Hemeroteca de mayo 2012

Publicado  el 21 de mayo: http://www.diariodecuba.com/cuba/11156-por-que-la-tierra-no-es-de-quien-la-trabaja

Con el título La tierra es de quien la trabaja, el diario Granma publicó un editorial, el pasado 17 de mayo, en conmemoración del Día del Campesino, del cual he seleccionado tres planteamientos que invitan a la reflexión.

Uno: la Reforma Agraria era una necesidad elemental para el despegue económico. Afirmación que comparto, pues la concentración de grandes extensiones de tierra fue y es, además un generador de injusticias sociales, un gran obstáculo para la diversificación de la propiedad agraria, el arraigo, el sentido de pertenencia y el desarrollo.

En su inició, siglo XVI, las grandes extensiones no obstaculizaron la formación de una clase de pequeños propietarios. Fue el crecimiento de la industria azucarera, acelerado por la revolución haitiana, que arruinó la economía de esa isla vecina, la que propició que desde fines del siglo XVIII Cuba ocupara el primer lugar mundial en la producción y el comercio de ese producto. Ese salto aceleró la conversión de los latifundios ganaderos en haciendas comuneras y multiplicó los ingenios, propiciando el crecimiento de la pequeña y mediana propiedad. Fue a partir de 1860, debido al incremento de la capacidad productora, que los ingenios mayores asfixiaron a los pequeños, dando lugar a la separación entre el agro y la industria y a la aparición de la figura del colono. Sin embargo, esas transformaciones no condujeron a la concentración de grandes áreas de tierra, ya que el colonato, que poseía decenas de miles de fincas, suplía la caña necesaria.

Fue a fines del XIX, resultado de la lucha por la materia prima, que se originó la competencia entre ingenios por mayores extensiones de tierra, de donde emergió el moderno latifundio. Ese proceso se aceleró a partir de 1902 con las órdenes dictadas por el Gobierno de Ocupación, los que autorizaron a los inversionistas a comprar y expropiar tierras para construir líneas férreas e instalar nuevos centrales. Gracias a ello, la penetración de capital extranjero centralizó en unos 180 ingenios la quinta parte del territorio nacional, lo que se reflejó en el censo de 1946. De un total de 159.985 fincas, menos del 12% poseían el 76% de la tierra, mientras que el 24% del área restante estaba diseminada en 142.385 fincas, con sus respectivos propietarios.

Esa anomalía, tan vital para la nación cubana, atrajo la atención de figuras ilustres de nuestra historia, desde el Obispo Espada en 1808 hasta Manuel Sanguily en 1903, pasando, entre otros, por José Antonio Saco, Francisco de Frías, José Martí, Enrique José Varona, Martín Morúa Delgado y Fernando Ortiz, los que abogaron por la necesidad de la pequeña y mediana propiedad y la existencia de una clase media nacional. Sin embargo, las luchas sociales, las medidas dictadas por los gobiernos republicanos y el freno al latifundio, refrendado en la Constitución de 1940, resultaron insuficientes para revertir la propiedad de la tierra al que la trabajaba.

Dos: fue la Ley de Reforma Agraria precisamente lo que definió a la Revolución Cubana. En el alegato La historia me absolverá, en 1953, Fidel Castro —teniendo en cuenta lo perjudicial del latifundio y para ganar el apoyo del campesinado— planteó conceder la propiedad de la tierra a todos los que ocupasen parcelas de cinco o menos caballerías. Ese proyecto, iniciado en octubre de 1958 durante la lucha insurreccional, tuvo su punto de remate con la Primera Ley de Reforma Agraria, la cual liquidó el latifundio en manos de compañías cubanas y extranjeras, benefició a unos 100 mil campesinos y definió a la revolución de 1959 como avanzada, agraria y democrática.

Sin embargo, el 40,2% de las tierras confiscadas quedaron en manos del Estado. Luego, con la Segunda Ley de Reforma Agraria, de 1963, las mil fincas que tenían más de cinco caballerías pasaron directamente a engrosar el fondo de tierras estatales, el cual aumentó hasta el 70% de la tierra cultivable del país. Tan brusco fue el giro, que si la Primera Ley permitió definir a la revolución como avanzada, agraria y democrática, la Segunda Ley la marcó totalitaria, al concentrar un volumen de tierra superior a la que poseían los grandes latifundios confiscados.

En 1974, en el XV Aniversario de la Ley de Reforma Agraria, el jefe de la revolución planteó a los campesinos ir “pensando en formas superiores de producción, puesto que el curso de desarrollo del país no se puede detener, puesto que las necesidades crecientes de la población hacen necesaria una incesante tecnificación de nuestra agricultura, y un aprovechamiento óptimo y total de la tierra”[1]. Con ese supuesto fin se desarrolló un proceso de cooperativización inducida —mediante la creación de las Cooperativas Embrionarias, las Brigadas de Ayuda Mutua, las Cooperativas de Créditos y Servicios (las únicas en que los campesinos conservan la propiedad de la tierra y de los medios de producción, pero carecen de personalidad jurídica), y las Cooperativas de Producción Agropecuaria—, mientras tanto la propiedad estatal se elevó hasta el 75% de la tierra cultivable.
Tres: la Ley consagró el principio de que la tierra es de quien la trabaja.

Ante el decrecimiento de la producción y de la eficiencia generada por la propiedad estatal, Raúl Castro, en el discurso pronunciado en Camaguey el 26 de julio de 2007, reconoció las deficiencias, errores y actitudes burocráticas o indolentes que se reflejan en los campos infectados de marabú, y planteó que el precio creciente de los alimentos en el mercado internacional obligaba a producirlos en Cuba. Sin embargo, no se dijo nada de la inviabilidad los latifundios estatales, ni de que en tierras privadas el marabú se mantuvo bajo control. En esa coyuntura se promulgó en el año 2008 el Decreto Ley 259, para la entrega de tierras ociosas en usufructo.

Si el usufructo consiste en el disfrute de un bien ajeno y en los latifundios estatales, y las tierras devienen ociosas, ¿cuál es la razón para que los productores privados, que han demostrado capacidad para producir con eficiencia, sean usufructuarios y el Estado, responsable de la ineficiencia, sea el propietario? ¿Por qué la tierra no es de quien la trabaja?

[1] J. MAYO. Dos décadas de lucha contra el latifundismo. Breve historia de la Asociación Nacional Campesina, p. 21

Publicado en el Diaro de Cuba el 13 de mayo, en: http://www.diariodecuba.com/cuba/11090-por-que-no-paren-las-cubanas

Un informe emitido por la organización  no gubernamental Save the Children, en el que se afirma que –Cuba ocupa el primer puesto entre los países de América Latina donde existen mejores condiciones para ser madre, seguido por Argentina y Uruguay–, fue reproducido parcialmente en la primera página del periódico Granma del pasado jueves 10 de mayo.

Tal información, que la prensa cubana trata presenta como un gran logro, oculta otros datos relacionados con la problemática de la demografía cubana, que deberían mover a la reflexión. Resulta que en Cuba la disminución de los nacimientos está provocando un decrecimiento poblacional sostenido que exhibe cifras altamente preocupantes.

Los ajustes realizados en 1998 por la División de Población de las Naciones Unidas en sus proyecciones hasta el año 2050, plantean que la tasa de fecundidad de los países menos desarrollados pudiera disminuir hasta 2,1 hijos por mujer, mientras que para los más desarrollados arrojarán valores entre 1,7 y 1,9. Sin embargo, la tasa global de fecundidad en Cuba –que no se ubica precisamente entre los países desarrollados– ha venido descendiendo desde mediados de los años 70 del pasado siglo hasta alcanzar 1,7 hijos por mujer en el año 2009: cuatro décadas antes del pronóstico realizado por esa institución de las Naciones Unidas.

Según informaciones brindadas por la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba, la población de la isla decreció nuevamente en el año 2010 en 1 467 personas, que representa una tasa anual de crecimiento negativa (–0,13%), la cual confirma el descenso sostenido en los últimos años.

¿Por qué ocurre en Cuba un fenómeno que caracteriza a los países desarrollados? Porque a diferencia de aquellos, el empeoramiento de las condiciones de vida debido a la ineficiencia económica, una gran cantidad de cubanas jóvenes están aplazando el momento de tener hijos, mientras otras tantas por las mismas razones han decidido reducir su proyecto reproductivo ante la falta de perspectivas. Ello está teniendo una fuerte influencia en la vertiginosa disminución de la tasa de fecundidad, lo que resulta contradictorio no sólo con la continua propaganda estatal acerca de la maternidad, sino también con las raíces del movimiento feminista cubano, que desde el siglo XIX contó con figuras destacadas como Mari Blanca Sabas Alomá, quien adoptó los principios originales del humanismo maternal como fundamento del feminismo o como Ofelia Domínguez Navarro, que en el Primer Congreso Nacional de Mujeres, en 1923, presentó una moción acerca de la redefinición de la familia para incluir en ella a los hijos ilegítimos.

Como los escenarios demográficos de proyección se construyen a partir principalmente de la relación entre fecundidad, mortalidad y migraciones, no es difícil predecir los efectos de una fecundidad tan reducida a mediano y largo plazo sobre la deprimida economía cubana.

El éxodo sostenido y creciente, que desde 1959 ha colocado fuera de las fronteras nacionales a unos 2 millones de compatriotas, que representan aproximadamente el 18 % de la población cubana. En los cinco años comprendidos entre 2004 y 2009 emigraron más de 210 mil cubanos, tendencia confirmada con los datos publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas, que arroja en el año 2010 un saldo  negativo  record de 38 165 emigrantes.

Si a lo anterior se añade una esperanza de vida al nacer por encima de los 75 años, resulta que la población inactiva comprendida en los grupos de 0 a 14 años y de 60-65 años en adelante, crecerá a la vez que disminuirá la población activa, comprendida entre esos dos grupos de edades. Ello está generando una relación de dependencia insostenible que se agudizará al paso del tiempo, pues los gastos de seguridad social, atención médica y otros que implican una población envejecida requieren precisamente lo que en Cuba está en falta: una economía eficiente.

De mantenerse esa tendencia –y nada indica que vaya a cambiar– la población cubana, que en diciembre de 1998 sobrepasó los 11 millones de personas, no podrá alcanzar los 12 millones de habitantes, lo que ha ubicado a Cuba entre las poblaciones más envejecidas del continente. Lo peor es que ese fenómeno se está produciendo en una nación que, por su bajísima productividad, se ve obligada a comprar en el exterior una buena parte de lo que consume. Por tanto, la transición demográfica a la cubana, en un contexto caracterizado por la descapitalización de la economía y una enorme deuda externa, augura un empeoramiento con graves repercusiones en el ámbito económico político y social.

Esos datos develan una realidad: las diferencias radicales de la transición demográfica cubana de la que ocurre en los países desarrollados consiste en la decisión de la mujer cubana de parir menos, en el alto índice de emigración, particularmente de jóvenes, lo que combinado con el aumento de la esperanza de vida nos arrastra aceleradamente hacia una sociedad de ancianos. Ese decrecimiento demográfico no es un hecho aislado ni casual, es ni más ni menos que uno de los múltiples efectos de la crisis estructural, cuya causa está en la incapacidad del sistema vigente para garantizar un crecimiento económico capaz de satisfacer las necesidades mínimas de la población.

La salida de esa penosa situación está en el aumento sostenido y eficiente de la productividad, algo que no ha sido ni será posible con el actual intento de actualizar el modelo vigente sin incluir cambios en las libertades ciudadanas. Además, en cualquier caso habrá que proceder a una reforma radical de la política migratoria, de tal forma que permita la salida y el retorno de los cubanos con plenos derechos, como existió en Cuba en épocas pasadas y como existe con raras excepciones, en todas partes.