Hemeroteca de julio 2011

Publicado en el Diario de Cuba (www.ddcuba.com) el viernes 27 de mayo de 2011

Dr. Tomás Romay Chacón

Dr. Tomás Romay Chacón

En Cuba, por su historia preñada de hechos violentos, se le presta una atención exagerada a los episodios guerreros en detrimento de otras formas de hacer historia, como la ciencia -forjadora de conocimientos y de cultura- que tanto aportó a la conformación de la nacionalidad, la nación y la patria durante siglos. El 19 de mayo del presente año arribamos al 150 aniversario de la fundación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, cuyo nacimiento estuvo condicionado por el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas y por el esfuerzo sostenido y mancomunado de cubanos, que desde diferentes posiciones políticas e ideológicas, unieron sus esfuerzos para el desarrollo de Cuba. En reconocimiento a esos héroes, casi anónimos, mencionaré a nueve de ellos.

Tomás Romay Chacón (1764-1849). Médico de profesión, cofundador del Papel Periódico de La Habana y de la Sociedad Económica de Amigos del País, realizó innumerables contribuciones a la ciencia y a la cultura, pero fue en la medicina donde hizo grandes aportes: en 1794 presentó ante la Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País –primera reunión científica de médicos cubanos– su Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro; descubrió e implantó la vacunación contra la viruela; introdujo los estudios de la Anatomía sobre el cadáver, los de Clínica en las salas de los hospitales y llevó a los alumnos a las cabeceras de los enfermos y a la morgue para la práctica de autopsias; y fue uno de los que solicitaron del rey Fernando VII, la necesidad de crear una academia de ciencias en la Isla. Por sus actividades de prevención de enfermedades y por promover el adelanto de la medicina, es considerado “el primer gran higienista cubano” e iniciador del movimiento científico en Cuba. Romay era un hombre de su época y de su clase, defensor del sistema político establecido, admirador de la monarquía española y enemigo intransigente del liberalismo revolucionario; una prueba irrefutable de que se puede ser forjador de la ciencia, de la cultura y de la nacionalidad, con independencia de la filiación política o ideológica.

José Estévez Cantal (1771-1841). Químico y botánico. Alumno de Tomás Romay, fue probablemente el primer cubano que recibió una formación científica en Europa y el  primer botánico de alguna importancia. Entre sus trabajos destaca el catálogo de plantas, iniciado por Baltasar Boldo, considerado como la primera flora de Cuba. Fue el primer químico cubano que se destacó en la búsqueda de variedades de caña y que con la aplicación de esta ciencia logró que se consolidara una nueva rama de la Terapéutica: la Hidrología Médica. Gracias a sus análisis de las Aguas de San Diego –la más famosa de nuestras fuentes minero-medicinales– se pudieron aprovechar sus propiedades curativas. A través de Estévez, la Botánica, la Química y la Mineralogía se introdujeron en la Isla y contribuyeron a vigorizar el ya avanzado movimiento de reformismo cultural y científico.

Esteban Pichardo Tapia (1799–1879). Abogado y Geógrafo, nacido en Santo Domingo. Considerado “el más destacado geógrafo de Cuba”. Su labor geográfica y cartográfica sirvió de base para el mapa de curvas de nivel a escala, confeccionado en 1908 por el Ejército de Ocupación Norteamericano. Su principal obra geográfica fue Caminos de la Isla de Cuba Itinerario. En 1829 entregó el Compendio de Geografía de la Isla de Cuba para su uso en colegios y escuelas secundarias. Además incursionó en la Literatura con un tomo de poesías y el Diccionario casi razonado de vozes cubanas, publicado en1836.

Felipe Poey Aloy (1799-1891). Investigador y profesor en Ciencias Naturales. En Francia, donde conoció a Jorge Cuvier, publicó sus primeros estudios entomológicos. En 1838 presentó un proyecto para establecer en La Habana un gabinete de historia natural, que luego pasó a formar parte de la Universidad de La Habana. Estudió el bórer de la caña de azúcar y las plagas de los aguacateros, aportó diversos conocimientos básicos de la biología. Es considerado “el iniciador de la era científica de la historia natural en Cuba” y fue uno de los 30 miembros fundadores de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales.

Nicolás José Hernández Gutiérrez (1800-1890). Médico cirujano, fundador del Repertorio Médico Habanero, primera revista cubana dedicada exclusivamente a la medicina. Introdujo en Cuba el cloroformo como anestésico quirúrgico. A la muerte de Tomás Romay, Nicolás se convirtió en la figura principal de la comunidad médica habanera. Fue una de las personalidades destacadas en la lucha por fundar la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en ella ocupó la presidencia para  la que fue reelegido hasta su fallecimiento. Fue designado Rector de la Universidad de La Habana entre 1879 y 1880.

Francisco Frías Jacott, Conde de Pozos Dulces (1809-1877). Agrónomo, divulgador científico y reformador agrario. Autor del Programa de Desarrollo Agropecuario, dirigido a establecer las bases de una identidad nacional agro-tecnológica y agro-científica para el logro de un equilibrio social y económico. Ferviente partidario de la pequeña propiedad, la pequeña industria y el trabajo de la familia campesina. Fue el primer expositor, en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, de la teoría de Darwin y defensor del Instituto de Investigaciones Químicas, fundado en 1848, así como promotor en 1861 del Instituto Agrónomo Cubano. En 1868 fue  premiado por sus trabajos: “Memoria sobre la industria pecuaria en la Isla de Cuba” y “Si descansa sobre bases científicas la opinión de que la destrucción del reino animal lleva consigo la del vegetal y viceversa”.

Francisco de Albear y Fernández de Lara (1816- 1887). Ingeniero. Entre la reparación del Convento de San Agustín en La Habana –su primera obra–, pasando por la construcción del acueducto Isabel II, se encuentra todo lo destacado en materia constructiva de la época. Su gran obra fue la utilización de las aguas de los manantiales de Vento, para lo cual investigó todo lo relacionado con la calidad y el traslado del líquido hasta los depósitos de Palatino. Para ello demostró la influencia negativa de la luz solar sobre las aguas depositadas; modificó la geología de los terrenos para adaptarlos a la protección del canal; y lo desplazó por debajo del río Almendares. Un proyecto que no se repetiría hasta mediados del siglo XX, cuando se construyó el túnel de la bahía habanera. Por esa obra fue premiado, primero en Filadelfia y luego en París, con Medalla de Oro, mientras la Real Junta de Fomento lo calificó como “el más famoso de los ingenieros cubanos”.

Andrés Poey Aguirre (1825-1919). Meteorólogo. Precursor en Cuba de las investigaciones en ese campo, por lo que se le considera el “verdadero creador de la Meteorología científica en Cuba”. En 1848 elaboró un atlas con 28 mapas litografiados para las escuelas primarias, el primero de su tipo impreso en Cuba. En 1850 creó un observatorio en su casa donde desarrolló investigaciones atmosféricas. En 1855 elaboró un catálogo sobre los huracanes titulado “Tabla Cronológica que comprende 400 huracanes y ciclones que han ocurrido en las Indias Occidentales y el Atlántico del Norte de 1493 a 1855; obra considera fundamental en esta  materia”.

Álvaro Reinoso y Valdés (1829-1888). Químico, fisiólogo, agrónomo y tecnólogo industrial. Sustituyó a José Luís Casaseca en la dirección  del Instituto de Investigaciones Químicas de La Habana, al que convirtió en la Estación Agronómica. En 1862, cuando Cuba ocupaba el primer lugar mundial en la producción de azúcar, se ubicaba en el último en productividad agrícola. A la solución de esa contradicción dedicó Reynoso todo su esfuerzo. En su obra cumbre, Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar, publicada en 1862, concibió un sistema integral de medidas agrotécnicas para garantizar el cultivo intensivo de la caña de azúcar, para ello analizó íntegramente todas las operaciones relacionadas con el cultivo y cosecha de la gramínea. A Reinoso se le considera “Padre de la Agricultura Científica Cubana”. A pesar de todo el tiempo transcurrido, hoy Cuba  no supera las zafras azucareras de hace un siglo.

Junto a estos nueve héroes de la ciencia cubana, es necesario reconocer los aportes de algunos científicos extranjeros, entre ellos Alejandro Humboldt de Hollwede (1769-1859), José Luís Casaseca Silván (1800-1869) y Ramón de la Sagra Periz (1798-1871). El primero, en muchos aspectos conocía a Cuba mejor que los propios cubanos; el segundo, considerado el “padre de la química cubana”; y el tercero, profesor destacado de Historia Natural, que creó y dirigió el Jardín Botánico y la Institución Agrónoma de La Habana.

La reseña acerca de estos ilustres científicos pone en ridículo el absurdo intento de asociar patria y nación con socialismo y revolución.

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Publicado en el Diario de Cuba el martes 13 de julio de 2011 (www.dddcuba.com)

Bajo el rótulo El lugar de la ciudadanía, participación política y República en Cuba, el Centro Cultural Padre Félix Varela fue escenario, el sábado 2 de julio, de una conferencia impartida por el licenciado en Derecho y profesor universitario, Julio César Guanche. La institución, perteneciente a la Arquidiócesis de La Habana, ocupa la edificación en la que hasta el pasado mes de enero se encontraba el Seminario San Carlos y San Ambrosio, donde el padre Félix Varela y Morales ocupó a principios del siglo XIX las cátedras de Filosofía y de Constitución, desde las cuales desarrolló una labor cultural, educativa y cívica, encaminada a la formación del pensamiento y la nacionalidad de los cubanos.

En las palabras inaugurales, el rector del Centro Cultural Yosvany Carvajal, explicó que este nuevo espacio de pensamiento, estudios y debates, iniciará sus funciones académicas en el venidero mes de septiembre y posteriormente se irán incorporando otras funciones docentes y culturales. La conferencia de Julio César Guanche, resultó un ensayo previo a su definitiva inauguración.

Nada más oportuno para la realidad sociopolítica cubana que el tema de la ciudadanía y la participación política. En ese sentido la disertación del joven intelectual cubano comenzó con las palabras pronunciadas por Félix Varela en la inauguración de la Cátedra de Constitución en 1821: Y yo llamaría a esta Cátedra, la cátedra de la libertad, de los derechos del hombre, de las garantías nacionales, de la regeneración de la ilustre España, la fuente de virtudes cívicas, la base del gran edificio de nuestra felicidad, la que por primera vez ha conciliado entre nosotros las leyes con la filosofía… la que contiene al fanático y déspota…”.

Entre otros planteamientos Guanche abordó aspectos sobre la legalidad de la sociedad cubana contemporánea, así como la necesidad de crear y utilizar los espacios, reales o potenciales, para ejercer la ciudadanía a través de claves definidas por Félix Varela. Señaló que a pesar de que las estadísticos exhibidas por las autoridades cubanas, respecto a la alta participación popular en las elecciones, el sistema electoral deja en pie conflictos entre la base institucional y la participación ciudadana y agregó, que los programas de gobierno local, provincial y nacional no resultan definidos a través del proceso electoral. Así, el papel de la ciudadanía y su participación en la política nacional cubana devino eje de un intenso y respetuoso debate entre intelectuales, profesores universitarios, académicos y periodistas presentes, de las más diversas tendencias, acerca de cómo construir poder, confirmar poder, ampliar poder y usar la política para ensanchar las formas de convivencia: un testimonio práctico de la necesidad de someter a debate público temas vitales de nuestra sociedad.

Intervenciones como las de las profesoras de la Universidad de La Habana Berta Álvarez y Maria del Carmen Barcia, acerca de las constituciones cubanas y del concepto de ciudadano, respectivamente, así como la del escritor Víctor Fowler, quien explicó la diferencia entre la formación de ciudadanos y de revolucionarios, demostró lo acertado de la invitación cursada por la dirección de la revista Espacio Laical.

El padre Varela, cuyo nombre preside el Centro Cultural, fue el primero que habló en Cuba de patria con el concepto abarcador de todo el territorio nacional, de pertenencia, de arraigo y de intereses; el que evolucionó desde la autonomía hasta devenir promotor de la independencia; el que se desplazó desde el buen trato a los esclavos hasta la eliminación de la horrorosa trata negrera y la abolición de la esclavitud; el que eligió la educación como camino de la liberación, le trazó un rumbo propio al pensamiento cubano y se empeñó en enseñarnos a pensar; y además, el que introdujo la ética en los estudios científicos, sociales y políticos. Por todo lo que aquel gran pedagogo, que también ocupó la cátedra de Filosofía, José de la Luz y Caballero, lo definió como nuestro verdadero civilizador.

La conferencia y el debate suscitado develaron que la labor iniciada por Varela hace 190 años no sólo está inconclusa, sino pendiente. Precisamente hace apenas dos semanas el Presidente del Consejo de Estado de Cuba, Raúl Castro, expresó en un Consejo ampliado del Consejo de Ministros: Necesitamos discutir y discrepar más a todos los niveles de dirección, pues en la diversidad de criterios están las mejores soluciones a nuestros problemas actuales. Una verdad limitada, pues la diversidad de criterios tiene que extenderse hasta el debate ciudadano.

Se trata, en una sociedad como la cubana, carente de una sociedad civil independiente, de propiciar el diálogo como mecanismo de participación e intercambio de ideas, sin lo cuál ningún proyecto de transformación social puede tener éxito, aunque lo encabece el Partido Comunista. En Cuba, por razones conocidas, la gente está cansada de ser objetos de consignas y discursos. Es necesario que los individuos inmersos en la sobrevivencia se conviertan en público, hasta que las deliberaciones se transformen en fuente para el perfeccionamiento suyo y de la gestión gubernamental. Se impone, pues, abrir las puertas de la política, cuyo punto de partida comienza por el intercambio de ideas entre todos para identificar intereses comunes, para proponer medidas antes de que sean aplicadas o estén en proceso de aplicación.

La política, cuya definición deriva del de polis con el que los antiguos griegos designaban la ciudad, desde su origen se relacionó con las actividades públicas para garantizar el bien común. Es decir, que la política como invento humano comenzó desde que las comunidades comprendieron que su destino estaba sujeto a la toma de decisiones para sobrevivir. La política es eso, una relación entre personas con intereses comunes para la solución de problemas y por tanto antecede y trasciende la división clasista de la sociedad; una actividad natural del ser humano que requiere participar, aprender sobre la marcha, equivocarse, hasta devenir verdaderos ciudadanos.

El reto está en la transformación de los individuos en ciudadanos, en actores políticos. Una transformación que tiene su punto de partida en los derechos humanos reconocidos universalmente, en particular en los de la primera generación: los derechos civiles y políticos. Ese proceso de formación ciudadana y de conformación de una opinión pública inexistente, requiere actuar desde los principios ético-morales que sitúan al ser humano como fin y no como medio.