Hemeroteca de agosto 2011

(Publicado en el número nueve de la revista digital Voces el viernes 29 de julio de 2011, en el sitio vocescubanas.com)

p-varelaLos acuerdos del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), al igual que los emanados de sus cinco congresos precedentes, han demostrando no sólo su incapacidad para resolver los graves problemas de la sociedad cubana, sino incluso para hacer cumplir los lineamientos aprobados.

La separación de las funciones partidistas de las estatales, una de las líneas básicas trazadas en el Congreso y de las cuales depende el resto de los proyectos aprobados, parece ser irrealizable. La mentalidad de los cuadros político-administrativos, ajustada a una prolongada dirección totalitaria se muestra incapaz de cumplir sus propios acuerdos. Después de haber reconocido los errores cometidos, de acordar cambiar los métodos y de separar las funciones políticas de las administrativas, las 15 asambleas provinciales del PCC, celebradas post congreso, parecen que fueron destinadas a negar lo asumido, pues en cada una de ellas sobresalió el llamado a “cambiar la mentalidad”, pero haciendo lo mismo que antes. Las asambleas  se concentraron en un llamado a sus miembros a cambiar de palabra y conservar de hecho los métodos anteriores: “El Partido tiene que ver en cada lugar qué le toca a cada quien, con nombres y apellidos; “Tenemos que conocer de antemano qué va a sembrar y cosechar cada productor”; o “Hay que exigirle a los que no hacen producir la tierra”, fueron algunos de esos planteamientos, cuyo efecto real no puede ser otro que frenar el interés de los productores y mantenerlos atados a las trabas que les impiden producir con eficiencia.

Sin embargo, la exclusión, un mal que tiene mucho que ver con el deprimente estado de la sociedad cubana, se mantiene. Las libertades ciudadanas sin las cuales no puede resolverse ninguno de los problemas que nos aquejan, continúan ausentes. Y todo indica que los que detentan el poder de la nave no tienen prisa por enmendar ese rumbo, como lo demostraron las mencionadas asambleas provinciales del PCC.

Una de las disímiles consecuencias de esa conducta radica en que además del retroceso y el estancamiento sufridos, Cuba se ha situado al margen de los procesos que se están produciendo en el orbe, lo que nos aleja más de la realidad contemporánea, en una época en que se están desarrollando acontecimientos en diferentes puntos del orbe que apuntan hacia una mayor participación ciudadana. Un proceso objetivo, universal, indetenible y complejo que requiere ser enfrentado con formas de pensar y actuar que permitan el acoplamiento de cada país a las exigencias de la época.

En fin, que se sigue careciendo de lo más vital: la conversión de los cubanos en ciudadanos, en sujetos activos de los cambios, pues la implementación de los derechos humanos, punto de partida para ese objetivo, no acaba de ocupar un lugar en la agenda gubernamental. Esa realidad indica la imperiosa necesidad de un cambio en la mentalidad, en primer lugar en las concepciones política, esfera relacionada con la toma de decisiones, con la relación entre personas con intereses comunes y con las actividades públicas que deciden la suerte de la nación.

En materia política resulta un desperdicio y una contradicción contar con valiosísimos aportes de diferentes pensadores cubanos y no  extraer de ellos todo lo útil que encierran para la actualidad. Resulta aún más contradictorio que en el Informe Central al VI Congreso del PCC se mencionaran figuras fundacionales de la cultura y la política cubanas como José Martí, el Padre Félix Varela y José de la Luz y Caballero sin tener en cuenta integralmente sus ideas, aportes y definiciones en temas tan cruciales como la libertad, la democracia, la inclusión y la participación cívica. En ese sentido, en el número ocho de Voces, dediqué un artículo al mayor político del siglo XIX, a José Martí, bajo el título Cuba: sinrazones del partido único. En esta oportunidad lo dedico al primero de ellos en orden lógico e histórico, al Padre Varela, porque fue el primero que se ocupó de la necesidad de los cambios en la forma de pensar, porque parafraseando al historiador Eduardo-Torres Cuevas, nos resulta necesario e imprescindible, porque, salvando las distancias temporales, sus enseñanzas en materia política conservan plena vigencia.

Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales (1778-1853), nació en La Habana y murió en San Agustín de la Florida. Estudió en el Seminario San Carlos y en la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana. En 1810 fue ordenado diácono1 y en 1811 sacerdote. En el Seminario conoció a José Agustín Caballero, quien ejerció una influencia significativa en relación a la escolástica y a la autonomía. En el Seminario ejerció las cátedras de Latinidad, de Filosofía y de Constitución. Fue el primero que habló en Cuba de patria incluyendo todo el territorio nacional; el primero en fundamentar la necesidad de la independencia de España; el primero que elaboró un proyecto para la abolición de la esclavitud en Cuba; el primero que le trazó un rumbo propio al pensamiento cubano y se empeñó en enseñarnos a pensar; y también el primero que introdujo la ética en los estudios científicos, sociales y políticos. Por todo ello José de la Luz y Caballero lo definió como nuestro verdadero civilizador y José Martí lo llamó patriota entero.

Cada época y cada generación tienen su misión histórica. Si a los criollo-habaneros de mediados del siglo XVII, encabezados por Félix Arrate, les tocó inaugurar la política insular reclamando la igualdad ante los peninsulares; y los criollo-cubanos de la segunda de ese mismo siglo, con Francisco de Arango y Parreño al frente se propusieron convertir a Cuba en la primera productora de azúcar y café en Edmundo, y lo lograron; a la generación de principios del siglo XIX –en la que se inscribe el Padre Varela– les tocó el impacto de las revoluciones burguesas que marcaron un cambio de época en la historia de la humanidad. Por tanto, al igual que las dos generaciones precedentes –y las que le sucedieron– enfrentaron la adecuación de las formas de pensamiento a los nuevos retos impuestos por la época.

Varela nació en el apogeo del tránsito del feudalismo al capitalismo, en la época en que se implantó en Estados Unidos un sistema constitucional republicano; en la época del estallido de la Revolución Francesa, que globalizó la ideología de las revoluciones burguesas; en la época de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y de las constituciones francesas de fines del siglo XVII; en el momento de la muerte del monarca ilustrado Carlos III, con lo que se clausuró el esplendor del Despotismo. Un contexto que impuso la necesidad de una política diferente a la seguida por Arrate o por Arango y Parreño.

En 1801, de regreso a Cuba después de casi 13 años viviendo con su familia en La Florida,  Varela matriculó en el seminario San Carlos, cuando comenzaba a gestarse en La Habana un movimiento cultural de corte liberal estimulado por el Obispo Espada, quien, al igual que ocurrió más tarde con Rafael María de Mendive, respecto a José Martí, le facilitó libros de su propia biblioteca y lo introdujo en las tertulias en las que se discutía  acerca de las ideas filosóficas, políticas, jurídicas, artísticas o científicas, emanadas de los eventos históricos mencionados.

Unos años después, cuando se promulgó en España la Constitución liberal de 1812, Félix Varela asumió la cátedra de Filosofía del Seminario San Carlos, desde la cual profundizó la crítica a las estructuras de pensamiento, que ya había iniciado el padre José Agustín Caballero contra la Escolástica; una crítica dirigida en primer lugar hacia la liberación del pensamiento. Su Filosofía se caracterizó por la libertad, y al liberarse creó las bases para un camino basado en nuestra realidad, “un modo propio de pensar emanado de los componentes físicos, culturales y  éticos de la emergente y aún no claramente definida cubanidad”2. De ese giro emerge su posición política hacia el poder colonial, conformando lo que pudiera denominarse una proto-politología insular, pues la politología es eso, la ciencia que estudia las relaciones de poder desde el Estado hasta las actuales redes sociales. Ocho años después, resultado de la restitución en España de la Constitución liberal en 1820, se estableció la cátedra de Constitución en el seminario San Carlos, donde Varela, respondiendo a la solicitud y consejo del Obispo Espada, el asumió la nueva institución y en el discurso inaugural expresó: “Y yo llamaría a esta Cátedra, la cátedra de la libertad, de los derechos del hombre, de las garantías nacionales, de la regeneración de la ilustre España, la fuente de virtudes cívicas, la base del gran edificio de nuestra felicidad….”3.

Sus Lecciones de Filosofía, explica Torres Cuevas, estaban integrada por tres cuerpos: 1-la teoría del conocimiento (ideología o estudio de la producción de ideas), 2- la aplicación de esa teoría a la naturaleza del hombre y a la sociedad (ideología aplicada, es decir, la ética y la política), y 3- la física (estudio de la naturaleza generadora de ideas y único campo productor de conocimiento verdadero); pero el centro de su preocupación filosófica, en correspondencia con la ética, lo constituyó el hombre, por eso, además de haber iniciado el camino hacia la independencia de pensamiento, le dio una sólida base ética a las aspiraciones del pueblo cubano, al que consideraba actor de los acontecimientos sociales. Asumió la ética por su carácter primario, elemental y esencial en las relaciones sociales, porque la misma es portadora del principio absoluto de la igualdad de todos los seres humanos y porque constituye el fundamento de los derechos sobre los cuales se erigen la dignidad, la sociedad civil y la participación ciudadana.

Para Varela uno de sus principios políticos básicos era hacer en cada momento lo que en cada momento es posible hacer, y adecuar los medios al fin, lo que explica la evolución de su pensamiento y su accionar práctico. De ahí el orden de los asuntos en que se empeñó: crear un pensamiento propio; formar virtudes cívicas y patrióticas; luchar por la autonomía de la Isla y por la abolición de la esclavitud, para lo cual elaboró un Proyecto de Autonomía para la Isla de Cuba, de carácter liberal y progresista y otro proyecto para la abolición de la esclavitud, en el momento de auge de la plantación azucarera. Proyectos reformista que, sin romper abruptamente con el sistema existente, se proponían, en correspondencia con el momento histórico, lo posible: ampliar los derechos de los nacidos en la Isla sin excluir a los originarios de África; demostrar la necesidad de la independencia y cuando comprendió su inviabilidad momentánea,  entregarse a una labor más dirigida a preparar las mentes que a gestar una conspiración. Desde esa nueva visión dedicó todos sus esfuerzos en enseñar a pensar las necesidades de la isla en términos nacionales. Según Jorge Ibarra4, se produjo por vez primera “en el pensamiento insular la fusión de las aspiraciones nacionales y sociales de las clases y los estratos que constituirían el pueblo/nación de 1868”.

Es a partir de este momento, desde El Habanero5 hasta las Cartas a Elpidio6, se concentró en lo que constituye una rareza en nuestro actuar político: la formación de conciencia y de virtudes en los futuros sujetos del cambio; hombres capaces de pensar sobre la problemática de la nación en formación, lo que explica la frase de Luz y Caballero: Varela fue el que “nos enseñó primero en pensar“ y por ello, decía el Papa Juan Pablo II, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana: generó “una escuela de pensamiento, un estilo de convivencia social y una actitud hacia la Patria que deben iluminar, también hoy a los cubanos” y añadió: “Eso lo llevó a creer en la fuerza de lo pequeño, en la eficacia de las semillas de la verdad, en la conveniencia de que los cambios se dieran con la debida gradualidad hacia las grandes y auténticas reformas”7.

Muchos de los tropiezos actuales tienen que ver con la ignorancia de es fuente de conocimientos y virtudes. Por eso, más que mencionar al Padre Varela debería asumírsele en toda su dimensión política y humana, y en consecuencia, como él, considerar al pueblo cubano como ente político y actor de los cambios sociales; como él, partir del valor de la libertad como base del funcionamiento de la sociedad; como él, reconocer que la inclusión de todos es un principio inviolable para la convivencia; como él, aceptar que la absoluta comunidad de bienes es un delirio, pues la naturaleza misma de la sociedad exige las diferencias individuales; como él, aceptar que la igualdad social debe entenderse en términos que todos los individuos estén sujetos a la ley, teniendo unos mismos derechos si proceden de un mismo modo; y como él, tantos otros aspectos que están pendiente en nuestra sociedad; pero sobre todo, porque el Padre Varela, junto al fomento de valores y la forja de virtudes, se empeñó en enseñarnos a pensar, que no es una frase vacía de contenido, sino que  consiste en que la persona, libre de condicionamientos, encuentre primero la verdad que lleva dentro y desde ella, con libertad de espíritu, actúe en consecuencia para promover los cambios sociales; pues, como él mismo expresara de forma enfática: no hay patria sin virtud.  Todo ello hace de Varela no una reliquia pasa pare mencionar en discursos, sino un hombre del presente.

Se infiere, de lo anterior, que las posibles soluciones a los problemas actuales de Cuba, exigen, una nueva forma de pensar, un pensamiento emergido de nuestras propias raíces en estrecha relación con los procesos globales, para producir una nueva calidad, un nuevo pensamiento. El reto está en la transformación de los individuos en ciudadanos, en actores políticos. Una transformación que tiene su punto de partida en los derechos humanos reconocidos universalmente, en particular en los de la primera generación: los derechos civiles y políticos; pues el proceso de formación ciudadana y de conformación de una opinión pública inexistente, requiere actuar desde los principios ético-morales que sitúan al ser humano como fin y no como medio, como nos indicó el Padre Varela.

1 Grado sagrado inmediato anterior al sacerdocio.
2 Torres Cuevas, Eduardo y otros. Obras de Félix Varela. Tomo I, p. XX. La Habana: Editora Política, 1991.
3 C M. DE CÉSPEDES. Señal en la noche, p.84
4 Ibarra Cuesta, Jorge. Varela el precursor, un estudio de época. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2004.
5 El Habanero, Papel Político, Científico y Literario (1824-1826). Primer periódico cubano puesto en función de la independencia. Sus primeros tres números se publicaron en Filadelfia y los cuatro restantes en Nueva York. La Corona prohibió su introducción en la península e islas adyacentes.
6 Las Cartas a Elpidio, constituyen un sistema de ideas éticas y políticas de máxima utilidad que fueron pensadas para la juventud, a la cual veía como la única dispuesta a entender, asumir y querer la libertad de Cuba. Elpidio, tomado del griego, significa esperanza. Son pues, Cartas a la Esperanza.
7 JUAN PABLO II. Discursos de su santidad en su viaje apostólico a Cuba, p.15

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