionarios, quienes al ser detenidos por la Policía Federal con el dinero en sus manos, confirmaron que el mismo provenía del PT a cambio de un dossier que supuestamente dañaría la imagen de figuras como José Serra.

-En 2008, la Ministra de Igualdad Racial Matilde Ribeiro, afiliada al PT, pidió la dimisión del cargo por cuenta de los gastos irregulares con la tarjeta de crédito corporativo de su gabinete.

-En 2014, durante el gobierno de Dilma, estalló el escándalo “Petrobras” -un gigantesco esquema de sobornos con los ejecutivos de esa empresa- por varios miles de millones de dólares, en el que estaban implicados más de 50 miembros del Congreso y del PT.  Aunque Dilma no fue implicada directamente, de hecho ella era la titular de la Secretaría de Energía que supervisaba a Petrobras. El hecho consistía en tomar miles de millones de dólares del auge petrolero y desviarlos hacia el PT y sus socios de coalición en el congreso.

Para Idelber Avelar -ex partidario incondicionales del PT- el declive tuvo su punto de partida cuando Lula da Silva comenzó a repartir cargos clientelistas y a formar alianzas con los líderes de los partidos de oposición que no compartían los ideales del PT para poder conservar el poder.

Lula da Silva y el PT combinaron el predominio electoral con un discurso hegemónico de transformación social, pero se quedaron a mitad de camino. El resultado ha sido que decenas y decenas de alcaldes que ganaron con una candidatura del PT se han  cambiado de partido, una corrupción galopante y desde el 2011, la recesión mundial, que se había evadido, alcanzó al gigante sudamericano. En los siguientes cuatro años la economía creció sólo el 1,3 por ciento.

Colocar los intereses partidistas y personales por sobre los intereses de la nación ha conducido a la crisis. El intento de mantener el poder a cualquier precio, rotando dos figuras del PT, se está pagando con el alto precio de la derrota, concretada en la destitución de Dilma Rousseff, tema del que me ocuparé en el siguiente trabajo.

Brasil:  el impeachment, cinco enseñanzas

http://www.diariodecuba.com/internacional/1475628362_25782.html

El 31 de agosto de 2016, antes de concluir su segundo mandato presidencial, Dilma Rousseff fue acusada y destituida mediante la Ley de Impeachment por dos hechos: el delito de responsabilidad por la firma de tres decretos económicos sin aprobación del Congreso y por el maquillaje de las cuentas fiscales.

Los decretos aprobados fueron: por créditos de bancos públicos para pagar deudas contraídas en proyectos sociales, por 29 millones de reales que fueron a parar a diversos organismos del Ejecutivo y por 600 millones de reales empleados para gastos del ministerio de Justicia. El maquillaje, por el pago con retraso al Banco do Brasil -de titularidad pública- de cuotas que ascendían a 3 500 millones de reales, para un programa de ayuda a los agricultores familiares, que consistía en tomar préstamos bancarios con intereses más bajos de lo establecido con la obligación de pagar al banco la diferencia.

Según la acusación para haber promulgado los decretos tenía que haber pedido  autorización al Congreso o en su lugar, haber realizado recortes en el presupuesto en un año de crisis económica. Mientras el retraso en los pagos se considera como si el banco hubiera suministrado un nuevo préstamo.

Para una comprensión integral de lo ocurrido, además del juicio político, es necesario la relación del hecho con la crisis económica y la fragilidad del Partido de los Trabajadores (PT).

La crisis económica

Gracias a la gran demanda mundial de productos básicos de Brasil, durante los mandatos de Lula da Silva, se logró un crecimiento que permitió reactivar la economía, generar empleos y aumentar los ingresos.

A diferencia de otros gobiernos populistas de izquierda, inclinados a quitar a los poseedores nacionales o  foráneos para redistribuir lo producido, Lula da Silva, siguiendo la experiencia de  Jorge Henrique Cardoso,optó por producir para distribuir haciendo uso de la economía de mercado acompañada de una redistribución más equitativa. Sin dudas fue un paso importante, pero insuficiente, pues limitó las transformaciones esencialmente al tema de los ingresos.

Cuando Dilma Rousseff asumió la presidencia, la situación económica se presentó  radicalmente diferente. Brasil sufrió una caída brusca de PIB que  generó la peor crisis económica sufrida desde 1985. En ese contexto la presidente anunció, como principal objetivo de su gestión, terminar con la miseria.

Consciente de que la pobreza no es reducible al ingreso, implementó un paquete de programas sociales para atacar todas sus dimensiones: “Brasil Sin Miseria”, “Beca Verde”, “Mi Casa”, “Mi Vida”  y “Brasil Cariñoso”, dirigidos a la inclusión productiva y al acceso a bienes y servicios públicos en salud, educación, vivienda, agua y energía eléctrica. A ese fin Dilma asignó grandes subsidios estatales en época de crisis económica; una decisión relacionada con los decretos y el retraso en pagos al Banco de Brasil, por lo que fue sometida al impeachment.

La diferencia entre ambos momentos explica por qué en 2010 Lula da Silva dejó el cargo con un índice de aprobación del 83% y la revista estadounidense Time lo ubicó como la personalidad más influyente del mundo; mientras el índice de aprobación de Dilma  Rousseff en 2015 era menor a un 8% de popularidad.

La fragilidad del PT en el poder.

El PT había sido derrotado en las elecciones de 1989, 1994 y 1998. Ni Lula da Silva ni Dilma Rousseff alcanzaron el suficiente apoyo para ocupar la presidencia sin coaliciones. Lula requirió del apoyo de José Sarney, líder del Partido Movimiento Democrático Brasileiro (PMDB), el mayor partido de Brasil. Mientras Dilma estableció compromisos con el PMDB del vicepresidente Michel Temer. Por ello, en marzo de 2016, cuando se rompió la coalición, la situación de Dilma se tornó insostenible.

Si a la crisis política y la debilidad del PT se añade el populismo y la corrupción,  la destitución de Dilma se torna más comprensible. ¿Por qué?, porque el populismo resulta efectivo para capitalizar el descontento, pero no así para transformar las estructuras generadoras de la pobreza. Para intentarlo tendría que negar su propia naturaleza y por tanto abstenerse, durante las campañas electorales, de anunciar la solución definitiva de problemas imposibles de solucionar en uno o dos períodos presidenciales, o incluso en casi cuatro períodos como ocurrió con el PT. Al simplificar el problema culpando a los que ocupan el poder, el populismo sentó las bases para que los problemas irresueltos se giren contra sí mismo y sean aprovechados por los partidos de oposición.

Con la corrupción político-administrativa ocurre algo similar. El PT antes de convertirse en gobierno atacó fuertemente este mal. Una vez en el poder, en lugar de fortalecer las instituciones democráticas que les sirven de freno, terminó creando una red clientelar y generando una corrupción superior a la que se proponía erradicar: decenas de líderes del PT involucrados en el escándalo de las “mensualidades”; figuras cercanas a Lula da Silva implicados en el escándalo de las “sanguijuelas”; dimisión de la Ministra de Igualdad Racial, Matilde Ribeiro, por gastos irregulares con la tarjeta de crédito corporativo de su gabinete; miembros del PT envueltos en el escándalo “Lava Jato”, el mayor escándalo de la historia del país; sospecha de que Lula da Silva recibió financiamiento de la constructora Odebrecht para facilitarles contratos en América Latina y África y allanamiento de su domicilio por la policía federal; y el desafortunado intento de Dilma Rousseff de nombrar a Lula de Silva titular del Ministerio de la Presidencia para protegerlo y protegerse ante las acusaciones. Todo lo cual debilitó aún más su posición.

En el juicio ante el Senado, entre otras cosas Dilma Rouseff planteó: que se había condenado a un inocente y consumado un golpe parlamentario; que se apropian del poder mediante un golpe de Estado; y en consecuencia, llamó a la lucha contra el “Golpe”. Un recurso nada inédito, pues en 1992, ante la aprobación de un juicio político por corrupción, el presidente Collor de Mello había hecho lo mismo, pidió a sus partidarios que se manifestaran contra la destitución, alegando que se trataba de  “un golpe de estado”.

Cinco enseñanzas a manera de conclusión

-Más allá de consideraciones acerca de la legalidad de la destitución, hubiera sido muy difícil que ocurriera en ausencia del populismo, de la corrupción, de la crisis económica y de la debilidad del PT, obligado a las alianzas para asumir el poder.

-Dilma no tuvo en cuenta el factor tiempo, que en política resulta vital. Antes de aprobarse el Impeachment pudo haber convocado nuevas elecciones, para que el “pueblo” decidiera. Sin embargo, optó por la resistencia tratando de impedir por vía judicial la apertura del juicio en su contra.

- El intento del PT de mantener el poder indefinidamente. Si bien no se acudió a sustituir la Constitución como ocurrió en Cuba en febrero de 1959 o a su reforma, como lo hizo Hugo Chávez en Venezuela, el PT lo intentó mediante la rotación de dos figuras durante 13 años. Los ejemplos de la región bastan para concluir que la rotación periódica del poder es un impedimento para la corrupción y para la implantación de modelos que terminan en el totalitarismo y la reproducción de los males a escala mayor.

-La eliminación de la pobreza, un mal de siglos, no se resuelve sólo en la esfera de los ingresos. Se requieren transformaciones estructurales sostenidas para que la reducción de la pobreza se acompañe con oportunidades reales para todos, lo que a su vez exige un proceso sostenido de democratización en todas las esferas sociales para garantizar los derechos y libertades en que se asienta la igualdad de oportunidades.

- Por tratarse del mayor de Latinoamérica en habitantes y extensión y de la mayor potencia económica de la región, lo ocurrido, sin dudas, tendrá repercusiones en el resto de los países. Una de ellas será la agudización de  la desconfianza en los políticos, especialmente en los de corte populista, comenzando por el mismo Brasil.

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