Hemeroteca de septiembre 2012

(Ponencia presentada en el evento del Movimiento de Trabajadores Cristianos celebrado el sábado 13 de septiembre en La Habana, bajo el título “El papel de los trabajadores cristianos en el mundo globalizado de hoy”)

De forma paralela a los efectos de la globalización, Cuba está inmersa en una profunda crisis de carácter estructural. La misma se manifiesta en la ineficiencia económica, la desesperanza, la apatía, la corrupción generalizada y el éxodo masivo. Entre sus causas está el intento de subordinar los intereses individuales y de grupo a los del Estado.

A partir del traspaso de poder, efectuado entre los años 2006 y 2008, el gobierno cubano decidió introducir algunos cambios limitados a la economía, con el propósito de perfeccionar un modelo que había demostrado su inviabilidad. Una contradicción que de antemano condenó al fracaso el intento.

El paquete de medidas introducido se puede calificar de plan mínimo de reformas, cuyo contenido se resume en: 1- Lograr una agricultura fuerte y eficiente para garantizar la alimentación de la población y sustituir importaciones. 2- Hacer que las personas sientan la necesidad de trabajar para vivir. 3- Rechazar firmemente las ilegalidades y otras manifestaciones de corrupción. 4- Desinflar las plantillas laborales, cuyas plazas innecesarias sobrepasaban el millón de trabajadores y 5- impulsar el trabajo por cuenta propia.

Dentro de ellas, la de mayor alcance fue el Decreto-Ley Ley 259 para la entrega de tierras ociosas en usufructo; una medida importante pero insuficiente, pues a la vez que se reconoce la incapacidad del Estado para producir y se considera la producción de alimentos como problema de máxima seguridad nacional, el Decreto-Ley mantiene al Estado ineficiente como propietario y reduce a los productores privados a usufructuarios.

Con independencia del resultado, la importancia de las medidas consiste, en que en los contextos nacional e internacional, resulta imposible el retroceso al inmovilismo anterior.

En el VI Congreso y en  la Primera Conferencia Nacional del PCC, celebrados en abril de 2011 y enero de 2012 respectivamente, los contenidos del plan mínimo de reformas, asumidos como acuerdos, quedaron desglosados en los Lineamientos de la Política Económica y Social, pero subordinados al fracasado sistema de planificación socialista y a la  empresa estatal.

Como resultado, la producción agropecuaria cayó en el año 2010 en 4,2%; en el 2011 el Producto Interno Bruto (PIB) creció menos de lo previsto; la importación de alimentos aumentó de 1,5 miles de millones en 2010 a 1,7 millones en 2011; las ventas disminuyeron en 19,4% respecto a 2010 y los precios al detalle se incrementaron en 19,8%; mientras el salario medio mensual nominal aumentó sólo en 2,2%. La zafra 2011-2012, programada para producir 1 450 000 toneladas de azúcar, a pesar de contar con la materia prima suficiente y con el 98% de los recursos contratados para su ejecución, presentó las mismas deficiencias anteriores. Ni alcanzó la meta, ni terminó en tiempo. El propósito de que las personas sientan la necesidad de trabajar para vivir, un asunto estrechamente relacionado con las ilegalidades y otras manifestaciones de corrupción, no se logró. En su lugar, las actividades delictivas crecieron, como lo demuestra la cantidad de procesos judiciales celebrados y en marcha. Respecto a desinflar las plantillas laborales, las limitaciones impuestas al  trabajo por cuenta propia lo impidieron. De 374 000 cuentapropistas más de 300 000 eran personas sin vínculo laboral o jubilados. Así, el Trabajo por Cuenta Propia absorbió menos del 20% de los trabajadores estatales, por lo que el propósito de que esta modalidad asumiera el desempleo estatal no dio los frutos esperados.

Las causas

Para salir de una crisis estructural profunda como la cubana, las transformaciones tienen que ser  estructurales. Los pequeños cambios en la economía tienen que extenderse hasta la coexistencia de las diversas formas de propiedad, incluyendo la privada, la formación de pequeñas y medianas empresas y los derechos y libertades contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el Pacto de Derechos Civiles y Políticos y en el de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

Con independencia de los obstáculos enfrentados por las autoridades cubanas, lo decisivo ha sido la inviabilidad del modelo vigente. Si el gobierno hubiera contado con las mejores condiciones nacionales e internacionales para implementar las reformas, de todas formas hubiera fracasado, pues en ausencia de las libertades –que constituyen un requisito de la modernidad– y de una alta cuota de voluntad política para conformar un nuevo consenso nacional, resulta infructuoso cualquier intento de cambios. La práctica ha demostrado que la capacidad e inteligencia de un hombre o un equipo de gobierno, por altas que sean, resultan insuficientes para remontar la crisis en el contexto de la globalización. Esa es la realidad y en eso consiste el reto de los cubanos, entre ellos los militantes del Movimiento de Trabajadores Cristianos, cuya misión es hacer presente a Jesús de Nazaret en los ambientes laborales y sociales.

Jesús, concebía el Reino de Dios como lugar de dignidad de los seres humanos y de liberación de todas las esclavitudes. Cuando regresó a Galilea, empezó a anunciar las buenas noticias de Dios: Ya ha llegado el momento, el reino de Dios está cerca. Cambien su manera de pensar y de vivir, crean en las buenas noticias. Con su ejemplo, Jesús nos llama a cambiar nuestra forma de pensar y de vivir como cimientos fundacionales del Reino de Dios, una labor espiritual que comienza aquí y ahora.

En nuestra historia, por sólo mencionar dos figuras, el padre Félix Varela, una vez inmerso en la lucha por la autonomía primero y por la independencia después, comprendió que la formación cívica constituía una premisa para alcanzar tales objetivos y en consecuencia eligió la educación como camino para la liberación. De igual forma José de la Luz y Caballero, consciente de los esfuerzos de algunos cubanos para liberarse de España, arribó a la conclusión de que, antes de la revolución y la independencia, estaba la educación. Pero para educar –decía él– se requiere ser un evangelio vivo.

La situación del trabajo en la Cuba de hoy es extremadamente compleja y peculiar. Al tiempo que se han garantizado determinados servicios de salud y educación gratuitos, el salario, forma principal en que se realiza la redistribución social de lo producido, impide la satisfacción de las necesidades materiales más elementales y atenta contra la espiritualidad del mundo de trabajo y de la sociedad en general. Esa situación, ha generado un deterioro ético en la sociedad, cuya primera manifestación es que los actos delictivos se han erigido en importante vía de subsistencia. En ese sentido, constituye una obligación de todo cristiano, comprometido con la acción renovadora de Jesús a favor de la justicia, luchar por que el trabajo reasuma su función como fuente de realización y de felicidad.

La esperanza, al brotar de la necesidad del cambio, nos mueve del lugar actual hacia un lugar superior, en estrecha relación con la fe y el amor. Por ello, aunque la esperanza siempre incita al cambio, en Cuba asume mayor significación por la precariedad material y espiritual que ha provocado la actual crisis estructural.

El Hecho de Vida –una permanente revisión de vida y acción militante– consiste en ver, juzgar y actuar como lo haría Jesús ante las situaciones concretas del quehacer cotidiano. Un ejercicio que pone al cristiano frente a la realidad en que vive desde la óptica del evangelio.

Como los derechos y libertades guardan una estrecha relación con la espiritualidad, los trabajadores cristianos tenemos una gran responsabilidad con los cambios que el país necesita, para hacer realidad el pensamiento martiano que encabeza nuestra Carta Magna: Yo quiero que la Ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

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