Hemeroteca de junio 2016

Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1465252634_22897.html

El café, arbustos de las regiones tropicales, del género Coffea, al igual que el ganado arribó a Cuba procedente de La Española. Lo trajo Don José Antonio Gelaber en 1748, quien fundó el primer cafetal en el Wajay.

En los años de 1760 la oligarquía habanera se proyectaba hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. A ese propósito coadyuvaron las características del suelo cubano, apropiados para el cultivo del grano, suficiente tierra donde producirlo y la revolución de Haití en 1791, que hizo huir a miles de colonos franceses poseedores de conocimientos, que arribaron a Cuba y se establecieron en la región oriental del país, especialmente en zonas montañosas de Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa, donde fomentaron grandes cafetales y hoy se produce más del 85 por ciento del café nacional.

Gracias a ese impulso, las plantaciones cafetaleras se extendieron, tal y como evidencian los siguientes datos: en 1803 había en la Isla unas 108.000 matas de café, y en 1807 pasaban de 1.110.000; las exportaciones aumentaron diez veces entre 1790 y 1805; y Cuba llegó a imponer los precios del café en muchas capitales europeas. En 1827 el agro cubano contaba con 2.067 cafetales, y en 1830 ya Cuba era la primera exportadora mundial de café, lugar ocupado por Haití hasta el estallido revolucionario.

La alta producción cafetalera generó la costumbre de beber café varias veces al día, lo que devino signo de identidad en la vida cotidiana de los cubanos. Esa costumbre, devenida cultura, se manifestó en el aumento de la demanda a un ritmo tal que obligó a dedicar la producción nacional al consumo y recurrir a la importación para suplir el déficit del grano.

A partir de 1925 los gobiernos dictaron varias medidas proteccionistas que contribuyeron a modificar la relación entre producción e importación. En 1930 Cuba logró cubrir nuevamente la demanda interior y comenzar la exportación. Según fuentes del Ministerio de la Agricultura, en la década de los años 40 del pasado siglo, Cuba era otra vez la principal exportadora de café del mundo.

Las medidas gubernamentales y los esfuerzos de los cafetaleros cubanos se manifestaron en el aumento de la producción. En 1946 la cifra fue de 573.713 quintales (26.390,7 toneladas); en 1951 llegó hasta 714.000 quintales (32.844 toneladas); y tuvo su apogeo en la cosecha cafetalera 1960-1961, cuando el país alcanzó las 60.000 toneladas.

50 años después de ese resultado, la zafra de 2010-2011 descendió hasta 6.000 toneladas (10 veces menos). El efecto de tan alta reducción fue tratado por el presidente del Consejo de Estado, general Raúl Castro, en la Asamblea Nacional del Poder Popular el 18 de diciembre de 2010, donde expresó: “en el próximo año no podemos darnos el lujo de gastar casi 50 millones de dólares en importaciones de café para mantener la cuota que hasta el presente se distribuye a los consumidores, incluyendo a los niños recién nacidos. Se prevé, por ser una necesidad ineludible, como hacíamos hasta el año 2005, mezclarlo con chícharo, mucho más barato que el café, que nos cuesta casi tres mil dólares la tonelada, mientras que aquel (el chícharo) tiene un precio de 390 dólares.”

En la siguiente zafra, la de 2011-2012, sin tomar en cuenta todos los factores que intervinieron en el declive, las autoridades gubernamentales dictaron algunas medidas que lograron un crecimiento productivo. Se produjeron 7.100 toneladas (1.100 toneladas por encima de la zafra precedente). Sin embargo, una de esas medidas consistió en extender el tiempo de la cosecha por encima de lo habitual, con el consiguiente perjuicio para la zafra siguiente. A pesar del costo pagado para lograr ese crecimiento, a ese ritmo, de forma sostenida, se requerirían 48 años para igualar las 60.000 toneladas de 1960-61.

Los hechos se encargaron de demostrar la insuficiencia de las medidas dictadas para un crecimiento sostenido. Por ejemplo, en el municipio Niceto Pérez, de Guantánamo, uno de los mayores productores del grano, la producción descendió en más de dos terceras partes.

Una vez más, en lugar de atacar las causas esenciales se acudió al inútil recurso del llamamiento ideológico. El 20 de septiembre de 2012, Orlando Lugo Fontes, entonces presidente de la Asociación Nacional de Pequeños Agricultores —organización representante de los intereses estatales— llamó a realizar una zafra cafetalera organizada. Pero el desinterés de los productores, el envejecimiento de las plantas y la prolongación del tiempo de cosecha se encargaron de hacer inútil la arenga del dirigente campesino. El resultado fue una nueva caída de la producción cafetalera.

Durante la cosecha 2013-2014 la producción descendió a 6.105 toneladas, una cantidad inferior a la del año anterior y diez veces menos que la de 1960-61. Fue una cifra insuficiente para cubrir la demanda nacional, lo que obligó, como había ocurrido en los primeros años del siglo XX, a comprar café en el mercado exterior para completar el consumo nacional; y como también había sucedido en 2010 y 2011, años en que hubo que importar 18.000 toneladas, con un costo de decenas de millones de dólares.

Para la cosecha 2014-15 dos de las provincias orientales del país pronosticaron que el resultado variaría muy poco respecto a la zafra precedente. Sin la voluntad necesaria para destrabar las relaciones económicas, el Estado ha tomado un conjunto de medidas para elevar la producción en la presente zafra 2015-16 hasta 15.000 toneladas, cifra que, de alcanzarse, todavía seguiría muy lejos de las 24.000 que necesita el país para consumir y exportar.

El control monopólico del Estado, los precios de acopio, las innumerables restricciones a que son sometidos los productores, las restricciones para comercializar una parte de la cosecha fuera del compromiso que le impone el Estado, las relaciones de propiedad de la tierra, la inexistencia de un modelo económico capaz de producir con eficiencia y el miedo del Estado a la formación de una clase media, están entre las principales causas del declive cafetalero en Cuba.

La más clara manifestación de ausencia de voluntad política para revertir el declive ha sido la respuesta negativa del Buró Nacional de la Asociación de Agricultores Pequeños —sin consultar a los productores— al anuncio realizado por el Departamento de Estado de EEUU de permitir la importación de café cubano a ese país directamente por los productores.

Con esa voluntad característica del totalitarismo y eludiendo las verdaderas causas, el Gobierno cubano insiste, infructuosamente, en producir para el año 2020 unas 24.000 toneladas de café.

Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1465193004_22879.html

El ganado bovino arribó a Cuba junto al primer gobernador general de la gran antilla, don Diego Velázquez, procedente de La Española a principios del siglo XVI. En la segunda mitad de ese siglo, al disminuir la producción minera la ganadería se convirtió en la principal actividad económica de la Isla y asumió su mayor crecimiento en la segunda mitad del XVII, cuando fue desplazada por la producción de tabaco.

Su punto de partida estuvo en la distribución de la tierra realenga, es decir del Rey, que comenzó a distribuirse entre los primeros colonizadores, quienes fueron confirmados como dueños a partir del año 1520. Así, durante la colonia casi todas las villas cubanas se dedicaron a la cría extensiva del ganado y a su comercialización, incluyendo el comercio de contrabando con otras islas del Caribe, como ocurrió en San Salvador de Bayamo y la villa de la Santísima Trinidad.

Durante el siglo XIX el crecimiento del ganado recibió un impacto negativo con las tres décadas de guerras independentistas entre 1868 y 1898. Durante la república, fundada en 1902, la producción de carne y de leche bovina creció paulatinamente en provincias como Camagüey, a la vez que se instalaron fábricas cubanas y extranjeras en varios puntos del país, como las de la compañía suiza Nestlé en Bayamo y Sancti Spíritus. Según el censo realizado en 1946, en Cuba había 4.116 millones de cabezas de ganado vacuno y una población que no superaba los 5,5 millones de personas.

La ganadería y sus derivados constituyeron hasta la década de los años 50 una de las principales fuentes de ingreso de la economía nacional. Sin embargo, a partir de 1959, con la estatización de la mayor parte de las tierras y la salida del país de los ganaderos más experimentados, se produjo un deterioro progresivo que se mantiene hasta la actualidad.

En 1958, cuando la producción de carne vacuna y de leche era la segunda actividad económica agrícola después de la caña de azúcar, la cantidad de ganado vacuno y de habitantes observaban cifras similares (unos seis millones en ambos casos); es decir, la proporción de cabezas de ganado por habitante, en los 12 años que separan a 1946 de 1958, se elevó de 0,74 a 1,0. Un ritmo de crecimiento que, de haberse sostenido, hoy la cifra estaría alrededor de 11 millones de cabezas de ganado. Sin embargo, ocho años después, en 1967, el Control Nacional de Registro Pecuario reportó más de siete millones de cabezas de ganado, cuando la población era de 8,2 millones, lo que arroja un descenso de 1,0 a 0,87 cabezas por habitante.

En ese momento, imbuido de un voluntarismo extremo, empeñado en convertir a Cuba en la Suiza de América —olvidando que antes de él, cuando un político cubano había expuesto un proyecto de agricultura con similares objetivos, Orestes Ferrara[1] preguntó ¿Con cuántos suizos cuenta usted para sacar adelante su proyecto?— el líder de la revolución decidió someter el ganado bovino a un desacertado cruce genético.

La raza Holstein, de alta productividad lechera, se cruzó con la raza Cebú, gran productora de carne. El objetivo del cruce era crear una nueva raza capaz de producir al mismo tiempo abundante carne y leche. Con ese fin se importaron miles de novillas Holstein, sementales y semen congelado de Canadá, se creó una organización nacional que formó un ejército de técnicos en inseminación, se creó un sistema de vaquerías dotadas con ordeño mecánico y aire acondicionado. Sin embargo, el mayor acceso de la población a la leche dependió, durante diez años, del programa de alimentos de las Naciones Unidas, que suministró leche gratuitamente.

El resultado de los cruces fue un animal físicamente débil, proclive a muchas enfermedades y sin valores productivos en carne y leche, lo que unido al desinterés que generó la estatización de la propiedad agrícola, la incapacidad administrativa, los salarios insuficientes, las prolongadas sequías, las miles de hectáreas de tierra invadidas por plantas indeseables como el marabú, generaron el declive de la producción ganadera, agudizada por la pérdida de las subvenciones del desaparecido campo socialista.

Para recuperar la producción, en noviembre de 1997 se promulgó el Decreto Ley 225, el cual, al margen de las causas esenciales del declive, se concentró en las medidas represivas. Entre ellas: multas de hasta 500 pesos al tenedor de ganado que se le perdiera un animal; prohibición al “dueño” para sacrificarlo y disponer de su carne; multas y penas de hasta de tres años de privación de libertad si el propietario no declaraba los terneros nacidos en los 30 días posteriores al parto, por tenencia ilegal de ganado; la obligatoriedad de vender los animales solo al Estado, a precios determinados por este; y si era hembra solo podía matársele si el animal sufría un accidente. Esto último explica que algunos dueños provoquen accidentes de sus reses como pretexto para sacrificarla.

Según datos ofrecidos por el fallecido economista Oscar Espinosa Chepe, al cierre de 2010 el ganado vacuno tenía 3.992.500 cabezas, un 2,5 % superior al año anterior, pero por debajo de los 4,1 millones existentes en 1990, y mucho menos que los 7,2 millones en 1967. Mientras la cifra aproximada de cuatro millones de cabeza de ganado, con una población de unos 11,2 millones, arroja 0,35 cabezas de ganado por habitante, la peor en los últimos cien años.

Para empeorar la situación, a principios de 2016 la prensa oficial informó de la muerte de miles de cabezas de ganado por falta de comida y de agua. A ello se une los miles de animales que son sacrificados ilegalmente. Solo por esa causa en 1988 se reportó la pérdida de 48.910 reses. Lo que se contradice con que, en 1958, cuando el productor tenía toda la libertad para disponer de sus animales y el consumo no estaba racionado, no se exhibía el sacrificio ilegal de forma generalizada. Como ocurre ahora. Ese deplorable cuadro de la ganadería nacional obliga a erogar cada año sumas millonarias para comprar en el exterior lo que se puede producir en Cuba. Entre 2006 y 2009 esas compras alcanzaron 737, 4 millones de dólares, sin contar las erogaciones para adquirir mantequilla y otros derivados.

El resultado es que Cuba, con condiciones climáticas excepcionales para la crianza de ganado, con la estatización de la agricultura no solo no garantiza la carne de res para la alimentación de la población, sino que ha devenido importador de leche y de sus derivados.

[1]Orestes Ferrara Marino (1876–1972). Militar, político, diplomático, profesor universitario y escritor de origen italiano. Coronel del Ejército Libertador cubano que ocupó una notable posición en la vida pública cubana durante la primera mitad del siglo XX. Delegado a la Asamblea Constituyente de 1940.