Hemeroteca de noviembre 2015

Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1448822843_18460.html

El indetenible éxodo de los cubanos una vez más ha devenido crisis. Mientras miles de compatriotas se encuentran atascados en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua el Gobierno de Cuba opta por evadir su causa principal.

En los últimos meses miles de cubanos han estado transitando por América Central rumbo a Estados Unidos. El pasado 15 de noviembre las autoridades nicaragüenses cerraron el paso a los cubanos. El 17 de noviembre el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba declaró que esos cubanos son víctimas de la politización del tema migratorio por parte del Gobierno de los Estados Unidos, de la Ley de Ajuste Cubano y, en particular, de la aplicación de la llamada política de “pies secos-pies mojados”. El 24 de noviembre se reunieron los cancilleres de las naciones que forman el Sistema de Integración Centroamericana para buscar una solución regional a la crisis. Y el 26 de noviembre el Gobierno de Ecuador tomó la decisión de exigir visa a los cubanos a partir del 1 de diciembre..

La emigración humana es un reacomodo geográfico que ocurre cuando las condiciones naturales o sociales de un lugar impiden la satisfacción de las necesidades de los  habitantes y/o amenazan sus vidas. Los emigrados marchan del lugar donde las cosas están mal hacia los lugares donde están mejor. Por eso miles y miles de refugiados están arribando a Europa sin que ningún país de esa región tenga una ley de Ajuste.

Como demuestran las estadísticas, a lo largo de su historia Cuba fue un país de inmigrantes. Baste recordar que entre 1910 y 1925 Cuba absorbió la tercera parte de los emigrantes de España hacia América y en 1902 ingresaron a la Isla 11 986 inmigrantes, mientras que en 1920 la cifra ascendió a 174 221.

El éxodo permanente comenzó en 1959 mediante el desvío de naves marítimas o aéreas, en trenes de aterrizaje de aviones, irrumpiendo abruptamente en sedes diplomáticas y desertando de cualquier misión en el exterior. Primero los cubanos de tez blanca, después de todos los colores, adultos, ancianos, niños y jóvenes. Se trata pues, de un proceso sostenido antes y después del embargo (1961), antes y después de la Ley de Ajuste (1966), antes y después de las tímidas y parciales reformas emprendidas por el gobierno de Raúl Castro (2008), y antes y después del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos (2015). Un éxodo que asumió momentos críticos con la Operación Peter Pan, con las salidas por los puertos de Camarioca y del Mariel y por la Base Naval de Guantánamo.

Su prolongada duración, la diversidad sociológica de los emigrados, el daño causado y la cantidad que acechan la oportunidad para hacerlo, constituyen razones suficientes para dejar atrás las infructuosas evasiones y enfrentar de una vez las verdaderas causas, entre otras: la insuficiencia de los salarios, la prohibición de ser empresarios en su propio país y de contratarse directamente a empresas extranjeras, el pésimo estado del transporte, la insostenible situación de la vivienda, las múltiples trabas a los productores del campo y la ausencia de derechos cívicos, políticos y económicos.

Desde 1959 el gobierno estableció mecanismos para el control de los cubanos que decidían marcharse. En 1961, tras el exilio de varios miembros del Gobierno y del Movimiento 26 de julio –entre ellos el presidente Manuel Urrutia– se implantó el famoso “permiso de salida” y se reguló el tiempo de estancia que los cubanos podían permanecer en el exterior. En ese mismo año se promulgó la Ley 989 que reglamentó “las medidas a tomar sobre los muebles o inmuebles, o de cualquier otra clase de valor, etc. a quienes abandonan con imperdonable desdén el territorio nacional”. De forma paralela, se tildó a los oponentes de traidores a la patria y a la nación, de escorias, antisociales y se utilizó la emigración para lanzar fuera a los descontentos. Todavía hoy, las autoridades cubanas no aceptan que ningún cubano, a pesar del alto nivel de instrucción adquirido, pueda tener una idea diferente en materia política, económica o cultural.

Por Camarioca, entre los 2 979 que salieron en barcos y los que salieron hasta abril de 1973 por vía aérea, se fueron 260 000 cubanos. Por el puerto de Mariel en 1980, abandonaron el país 125 000. Por la Base naval de Guantánamo en 1994 salieron aproximadamente otros 33 000 cubanos. Durante esas tres oleadas masivas ocurrió un número indeterminado de tragedias. Baste mencionar el caso del  Remolcador 13 de Marzo, que el 13 de julio de 1994, con 72 personas a bordo y a siete millas de la bahía de La Habana, fue embestido y hundido  por otros remolcadores, con un saldo de 41 muertos, entre ellos diez menores de edad.

Lo anterior es una prueba irrebatible de que, con independencia de cualquier factor externo, la causa fundamental radica en la inviabilidad del modelo económico y la falta de libertades ciudadanas, por lo cual, ninguna de las medidas dictadas desde 1959 a hoy ha podido detener el flujo permanente de cubanos hacia otras partes del mundo. Ese cuadro ha hecho de la diáspora un proceso sostenido en el tiempo por cuantas vías ha concebido la imaginación y desesperación de los cubanos.

Además de la pérdida de vidas humanas, de las separaciones familiares y de las múltiples tragedias registradas, dos de los efectos colaterales del éxodo permanente son: 1- El decrecimiento y envejecimiento de la población al ritmo de los países desarrollados pero sin economía para su sostenimiento; y 2- la descapitalización de profesionales (graduados universitarios, técnicos medios y obreros calificados) que ha  sido una de las ventajas comparativas de Cuba con relación al resto de los países de la región. Entre 1931 y 1940 emigraron a Estados Unidos 9 571 cubanos; entre 1941 y 1950, 26 313 y entre 1961 y 1970,  208 5361. Según el  Censo de Población de ese país, en el año 2010 había 1 213 418  cubanos residentes en La Florida, lo que representa un incremento del 45,6%, respecto a los datos del Censo del año 2000.

La solución de la crisis migratoria es imposible sin la solución de la crisis estructural en que estamos inmersos, para lo cual se requiere de una fuerte dosis de voluntad política, hasta ahora ausente.

Las múltiples medidas tomadas por el gobierno de Cuba desde 1959; la solución regional que pueda brindar el Sistema de Integración Centroamericana sobre los cubanos estancados entre Costa Rica y Nicaragua; la decisión de Ecuador de exigir visa a los cubanos para detener el flujo migratorio; y las acusaciones contra Estados Unidos; apuntan contra los efectos pero siguen en falta las  medidas sobre las causas, que son internas y estructurales, por lo cual el éxodo ha continuado y continuará su ritmo.

El cierre de la salida por Ecuador, una de las medidas sobre los efectos, se reflejará en salidas ilegales por cualquier otra vía, incluyendo el regreso a las frágiles embarcaciones marítimas. La única solución es atacar las causas y atacar las causas implica desmontar el modelo que genera el éxodo masivo y permanente.

Tomado de:http://www.diariodecuba.com/cuba/1446993626_17986.html

El pasado 27 de octubre la Asamblea General de la Organización de Naciones aprobó una resolución contra el embargo impuesto por Estados Unidos a Cuba. El hecho no reúne la condición de noticia por su repetición, pero guarda una diferencia que merece atención: las 23 ediciones anteriores tuvieron lugar en un contexto confrontacional, mientras la actual se presentó después del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países.

Como el nuevo escenario no emergió de la victoria de ninguna de las partes sino del fracaso de ambos, por  razones de pragmatismo y responsabilidad los problemas pendientes en el camino hacia la normalización –que son muchos y complejos– requieren de un tratamiento acorde con el nuevo escenario.

En Desbrozando la hiedra paso a paso, publicado en Juventud Rebelde el 18 de enero de 2015, la periodista Juana Carrasco citó las siguientes palabras de Raúl Castro pronunciadas en privado ante dos senadores norteamericanos en 1977: Nuestras organizaciones son como un puente en tiempo de guerra. No es un puente que se puede construir fácilmente, ni tan rápidamente como fue destruido. Toma tiempo, y si ambos reconstruimos ambas partes del puente, cada cual su propia parte del puente, podremos, darnos la mano, sin ganadores ni perdedores. En esas palabras el mandatario cubano reconoce el carácter bilateral del conflicto y de su solución.

Acorralar al Poder Ejecutivo de Estados Unidos o forzarlo a apoyar la resolución cubana implicaba mover al presidente Barack Obama de la flexibilización del embargo al enfrentamiento con el Congreso, pues votar contra una ley, justa o no, del país que él representa, constituye un acto de alto costo político.

Si por cualquier razón Cuba no podía dejar de presentar la resolución, entonces la misma debió tener otro carácter. Por ejemplo, agradecer el apoyo a todos los que votaron a favor durante los 23 años precedentes y anunciar que una vez restablecidas las relaciones diplomáticas la lucha contra el embargo será competencia de la negociación entre ambos países. Sencillamente la ONU no fue ni será escenario para la solución del embargo, entre otras razones, porque las resoluciones de ese organismo internacional no son de obligatorio cumplimiento, como lo demuestran las 24 resoluciones aprobadas.

Esa conducta pasa por alto que aprovechando la confrontación, en Cuba se desmontó la sociedad civil, se castraron las libertades cívicas y políticas, el poder se concentró en el líder y la propiedad se monopolizó por el Estado. Uno de los efectos negativos de ese proceso fue la desaparición de la condición de ciudadano, lo cual se reflejó en la indiferencia social, la ineficiencia económica, los salarios insuficientes, el éxodo cada vez mayor de los cubanos y una galopante corrupción. De ahí lo inútil de insistir en el pasado.

Se trata pues, de desandar el camino transitado desde enero de 1961, cuando la nacionalización de las propiedades norteamericanas en Cuba condujo al presidente Dwight D. Eisenhower a la decisión de romper las relaciones diplomáticas y en septiembre de 1962 a la promulgación del embargo por John F. Kennedy.

Lo determinante para los cubanos sería emplear a fondo las oportunidades que brindan las relaciones diplomáticas y las medidas de flexibilización implementadas por la administración estadounidense para ir desmontando gradualmente el embargo hasta arribar a la normalización plena de las relaciones.

La solución de ese crítico cuadro, sin el cual no habrá cambios sustanciales en Cuba,  depende esencialmente de medidas internas dirigidas a empoderar a un pueblo  impedido de participar en la solución de un problema que le afecta directamente. Parafraseando al general Raúl Castro, lo destruido es como un puente en tiempo de guerra, que no se puede construir tan rápidamente como fue destruido. Toma tiempo, y si cada uno reconstruye la parte del puente que le corresponde todos seremos ganadores. Por tanto, la normalización de las relaciones con Estados Unidos tiene que acompañarse con la reconstrucción del puente cívico que fue destruido, es decir, con el empoderamiento de los cubanos, con la restauración de los derechos y libertades para su participación efectiva en los problemas nacionales, lo cual hoy está ausente en el discurso gubernamental.

Los pasos sucesivos que condujeron a las conversaciones secretas, a la declaración simultánea del 17 de diciembre de 2014, a las rondas de conversaciones efectuadas a partir de enero de 2015 y a la decisión de reabrir las respectivas embajadas en Washington y La Habana, requieren simultáneamente de la restauración del derecho de asociación, de acceso a internet, de salir y entrar a su país sin límites de tiempo, de ser empresario, de contratarse libremente como fuerza de trabajo, etc.

Lo que acaba de ocurrir en las Naciones Unidas guarda relación con la violencia devenida cultura, expresada en batallas épicas, héroes y mártires, sangre y “victorias”.  Una clara manifestación de esa realidad cubana es que en el siglo XX, durante los primeros 31 años de República –de 1902 a 1933– con excepción del Dr. Alfredo Zayas, todos los presidentes cubanos procedieron de las guerras de independencia escenificadas el siglo anterior: hombres entrenados en el ordeno y mando con una pobrísima cultura democrática. De igual forma de 1933 a 1952 prácticamente todas las figuras que tomaron parte en la política emergieron de la lucha violenta –cívica o militar– contra el gobierno del General Gerardo Machado. Y de los 63 años que van de marzo de 1952 a hoy, Cuba realmente ha tenido solo tres  presidentes: dos generales y un comandante en jefe, ninguno elegido democráticamente en las urnas.

Ese predominio del ordeno y mando, unido a las responsabilidades e intereses contraídos y al miedo a la pérdida abrupta del poder, guarda una relación directa con la última resolución contra el embargo presentada en la ONU el pasado mes de octubre.

Lo deseable y necesario para el pueblo cubano es que el gobierno, a la vez que normaliza las relaciones con Estados Unidos, reconstruya el puente destruido implementando cambios dirigidos a facilitar el efecto de las medidas estadounidenses, con lo cual se generaría un escenario favorable para neutralizar las fuerzas que en el Congreso norteamericano se oponen. Claro, esas  medidas  fortalecerían al sector privado y facilitarían el surgimiento de una clase media, que son dos de los temores gubernamentales.