Hemeroteca de mayo 2014

Tomado de: hhttp://www.diariodecuba.com/cuba/1400539490_8650.html

José Martí se propuso fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud. Con ese fin fundó un partido y organizó la guerra que habría de gestarla, de modo que en la conquista de la independencia fueran –según sus palabras– los gérmenes de ese pueblo nuevo, pues, en la hora de la victoria sólo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra. Su concepción de la  república era igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del pensamiento, economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios, para que cada cubano fuera hombre político enteramente libre.

La guerra no terminó con la victoria sino con la ocupación del país por Estados Unidos. La República tendría que esperar por el resultado de la Asamblea Constituyente, encargada de redactar la Ley Fundamental y definir las relaciones con el país ocupante. Los asambleístas  cubanos tuvieron que decidir entre el rechazo o la aceptación de un apéndice constitucional, conocido como Enmienda Platt, que refrendaba el derecho de Estados Unidos a intervenir en Cuba, omitía la Isla de Pinos del territorio nacional e imponía la venta o arrendamiento de tierras para bases navales.

Después de tres meses de encendidos debates, la Asamblea Constituyente concluyó con la aprobación de la Enmienda Platt. La decisión, aparentemente contraria a las razones por las que habían luchado, nos colocan frente a las dos opciones posibles: Una, votar en contra, lo que implicaba la ocupación indefinida y en consecuencia la necesidad de reiniciar la  guerra, con el ejército libertador desmovilizado, el partido disuelto, la nación sin cristalizar, el pueblo agotado y el país sumido en la desolación y la ruina. Otra, votar a favor, y desde la República posible avanzar hacia la República martiana, opción que se impuso después de tres meses de debates, hasta que los delegados recibieron un golpe definitivo: una respuesta firmada por el secretario de la Guerra donde se decía que el Presidente “está obligado a ejecutarlo, y ejecutarlo tal como es […] no puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”, como condición para cesar la ocupación militar.

La mayoría optó por lo posible en aquellas condiciones, lo contrario hubiera sido un acto suicida ante la superioridad del ocupante. El testimonio de José N. Ferrer revela nítidamente la situación: “Entiendo que ya se ha resistido bastante y que no puede resistirse más. Consideré útil, provechosa y necesaria la oposición a la Ley Platt en tanto que hubo esperanza de que ésta se modificara o retirara por el Congreso americano… Hoy considero dicha oposición inútil, peligrosa e infecunda…”

Después de casi cuatro siglos de colonia y tres años de ocupación extranjera, la bandera tricolor comenzó a flotar en sustitución de la enseña norteamericana, anunciando el nacimiento de la República, sin independencia absoluta pero con derechos civiles y políticos incorporados en el texto constitucional: el hábeas corpus, la libertad de expresión, los derechos de reunión y de asociación, la libertad de movimiento, la libertad de cultos, el derecho de sufragio y la división de poderes.  Tales derechos no fueron suficientes para erradicar todos los males heredados en los 57 años de República, pero permitieron que  Cuba emergiera de la postración económica, que en 1925 se recuperara la Isla de Pinos a través del Tratado Hay-Quesada, que en 1933 se derrocara la dictadura de Gerardo Machado, que en 1934 nos desembarazáramos de la Enmienda Platt, que en 1937 se dictara la legislación laboral más avanzada que Cuba ha tenido hasta hoy, que se convocara la Constituyente que dio vida a la avanzada Constitución de 1940. Esa es la historia, lo demás es lo que pudo o no suceder.

Por esos resultados antes de 1959, junto al 28 de enero, al 10 de octubre, al 24 de febrero y al 7 de diciembre, el 20 de mayo ocupaba un lugar entre esas cinco efemérides, símbolos de las luchas por la independencia, de amor a la Patria y de respeto por los que la hicieron posible. Ese día, el generalísimo Máximo Gómez, al izar la enseña nacional en el Palacio de los Capitanes Generales, expresó: Creo que hemos llegado. Y realmente habíamos llegado, pero solo al punto de inicio. Lo que el General no podía sospechar que 112 años después aún no hemos llegado. Por eso, mucho más útil que juzgar a los que tomaron aquella decisión sería cuestionarse por qué hoy la Republica diseñada por Martí sigue pendiente de realización y asumir la parte de responsabilidad que a cada uno nos corresponde.

Si lo que se avanzó en los años republicanos –mucho o poco– es inseparable de los derechos y libertades refrendados en las constituciones de 1901 y de 1940, lo que hemos retrocedido está estrechamente relacionado con la ausencia de esos derechos y libertades, que constituyen los cimientos sobre los que descansa el reconocimiento, respeto y observancia de las garantías jurídicas para la participación, para edificar una sociedad democrática y un Estado de derecho. Las razones sobran.

Después de 55 años de anunciado el fin de todos los males, la mayoría de los grandes problemas nacionales continúan pendientes y se han generado otros. La estructura deformada de nuestra economía continúa; la ineficiencia en la agricultura ha sido tal que en nuestra principal industria hemos retrocedido a las producciones de principios del pasado siglo; no ha podido establecer una adecuada correspondencia entre nivel de vida de la población y su nivel de instrucción; el salario se desnaturalizó y perdió la correspondencia con el costo de la vida; la creciente brecha de desigualdades no ha podido detenerse; la corrupción se generalizó hasta devenir cultura; los trabajadores carecen de verdaderos sindicatos que los representen y tienen que contratar su fuerza de trabajo mediante agencias estatales; los cubanos carecen del elemental derecho de participar como inversionistas en el país que los vio nacer; hemos involucionado desde un país que se caracterizó por la introducción casi inmediata de los adelantos científico-técnicos hasta no tener libre acceso a  Interne en la época de la información y las comunicaciones. En fin, porque sin democratización no hay desarrollo.

Cuba necesita de una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución, que refleje la época en que vivimos, que incorpore el contenido de los pactos internacionales de derechos humanos, que refrende la desaparecida condición de ciudadano, que incluya todas las formas de propiedad y todas las ideas políticas, para que desde la soberanía popular emerja un nuevo consenso y los cubanos determinen libremente el sistema político que desean. Esa urgente necesidad está en total correspondencia con la concepción de la  república martiana: igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba espacio de libertad para la expresión del pensamiento, economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios, para que cada cubano fuera hombre político enteramente libre. El día que lo logremos le diremos al generalísimo: ahora si hemos llegado.

Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1400318525_8616.html

El 17 de mayo de 1946 fue asesinado el campesino Niceto Pérez García. En homenaje a él y a todos los que murieron en la lucha contra el desalojo y el latifundismo se eligió ese día para firmar la Ley de Reforma Agraria en 1959. El aniversario de aquel acontecimiento invita al análisis del porqué la agricultura cubana, 55 años después, muestra un estado tan deplorable.

El latifundismo en Cuba tenía una historia secular. Emergió en la colonia con la entrega de tierras a los colonizadores,  luego, debido al  crecimiento de pequeñas y medianas propiedades esas grandes extensiones de tierra sufrieron un proceso de fragmentación que se aceleró con el crecimiento de la industria azucarera. La  demanda de caña de los modernos centrales generó una competencia que arruinó a los pequeños ingenios y separó a los hacendados dueños de las máquinas de los colonos dueños de la tierra. Entonces, a principios del siglo XX, los grandes centrales desarrollaron un proceso de adquisición de tierras que convirtió a muchos propietarios en arrendatarios –el censo de 1945-46 arrojó que el 69,5% de las fincas no eran trabajadas por sus dueños.

Ese proceso de concentración se acompañó del desalojo de miles de pequeños agricultores, a la vez que el predominio de la producción azucarera, favorecida por múltiples factores, impidió el desarrollo de otras producciones y creó una economía dependiente de las oscilaciones del precio del azúcar en el mercado internacional.

Aunque durante la república hubo varios intentos por resolver esa situación, las medidas implantadas fueron insuficientes y la legislación, aunque avanzada, fue burlada por los grandes intereses. La deformación sufrida demandaba de una reforma agraria dirigida a: 1- Entregar la propiedad de las tierras a los desposeídos que la trabajaban; 2- Diversificar la producción agropecuaria; y 3- Convertir la agricultura en la base económica para el desarrollo del país. Tres aspectos complejos e interrelacionados para cuya solución se requería tener en cuenta la experiencia universal, respetar las leyes que rigen los fenómenos económicos y sociales y atemperar los cambios a la realidad cubana.

En 1953, en el alegato La historia me absolverá, Fidel Castro planteó conceder la propiedad de la tierra a todos que ocupasen parcelas de hasta cinco caballerías. En 1958, con ese propósito, la Comandancia del Ejército Rebelde dictó la Ley 3. Y el 17 de mayo de 1959 se promulgó la Ley de Reforma Agraria que limitó la gran propiedad y entregó títulos de propiedad a unas cien mil familias. Pero de forma paralela se inició la concentración del poder en manos del líder, la propiedad en manos del Estado y la pérdida de las libertades ciudadanas, con lo cual el voluntarismo, convertido en método de dirección, condujo al actual estancamiento económico.

Las leyes agrarias de 1959 y 1963 concentraron en manos del Estado más tierras que todos los latifundios confiscados, lo que impidió solucionar un problema donde, de un lado el hombre es el principal instrumento de transformación y de otro lado, la propiedad y/o la apropiación de los productos del trabajo resulta determinante. Por ello la estatización casi absoluta condujo a la ineficiencia generalizada.

A causa del desinterés de los trabajadores agrícolas enormes extensiones de tierras se infectaron de marabú y se generalizó el desabastecimiento de productos agropecuarios. En respuesta se tomó la decisión de crear las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) en 1993. Con ese fin las áreas estatales improductivas, en vez de entregarla en propiedad, se otorgaron en usufructo a los trabajadores y el Reglamento original no le reconoció personalidad jurídica. La actividad productiva y económica de estas “cooperativas” quedó integrada a los planes estatales de producción, mientras la comercialización de sus productos era realizada por la Empresa Estatal de Acopio. Esas y otras limitaciones explican los pésimos resultados obtenidos.

Sin voluntad política para tomar el rumbo que la realidad demandaba, quince años después de las UBPC se dictó el Decreto-Ley 259, mediante el cual se entregaron en usufructo parcelas de 1 hasta 3 caballerías de tierra infectadas de marabú. En diciembre de 2012 el Decreto-Ley 259 fue derogado y sustituido por el Decreto-Ley 300, que flexibilizó algunas de las limitaciones pero sin variar la decisión de mantener el control monopólico de la propiedad estatal. Ante el nuevo fracaso, en enero de 2014, se promulgó el Decreto-Ley 311 que modificó al 300, pero con la misma voluntad política. El resultado final ha sido que después de  entregadas 1 millón 500 mil hectáreas de tierras ociosas, de los 6, 3 millones de hectáreas con que cuenta el país, el retroceso no se ha podido detener y la  necesidad de producir en Cuba los alimentos que se compran a precios elevados en el exterior continúa en lista de espera.

Esos resultados obligan, quiérase o no, ha poner a la orden del día una nueva reforma dirigida a eliminar los latifundios estatales, convertir a los actuales usufructuarios en propietarios y transformar el resto de la propiedad estatal en propiedad privada y en grandes empresas cooperativas.

Las Cooperativas constituyen una manifestación del carácter social del hombre, cuya versión moderna emergió en el siglo XIX con la fundación, en Inglaterra, De los Probos Pioneros de Rochdale, una sociedad para el suministro de artículos de primera necesidad. Esa experiencia generalizada condujo en 1895 al  congreso internacional en Londres, donde se creó la Alianza Cooperativa Internacional. Esta institución definió el concepto de cooperativa, aceptado universalmente como una asociación autónoma de personas que se unen voluntariamente para hacer frente a sus necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales por medio de una empresa de propiedad conjunta, con una estructura democrática.

En Cuba la su primera manifestación fue la Comunidad de Regantes del Valle de Güines (1884) y en los años 50 del pasado siglo el Banco Nacional para el Fomento Agrícola e Industrial de Cuba, creó tres cooperativas de crédito rural que tenían préstamos vigentes por más de 13 millones de pesos. Por diversas razones, entre ellas el bajo por ciento de propietarios rurales, en Cuba la ideas de las cooperativas agropecuarias no tuvieron auge. Después de la revolución el cooperativismo reapareció como manifestación del voluntarismo. En marzo de 1960 se crearon las “cooperativas” cañeras en las tierras que antes pertenecían a los ingenios azucareros, las que en breve tiempo fueron transformadas en propiedad estatal, mientras el verdadero cooperativismo quedó limitado a unas pocas asociaciones formadas por campesinos privados.

Por todo lo anterior, la Ley de Reforma Agraria se presenta a un nuevo aniversario con muy poco que celebrar. Cuba, país de añeja tradición agrícola ha sufrido un declive productivo, incluso en cultivos en los que se destacó desde la época colonial, como el azúcar, el café y el ganado bovino. La causa fundamental de ese declive está en la propiedad estatal, bautizada como propiedad de todo el pueblo, que se traduce en propiedad de nadie y desinterés de todos, lo que explica la prolongada cosecha de fracasos y ha demostrado en la práctica la función vital de la estructura de la propiedad. No proceder a una nueva reforma agraria es subordinar los problemas de la nación cubana a intereses ajenos a los cubanos o a preceptos ideológicos sin futuro.

Tomado de: http://www.diariodecuba.com/cuba/1399332797_8125.html

El plan de azúcar de 2014 no se cumplirá. La ineficiencia resultante del proceso de estatización se manifestó en un retroceso sostenido de la producción azucarera. En el año 2001 no se pudo rebasar los 3,5 millones de toneladas (inferior a la zafra de 1919).  Como si la causa del resultado estuviera en la organización y disciplina se designó un General al frente del Ministerio del Azúcar (MINAZ) y se implementaron varias medidas, entre ellas una dirigida a lograr 54 toneladas de caña por cada hectárea, cifra inferior a los indicadores de la FAO y la otra a extraer 11 toneladas de azúcar por cada 100 de caña. El declive, cuya causa está más allá de las órdenes militares, continuó su inexorable marcha atrás. En 2010 retrocedió hasta 1,1 millón, cifra inferior a la alcanzada en 1895.

Ante el fracaso, pero sin detenerse en las verdaderas causas, se sustituyó al MINAZ y al General por el Grupo Empresarial de la Agroindustria Azucarera (AZCUBA), el cual proyectó un  crecimiento productivo anual del 15 por ciento hasta el año 2016. La zafra de 2011 quedó por debajo de 1,3 millones de toneladas; la del 2012 se sembró suficiente caña y se contó con la casi totalidad de los recursos contratados, pero nuevamente ni se cumplió un plan de 1, 45 millones de toneladas ni se terminó en la fecha planificada; en la de 2013 AZCUBA se planteó producir 1,7 millones de toneladas, pero no pudo rebasar 1, 6 millones, una cantidad que se fabricó en 1957 con los centrales Morón, Delicias y Manatí. .

El cambios de dirigentes, la Reestructuración de la Industria Azucarera, la Tarea Álvaro Reynoso, el cierre de unas 100 fábricas de azúcar, la redistribución para otros cultivos de un alto por ciento de las plantaciones de caña, la sustitución del MINAZ por AZCUBA y un abultado paquete de medidas económicas, no lograron elevar la cantidad de caña por hectárea ni el  rendimiento industrial. Al comenzar la zafra de 2014, en el mes de noviembre, AZCUBA anunció que sería la mejor de la última década. Según el pronóstico se produciría 1,8 millones de toneladas, es decir, 200 mil por encima de la zafra anterior

Ante el fantasma de los incumplimientos, el segundo Secretario del Partido Comunista, José Machado Ventura, apeló a los llamamientos. Realizó varios recorridos por ingenios y provincias llamando a extender el tiempo de molienda y a sembrar más caña, pues según sus palabras la principal limitación está en la caña insuficiente y los bajos rendimientos agrícolas, pues es inconcebible que hoy se cosechen campos de menos de 18 toneladas de caña por hectárea, lo cual es apreciable aun en muchas entidades del ramo a lo largo del país.

A pesar del hermetismo de la prensa oficial se supo que a fines de diciembre el Central Ecuador, de Ciego de Ávila, estuvo parado 30 horas por roturas en una de sus cuchillas; que los centrales tuneros Majibacoa, Amancio Rodríguez y Antonio Guiteras reportaban atrasos y que el Héctor Molina, de Mayabeque, a pesar de una costosa reparación confrontaba los mismos problemas de zafras anteriores; el 17 de marzo, Juan Varela Pérez publicó en Granma La zafra aún está a tiempo, donde, basado en el análisis de AZCUBA del día 10 de ese mes, dio a conocer, que el monto producido hasta esa fecha era inferior a lo planificado.

El 23 de abril, el periodista Ortelio González, publicó en Granma Deudas con el primero… donde dio a conocer que el central Primero de Enero había sobrepasado el plan en casi 4 mil toneladas. Y añadió: “Hoy sienten que cumplieron el compromiso con el segundo secretario del Comité Central del Partido quien, en uno de los recorridos, los conminó a producir la mayor cantidad de azúcar posible”. Es decir, el compromiso con el llamamiento demostró su eficacia. Sin embargo, tres después, el 26 de abril, Juan Varela, basado en datos de AZCUBA, informó “que por lluvia, roturas en los equipos de corte y la organización, el país no ha alcanzado la cifra de azúcar planificada para la fecha”. Y citó a las provincias Artemisa, Granma, Holguín y Santiago de Cuba entre las atrasadas.

Empleando la misma lógica de Ortelio González para el cumplimiento en el Primero de Enero, hay que aceptar como un hecho que si la gran mayoría de los centrales no han cumplido sus planes es porque los trabajadores azucareros no responden al llamamiento del dirigente partidista, por lo que el plan de 2014 también se incumplirá. Y con el fracaso de este último recurso, es decir, el del llamamiento, parece que todo se agotó.

Una mirada hacia los múltiples obstáculos para el crecimiento de la producción azucarera, apunta como determinante el crónico bajo rendimiento agrícola, un fenómeno que emergió desde 1961 desde la eliminación del colonato. Surgido en la segunda mitad del siglo XIX como resultado de la competencia entre ingenios, donde los más pequeños se arruinaron, emergió la figura del colono, que desposeído de ingenio propio entregaba su caña al ingenio vecino por una parte del dulce. De ahí en lo adelante la caña para el gran central quedó garantizada por los colonos y de las contradicciones entre estos y los hacendados emergió la necesidad de asociarse para su defensa.

La historia de las asociaciones de Colonos, que tuvo su primer episodio a fines del siglo XIX, desembocó en enero de 1934 en la formación de la Asociación Nacional de Colonos de Cuba. Esta asociación garantizó toda la caña necesaria para producir hasta más de siete millones de toneladas, como ocurrió en 1952, sin que ningún funcionario político o administrativo tuviera que hacer llamamientos ni indicar a los productores lo que tenían que hacer.

En diciembre de 1960, en una reunión en la que la Asociación de Colonos se negó a participar, el líder de la revolución adelantó la idea de crear una sola asociación nacional de agricultores: “Es Necesario –dijo– que los pequeños agricultores, en vez de ser cañeros, tabacaleros, etc., sean sencillamente agricultores y organicemos una gran Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. En enero de 1961 todas las organizaciones de empleadores y las asociaciones campesinas fueron sustituidas en por la Asociación Nacional de Colonos; la que en el mes de mayo de ese año pasó a denominarse Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), pero el papel del colonato en el abastecimiento de caña a los centrales nunca pudo ser suplido por la ANAP, creada por y subordinada al partido gobernante, lo que se refleja en los actuales rendimientos de caña por hectárea.

Publicado el 28 de abril de 2014 en Curazao 24, año 2, No. 6, revista socio-cultural de la red de bibliotecas cívicas Reinaldo Bragado Bretaña

En el discurso de clausura del IX Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), el pasado mes de marzo, el Segundo Secretario del Partido Comunista de Cuba, José Ramón Machado Ventura, dijo: Si genial, oportuna y verdaderamente reivindicadora fue la idea de Fidel, líder histórico de nuestra revolución, al crear el 23 de agosto de 1960 la FMC, también lo fue su acertada decisión de poner al frente de la naciente organización femenina a la compañera Vilma Espín Guillois.

Para demostrar que esa subordinación no ha variado, expresó: Cuando clausuramos el VIII Congreso en marzo de 2009, expusimos la necesidad de promover cambios en el contenido, los métodos de trabajo y las prácticas de la organización, con el objetivo de impulsar en todo lo posible el trabajo de la FMC. Y agregó: La celebración del VI Congreso del Partido y la Primera Conferencia Nacional en abril de 2011 y enero de 2012 respectivamente, ratificaron que estábamos obligados por las circunstancias a repensar todo lo que en materia de trabajo político e ideológico veníamos haciendo hasta ese momento. Estas realidades nos dicen y cada vez con más fuerza, que la dirección principal debe encaminarse a una labor superior, para educar y concientizar directamente a la gran masa de mujeres.

Más adelante, al referirse al decrecimiento poblacional, planteó: lo cierto es que los nacimientos son pocos, por mantenerse desde apelamos a la comprensión de la FMC, en su capacidad para explicar este complejo tema a las mujeres, obviamente imprescindible para elevarlos los indicadores de natalidad.

Los párrafos citados no dejan lugar a dudas. La FMC no surgió a iniciativa de las mujeres y las tareas desde su creación hasta hoy les asignadas por el Partido Comunista, como puede verse con el llamamiento a elevar los indicadores de natalidad, una misión imposible de cumplir, pues la causa de la disminución de los nacimientos está en el empeoramiento de las condiciones de vida que han obligado a las cubanas a aplazar sus proyectos reproductivos ante la falta de perspectivas.

Desde el punto de vista natural las féminas han demostrado capacidades en todos ámbitos sociales. Salvo las diferencias propias de género, el hombre no posee ningún atributo de origen divino o natural que justifique la superioridad del hombre sobre la mujer. Sin embargo, desde la antigua Roma la mujer careció de control sobre su persona y sus pertenencias, durante la edad media estuvieron excluidos del derecho a la herencia, mientras en la actualidad persiste la tendencia a reproducir esas desigualdades.

La historia demuestra que en la lucha por la igualdad, resulta determinante la iniciativa y decisión de las propias mujeres para definir sus objetivos y prioridades. Precisamente de esa necesidad surgió el movimiento feminista en la Europa de fines del siglo XVIII, el cual tocó tierra cubana al siglo siguiente, cuando algunas mujeres comenzaron a apartarse del comportamiento prescrito por la tradición machista-patriarcal, refrendada en el Código Civil Español.

En ese siglo XIX, Mercedes Santa Cruz y Montalvo (Condesa de Merlín) reflejó en su obra literaria los sentimientos femeninos, su raíz nacional y las perspectivas de la mujer. Gertrudis Gómez de Avellaneda, la mayor escritora cubana de ese siglo, editó el Álbum cubano de lo bueno y de lo bello, en el que alentaba a las mujeres a cuestionarse el dominio masculino. Ana Betancourt de Mora defendió en la Asamblea Constituyente de Guáimaro la emancipación femenina. María Luisa Dolz desafió los valores tradicionales que se enseñaban a las mujeres y asoció la reforma educativa al nacionalismo y al feminismo. Edelmira Guerra de Dauva, ayudó a formular el manifiesto revolucionario del 19 de marzo de 1897, cuyo artículo 4 rezaba: Queremos que las mujeres puedan ejercer sus derechos naturales a través del voto a la mujer soltera o viuda mayor de veinticinco años, divorciada por causa justa. No debemos olvidar que el Guerra de Independencia una mujer obtuvo el grado de general (Magdalena Peña Redonda y Doley), tres el de coronel y más de veinte el de capitán1. Sin embargo, ninguna fémina bajó de la Sierra Maestra con el grado de Comandante.

En la República las feministas multiplicaron las acciones y asociaciones, celebraron congresos, hicieron peticiones a los políticos, establecieron coaliciones con diversos grupos activistas en poder de los hombres, se manifestaron en las calles, se dirigieron al público a través de la prensa radial y escrita, fundaron clínicas de obstetricia y escuelas nocturnas para mujeres, desarrollaron programas de salud y establecieron contactos con grupos feministas en el extranjero.

Resultado de esas luchas en 1918 se aprobó la Ley del divorcio; en 1919 las cubanas ya habían alcanzado el mismo nivel de alfabetización que los hombres; en los años 20 proporcionalmente se graduaban tantas mujeres en Cuba como en las universidades norteamericanas; en 1934 lograron que el Gobierno encabezado por Ramón Grau San Martín decretara el derecho de la mujer al voto; en 1939, previo a la Asamblea Constituyente convocaron al Tercer Congreso Nacional de Mujeres, y en una de las resoluciones aprobadas, exigieron una garantía constitucional para la igualdad de derechos de la mujer. Finalmente, en la Asamblea Constituyente de 1939, en la que participaron dos feministas: Alicia Hernández de la Barca y Esperanza Sánchez Mastrapa, se aprobó el artículo 97 de la Constitución de 1940, el cual estableció para todos los ciudadanos cubanos, como derecho, deber y función, el sufragio universal, igualitario y secreto.

Desde entonces la mujer cubana pudo votar en las elecciones de 1940, 1944, 1948, 1952, incluso en las cuestionadas elecciones de 1954 y 1958. Sin embargo, la actual Secretaria General de la FMC, en el programa televisivo Mesa Redonda del 18 de octubre de 2011, expresó que gracias a la revolución de 1959 la mujer cubana pudo hacer uso del derecho al voto.

Por lo anterior, el origen y las funciones de la FMC constituyen una regresión histórica, la cual, para ser corregida, se requiere la institucionalización de las libertades y derechos cívicos y políticos, pero sobre todo, la iniciativa de las propias mujeres para su verdadera emancipación.