Hemeroteca de enero 2018

Tomado de: https://www.google.cz/search?q=Revista+Convivencia+no.+60&client=firefox-b&dcr=0&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0ahUKEwiA7972zM3YAhWCDewKHfNXD7AQsAQINA&biw=1366&bih=656

 

El impacto de las libertades fundamentales en el desarrollo de la sociedad es de tal magnitud y trascendencia que resulta imposible comprender el avance, estancamiento o retroceso de un pueblo sin tenerlo en cuenta.

Aprovechando el 10 aniversario de Convivencia, el presente trabajo se ocupa de un tema central en el perfil de nuestra revista: la relación causal entre la pérdida de las libertades fundamentales y la crisis en que Cuba está inmersa.

Introducción

La libertad -inherente a la persona humana- emana de la conciencia interior. Ese origen le permite al hombre ser libre en la medida que se empeñe en serlo, pues ella, la libertad, otorga un poder extraordinario cuyo ejercicio deviene factor de crecimiento humano y condición del desarrollo personal y social.

Desde que los hombres lograron establecer la relación existente entre conciencia y libertad, ésta ha venido desempeñando un papel creciente en la evolución de la humanidad. Gracias a esa relación, aunque la persona sea sometida a limitaciones o prohibiciones por fuerzas exteriores, el sustrato interno de la libertad le permite pensar y ser libre en tales condiciones.

Ignacio Agramonte (1841-1873), en la defensa de su tesis de Licenciatura en Derecho en 1866, titulada Sobre las libertades individuales, sintetizó magistralmente esa relación en las siguientes palabras: Al derecho de pensar libremente le corresponde la libertad de examen, de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquel. Por fortuna, éstas, a diferencia de la libertad de hablar y obrar, no están sometidas a coacción directa y se podrá obligar a uno a callar, a permanecer inmóvil, acaso a decir que es justo lo que es altamente injusto. ¿Pero cómo se le podrá impedir que dude de lo que se le dice? ¿Cómo que examine las acciones de los demás, lo que se trata de inculcar como verdad, todo, en fin, y que sobre ello formule su opinión?

Ese juicio contiene el fundamento del por qué la libertad constituye un derecho trascendental e inherente a la persona; una condición tal, que todo intento de suprimirla o limitarla, además de constituir un atentado contra la humanidad, ha estado, está y estará condenada al fracaso.

“Renunciar a su libertad -decía Rousseau- es renunciar a su condición de hombre, a los derechos de la humanidad y aun a sus deberes… Semejante renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre: despojarse de la libertad es despojarse de moralidad”.

Las libertades fundamentales, es decir, las de conciencia, información, expresión, reunión, asociación, sufragio y habeas corpus, constituyen la base de la comunicación, del intercambio de opiniones, de concertación de conductas y de toma de decisiones.

La experiencia histórica demuestra que la máxima expresión de la libertad es posible sólo allí, donde las libertades fundamentales se institucionalizan en un Estado de Derecho.

La historia constitucional de los derechos fundamentales, cuyo punto de partida se sitúa en la Carta Magna que los nobles ingleses impusieron a Juan Sin Tierra (1215), tuvo momentos cumbres en la Declaración de Independencia de las trece colonias de Norteamérica (1776) y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa (1789). Tomó cuerpo en la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) e irrumpió en el Derecho Internacional con los pactos de Derechos Civiles y Políticos y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales aprobados por la Organización de las Naciones Unidas (1976).

En Cuba la historia constitucional de las libertades tuvo su germen en el Proyecto de Gobierno Autonómico del padre José Agustín Caballero (1811); asumió cuerpo en las constituciones mambisas del siglo XIX y en las constituciones republicanas de la primera mitad del siglo XX, cuya más alta expresión fue la Carta Magna de 1940.

En esa trayectoria, en cumplimiento del Pacto del Zanjón (1878), con el que finalizó la Guerra de los Diez Años, se implantaron en Cuba las leyes de imprenta, reunión y asociación, refrendadas en el artículo 13 de la Constitución Española, bajo las cuales nació la sociedad civil cubana: un abanico de asociaciones, espacios y medios que reflejan la pluralidad y la diferencia.

La sociedad civil, escuela permanente de civilidad y ética, constituye un sólido eslabón de vínculo de los ciudadanos con la nación, la cultura, la historia y el desarrollo, cuya existencia y funcionamiento requiere de la institucionalización de los derechos humanos.

Tanto la sociedad civil como el Estado son órganos del cuerpo social. La existencia de ambos no es indiscutible, lo discutible son sus funciones y áreas de competencia,

En Cuba la sociedad civil alcanzó su mayor desarrollo a mediados del siglo XX, como la describió Fidel Castro al referirse a la situación de Cuba antes del Golpe de Estado de 1952: “Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su constitución, sus leyes, sus libertades; Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo… Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos…”.

La pregunta lógica que emana de la historia de las libertades en Cuba es: ¿cómo resultó posible que después del avance descrito en materia de derechos y libertades, Cuba retrocediera a una situación inferior a la que alcanzó después de la Paz del Zanjón?

El sistema totalitario cubano

Si su causa más inmediata está en la revolución de 1959, su génesis, está en determinadas características de nuestro devenir como pueblo que coadyuvaron a la instauración de un modelo ajeno a nuestra historia y a la naturaleza humana. Entre esas características sobresale la interrelación entre las cuatro siguientes:

La idiosincrasia, resultado de la mezcla de diversas etnias y culturas que arribaron a Cuba con los europeas y africanos. Unos que vinieron a enriquecerse para regresar, otros que fueron traídos como esclavos. Ni unos ni otros con la intención de arraigarse en la Isla. A ello, explicaba Fernando Ortiz, se debe la debilidad psicológica del carácter cubano, la impulsividad, característica de esa índole psicológica, que nos lleva con frecuencia a actuaciones intensas, pero rápidas, precipitadas, impremeditadas y violentas… Hombres, economías, culturas y anhelos, todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiado, “aves de paso” sobre el país, a su costa, a su contra y a su malgrado.

La violencia, que arribó a nuestras costas con los guerreros peninsulares, tomó sus primeras víctimas entre los aborígenes, asumió formas horribles en las plantaciones azucareras de donde brotó la fuga, el cimarronaje, el palenque y las rebeliones. Estuvo presente en los ataques de corsarios, en el bandolerismo que azotó nuestros campos, en las conspiraciones y guerras independentistas. Se manifestó en golpes de Estado, sublevaciones, pandillas gansteriles, asaltos armados y actos de terrorismo antes y después de 1959. Hechos que convirtieron la violencia en cultura política.

La ética utilitaria, conducta de raíces coloniales y esclavistas –variante criolla de la filosofía del utilitarismo del siglo XVIII- que encontró en Cuba un terreno tan fértil como nuestros suelos para la caña de azúcar. Esa ética sustentó al individualismo egoísta y la vida fácil, tomó cuerpo en la corrupción, el juego, la vagancia y la violación de todo lo establecido hasta devenir conducta generalizada. La concepción del hombre como medio y no como fin, como objeto y no como sujeto, la prioridad que la oligarquía criollo-cubana atribuyó a las cajas de azúcar y de café, el uso del poder para beneficio personal o de grupo, las reelecciones presidenciales, los golpes de Estado y el empleo generalizado de la violencia física y verbal, son manifestaciones de la ética utilitaria que marcó nuestra matriz de pueblo,

La exclusión, que atraviesa la historia de Cuba de principio a fin: Félix de Arrate y Acosta (1701-1764) reclamaba la equiparación de derechos para los de su clase respecto a los peninsulares, a la vez que excluía a los negros y a blancos que no habían logrado amasar fortuna; Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), defendía las libertades y derechos para su clase y la esclavitud para la mitad de la población de la Isla. Y José Antonio Saco y López (1797-1879), quien en su concepto de pueblo no incluía a los oriundos de África ni a sus descendientes.

Ante la ruptura constitucional provocada por el Golpe de Estado de 1952 surgieron dos respuestas: una armada y la otra cívica. La primera se hizo pública el 26 de julio de 1953 con el asalto al cuartel Moncada, encabezada por Fidel Castro. La segunda tomó cuerpo en enero de 1954 con el Movimiento de Resistencia Cívica, encabezado por José Miró Cardona. Después de las elecciones fraudulentas de 1954, Fulgencio Batista restableció la Constitución de 1940 y otorgó amnistía a los prisioneros políticos, entre ellos a los asaltantes del Moncada, quienes en junio de 1955 fundaron el Movimiento del 26 de Julio (M-26-7) para continuar la lucha por la vía armada.

La oposición de Fulgencio Batista a una salida negociada hizo fracasar los esfuerzos civilistas. Se impuso la violencia: movimientos armados, atentados, conspiraciones militares, asaltos a cuarteles y al palacio presidencial; acontecimientos en los que se destacó el movimiento encabezado por Fidel Castro, quien desembarcó en Cuba en diciembre de 1956 y después de dos años de guerra de guerrillas y sabotajes, alcanzó el triunfo sobre el Ejército profesional el 31 de diciembre de 1958.

En 1959, la revolución triunfante, devenida fuente de derechos, sin consulta popular, sustituyó la Constitución de 1940 por la Ley Fundamental del Estado Cubano; unos estatutos que rigieron hasta la promulgación de la Constitución de 1976 que refrendó la existencia de un solo partido político: el Comunista, como fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado.

Un sistema ajeno a la naturaleza humana

Una revolución que se proponga liberar a los hombres sin plantear, paralelamente, la necesidad de generar un espacio público que permita el ejercicio de la libertad, sólo puede llevar a la liberación de los individuos de una dependencia para conducirlos a otra, quizás más férrea que la anterior. Esas palabras de Hanna Arendt se corroboraron con el proceso revolucionario cubano de 1959. Se trata de una tesis de un valor tan universal que asume carácter de generalidad filosófica. La misma, tan sencilla como compleja, consiste en que todo proyecto social que conciba a la persona humana como medio y no como fin, además del daño antropológico que produce está condenado al fracaso.

En enero de 1959 el Presidente Provisional, Manuel Urrutia Lleó hizo pública la designación de Fidel Castro como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. En el Consejo de Ministros, integrado conjuntamente por figuras procedentes de las luchas armada y cívica, José Miró Cardona ocupó el cargo de Primer Ministro. En febrero, al sustituirse la Constitución de 1940 por la ley Fundamental del Estado Cubano, al Primer Ministro se le confirieron las facultades de Jefe de Gobierno y al recién creado Consejo de Ministros las funciones del Congreso. Unos días después Fidel Castro sustituyó a José Miró Cardona, con lo cual los cargos de Primer Ministro y Comandante en Jefe quedaron depositados en la misma persona.

La Revolución a la vez que implementó un conjunto de medidas de beneficio popular, desechó la cultura institucional, política y económica existente y procedió a “resolver” de forma inmediata los problemas heredados por un camino inviable: la concentración del poder y de la propiedad, y el secuestro de las libertades ciudadanas.

El filósofo y ensayista español, José Ortega y Gasset, alertaba que los mayores peligros que hoy amenazan a la civilización son la estatificación de la vida, el Intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos, lo que se resume en la tesis de Benito Mussolini: Todo por el Estado; nada contra el Estado”

Ese proceso -en el que la sociedad civil fue barrida y su lugar ocupado por las asociaciones creadas como auxiliares del poder- no se puede comprender al margen del diferendo entre el Gobierno cubano y las administraciones norteamericanas. El diferendo fue utilizado en nombre de la soberanía popular para solapar las contradicciones entre Estado y sociedad y disimular la inviabilidad de un modelo ineficiente, pero ante todo para secuestrar las libertades ciudadanas. Decía Rousseau que: “Aun admitiendo que el hombre pudiera enajenar su libertad, no puede enajenar la de sus hijos, nacidos hombres y libres. Su libertad les pertenece, sin que nadie tenga derecho a disponer de ella”

La duración de ese modelo ha sido tan prolongada que la gran mayoría de los cubanos vivos no conocieron otra opción que el socialismo totalitario, donde la política, la economía, la cultura y la sociedad quedaron monopolizadas por el Estado, el Estado por un Partido y el Partido por una élite bajo el mando de un Comandante en Jefe: Un modelo que si ayer satisfizo a una buena parte de nuestros abuelos, hoy no satisface a sus hijos, mucho menos a los nietos y biznietos.

Una posible salida

A pesar de contar con tan rica fuente de pensamiento, los acontecimientos posteriores a 1952 condujeron al pasado; un retroceso inexplicable si se ignora la importancia de la formación ética y cívica de los cubanos, para lo cual, de entre muchos pensadores que se preocuparon y ocuparon de esa deficiencias, cito a los seis siguientes:

Félix Varela y Morales (1778-1853), el primer cubano que comprendió la necesidad de cambios en la forma de pensar, al asumir la dirección de la Cátedra de Constitución en el seminario San Carlos introdujo la ética en los estudios sociales y políticos como portadora del principio de la igualdad de todos los seres humanos y fundamento de los derechos sobre los cuales se erigen la dignidad y la participación ciudadana.

José de la Luz y Caballero (1800-1862), quien entendió la política como proceso y se pronunció contra la inmediatez. Desde esa visión estableció una relación entre educación, política e independencia y concibió el arte de la educación como premisa de los cambios sociales. Su mayor énfasis recaía en la convicción de que la libertad era el alma del cuerpo social, sin más freno que la razón y la virtud.

José Julián Martí Pérez (1853-1995), el más alto pensador político del siglo XIX cubano, se trazó la misión de conducir el inconcluso proceso independentista. Para ello estableció una relación eslabonada entre partido, guerra y república, donde esta última era forma y estación de destino; a diferencia de la guerra y del partido concebidos como eslabones mediadores para arribar a ella. En su visionario artículo, La futura esclavitud, dijo más o menos lo siguiente: si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, dejarán de hacer esfuerzo por su subsistencia y que como las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, los funcionarios adquirirían una influencia enorme y de “ser esclavo de los capitalistas iría a ser esclavo de los funcionarios.. Pensamientos que remató con aquel ideal tan lejano aún: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Enrique José Varona (1849-1933) En Mis consejos, escrito en 1930, se quejaba de que la República había entrado en crisis, porque gran número de ciudadanos han creído que podían desentenderse de los asuntos públicos. Este egoísmo –decía– cuesta muy caro. Tan caro, que hemos podido perderlo todo. Convencido de esas deficiencias comprendió que había que aprender de otro modo y a ello se dedicó, a la enseñanza para formar ciudadanos.

Fernando Ortiz Fernández (1881-1969) en La crisis política cubana: sus causas y sus remedios (1919), destacó nuestras limitaciones: la falta de preparación histórica del pueblo cubano para el ejercicio de los derechos políticos; la incultura en los dirigidos que les impide apreciar en su justo valor a los hombres públicos; la cultura deficiente en las clases directoras, que impide refrenar sus egoísmos y hacerlos compaginables con los máximos intereses de la nación; la desintegración de los diversos elementos sociales en razas y nacionalidades, de intereses no fundidos en un ideal supremo nacional.

Y Jorge Mañach Robato (1898-1961), al referirse a las desavenencias permanentes entre cubanos, dijo: Cada persona tiene su pequeña aspiración, su pequeño ideal, su pequeño programa; pero falta la aspiración, el ideal, el programa de todos; aquella suprema fraternidad de espíritus que es la característica de las civilizaciones más cultas. Y añadió, el individualismo inhíbito en nuestra raza hace a cada uno quijote de su propia aventura. Los esfuerzos de cooperación generosa se malogran invariablemente. Los leaders desinteresados no surgen. En los claustros, en los gremios intelectuales, en las academias, en los grupos, la rencilla cunde como la yerba mala por los trigales de donde esperamos el pan del espíritu. Todo es un quítate tú para ponerme yo.

Del análisis realizado resulta un conjunto de enseñanzas útiles para cualquier proyecto dirigido a superar la situación en que la sociedad cubana está sumida. Me refiero al camino para transitar hacia a una sociedad menos imperfecta que la actual.

El análisis realizado devela un conjunto de enseñanzas útiles para cualquier proyecto dirigido a superar la situación en que la sociedad cubana está sumida. Me refiero al camino para transitar hacia a una sociedad menos imperfecta que la actual. Y demuestra que la primera y más importante labor radica en la formación del ciudadano, de virtudes cívicas, aquella tarea que el padre Félix Varela inició hace casi dos siglos, que siempre fue conducta de minorías y que aún hoy es asignatura pendiente. Se impone su formación para aprender a vivir en libertad y una educación en la responsabilidad social.

Lo más importante de las enseñanzas anteriores es que la participación pública responsable en los destinos del país requiere la existencia del ciudadano, un concepto inexistente en el mapa político cubano actual.

Las libertades fundamentales tienen que ser reincorporadas. Su implementación, aunque se inicie de forma gradual, su carácter indivisible se impondrá por una sencilla razón: si los derechos civiles y políticos constituyen la base para participar en la vida pública, los derechos económicos, sociales y culturales son determinantes para el funcionamiento de la sociedad y los derechos colectivos de toda la humanidad son necesarios para conservar la vida y el planeta. Cada una de esas generaciones de derechos garantiza un aspecto particular y las tres en su conjunto constituyen el sostén del reconocimiento, respeto y observancia de las garantías jurídicas para su ejercicio.

Si aceptamos que el grado de evolución de un sistema social depende del grado de evolución de sus habitantes, tenemos que aceptar, nos guste o no, que los cubanos, como personas, hemos cambiado muy poco y en algunos aspectos hemos retrocedido. Se impone, pues, cambios en la persona. Por todo ello, parafraseando el concepto de acción afirmativa, en Cuba se impone una acción educativa, en cuya ausencia habrá cambios, como los hubo siempre, pero no los cambios que la sociedad requiere.

Por tanto, esa posible y necesaria salida de la crisis actual pasa porque cada cubano ocupe y haga uso de la cuota política que le corresponde. Para ello, el restablecimiento gradual de los derechos fundamentales de la persona humana debe acompañarse de un programa de formación ciudadana que sirva de fundamento a los cambios al interior de la persona, sin los cual las reformas en la economía y la política tendrán muy poco valor, como lo han tenido los que se implementaron tanto durante la República hasta 1958 y los que se implementaron después de la revolución de 1959.

 

Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cultura/1514393985_36233.html

Hace 139 años, el primero de enero de 1879, el músico Miguel Faílde y Pérez estrenó en el liceo de Matanzas una genuina expresión de creatividad rítmica y sonora que inauguró un nuevo tipo de baile, genuinamente cubano, con el danzón Las Alturas de Simpson.

Los habitantes de la mayor de las Antillas, sin una herencia musical aborigen pero ungidos con la gracia de la transculturación, desarrollaron una elevada capacidad musical expresada en aspectos melódicos, rítmicos, instrumentales y formales, que devenida criolla y después cubana, hizo de la música popular y el baile -conjuntamente con la pelota y las guerras de independencia- uno de los factores socio-culturales definidores de nuestra nacionalidad.

En el siglo XVI Cuba tuvo músicos altamente calificados como el mestizo Miguel de Velázquez. En el XVIII clásicos de primera línea como Esteban Salas; En el XIX Manuel Saumell, considerado padre del nacionalismo musical cubano, quien compuso una obra en la que cantaban indios y negros, e Ignacio Cervantes, un creador considerado el músico más importante del siglo XIX. Contó además, con una manifestación sonora como los sones orientales, tocados y cantados durante más de dos siglos por los conjuntos típicos de Santiago de Cuba. Ejemplos destacados que explican la creatividad de nuestra música, de la cual brotaron los más importantes géneros populares de la época, entre ellos nuestro danzón, nacido de las contradanzas criollas.

A mediados del siglo XIX existía en Cuba un proto-danzón, baile coreográfico formado por varias parejas provistas de arcos y ramos de flores que los negros de Matanzas ejecutaban a viva voz. A esa manifestación bailable Miguel Faílde le adjuntó una música para sustituir el canto vivo de los bailarines que vio la luz en junio de 1877, cuando dio a conocer sus primeros cuatro danzones, uno de los cuales fue Las alturas de Simpson.

El vinculo del danzón con las contradanzas de Manuel Saumell se observa en su introducción de dieciséis compases, en la segunda parte donde el clarinete trabaja casi siempre sobre el cinquillo1, en la parte de violín que hace de adagio2 y en el cierre. Mientras su vínculo con las tradiciones africanas se manifiesta en el uso abundante y deliberado del cinquillo salido de la mano de los negros franceses de Santiago de Cuba de la percusión. La Contradanza que había dominado dominó la escena musical fue superada por el danzón.

Como la composición es el principal acto creativo en música y algo nuevo respecto a lo antes producido, al añadirle una asociación de ritmos de tango a los movimientos coreográficos de la danza, se le considera el padre del danzón cubano, que desde su estreno hasta la segunda década del siglo XX ocupó la preferencia de los bailadores cubanos y traspasó las fronteras geográficas para arraigarse en países como México, Venezuela y Perú, a la vez que se nutrió de todos los elementos musicales existentes sin importar su origen.

El danzón es un baile romántico de parejas, donde hombre y mujer fundidos en una unidad diferenciada se tocaban el cuerpo y movían las caderas de una manera sinuosa. Al chocar y romper con los estereotipos de la época, fue considerado un baile escandaloso e indecente, no obstante se impuso. El danzón enunciado por Saumell -dice Alejo Carpentier- quedó consagrado como nuevo tipo de baile por Faílde. Predominó durante más de 40 años y coadyuvó al proceso de conformación de la nacionalidad y la nación, ya que cubanos de diferentes orígenes étnicos y clases sociales se relacionaron en el baile.

No hubo acontecimiento, durante ese lapso de tiempo que no fuese festejado con el danzón: el advenimiento de la República en 1902; gracias a la radio en 1922 se bailó a 461 kilómetros de la capital, en Ciego de Ávila; se compusieron danzones patrióticos como Martí no debió de morir, sobre la primera guerra mundial o con temas de ópera y de zarzuelas famosas.

Junto a la contradanza y la danza, el danzón constituyó la base del primer prototipo de agrupación instrumental popular: la orquesta típica o de viento. Esa orquesta típica fue sustituida por la charanga y en el siglo XX de la charanga francesa, que introdujo el piano.

A partir de la segunda mitad del siglo XX el auge del son y del Fox Trots de los negros norteamericanos, conjuntamente con la elevada creatividad de los músicos cubanos el danzón perdió terreno. Sin embargo, el danzón, como género musical, llegó para quedarse. En 1910 José Urfé le introdujo nuevos elementos rítmicos del son oriental en el Bombín de Barreto, que junto a la invención de la radio y la grabación eléctrica en el fonógrafo, condujeron a su recuperación, Con la orquesta de Arcaño3 y sus Maravillas surgió el danzón de nuevo ritmo, donde la flauta se inspira a placer con gran virtuosismo, se cambia la rítmica en el timbal y el güiro, se introduce la tumbadora en la charanga, se amplían las cuerdas, la armonía y la melodía devienen más complejas y cesa el predominio del piano como instrumento solista único. Luego, con las interpretaciones de Barbarito Diez4 y la Orquesta típica de Antonio María Romeu. El danzón influyó en el origen de otros bailes cubanos populares como el chachachá, el mambo y la pachanga. Y en 1991 elevó su popularidad mundial con la cinta cinematográfica Danzón, de la directora mexicana María Novaro.

Por convertirse en nuestro baile nacional, por su aporte a la conformación de la cubanía, por su presencia en otros géneros musicales que le sucedieron, por su fuerza interior para renovarse permanentemente, el primero de enero es día de homenaje al danzón y a todas las glorias de nuestra música bailable, desde Saumell hasta los creadores contemporáneos que han mantenido viva esa musicalidad que nos distingue en el mundo.

La Habana, 26 de diciembre de 2017
1 Cinquillo, grupo de valoración especial constituido por cinco notas musicales que pueden equivaler a seis o a cuatro de la misma especie.
2 Adagio, indicación de tempo o movimiento de una pieza musical, más lento que el andante.

3 Antonio Arcaño, monarca del danzón, introdujo la tumbadora para reforzar la sección rítmica en la charanga. Alcanzó el record de 404 contratos en un año. Falleció en 1994 a los 83 años de edad.
4 Bárbaro Diez Junco (Barbarito), cantante de danzones y boleros. Solista en la orquesta de Antonio María Romeu. Conocido como “La Voz de Oro del Danzón”. Después de la muerte de Romeu asumió la dirección de la orquesta y la llamó “Barbarito Diez y su orquesta” hasta los años ochenta. Murió el 6 de mayo de 1995.

 

 

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Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1514637570_35650.html

 

El próximo primero de enero, junto al año dieciocho del siglo XXI, los cubanos arribaremos a los 59 años del triunfo de la Revolución.

Una revolución que se proponga liberar a los hombres sin plantearse la necesidad de los espacios públicos que permitan el ejercicio de la libertad, sólo puede llevar a la liberación de los individuos de una dependencia para conducirlos a otra, quizás más férrea que la anterior1. Ese juicio de Hanna Arendt corrobora el resultado del proceso revolucionario cubano de 1959.

En casi seis décadas -un lapso de tiempo mayor que el duró la República nacida en 1902- el modelo político y económico implantado sumergió a Cuba en la más prolongada y profunda crisis de su historia.

La inviabilidad del modelo mancomunado con la falta de voluntad política para modificarlo hizo que las manifestaciones parciales de crisis, agudizadas en el tiempo, abarcaran uno tras otro todos los componentes de la sociedad cubana.

El filósofo y ensayista español, José Ortega y Gasset, alertaba que los mayores peligros que hoy amenazan a la civilización son la estatificación de la vida, el Intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos. Ese pensamiento explica la tesis de Benito Mussolini: Todo por el Estado; nada contra el Estado”2

Tanto las sociedades como los modelos son perfectibles. Al confundirlos como punto de remate del desarrollo comienza la marcha hacia su estancamiento y se utiliza una determinada ideología como mecanismo de freno para legitimar al resultado y al liderazgo que lo encabeza con el fin de detener lo indetenible; una expresión de esa ideología es la absurda y repetida afirmación de que Cuba ya cambió en 1959.

La causas principales de la involución sufrida están en el giro hacia el comunismo de la revolución de 1959, en el contexto de la Guerra Fría y el diferendo con Estados Unidos, que sirvieron de telón de fondo para desmantelar la sociedad civil y estatizar la propiedad.

El desmontaje de asociaciones, instituciones y espacios cívicos en Cuba abarcó desde el reemplazo de la Constitución de 1940 por la Ley Fundamental del Estado Cubano3 hasta la llamada “Ofensiva Revolucionaria” de 1968 que liquidó los restos de propiedad privada sobrevivientes, pasando por la eliminación y/o sometimiento de las asociaciones existentes y estatizando los medios de producción y comunicación.

El modelo implantado, ajeno a la naturaleza humana, asumió un control absoluto de la sociedad y creó un sistema centralizado de distribución de bienes y servicios primarios -gratuitos o subvencionados- a cambio de las libertades y derechos.

La existencia y funcionamiento de tal modelo requiere de un aparato productivo eficiente, algo imposible en una sociedad sometida a una ideología y enajenada de la participación política y de la gestión económica, de ahí el gran fracaso.

Con el poder concentrado en el líder, la propiedad en el Estado y la institucionalidad desmontada, se generó una ineficiencia que permaneció solapada hasta la desaparición del padrino del modelo: la Unión Soviética. Después, con el Coronel Hugo Chávez apareció el padrino sustituto, pero la ineficiencia económica continuó su curso y se manifestó en la pérdida de relación entre salario y costo de la vida, el desinterés, el crecimiento de actividades al margen de la ley, la desesperanza y el éxodo masivo.

En ese punto crítico, el General Raúl Castro, al asumir la dirección del Estado inició un paquete de reformas, tardías y limitadas con el fin de lograr una agricultura fuerte y eficiente, sustituir importaciones, atraer inversiones extranjeras, detener las ilegalidades y desinflar las plantillas laborales mediante el trabajo por cuenta propia. Sin embargo, cuando una sociedad sufre daños en todos sus componentes, la sanación resulta imposible con cambios parciales.

Las reformas, convertidas en abril de 2011, en los Lineamientos de la Política Económica y Social, se limitaron a cambios en determinados aspectos de la economía, pero sin reconoce el derecho de los cubanos a ser empresarios en su propio país. Luego, como punto de remate, en la Primera Conferencia del Partido Comunista en enero de 2012, se revitalizó la política expuesta por Fidel Castro en 1961: Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho… Y esto no sería ninguna ley de excepción para los artistas y para los escritores. Este es un principio general para todos los ciudadanos.

El traslado de poder dentro de la misma fuerza que condujo al fracaso determinó el orden, la profundidad, la dirección y la velocidad de los cambios, lo que inutilizó el proyecto y en su lugar quedó demostrado que la eficacia para conservar el poder era intransferible al desarrollo social. Desde entonces el empeoramiento y la desesperanza marchan a un ritmo superior a los cambios.

Hoy el declive continúa: la producción agropecuaria es insuficiente; los planes de azúcar se incumplen; la disminución de importaciones siendo sigue siendo asignatura pendiente; las inversiones extranjeras no logran la magnitud requerida; la relación entre salario y costo de la vida empeora; la corrupción sigue su inexorable rumbo; las limitaciones impuestas al trabajo por cuenta propia y a las “cooperativas” creadas por el Estado han impedido su despegue y él éxodo resulta indetenible.

Cuba necesita de una reforma estructural, desde la economía hasta la espiritualidad. Pero en una sociedad huérfana de libertades, espacios y cultura de derechos, aunque el punto de partida sea la economía porque su solución es más sencilla, la visión de los cambios tiene incluir el restablecimiento de las libertades ciudadanas y la sustitución de la primacía otorgada a la ideología por la primacía del ser humano. Y como el modelo más eficaz es aquel que propicie un crecimiento sostenido y la elevación del nivel de vida de sus habitantes, se impone la institucionalización de las diversas formas de propiedad y la erradicación de las ataduras políticas e ideológicas que lo impiden.

Para ello, el principal obstáculo es que el sujeto de la reforma ha sido el mismo que implantó el modelo causante de la crisis y en la ausencia del ciudadano y de una sociedad civil autónoma. A las elevadas edades de los dirigentes se añaden los intereses contraídos en las casi seis décadas de poder ininterrumpido, lo que los ha conducido a una contradicción insoluble: la incompatibilidad de los cambios con la conservación del modelo, lo que explica la ausencia de voluntad política para sustituirlo.

Las reformas implementadas, para que sean irreversibles tienen que ser reformadas y de forma profunda. Para ello resulta ineludible la restitución de las libertades ciudadanas, la inserción definitiva de los derechos humanos y su incorporación cultural y ética como base de la participación. Para ello, las libertades de conciencia, información, expresión, reunión, asociación, sufragio y habeas corpus, conocidas como libertades fundamentales, constituyen la base de la comunicación, del intercambio de opiniones, de concertación de conductas y de toma de decisiones,

Si de la primera generación de derechos -los civiles y políticos- emerge la diversidad de asociaciones que conforman la sociedad civil; de la segunda generación -los económicos, sociales y culturales, donde se incluye el derecho a la propiedad- depende el funcionamiento, autonomía, vitalidad y desarrollo social; mientras de la -tercera generación -depende la sobrevivencia del planeta y de la especia humana. Las tres y las siguientes generaciones de derechos, conjuntamente, garantizan el valor de la persona y la dignidad humanas, sirven de contención al ejercicio del poder frente a los ciudadanos y fortalecen la participación ciudadana, incluyendo la política.

El rasgo más característico de la sociedad civil –asociaciones, espacios públicos, medios de comunicación y propiedades- es la independencia respecto al Estado- y tiene, entre sus funciones, participar en la política. Estado y Gobierno son pues, un aspecto de la política pero no el todo, pues esta esfera incluye a los ciudadanos, algo que desde antes de nuestra era, Aristóteles4 condensó en la frase: todos somos por naturaleza entes políticos.

Como la especificidad de la política es ser vehículo para transitar de lo deseado a lo posible y de lo posible a lo real, su función rebasa el ámbito del Estado para incluir a la sociedad civil. Ambos, sociedad civil y Estado son componentes del mismo cuerpo: de la sociedad. Por lo tanto su existencia no puede discutirse, lo discutible son las funciones que le corresponden a cada parte. Por esa razón los derechos humanos tienen que ser refrendados en las leyes, sin lo cual es imposible la participación ciudadana de forma efectiva, como Cuba lo ha demostrado.

Los derechos humanos constituye un valioso referente en la lucha de los pueblos y los individuos por su realización, cuyo valor está recogido en la Declaración adoptada en Viena, en junio de 1993, por la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, que los califica como universales, indivisibles e interdependientes. De igual forma el ámbito de la política, entendida como relación entre personas o Estados para la colaboración y solución de problemas, no es coto privado de los políticos profesionales, es una actividad natural del ser humano. En ese sentido el Estado y los gobiernos son aspectos de la política, pero no el todo.

De la irrupción de los pueblos en la política emerge la política ciudadana; una forma diferente, pero legítima de participar en el destino de sus comunidades y/o naciones. Con ella la política se convierte en verdadera actividad pública de personas que deciden dejar de ser sólo electores para devenir ciudadanos. Cuando las personas asumen esa responsabilidad aumenta la sensación de que los cambios son posibles, de que nadie en su lugar va a mejorar las cosas, que ellas son parte del problema y de su solución.

El aferramiento a la estatización, la planificación centralizada y la ausencia de libertades constituyen el primer obstáculo para superar la crisis. Por eso la necesidad de reformas en cuba se puede lentificar, pero no detener, porque constituyen una necesidad estructural y vital del país.

Por todo ello, el Gobierno que asumirá la dirección en febrero de 2008, o el que le suceda, si no quiere seguir empujando a la sociedad cubana al abismo y cargar esa responsabilidad histórica, tendrá que ratificar los pactos internacionales de carácter vinculante, que se firmaron desde el año 2008, que están pendientes de ratificación y ajustar la legislación cubana a los mismos, para que de ahí germine la sociedad civil verdadera y el ciudadano, hoy ausentes en Cuba.

La Habana, 20 de diciembre de 2017
1 Schmitt, Carl y Hannah Arendt. Consenso y conflicto; la definición de lo político. Colombia, Editorial de la Universidad de Antioquia, 2002, p. 147
2 José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. El País. Clásicos del siglo XX. Madrid. 2002, p 166
3 Estatutos, sin consulta popular ,que rigieron desde febrero de 1959 hasta la promulgación de la Constitución de 1976.
4 Aristóteles (384-322 a.C.), filósofo destacado de la antigüedad griega que fue alumno de Platón.
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