Hemeroteca de mayo 2013

Publicado en Diario de Cuba: http://www.diariodecuba.com/cuba/1369032736_3324.html

Una vez arriada la bandera de las barras y las estrellas en medio del júbilo popular, el 20 de mayo de 1902 el generalísimo Máximo Gómez procedió a izar la enseña nacional en el Palacio de los Capitanes Generales. Creo que hemos llegado fueron sus palabras ese día.

Después de cuatro siglos de colonialismo, tres décadas de guerras independentistas y más de tres años de ocupación extranjera nacía  oficialmente la República de Cuba. La nueva fecha se unía al 28 de enero, natalicio del Apóstol; al 10 de octubre, Grito de Yara; al 24 de febrero, comienzo de la Guerra de Independencia; y al 7 de diciembre, caída del Titán de Bronce, para conformar una pentarquía de efemérides ilustres, con una particularidad, en materia política el 20 de mayo encierra una enseñanza: la negociación.

En el intento de rebajar su alcance y adecuar lo sucedido a la ideología y a los objetivos del poder, se ha llegado a comparar el 20 de mayo con el Golpe de Estado de 1952, e incluso a negarlo como momento de nacimiento de la República. Un ejemplo de esto último fue el criterio emitido en una oportunidad por el historiador Rolando Rodríguez, cuando planteó que el 20 de mayo no podía recordarse como el día de surgimiento de la República porque ella había comenzado en Guáimaro el 10 de abril de 1869…. Es ahí  -dijo- donde está el origen de la República cubana.

Guáimaro, sin dudas, es inseparable de la conformación de la República. Fue el momento en que se inició el proceso, pero otra cosa es el momento en que ese proceso devino realidad, cuando Cuba, a pesar de las limitaciones impuestas, debutó como país independiente reconocido por el concierto de naciones. En Guáimaro está la estación, pero el advenimiento, a pesar de nuestros deseos, está en 1902. Sencillamente Rolando confunde proceso y resultado.

El rechazo a la fecha no carece de lógica. Es cierto que la República no nació con independencia absoluta ni soberanía completa, pero ese razonamiento no tiene en cuenta que aquel desenlace no resultó sólo, como era deseado, del esfuerzo y la sangre derramada por los cubanos, sino también de la entrada en la guerra del ejército norteamericano a  consecuencia de los intereses geopolíticos que se estaban definiendo en la arena internacional entre las potencias de la época. Nos guste o no,  más allá de nuestros deseos, eso fue lo que ocurrió.

Derrotada España y firmado el acuerdo de París el gobierno de ocupación emitió la Orden No. 301 de 25 de julio de 1900, convocando al pueblo de Cuba a elecciones generales para designar los delegados a la Convención Constituyente que elaboraría la Constitución y formularía cuáles debían ser las relaciones con Estados Unidos. Elaborado el texto se creó una Comisión encargada de formular dichas relaciones, cuyo resultado fue rechazado por las autoridades norteamericanas. Después de múltiples debates, gestiones y desencuentros, los Delegados recibieron un golpe  definitivo. La Enmienda aprobada y firmada por el presidente de Estados Unidos se entregó a los Delegados cubanos para su incorporación a la Constitución, con una nota firmada por el secretario de la Guerra, donde se decía que el Presidente “está obligado a ejecutarlo [el ultimatum], y ejecutarlo tal como es […] no puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”, como condición para cesar la ocupación militar.

¿Qué factores condicionaron a aquellos cubanos para aprobar un documento tan lacerante a la independencia y soberanía nacionales? Sencillamente que no contaban con más nada que su compromiso, su dignidad, inteligencia y capacidad para luchar en el plano político. Y eso,  independientemente de que uno u otro pudo haber sentido alguna admiración por el gobierno ocupante, fue lo que hicieron. Ante la disyuntiva, con el Ejército Libertador desmovilizado, el Partido Revolucionario Cubano disuelto, la Nación sin cristalizar, carente de República, de Estado y de Gobierno propios, y con un pueblo agotado por la prolongada lucha.

Los sucesos ocurridos en marzo de 1901 lo demostraron. Al conocerse los objetivos de la Enmienda Platt, una manifestación de unas 15 mil personas recorrió varias calles de la capital, se dirigió al teatro Martí donde sesionaba la Asamblea Constituyente y terminó en la residencia del gobernador militar en la Plaza de Armas, con una invocación dirigida al pueblo norteamericano demandando independencia y soberanía. Sin embargo, unos días después, cuando una delegación de cubanos se embarcó hacia Estados Unidos a discutir nuestras inconformidades, a la despedida sólo asistieron unas doscientas personas y al recibimiento, apenas participaron algunas decenas: una clara manifestación de agotamiento e  impotencia del pueblo en general.

En esas condiciones, la intransigencia aunque pudiera parecer muy patriótica, carecía de todo fundamento y de ninguna utilidad. Optar por la beligerancia hubiera sido un acto suicida ante la superioridad del ocupante.
El todo o nada, expresado en Libertad o Muerte, Independencia o Muerte, Patria o Muerte, o Socialismo o Muerte, han demostrado su irrealidad. La vida continuó después de 1878, cuando no pudimos obtener la Libertad. La vida continuó después de 1898 cuando no alcanzamos la Patria. Actualmente, mientras el socialismo totalitario fenece, la vida continúa, lo que demuestra que las intransigencias, a pesar de tan solemnes declaraciones, han aportado muy poco.

Sin embargo, a pesar de que aquella República con independencia incompleta y soberanía limitada no era precisamente la soñada por José Martí, Cuba se incorporó a la comunidad internacional de naciones con personalidad jurídica propia, se le cerró el paso a la anexión, se retiró el Ejército de ocupación y nuestro  destino ya no sería el de Puerto Rico, Guam o Filipinas. El tiempo demostró el acierto. En 1904 se firmó el Tratado Hay-Quesada y en 1925 se recobró la soberanía sobre Isla de Pinos, en menos de 20 años Cuba logró emerger de la postración económica y el desbarajuste social derivados de la guerra, se fortaleció la sociedad civil, en 1934 nos desembarazamos de la Enmienda Platt, y en 1939 se convocó la Constituyente de la cual emergió la flamante Constitución de 1940 que le sirvió al Dr. Fidel Castro para fundamentar su defensa en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada en 1953.

Más provechoso que enjuiciar a los Delegados cubanos sería recordar que en aquella Constitución  se refrendaron los derechos fundamentales en la Sección Primera del Título IV: la esencia y el espíritu del hábeas corpus, la libertad de expresión, los derechos de reunión y de asociación para todos los fines lícitos y la libertad de movimiento. Derechos-libertades, inherentes a la persona humana que constituyen los cimientos del respeto y observancia de las garantías jurídicas, de la participación y de la realización de la soberanía popular. Derechos hoy en su mayoría ausentes.

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(publicado en Curazao 24, número tres, may0 2013)
La marginalidad, efecto de la exclusión, es un fenómeno que impide o limita el disfrute de determinados derechos. La misma se manifiesta en todas las relaciones sociales, incluyendo la política. En estas líneas me circunscribo al caso particular de Cuba, donde el proceso revolucionario barrió con los mecanismos cívicos de participación y los sustituyó por otros, creados y subordinados al Estado.

Los ciudadanos participan de forma independiente en los asuntos de su interés a través de las organizaciones de la sociedad civil de las que forma parte. También participan eligiendo representantes para ocupar cargos en el Gobierno. En este último caso se corre el riesgo de que los elegidos den la espalda al compromiso con los electores, como ocurrió repetidas veces durante la República. Precisamente ese hecho sirvió de argumento al proceso insurreccional que tomó el poder en 1959 con el compromiso de restaurar la Constitución de 1940 y convocar inmediatamente a elecciones.

Las elecciones tienen importancia para el pueblo siempre y cuando expresen la opinión pública. Pero opinión pública y democracia electoral constituyen la base del edificio. Después viene el edificio, es decir, el sistema de gobierno como estructura jerárquica donde el mando pasa de la mayoría a una minoría. Entonces en dependencia de que las decisiones que tome esa minoría representen o no los intereses de sus electores, estaremos ante un gobierno democrático o un gobierno antidemocrático, lo que demuestra que las elecciones son necesarias pero no suficientes.

La toma del poder por los revolucionarios en 1959 provocó una ruptura violenta con el sistema establecido. Se sustituyó la Constitución de 1940 y con ella la base institucional. Entonces la revolución, devenida fuente de derecho, barrió con la sociedad civil y con todos los espacios en instrumentos de participación cívica. El país se enrumbó hacia el totalitarismo que penetró todo el tejido social, liquidó el pluralismo político y con ello erradicó el concepto de ciudadano. Diecisiete años después, en 1976, se aprobó una Constitución que legalizó la marginación del pueblo de la política.

Desde ese momento los cubanos quedamos limitados a elegir los delegados de circunscripción. De ahí en adelante, que es donde se deciden los destinos de la Nación, las Comisiones de Candidaturas creadas por el mismo poder, deciden los candidatos para ocupar todos los cargos de gobierno, desde el municipio hasta la Asamblea Nacional del Poder Popular; mientras el pueblo quedó reducido a confirmar las proposiciones de dichas Comisiones. Al final resulta un Gobierno que h sido elegido de antemano. Ello explica el tiempo exageradamente prolongado de los dirigentes en los cargos de poder, indica la inexistencia de democracia y evidencia que las elecciones, como manifestación de la soberanía popular, constituyen un asunto pendiente.

El caso cubano demuestra que la democracia –el mejor instrumento del pueblo para ejercer sus libertades– es frágil. Su fortaleza depende de la formación cívica, la recomposición de la sociedad civil independiente del Estado y la reconversión de los cubanos en ciudadanos; único camino para salir de la marginalidad política.

Entrevista realizada por Ernesto Santana Zaldívar a Dimas Castellanos, publicada los días 26 y 29 de abril de 2013 en: http://www.cubanet.org/articulos/oposicion-politica-y-negociaciones-en-la-cuba-actual-i/

Primera parte:

Aunque todavía de un modo tímido, en los últimos tiempos ha comenzado a escucharse la palabra “negociación” en algunas enunciaciones de la oposición política cubana. A pesar de que se puedan tener diversas opiniones sobre ella, una negociación es, de modo general, un proceso en el cual una o dos partes tratan de hallar una solución satisfactoria para un problema que las involucra, y su índole puede ser sindical, financiera, militar, mercantil, política, etc.

El experto norteamericano en el tema Herb Cohen cree que “todo es negociable”, y define como negociación “un campo de conocimiento y acción cuyo objetivo es ganarse la anuencia o el favor de las personas de las que usted desea obtener algo”. Supone, además, que los tres factores primordiales de una negociación son el poder, la información y el tiempo.

Con el propósito de lograr un acercamiento, desde una perspectiva histórica cubana, a un tema tan complejo, pero que tanta importancia ha tenido para determinar cambios políticos fundamentales en muchos países y épocas, conversamos con el sociólogo e historiador Dimas Castellanos, conocido también por su periodismo independiente en la revista digital Consenso, en Diario de Cuba y en otros medios.

Cubanet: ¿Considera usted que todavía no existe en Cuba una fuerza que obligue al gobierno a negociar?
Dimas Castellanos: Primero, este no es el caso de un movimiento armado que ocupó una región del país sobre la que ya el gobierno no tiene el control, como ocurre en Colombia. Lo otro que puede obligar al gobierno a negociar es que la oposición tenga tal influencia sobre un sector de la población que pueda crearles dificultades a las autoridades. En Cuba hay un gran descontento ciudadano, que se manifiesta, por ejemplo, en las elecciones. Prácticamente el quince por ciento de los votantes no fue o anuló sus boletas, pero lo hizo de manera espontánea, por una toma de conciencia individual. Nadie debe creer que eso responde a un partido u otro de la oposición que tiene determinado poder de convocatoria. Por tanto, el gobierno no tiene por qué ni con quién negociar, y por otra parte la oposición no tiene suficiente fuerza para impedir que el gobierno haga lo que quiera hacer.

Cubanet: ¿Cuál, según usted, es el motivo de esta situación?

Dimas Castellanos: En Cuba, siempre hubo fuerzas que en algún momento obligaron al poder a determinadas cosas. Esas fuerzas no existen hoy. Cuando el gobierno revolucionario tomó el poder, lo primero que hizo fue desmantelar todo el entramado de institucionalidad que había, principalmente la institucionalidad cívica, y así desaparecieron todas las organizaciones ciudadanas que había aquí desde el final de la Guerra de los Diez Años. Resulta admirable la sociedad civil que irrumpió con vigor en la República, como demuestran las huelgas de aprendices y albañiles en 1901 y 1902, que se extendieron a otros sectores. Hacia 1910, el gobierno se ve obligado a dictar varias medidas legislativas favorables a la clase obrera, como la jornada de ocho horas para los trabajadores públicos, el pago en dinero y no en fichas y vales (como se hacía antes), los días festivos. Todo eso lo logró el movimiento obrero porque tenía una fuerza real y podía, por ejemplo, paralizar los ingenios azucareros o el transporte. Los cubanos de ahora no somos peores que aquellos, sino que no tenemos sindicatos ni otras organizaciones civiles capaces de jugar ese papel.

Cubanet: ¿Entonces, resulta imprescindible, ante todo, montar de nuevo ese entramado?

Dimas Castellanos: Es difícil comprender que esta es una batalla a largo plazo. Y hay que correr con reservas y aprovechar todos los espacios y todos los resquicios, ayudando a la formación cívica de los ciudadanos. Muchos opositores quieren un cambio para Cuba, igual que yo, que también formo parte de esa oposición, pero trato de ser lo más realista posible. El gobierno a veces se ve obligado a dar algún paso, más por razones exteriores que por la presión desde el interior de Cuba. Después de más de cincuenta años, se da el lujo de hacer reformas desde el mismo poder, y por eso pueden condicionar el ritmo y la dirección que toman. Hacen un cambio en un sentido, después lo regresan un poco, vuelven a avanzar, y juegan con eso, pero no hay ninguna fuerza interna capaz de evitarlo. El gobierno va a negociar cuando haya una fuerza que lo obligue a negociar, y esa fuerza hay que formarla a largo plazo.

Cubanet: ¿Comparte la opinión de muchos historiadores cubanos en el sentido de que la Protesta de Baraguá representa un hito en nuestra historia como método de negociación sin comprometer la dignidad?
Dimas Castellanos: Lamento que al Pacto del Zanjón no se le reconozca el mérito histórico que tiene y que exclusivamente se ensalce la Protesta de Baraguá, porque se desmovilizaron las tropas mambisas a cambio de que España permitiera en Cuba un régimen muy parecido al que existía en la propia España o en Puerto Rico. Las leyes de la metrópoli empezaron a regir aquí a partir del Pacto del Zanjón, y vinieron las libertades de expresión, de asociación, reunión, entre otros beneficios. A pesar de todas las limitaciones que se mantenían, allí nació la sociedad civil cubana y se crearon los primeros partidos políticos. Creció el movimiento sindical, los periódicos se diseminaron, surgieron organizaciones de todo tipo —políticas, fraternales, sindicales— que empezaron a cobrar un enorme peso en la sociedad. Era tal ese peso que después no se puede comprender el inicio de la guerra de 1895 sin la labor que hizo esa sociedad civil en plena colonia. Esa fue una etapa, en cuanto a libertades, muy superior a la que existe actualmente.

Debido a lógicos imperativos de brevedad que impone el medio, y a al mismo tiempo, por el interés y por la sustanciosa extensión de las respuestas de Dimas Castellanos, hemos preferido dividir esta entrevista en dos partes, la segunda de las cuales estará a disposición de los lectores en una próxima edición.

Segunda parte:

En sus primeras respuestas para esta entrevista en dos partes, Dimas Castellanos explicaba las razones por las cuales, según su parecer, el movimiento de oposición pacífica en Cuba no está aún en condiciones de obligar al gobierno a sentarse ante una mesa de negociaciones. También argumentaba su criterio a partir de ejemplos de notables eventos negociadores que tuvieron lugar a lo largo de nuestra historia. Justo por este aspecto retomamos el tema.

Cubanet: ¿Cómo evalúa usted el papel jugado por la sociedad civil cubana, en lo que a negociación se refiere, en la época republicana, desde sus inicios hasta 1958?
Dimas Castellanos: La negociación jugó un papel de evidente importancia. La Constitución de 1901 es un ejemplo. El gobierno interventor norteamericano permitió que se formara una Asamblea Constituyente y creó las condiciones para ella, pero, como tenía la fuerza de la ocupación, hizo que se incorporara la Enmienda Platt para garantizar su poder sobre el país. Las fuerzas cubanas más progresistas se opusieron enérgicamente a la Enmienda e incluso viajaron a Estados Unidos, mas no lograron sino unos pequeños cambios. Aunque durante la revolución se condena a quienes firmaron la Enmienda Platt, la verdad es que solo había dos opciones: o firmar ese apéndice a la Constitución o Estados Unidos mantenía su control militar sobre el país. Y no había ya mambises, ni Partido Revolucionario Cubano, ni economía, con un pueblo, además, cansado de guerras. Las mentes más lúcidas vieron que podían perderlo todo y aceptaron la Enmienda —pese a que fuera una ofensa, una humillación — como una táctica, para después desmontarla poco a poco, como hicieron. En 1934 se abrogó por fin la Enmienda Platt. Y todo fue mediante la negociación.

Cubanet: ¿Y en cuanto a la Constitución de 1940?

Dimas Castellanos: Fue una clase magistral de negociación en la que participaron desde los comunistas hasta la más extrema derecha. Se logró una Constitución que daba el equilibrio, aunque quizás, en mi opinión, era superior a la potencialidad cívica del pueblo cubano. Por eso es que después nuestra tradición militarista logra imponerse. No había una tradición cívica fuerte, sino más bien una tradición caudillista, que se demuestra en los gobiernos desde 1902 hasta la caída de Machado en 1933. Entre ese año y 1940 hubo un proceso muy convulso. A partir de 1937 se logra calmar un poco la situación y por fin se regresa a un ejercicio democrático que culmina con la Constitución del 40. Batista gana limpiamente las elecciones presidenciales. Luego Grau lo derrota en el 44 con los Aunténticos, que ganan de nuevo en el 48 con Prío, y en el 52 parecía seguro que triunfaría el Partido Ortodoxo, que no era más que un desprendimiento del Partido Auténtico, y cuyo argumento principal era la corrupción política y administrativa que había. Curiosamente, esa corrupción no afectaba a la sociedad, porque, a pesar de que en civismo no estábamos a la altura, el nivel moral del pueblo cubano era muy elevado. Después del golpe de Estado de 1952, los que querían derribar a Batista se dividieron en dos tendencias: por un lado, las fuerzas cívicas (el Colegio de Abogados, el Colegio Médico, el Club de Leones, el Club de Rotarios, etc.), y, por otro, los que optaron por la lucha armada.

Cubanet: Ya sabemos cuál fue la tendencia ganadora. Lo que no se conoce suficientemente, sobre todo por parte de la población cubana, es qué ocurrió después con la capacidad negociadora de nuestra sociedad civil.
Dimas Castellanos: La revolución se convirtió en fuente de poder, sin ningún compromiso con lo que existía antes y lo barrió todo. En realidad, la revolución se había hecho con el apoyo de solo una parte de la población (la lucha fue de unos pocos miles de hombres en una población de seis millones de habitantes), fundamentalmente los campesinos, pero el respaldo masivo ocurrió después y el gobierno revolucionario actuó con habilidad. Conclusión: se desarmó a la sociedad civil cubana, desaparecieron todos los movimientos autónomos (de campesinos, de estudiantes, de mujeres, de trabajadores, etc.). Los sindicatos fueron intervenidos en enero de 1959. Muchos de los que no estaban de acuerdo con ese rumbo pensaron que, si Fidel Castro había tomado el poder por las armas, se le podía derrocar también por las armas, pero toda resistencia violenta fue derrotada.

Cubanet: ¿Cuándo podría decirse que despertó al fin la sociedad civil cubana, luego del largo letargo impuesto por la revolución?

Dimas Castellanos: A fines de los 80 y principios de los 90 empezaron a surgir organizaciones opositoras, partidos políticos pero con mucha debilidad, a causa de la represión del gobierno, en primer lugar, y porque mucha gente del pueblo sigue identificada con el poder a pesar del fracaso, porque la mentalidad no cambia tan rápido. También por el monopolio que mantiene el gobierno sobre los medios de información. Dice sobre la oposición lo que quiere y es difícil desmentirlo internamente. Así logra aislarla y convertirla en marginal. Desde mi punto de vista, los partidos políticos que se crearon en los 90 están hoy desgastados. Eso duele mucho y a nadie le gusta que se lo digan, pero yo mismo vengo de uno de esos partidos, la Corriente Socialista Democrática, que desapareció. Pero empieza a gestarse una especie de protosociedad civil y hay movimientos con un trabajo muy estable, aunque no se hable mucho de ellos, como es el caso de Dagoberto Valdés, en Pinar del Río, que tiene el método de avanzar pasito a pasito y durante años ha insistido con la fuerza de lo pequeño, con una base teórica para el cambio, un pensamiento político acumulado que habrá que usar en algún momento. Pero sigue el problema del caudillismo, que desde siempre hemos padecido.

Cubanet: ¿Y en cuanto a las condiciones actuales para el reforzamiento de la capacidad negociadora de la oposición?

Dimas Castellanos: Ahora el gobierno está agotado y el modelo ha demostrado ser inviable. Con faltas de libertades no puede haber desarrollo de nada, desde la economía hasta el deporte. Todo está dañado y los gobernantes no quieren caer en el suicidio de promover reformas que les corten el camino y los lleven a ser procesados judicialmente. Para avanzar en la economía y salir del desastre, el gobierno sabe que tiene que conectarse de nuevo con el mundo desarrollado, sobre todo Europa Occidental y Estados Unidos, que basan la relación en el respeto a los derechos humanos, por eso es que ha empezado a hacer pequeñas concesiones. De todos modos, ese mundo desarrollado considera que todavía son insuficientes las reformas. Por eso es que el gobierno va a tener que hacer más cambios.

Cubanet: ¿Cree entonces que a partir de las nuevas circunstancias y de las nuevas oleadas de opositores se estén creando ya las condiciones para un posible negociador?

Dimas Castellanos: Pese a todo, el momento de la negociación llegará, aunque no en una situación como la actual. El ejemplo está en excarcelación de los presos políticos, donde no hubo negociación entre el gobierno y la oposición. Aunque muchos criticaron a la Iglesia, me parece que no había otro camino y que con la Iglesia salió fortalecida la sociedad civil, de la que forma parte. Aunque la Iglesia logró satisfacer también algunas de sus propias demandas, en realidad no pienso que sea porque tenga intereses comunes con el gobierno, sino por una táctica momentánea. Estratégicamente, el gobierno y la Iglesia no van en la misma dirección. Ahora hay 400 mil cuentapropistas que no dependen del Estado. Sin embargo, ¿qué trabajo hace la oposición entre esos trabajadores? Ellos no piensan en los derechos humanos, sino en sus necesidades más elementales. Lo que quieren es mayor liberación económica. Esos 400 mil cuentapropistas son un área en la que tenemos que trabajar. Debemos crear muchos más espacios, pequeñas escuelas de historia de Cuba, cursos de política, enseñanzas sobre lo que es una Constitución, sobre los derechos, porque la gente poco a poco se irá acercando. En la oposición no se le da toda la importancia que tiene a la formación cívica. No se puede luchar por un cambio si la gente no sabe ni de dónde viene ni para dónde va. El día en que la oposición pueda decir que el quince por ciento de la población que no asiste a las elecciones está a su favor, será una minoría contra el ochenta y cinco por ciento restante, pero representará una gran fuerza porque estará estructurada y entonces sería realista ver la posibilidad de negociaciones.

En eso es en lo que hay que trabajar. Si miramos la historia de Cuba, vemos que siempre hemos estado cambiando y, sin embargo, ahora estamos más atrasados en derechos humanos que en 1878, porque hemos tenido cambios para retroceder en libertades ciudadanas. La revolución del 1959 parecía lo más grandioso, pero caímos en una trampa y terminamos peor que antes. Por eso nuestro trabajo tiene que ser desde la base y con paciencia.